28 jul. 2014

Santo Domingo y el porteño que voló

 

 (De Diego Ruiz)

El relato de cómo la vanguardia inglesa, en la invasión de 1807, recorrió la actual avenida Boedo de punta a punta motivó que más de un boedense o almagrino inquiriera si el dato era histórico o fruto de una férvida imaginación. En consecuencia, el cronista desea aclarar que si algo lo caracteriza es su total falta de imaginación, su abrumadora incapacidad para escribir ficción, aunque sea un cuentito para hacer dormir a los niños. La intención siempre fue contribuir al conocimiento de nuestra historia, ya fuese a través de la nomenclatura urbana o, a partir de hechos y sucedidos de los “cien barrios porteños”. Pero como la divulgación bien entendida significa también rigor y documentación, el cronista siempre ha citado escrupulosamente sus fuentes, no como ciertos posmodernos que llaman “intertextualidad” a copiarse páginas enteras de otro autor sin citarlo. Vaya toda esta parrafada antes de narrar las andanzas del coronel Dennis Pack en Santo Domingo y, como el relato va a incluir un suceso extraordinario, el cronista quiere desde ya cubrirse las espaldas ante las posibles acusaciones de mendacidad, exageración o simple macaneo.
Así pues habíamos dejado a los ingleses en los corrales de Miserere, donde Whitelocke tuvo la desdichada idea de aceptar el plan de ataque del general Lewison Gower que suponía que la población se encerraría en sus casas y solamente Liniers y sus bisoñas milicias les harían frente, por lo que las órdenes indicaban que la tropa marchara sin cargar sus armas, no debiendo hacer fuego en el camino por ningún concepto. Lo cierto es que el día 5 de julio, a las cinco de la mañana, los cuerpos ingleses avanzaron hasta las actuales Callao y Entre Ríos, formaron columnas y a las seis y media, tras unos tiros de cañón —algo así como el tañido de la campana en los combates de box— iniciaron la marcha. El grupo de columnas del Norte logró tomar la Plaza de Toros, el arsenal y el cuartel defendidos por el tercio de Gallegos. El grupo del Sur, que avanzó por San Juan, Cochabamba y Humberto I, pudo llegar a la Residencia (actuales Defensa y México) a las siete de la mañana y hacerse fuerte en la posición. Pero en la zona más poblada, entre Córdoba y Rivadavia, las seis columnas del Centro encontraron una fuerte resistencia en los cantones que se habían formado sobre la línea Suipacha-Tacuarí y al mediodía, tras sufrir enormes bajas, ya se habían rendido.
¿Y Pack por dónde andaba? Nuestro coronel formaba en la brigada ligera, que bajo las órdenes del general Craufurd avanzó por Belgrano y Venezuela. Coinciden los historiadores militares, como el insoslayable Carlos Roberts, en que al llegar a Perú —seguramente por sugerencia de Pack, que conocía la ciudad— decidieron tomar las iglesias de San Ignacio y Santo Domingo, luego la de San Francisco y así dominar el Fuerte. Así pues, Pack mandó al teniente coronel Cadogan a tomar San Ignacio por Perú mientras él lo hacía por Bolívar... y ambos cayeron en la trampa. A los fondos de San Ignacio estaba el cuartel de Patricios erizado de cantones y cañones que los desbarataron en instantes. Cadogan se retiró en desorden y se refugió en la “casa de la virreina vieja”, de Perú y Belgrano, donde le hicieron tal carnicería que, según testigos presenciales como Martín Rodríguez, por los caños de desagüe de los techos corría sangre, y Pack con Craufurd optaron por refugiarse en Santo Domingo. Al encontrar allí las banderas inglesas tomadas en la Reconquista —entre ellas la de su Regimiento 71— y exhibidas como trofeos, Pack ordenó izarlas en la única torre que por entonces tenía el edificio que en el ataque subsiguiente, en el que se concentraron todas las fuerzas porteñas de la zona sur, quedó cribado a cañonazos. A las tres y media de la tarde no quedó otra opción que rendirse al coronel Elío, que envió a Craufurd con 46 oficiales y 600 soldados al Fuerte donde fueron recibidos humanitariamente por Liniers. Sin embargo, nuestro personaje no pudo asomar la cabeza pues era “perjuro”: al rendirse el año anterior, junto con Beresford, había jurado no volver a tomar las armas contra el rey de España y ahora una multitud que lo había reconocido quería lincharlo. Pack estaba bien escondido por el prior del convento pero un sobrino de éste, el alférez de caballería José Antonio Leiva entró el templo a caballo, clamando por “llevarse a la cincha” al inglés. Mucho costó tranquilizarlo mientras el piadoso tío le encomendaba subir a la torre a recuperar la sábana que, como señal de parlamento, habían izado los británicos y retirar las banderas británicas. Subió el joven Leiva, pues, a la torre con la bandera española bajo el brazo y del arco del campanario arrancó la sábana y las insignias inglesas pero, como la cornisa estaba resbalosa por la lluvia que todo el día había caído, o más seguramente porque la estructura estaba debilitada por la artillería, la misma se desmoronó y el alférez emprendió vuelo hasta el atrio. Pastor Obligado, quien cuenta esta historia en sus Tradiciones porteñas, supone que las banderas que Leiva mantuvo aferradas en su caída actuaron en cierto modo de paracaídas, pero que también le fue favorable el piso de tierra del atrio que, por la susodicha lluvia, estaba convertido en un colchón de barro. La cuestión es que el subteniente la sacó barata: echando sangre por oídos, boca y nariz fue depositado en la cama del tío y, aunque lo dieron por muerto, pudo asistir el 25 de mayo de 1859 al homenaje que, tarde pero seguro, le realizó la Municipalidad, aunque no pudo disfrutar mucho de los discursos porque a consecuencias de la caída quedó sordo “tapia” por el resto de su vida.
Mientras le daban a Leiva los primeros auxilios, salió Pack de su escondite, preguntando por el “oficial que había querido cincharlo” y, al enterarse de su caída, sólo se le ocurrió comentar: “Regular salto... Treinta yardas...”. ¡Oh, estos hijos de la rubia Albión! Pero luego se convirtió en devoto enfermero del porteño hasta que Liniers pudo sacarlo a salvo de su escondite y enviarlo a Inglaterra en el canje de prisioneros. Ya no regresó al Río de la Plata; como algunos de sus conmilitones pasó a combatir a Napoleón en territorio español y al igual que Craufurd y Cadogan, que allí dejaron la vida, participó en numerosas batallas llenándose de gloria bajo las órdenes de nuestro ya conocido Beresford. Fue herido ocho veces y estuvo presente en Waterloo al mando de una brigada inglesa, donde nuevamente fue herido y mereció que Víctor Hugo lo mencionara en su magistral descripción de la batalla en Los miserables.
Como han dicho los historiadores, el más poderoso ejército de su tiempo fue batido no una, sino dos veces, por milicias de tenderos y almaceneros, a lo que el cronista callejero agrega: y de esclavos, indios, mulatos, capataces de carretas y lúmpenes varios, todos vecinos de aquella lejana Buenos Aires. Y el cronista no puede olvidar que uno de esos vecinos, tan vecino que vivía a metros de Santo Domingo y que asistió a la rendición de Pack y Craufurd, era un mayor de Patricios llamado Manuel Belgrano.
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Ilustración:  Cuadro de época que muestra como era la iglesia de Santo Domingo en el momento del que habla esta nota.