10 abr. 2015

Aporteñarse...


(De Diana Bronzi)

 Me enseñaron que tenía que ser responsable. De palabra me enseñaron y aprendí de palabra. De ejemplo me enseñaron y aprendí de palabra. Pero lo fui, sí lo era y demasiado.
 Virginiana como pocas, detallista enfermiza. Enmarcada en cuadros inamovibles confeccionados por mi clásica histeria femenina agravada por el vínculo zodiacal. Estructuras aprehensibles que aprehendí no sé por quién. Y malvada. Una ética estudiantil egoísta, moral maniquea y tan temprana, de temperamento terrenal e hiperactivo.
Y lo mío era el arte. Lo supe desde chica. Lo mío eran las tablas. Esas tablas bohemias por las que quería recorrer un mundo que iba más allá de las fronteras sureñas en las que había crecido. Había conocido Paris, había conocido el color y el romance de una melodía universal en el saxofón de la esquina.
Me enseñaron que el estudio era imperativo. Me enseñaron de palabra y aprendí literal. Lo viví literal y lo vivo.
Ahora soy el resultado de los restos de aquella bohemia, la desaparición del esquema y la nula cercanía del arte.  
Muchos dirán que esto no es cierto.
No son quienes me enseñaron culpables absolutos de esta parcial metamorfosis. Quizá la terapia. Tanto hurgar y desconfigurarme, perdí de vista los nodos centrales de una rutina productiva. Quizá migrar a esta ciudad tan ciudad, a esta cárcel sin viento, a este gris sin estepa, a este almacenamiento de vidas enlatadas, a esta crisis permanente en la que vivo desde que descubrí que el estrés existe y que se vuelve crónico en algunos, en mí por ejemplo. Este lugar repleto de no lugares. De espacios públicos de los que los públicos huyen en cuanto pueden.
Aprendí a esquivar a las personas en las veredas pequeñas e inmensas, a evitar la gota de aire acondicionado que amenaza siempre a precipitarse sobre el bolso de cuero de producción en serie, a no mirar a los ojos a las personas cuando se desata la guerra por quién se queda con ese asiento del colectivo, y a pasear con apuro, a correr bajo la lluvia coleccionando paraguas de puestos ambulantes, a percibir en los rostros ajenos la desidia frente al día que acaba de comenzar.
Y la tonada que creía neutra desapareció con el correr de los meses, de los años. Me calcé los tacos, me busqué elegante, me volví invisible. En la urbe, en hora pico, degustando mi décima dosis diaria de dióxido de carbono, soy sencillamente una más. Ahora soy pesimista, excepto cuando me enfurece el pesimismo de los otros y comienzo a sonreír a quienes no están preparados para ese choque enérgico.
Aporteñarse es volverse una parte ínfima de un todo sin mesura, insultar al vecino cuando desentonan sus ronquidos en la escena nocturna de un edificio hastiado. Aporteñarse – que se entienda, ser porteño es otra cosa - es apurarse, es irritarse, es depender de una agenda y de un subte sin demoras para justificar un sueldo. Aporteñarse es adueñarse de neologismos locales y repetirlos de modo automático por menos sentido que tenga su sinsentido y atribuirles entonces un sentido específico, temporal, contemporáneo, con fecha de caducidad.  Y caminar en los cruces de las anchas avenidas contemplando el neón de los teatros comerciales… y dejarse embeber por los designios luminosos de la noche porteña. Sentir un tango, una milonga. La nostalgia en la piel pintada de brillos oleosos y disueltos. La humedad que dibuja el contorno de las estaciones. El otoño sepia esculpiendo en un árbol la voracidad del tiempo, dejándolo desnudo, volviéndolo fértil.
Y aprender a ignorar la mirada cautiva de los insolentes.           
¿Cuándo me transformé en esto?
 Cuando me enamoré del primer esbozo de luz que ornamentaba la postal vivida de un sueño errante, la noche porteña, con ese misterio y esos rincones suyos. Me sentí insignificante. No era yo ya el centro del mundo, hermosa ficción provinciana e ingenua. No era yo ahora más que testigo. Un párrafo quieto del último verso de un tango inaudito.          
Única.
Lejana.
Nostálgica.
 Pequeña.
Aporteñada –aporteñada, insisto – en estas grietas de Buenos Aires.
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Imagen: Obelisco en la Plaza de la República.

Tomado de la página web Buenos Aires Sos.