1 abr. 2015

La carta y el "e-mail"



(De Rubén Derlis

¿Es lo mismo recibir una carta que un  e-mail –envío que de aquí en adelante llamaré correo electrónico*– para algunas personas? Los mínimos sondeos que realicé no dan para estadísticas ni para establecer parámetros, sólo me alcanzan para tener una idea de cómo proceden algunos consultados ante ambas formas de envío epistolar, si se me permite seguir llamándolo de esta manera.
Entre los que pasaron los sesenta largos de trajinar la vida, prefieren el ritual de abrir el sobre, si bien admitieron que cada vez reciben menos correspondencia (salvo las facturas de gas, electricidad y otros servicios, claro) y que el abrecartas ya es pieza de museo.
Entre aquellos cuyas edades van de los treinta a los cincuenta años, el correo electrónico resulta ser su única manera de comunicación a distancia con familiares y amigos; si bien conocieron la carta tradicional, se olvidaron de ella a medida que las personas a quienes les escribían accedían a una casilla de correo electrónico. Hay quien recuerda haber escrito alguna vez una carta, pero hace mucho.
Para los que recién comienzan a comunicarse mediante la palabra escrita, hasta la franja de los veintipicos de años, hablar de carta, estampilla, buzón, los mueve a una sonrisa casi condescendiente; sin embargo no por eso dejan de mostrar cierto asombro, similar al que alguna vez tuvimos algunos de  nosotros cuando pibes, si alguien muy mayor decía haber escuchado música por la radio a galena, piedra detectora de ondas radiales que no llegamos a conocer.
Creo que la gran diferencia entre la carta de ayer y el correo electrónico de hoy reside en su forma de escritura: la primera se elaboraba muchas veces casi literariamente y en su contenido se trataba de agotar el tema tratado; por el contrario, el correo electrónico, generalmente, apela a la concisión, a la brevedad (que no quiere decir síntesis) porque quien hace uso de él sabe que si algo olvidó decir, no tiene más que abrir la computadora y remitir el faltante o la nueva ocurrencia. Cliquea y sale el mensaje que llegará en segundos, sin estampilla ni matasello.
Pertenezco a la generación que cruzaba cartas enviadas por correo entre novios con un  futuro a corto plazo de hogar-dulce-hogar (intención de edificar la felicidad a perpetuidad; cosa hoy desaparecida), o de amantes clandestinos de realidad difícil y mañana azaroso. De todos modos, cuando en cualquiera de los casos el romance se terminaba, había una devolución de cartas, especie de recuperación de los secretos amorosos cuyo destino final era el fuego purificador. Hoy es muy difícil pensar, luego de una ruptura, en la consiguiente devolución de los correos electrónicos cursados entre los modernos Werther y Carlota, Jacopo Ortis y Teresa, o Valmont y Merteuil. Primero porque es muy difícil que alguien guarde los correos electrónicos, y segundo porque ya nadie ama con la desesperación romántica del siglo XVIII, como las dos primeras parejas mencionadas, o llega a armar un intrincado juego de seducción y sexo como en la tercera, mediante cartas y esquelas a veces entregadas en propia mano.
El correo electrónico, con su inmediatez, le asestó un golpe definitivo y sin apelación al rito epistolar: escribir el sobre, poner la estampilla en el ángulo superior derecho, no olvidar el remitente en la parte de atrás; luego correrse hasta el buzón más próximo –cuando no hasta el correo si el peso de la misiva superaba el franqueo estándar–, y finalmente comenzar a sostener la doble espera: la recepción de nuestro envío y la llegada de la respuesta. Y se esperaba con más ansiedad que paciencia el arribo del cartero y su anuncio de correspondencia; cuando pasaba por nuestra puerta y no se detenía, algo parecía abandonarnos, y en realidad nos abandonaba: la alegría de leer las palabras esperadas que resonarían en los oídos con la voz de quien las había escrito. Y así día tras día hasta que finalmente llegaba. Y el ciclo, que parecía cerrarse, en rigor de verdad se reiniciaba. La escritura, el envío, la espera, la ansiedad…, una y otra vez.
En los mejores tiempos, con todos los carriles aceitados, una vía aérea a Europa tardaba en llegar no menos de una semana; una carta común a cualquiera de las provincias del país –transporte ferroviario mediante–, tardaba otro tanto. Suponiendo que el recipiendario contestara sin dilación, había que aguardar otra semana para enterarnos de nuestro pedido o para recibir novedades. El siglo XXI, que a diferencia de los anteriores sabe aún menos de lo que sabían aquéllos hacia dónde se dirige, está apuradísimo, y el humano que lo habita necesita ya todas las respuestas; por eso el correo electrónico, porque si alguien tiene que ser feliz no puede esperar, ¡debe serlo también de inmediato!, y está muy bien que así sea, pues por contrapartida, con la misma celeridad llegan las malas noticias que caen como un mazazo sobre el sorprendido, como una venganza del Tiempo, pues si debe ser desgraciado, debe serlo también ya. El nuevo siglo, que parece más hecho para una cruza de hombre con robot (o viceversa) que para hombres como lo entendía el humanismo, que se extendió en el espacio histórico hasta hace unos años, cuando comenzó la era tecnológica, exhibe en su escudo la velocidad como dios supremo e inapelable, a la que lleva a la práctica mediante el correo electrónico, hasta ahora uno de sus brazos más perfectos y ejecutivos. Ya llegarán otros medios más raudos. No me caben dudas, aunque no pueda imaginarlos.
En lo personal hago uso del correo electrónico toda vez que me es necesario, sin embargo no soy un asiduo tipiador de Messenger ni le pongo la oreja muy seguido al Skype, del mismo modo que no leo nada en pantalla (salvo el correo, claro está) sino que recurro al papel, cuya textura gusto de recorrer con mis dedos. Cuestión de fidelidades.
Resultaba raro hace unos años que cualquier vecino de Buenos Aires no memorizara el buzón más cercano; en algunos casos se recordaban tres o cuatro a la redonda de su domicilio. Hoy creo que nadie se acuerde de si en la esquina de su casa había uno. Para los ancianos es un hito en su camino de nostalgia; para los jóvenes, un objeto inservible, petiso y rojo, con la boca abierta que parece preguntar –con inaudible voz–: “¿Yo qué hago aquí?”. Y no poca razón le asiste: pertenece a la Buenos Aires de las últimas puertas de calle abiertas a todos, de las ventanas sin rejas protectoras, confiadas, y de porteños que escribían cartas de amor cuyas respuestas, a veces, llegaban en sobres perfumados, femenino detalle como prefacio a la lectura de una letra agitada y temblorosa.   
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(*) Prefiero llamarlo correo electrónico, como corresponde. Además  por una cuestión de propiedad  idiomática y una  profunda aversión a las palabras,  giros y expresiones madinusas  que se intentan –y no pocas veces logran–, introducir en nuestra lengua.

Imagen: Cartas.