10 ago. 2014

Del teatro Odeón al Cafe du Croissant


(De Diego Ruiz)

Anda, este cronista callejero, recorriendo desde el año pasado cafés de Buenos Aires, especialmente aquellos que fueron protagonistas del nacimiento o el desarrollo del tango, pero cuando se disponía a continuar su periplo donde lo dejó hace un mes, en plena avenida Corrientes, una ráfaga de historia se le cruzó en el titular de un periódico tirado en el suelo: el 28 de julio se había cumplido un siglo del comienzo de la Primera Guerra Mundial, y sólo tres días después habían asesinado al único dirigente que no se dejó llevar por la locura chauvinista fogoneada por gobiernos y medios de comunicación.
Recordó entonces que en 2011, completando una serie de notas referidas a la Buenos Aires del Centenario, había escrito algunas semblanzas de personajes de la época, como el Payo Roqué, que encarnó con su dandismo uno de los aspectos –el más frívolo, si se quiere– del espíritu de la época, o a Evaristo Carriego, que fundó una poética inspirada en el pueblo, o a su “descubridor” Charles de Soussens, insigne dipsómano y centro de la bohemia intelectual durante más de dos largas décadas... Pero luego la cosa se complicó cuando entró en escena un médico de Boedo y San Cristóbal que protegió y alimentó –literalmente– a esos bohemios impenitentes, Martín Reibel, y como un matasanos llama a otro apareció Aldo Cantoni, médico de pobres, dirigente del Huracán de los primeros tiempos y destacado político socialista que más tarde sería gobernador de San Juan. Y como Cantoni había sido uno de los protagonistas de la ruptura del Partido Socialista a causa de la primera guerra mundial y fundador del Partido Socialista Internacional, la cosa terminó en algunos de sus conmilitones que trajinaron el barrio de Boedo, como Manuel Lorenzo Rañó, Rodolfo Ghioldi y José Penelón.
La cuestión es que a esta altura el relato se había independizado totalmente del cronista y seguía un curso a primera vista errático pero que, observado en perspectiva, denotaba los múltiples cruces e interacciones que van constituyendo la historia de una época. Repasando entonces lo escrito el cronista cayó en la cuenta de que a lo largo de esta cabalgata había mencionado en varias oportunidades la influencia ejercida por Rubén Darío durante su estada en Buenos Aires, entre 1893 y 1898, que revolucionó el remilgado campo artístico de la época y marcó a un par de generaciones de buenos y malos poetas, y se preguntó si habría alguna figura comparable en el terreno político que hubiera conmovido a esos hombres o muchachos anarquistas, socialistas o sindicalistas que protagonizarían las siguientes décadas de luchas sociales y culturales. Por suerte ese día las Musas estaban con el  cronista –cosa rara, realmente–, la respuesta no se hizo esperar y aquí va:
Una de las características del Centenario fue la afluencia de viajeros ilustres invitados a contemplar las “grandezas” de la joven Nación. Más allá de la Infanta Isabel de Borbón –la “chata” para los amigos–, cuyo principal aporte fue causar la instalación en la Casa de Gobierno de un ascensor, hoy de uso exclusivo presidencial, debido a que medía tanto de ancho como de alto y no podía subir más de dos escalones, vinieron invitados entre otros Georges Clemenceau, Anatole France y Adolfo Posada, que junto a Vicente Blasco Ibáñez, ya residente en el país, dictaron conferencias en el teatro Odeón y dieron a la imprenta sus impresiones sobre la Argentina y los argentinos. Blasco Ibáñez, en particular, publicó un impresionante tomo ilustrado bajo el título “Argentina y sus grandezas” con el que pretendía fomentar la inmigración y, de paso, sus emprendimientos en la Patagonia y en el Litoral, tema que merecería todo un callejeo.
Como vemos, en aquellos tiempos –y por muchas décadas más– las conferencias eran el furor de los porteños (recordemos el Instituto Popular de Conferencias del diario La Prensa, hoy en día el Salón Dorado de la Casa de la Cultura) y, quizá para no ser menos, Juan B. Justo no tuvo mejor idea que invitar a pronunciar algunas en Buenos Aires a Jean Jaurès durante un Congreso socialista celebrado en Copenhague en 1910. A esa altura el francés, nacido en 1859, era la principal figura de la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera), había fundado en 1904 el periódico L’Humanité y se había destacado junto con Emilio Zola en la defensa de Alfred Dreyfus, el oficial de ejército injustamente acusado de espionaje principalmente por su condición de judío. Seguramente Justo lo invitó por considerar su pensamiento afín, pues Jaurès no era estrictamente un marxista, sino que preconizaba una visión idealista, reformista si se quiere, del socialismo, que podría condensarse en su frase “[...] No es por el hundimiento de la burguesía capitalista sino por el crecimiento del proletariado por lo que el orden socialista se implementará gradualmente en nuestra sociedad”.
La cuestión es que Jaurès arribó a Buenos Aires el 1º de septiembre de 1911 y brindó cinco conferencias en el Odeón con su particular estilo oratorio. Pero acá empezaron los problemas. Jaurès era un orador poderoso, apasionado, que tronaba de pie mientras expresaba en amplios gestos..., tan amplios que en un momento uno de los puños de su camisa fue a parar al medio de la platea, circunstancia recordada por Ramón Columba gesticulaba –con dibujo incluido– en su ameno testimonio “El Congreso que yo he visto”. Pero esto hubiese sido lo de menos. La plana mayor del socialismo argentino era de una gran austeridad, una moralidad rayana en la mojigatería y acérrima enemiga del tabaco y el alcohol, tal vez por la profesión médica de gran parte de sus miembros. Y la cuestión es que Jaurès era una suerte de estereotipo del francés: rozagante, hedonista y pleno de vida, se comía todo, fumaba unos grandes habanos, bebía coñac como un cosaco y le apuntaba a cuanta falda se le cruzase, fuera ésta de una compañera o no.
Pero más allá de la anécdota risueña, Jaurès convocó a su paso por nuestra ciudad a multitudes que veían en él al apóstol de una nueva sociedad, al líder incorruptible que encarnaba a la Razón y a la Justicia en un mundo convulsionado que pronto estallaría en mil pedazos. Sería interesante, aunque imposible, saber cuántos jóvenes oyeron su palabra o la vieron impresa en los diarios de aquel tiempo; si los futuros internacionalistas, o boedistas, o artistas del pueblo conocieron su opinión de que “el proletariado era una fuerza histórica al servicio del derecho, de la libertad y de la humanidad”. Pero seguramente todos se conmovieron el 31 de julio de 1914 ante la noticia de que había sido asesinado a causa de su firme posición internacionalista en contra de la guerra. Una semana antes, en Lyon, había pronunciado un discurso responsabilizando a “la política colonial de Francia, la política hipócrita de Rusia y la brutal voluntad de Austria” por la situación bélica y llamado a los obreros de todos los países a  unirse para enfrentar “la horrible pesadilla”. Ese 31 de julio, tres días antes del inicio de las hostilidades, un oscuro personaje llamado Raoul Villain le disparó tres balazos. León Trotsky, en 1917, homenajeó a Jaurès en un artículo en el que describió la escena del crimen: “En 1915 visité el ya célebre Café du Croissant, situado a unos pasos de ‘L´Humanité’. Es un típico café parisino: suelo sucio cubierto de aserrín, banquetas de cuero, sillas usadas, mesas de mármol, techo bajo, vinos y platos especiales, en una palabra aquello que sólo se encuentra en París. Me mostraron un pequeño canapé junto a la ventana: allí fue abatido de un tiro el más genial de los hijos de la Francia actual”.
El Café du Croissant aún existe en el 146 de la calle Montmartre de París, mientras que el teatro Odeón, escenario de gran parte de nuestra historia, fue demolido gracias a un permiso otorgado por el ex Concejo Deliberante entre gallos y medianoche –que a esa hora se fragua lo inconfesable– para instalar una playa de estacionamiento..., aún existente. Sin comentarios...
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Imagen: Café du Croissant, en París.
Nota y foto tomadas del periódico “Desde Boedo”, agosto de 2014.