8 abr 2011

La Torre Monumental


(De Miguel Ruffo)

En más de una oportunidad hemos señalado que la época del Centenario fue muy importante en el desarrollo de los monumentos y esculturas de Buenos Aires. La Torre Monumental, más conocida como Torre de los Ingleses es un testimonio de los festejos relacionados con los primeros cien años de vida independiente. Se levanta en la ex Plaza Britania, actual Plaza Fuerza Aérea Argentina, en la zona de Retiro. Fue donada a la Argentina por los residentes británicos en ocasión de las celebraciones. Su piedra fundamental fue colocada el 26 de diciembre de 1910, la obra fue construida a lo largo de seis años con materiales procedentes de Inglaterra, sólo el agua que se utilizó para la realización de las mezclas no era inglesa. Se la inauguró el 24 de mayo de 1916, exactamente a las tres de la tarde y al acto de inauguración concurrió el presidente Victorino de la Plaza. El plenipotenciario inglés se llamaba Reginal Tower (su apellido en español es Torre). El monumento es una copia del famoso Big Ben de Londres. Hubo una época en que su reloj era cuidado celosamente por el señor Humberto M. Galfrascoli; dos veces por semana controlaba, limpiaba, aceitaba y vigilaba la buena marcha del mecanismo de relojería. Luego vinieron años de abandono. En 1998 el Gobierno de la Ciudad invirtió 180.000 pesos sólo en materiales para la reparación de la Torre. El gasto total ascendió a 500.000 pesos y en sus trabajos participaron 40 personas bajo la conducción del ingeniero Enrique J. Callegari, que en esos años se desempeñaba como titular de la Dirección General de Infraestructura y Renovación de Edificios. En 1999 Alberto N. Selvaggi, escribía a La Nación una carta donde entre otros conceptos vertía los siguientes: “Querido reloj amigo: el domingo 14 de marzo, a las 22.40, te vi resplandeciente con tu nueva puerta y los vitrales de la planta baja rehechos (luego de 30 años); la iluminación te muestra más bello que nunca. Vos, que aguantaste estoicamente, en 1972, el tratamiento de la empresa Golden Gate (¿qué será de esos miserables que arruinaron tantos edificios porteños con su brutal arenado?); también en esa época tapiaron tus ventanas por no reponer los vitrales (1970); en abril del 84 te incendiaron, y luego, en septiembre, te pusieron bombas; y un año después, también en septiembre, más bombas; perdiste tu puerta y los ahora discutidos cuadrantes quedaron hechos añicos. En los últimos 13 años te vi agonizar, pero hoy me alegro al ver que renaciste, como el Ave Fénix. […] Avalan mis comentarios ser el único miembro en la Argentina del British Horological Institute, mi relación frecuente y fluida con mis pares especialistas en relojería monumental del Reino Unido y los Estados Unidos, y pertenecer a dos asociaciones prestigiosas de horólogos” (1). La Torre Monumental tiene 60 metros de altura, desde el mirador que rodea a la misma al pie del reloj, podía contemplarse parte del paisaje urbano. El diseño de la Torre fue obra del arquitecto Ambrosio Poynter y se estilo artístico es el renacentista. No se puede pasar por Retiro sin levantar la vista para contemplar el gran reloj de la Torre de los Ingleses. Lamentablemente aún hoy no se terminan por resolver sus problemas estructurales para que quede definitivamente librada al uso público.
Somos conscientes que al abordar el tema de la Torre de los Ingleses tocamos un tema delicado y espinoso, por la guerra de Malvinas (1982) y sus consecuencias. En todo movimiento social, y el de Malvinas lo fue hasta llegar al plano del enfrentamiento bélico, hay un cierto espíritu iconoclasta. Ello se debe a la contraposición entre las ideas simbolizadas por un monumento y las reivindicaciones contestatarias de las clases, grupos o sectores opuestos a aquellas ideas e intereses. Pero no es colocando bombas en la Torre como se va a derrotar al colonialismo inglés en Malvinas y menos aún al imperialismo en el continente. Pensamos que la Torre Monumental o Torre de los Ingleses forma parte del paisaje y de la memoria urbana. Testigo de una época en que la Argentina había definido relaciones prioritarias con Gran Bretaña, la Torre simboliza todo un pasado de nuestro país. Podemos criticar a la economía agroexportadora, a las relaciones privilegiadas con los ingleses, a la República Conservadora; lo que no podemos hacer es negar ese pasado con sus luces y sus sombras, con sus injusticias y contradicciones, pero pasado al fin de la Argentina. Consideramos que la Torre de los Ingleses es todo un símbolo del pasado de nuestro país.
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     (1)   “La Nación”, 10 de abril de 1999.

Foto: La Torre Monumental, más conocida como Torre de los Ingleses.
Tomado del periódico Desde Boedo.

5 abr 2011

Esquina “de los Suspiros”


(De Ricardo Llanes)

Hubo un tiempo en que la ciudad de Buenos Aires contaba con la inventiva popular para nombrar a muchas de sus esquinas. Don Manuel Bilbao en su libro Recuerdos y tradiciones (edición de 1934), trae una veintena de aquellas denominaciones con los respectivos puntos de ubicación, aunque sin explicar las causas o razones a que respondían. Tales la “de la Paloma”, como se llamaba a la esquina de Florida y Cangallo, y la “del Manchao” a la de Rivadavia y Carlos Pellegrini.
Aquel nombre, que por lo general predominaba por sobre el que llevaba la calle, es algo que hoy, como ha ocurrido con tantas otras cosas tradicionales, ha desaparecido. Ya no es costumbre mencionarlas con el patronímico de alguna familia afincada en el lugar: esquina “de Navarro Viola” (la sudoeste de Caseros y Monasterio); tampoco con el de la  mampostería ornamentando el frontis: “del Ciervo” (Rivadavia y La Rioja). Y si nos resulta indiscutible que a las calles debe mencionárselas conforme lo indica la nomenclatura municipal, no es posible negar que resultaba grato por lo familiar y afectuoso aquello de: “andá a la esquina de la Flor”, como se decía de la de Castro Barros y San Carlos (después Adolfo Berro y actual Don Bosco). Sobre el ángulo noroeste de estas calles se mantuvo por muchos años la panadería “La Flor”. Y recuérdese que en casi todos los casos el negocio que cobraba fama (almacén, farmacia. confitería, etcétera) quedaba identificado con la esquina; por ejemplo la “del Tropezón” (la nordeste de Callao y Bartolomé Mitre, en tiempos en que el restaurante de este nombre estaba en ese lugar); o la esquina “de la Parada”, por el almacén de Capurro, de don Pedro Capurro (Rivadavia y San Pedrito, sudeste), así conocida porque hasta allí llegaba el “tramway” de caballos, para luego dar la vuelta y por la misma vía regresar a la Plaza de Mayo.
A la esquina “de los Suspiros” se llegaba por las calles Suipacha o por Viamonte. Convendrá recordar las anteriores denominaciones de ambas. La primera se llamó Santo Tomás (1738); Socorro (1769); Parejas (1808), hasta que en 1922 se le puso el nombre actual. Viamonte se llamó San Antonio (1738); San Miguel (1769); San Bernardo (1738); Santa Catalina (1769); Ocampo (1808); Del Temple (1802); Temple (1856); General Viamonte, nombre que fue impuesto en el año 1883, en homenaje a la memoria del guerrero y gobernador de Buenos Aires, don Juan José Viamonte, cuya finca se encontraba en el mismo lugar que hoy lleva el número 680.
Precisamente, a la casa aquella de la actual Viamonte –y bien cabe aquí su recuerdo pues aún repican los ecos de los actos celebratorios del sesquicentenario de la Revolución de Mayo– llegó en la noche del 18 de mayo de 1810 el coronel don Cornelio Saavedra. Él lo dice en sus Memorias: “Yo me hallaba en el pueblo de San Isidro; don Juan José Viamonte, sargento mayor que era de mi cuerpo, me escribió diciendo era preciso regresar a la ciudad sin demora, porque había novedades de consecuencia. Así lo ejecuté. Cuando me presenté en su casa, encontré en ella a una porción de oficiales y otros paisanos cuyo saludo fue preguntándome: ‘¿Aún dirá usted que no es tiempo?’. Les contesté: ‘Si ustedes no me imponen de alguna nueva ocurrencia que yo ignore, no podré satisfacer la pregunta’. Entonces me pusieron en las manos la proclama de aquel día. Luego que la leí les dije: ‘Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder una sola hora’”.
La antigua plazoleta Del Temple, que sólo comienza a funcionar con este nombre en días de 1813, así como a funcionar la fábrica de fusiles con portón frente a ella, también fue conocida como Plaza General Viamonte. Esta denominación quedó substituida en 1895, por la que hoy lleva, Plaza Suipacha, rememorativa del triunfo de las armas patriotas, el 17 de noviembre de 1810. Constituía en su tiempo, y por así decirlo, el salón abierto de la esquina “de los Suspiros”, al que no faltaba en días del intendente municipal don Torcuato de Alvear el correspondiente motivo ornamental, dado que allí se levantaba a manera de sugestión campera un ombú de material que se iluminaba provocando la curiosidad. Además la esquina “de los Suspiros” no carecía de otras luces puesto que en su ángulo sudoeste abría sus puertas el café y posada de Cassoulet, de cuyo submundo y actividades nos dio cuenta acabada José S. Álvarez (Fray Mocho) en sus Memorias de un vigilante.   
Pero ¿por qué se la conocía como la esquina “de los Suspiros”? La verdad era que tal nombre tenía su buena causa. En la cuadra de Viamonte, entre las de Suipacha y Artes (hoy Carlos Pellegrini), existía un puente de regulares dimensiones que, según nos lo manifiesta don Santiago Calzadilla en Beldades de mi tiempo, lo había mandado levantar don Mariano Billinghurst, señor que fue de primera fila en las avanzadas del progreso. En días de temporales permitía el paso sobre la correntada del Tercero del Norte, un ancho cauce natural que arrancando de las inmediaciones de la plaza Lorea, iba al encuentro del río abriéndose camino por estas calles: Rivadavia, Uruguay, Cangallo, Corrientes, Libertad, siguiendo en diagonal hasta Cerrito y Tucumán, para continuar por Carlos Pellegrini, Viamonte, Suipacha, Córdoba, Esmeralda y Zanjón de Matorras, nombre éste que tomaba al correr por las de Paraguay y Tres Sargento.
Fue este puente el que en recuerdo del homónimo veneciano provocó la denominación, hasta que la Municipalidad lo cedió a la de San Isidro, donde –como lo expresaba La Prensa del jueves 26 de febrero de 1880– “servirá para unir el pueblo a la isla que se halla a su frente”.
Su desaparición del lugar obligó a que la voz popular apagara la resonancia del nombre de la esquina “de los Suspiros”, si bien su recuerdo alcanzó algún florecimiento pasajero entre los comentarios avivadores de las tienduchas y vecinos inquilinatos. Por lo demás, el edificio que desde abril de 1909 ocupa el Banco Municipal de Préstamos (1) le otorgó a la esquina su primera estampa de arquitectura superior; y la figura del coronel Manuel Dorrego sobre el caballo magistral que cincelara Rogelio Yrurtia, le dio al inaugurarse el monumento el 24 de julio de 1926, el resplandor romántico de su nuevo aspecto: un rincón italiano o parisiense; un color urbano que tiene mucho de europeo.
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(1) Actualmente Dirección General de Rentas de la Ciudad de Buenos Aires (N de la R).

Imagen: “La Fatalidad”, una de las esculturas laterales del monumento a Manuel Dorrego, obra de Rogelio Yrurtia, emplazado en la actualidad en la intesección de las calles Viamonte y Suipacha, donde estuvo el llamado Puente de los Suspiros a fines del siglo XIX. (Foto tomada  de arteparalosamigos.blogspot.com).
Tomado del libro: Recuerdos de la ciudad porteña; ediciones Corregidor, Bs. As., 2000.

4 abr 2011

De calles y de barrios


(De Fernando Sánchez Zinny)

Es esta una mínima apostilla sobre la historia de Buenos Aires, acerca de un punto apenas si advertido y no porque sus inmediaciones no se transiten con frecuencia: la ciudad era la ciudad y en torno de ella surgieron andurriales que terminaron siendo barrios, consolidados en torno de alguna denominación religiosa vigente en el lugar: Monserrat, San Telmo, Retiro, La Recoleta, o a partir del nombre de propietarios antiguos, como Palermo o Almagro, o por la descripción inmediata: La Boca (del Riachuelo) o Barracas, o Corrales.
Más allá había extensiones que fue llenando la inmigración hacia fines  del siglo XIX y surgieron otros nombres diversos por motivos variados: “Pacífico”, hoy semi olvidado, señalaba la terminal originaria del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico; Villa Crespo recordaba un loteo, y así se fue gestando, a los trancos, la nomenclatura que hoy nos es habitual.
Hay un caso atípico: Boedo era una calle más que iba al sur, sin relevancia ninguna, consagrada al recuerdo de un partícipe secundario del Congreso de Tucumán, don Mariano Boedo, figura aproximadamente ignota. Pero esa calle, ensanchada después de Belgrano cobró importancia, floreció en negocios y hubo en ella imprentas y talleres.
Cruzaba dos zonas: Almagro y Corrales, cuyo deslinde venía a ser, poco más o menos, San Juan, pero Boedo ostentaba ya carácter propio e insensiblemente se fue convirtiendo, después de 1920, en denominación general no sólo aplicable a la calzada y a las veredas y casas que la enfrentaban sino al área en su conjunto, al damero de calles paralelas y perpendiculares del que se había transformado en centro prolongado: “ser de Boedo” dejó de ser lo propio de esa calle o avenida, para convertirse en indicio de un protobarrio, que el tiempo ha vuelto tradicional.
Es, en realidad, el único caso entre nosotros de esa derivación de nombres, de calle a barrio. Pero existió, en la misma época en que se produjo esa mutación, otro fenómeno similar sólo que frustrado: Chiclana hubo de ser, igualmente, la génesis de un barrio que habría coincidido, en grandes líneas, con el actual de Parque Patricios, y en algún momento pareció que así iba a suceder. Porque hacia 1920, Corrales, recostado sobre Caseros, era una designación ya anacrónica, pues la plaza de faenamiento se había levantado veinte años antes y, lo peor, estaba sumamente desprestigiada, por la inevitable asociación que establecía con la matanza de animales, con la rusticidad de quienes se encargaban de ese trabajo y lo nauseabundo de las tareas complementarias. Las parroquias de San Cristóbal y San Antonio eran todavía incipientes y tampoco era demasiada la religiosidad de los nietos de italianos carbonarios que poblaban el lugar. Y se lo empezó a llamar Chiclana, avenida entonces llamativa con un modesto bulevar y alborotada por el paso ruidoso de los tranvías.
¿Por qué no prosperó ese nombre? A ciencia cierta, ignoro la razón, pero sospecho que un par de tangos famosos tuvieron que ver con ese fracaso. “Ser de Chiclana” era, como en el caso de Boedo, ser de una zona sin otra gracia que poseer una avenida que servía para identificarla. La “pebeta más linda’e Chiclana” no necesariamente tenía que trajinar sus veredas, sino que entendía que “era de por ahí”. Pero la pebeta –Estercita– no tuvo buena fama, después que los hombres “le hubiesen hecho mal”. Y, encima, otro tango machacaba sobre los mismo: “¡Sos de Chicana, no hay nada que hacer!”, obvia alusión a un “reaje” persistente.
Como es natural, a los vecinos exentos de esas tachas, les disgustaba la denominación y preferían evitarla. Parque “de los” Patricios era el nombre de la hermosa plaza con su zoológico anexo que ocupaba el predio de los viejos Corrales y hay una mención de 1923 en que ya aparece como denominación genérica, al modo de Parque Centenario o Parque Chacabuco, de Congreso o de Tribunales.
Pero no tuvo de entrada excesiva suerte. Sólo a fines de la década del 20, con la habilitación del Instituto Bernasconi, se asentó la imagen actual del barrio: las señoritas que acudían a ese establecimiento tenían sus pretensiones y no deseaban vivir en Corrales o ser confundidas con esas otras filiables a Chiclana. La notable y hoy por completo olvidada poeta María Raquel Adler, vecina de la calle Oruro, fue alumna (o profesora) del Bernasconi y a ella corresponde el más antiguo testimonio de alguien que se declara habitante de Parque Patricios, ya en la versión abreviada y coloquial. Eso fue en 1933 o 1934.
Pero Corrales no desapareció enseguida: su agonía duró un largo lapso y hasta ayer nomás, el cuartel de bomberos era “de Corrales” y la característica telefónica 91se identificaba de la misma manera, de igual modo que 31 era “Retiro”. Un club de la zona se llama aún “de Corrales”, hay un Museo de los Corrales que nada tiene que ver con éstos y hasta un tramo pequeño de Monteagudo recibió el nombre de “Corrales Viejos”, con clásica inexactitud municipal, pues los viejos corrales eran los de Caseros y Vieytes (Plaza España) y aquellos de los que estamos hablando fueron, en realidad, los Corrales Nuevos, reemplazados en 1900 por el Matadero de Liniers.
Queda entonces, sólo Boedo como caso de calle que ha dado nombre a un ambiente y a un barrio: el Paseo de Julio, el “fondín de Pedro Mendoza”, las chicas de Florida, la calle Arroyo, Santa Fe, Libertador (o Alvear, antes), tuvieron en algún momento sus aspiraciones, pero ninguna cuajó.
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Imagen: Partitura del tango ¡Sos de Chiclana...!

El amor de El Cívico y La Moreira


(De Ernesto Goldar)

La trata de blancas, la explotación de la mujer,  asoló a la Argentina inmigratoria de comienzos del siglo XX, acentuada por el aumento demográfico, el desajuste sexual y una cultura machista que hace de la mujer un objeto. El submundo del arrabal es el periplo humano de los sujetos arquetípicos de esta historia de humillaciones y violencia: el malevo y la mina, o si se quiere, la prostituta y el cafiolo, la pareja incubada por la miseria y la corrupción, el delito de las orillas, la mendicidad, la infancia desamparada, los subproductos del compadre y el caudillo político, los matones a sueldo, los garitos y las mancebías, la “mala vida” en la estructura precapitalista del país, y el aspecto sucio de la acumulación del capital.
La organización del prostíbulo, con su reglamento de intimidad y obediencia, las casas de citas y las casas de comisiones, las operaciones clandestinas y las poderosas bandas de rufianes: los polacos, los franceses, las criollas (la Zwi Migdal, polaca, llega a regentear 30.000 mujeres) patentizan la corrupción de los gobiernos y de las autoridades y la hipocresía y la decadencia de la sociedad. Esta situación –como todos sabemos– continúa creciente en los tiempos neoliberales y posmodernos del siglo veintiuno, y todo parece seguir igual, como una tara congénita o una seducción irresistible, la inveterada complicidad del sexismo y el comercio en una sociedad de clases.
La historia que vamos a contar pone de relieve el ambiente del cafiolo y la prostituta criolla.  El canfinflero porteño, por miedo a cansarse –dicen por ahí – explota a una sola mujer. Lo califican de “profesional de la libido” y le asignan una destreza lujuriosa al bailar el tango. Se le llama “caralisa”, por las dosis de peluquería, y se instala en las de la calle Esmeralda para que lo colmen de pomadas y lo afeiten pelo por pelo. Su única arma es la figura, pues una vez que la ha perdido se acaba en él el cafishio. Alardea de conquistador y no respeta a las mujeres de sus amigos y menos a las de los colegas, y se “levanta” a las pupilas de los “caftens” polacos y franceses. Sentado bajo la parra del patio del prostíbulo, escuchando a los músicos, controla el trabajo de su “yenusa” contabilizando  las “latas”, que luego cambia por dinero en la caja del burdel.
El Cívico y La Moreira, una pareja de arrabal, protagonizan una peculiar relación. Compinches en el comercio prostibulario, los une el amor, en una vitalidad que cuestiona el fariseísmo pequeñoburgués. El Cívico y La Moreira eran una pareja que desacralizaba el Orden. En los años que van del 1905 al 1908, El Cívico, que transitaba de los 25 a los 28 años de edad, vivía en la pieza Nº 15, de El Sarandí, conventillo situado en la calle epónima entre Constitución y Cochabamba. Su profesión consistía en la explotación de su mujer, La Moreira, y en la pesca y el tráfico comercial, al contado, de pupilas nuevas. El era de ascendencia italiana meridional, ella, de andaluces gitanos. No es necesario pintar a El Cívico como buen mozo excepcional, porque la clave primera de su éxito, ya se sabe, estaba en la seducción, pero de una seducción indispensable, hechicera de su físico. La segunda clave estaba en la astucia –la viveza– en la frialdad criminal disimulada, en el arte de la daga, en el coraje. La tercera clave estaba en su “simpatía”, en sus costumbres de adinerado, en los finísimos modos de su trato social, en sus aptitudes famosas de bailarín, en su labia. Rendía culto a todo lo criollo. Lo era y trataba de serlo mucho más. Fuera de su propio ambiente rufianesco no usaba términos de lunfardo. (El lunfardo lo hablan con más frecuencia los secuaces, generalmente, que los hampones mismos). Se decía hombre de Alem y de Yrigoyen, pero no se comprueba en su caso interés político sincero. No le faltaba voz para cantar y era buen guitarrero.
Cortés con todo el mundo, El Cívico se sentaba, para matear, en el patio. Entre los dedos enjoyados humeaba un cigarrillo “Vuelta abajo”, “Atorrante” o “Siglo Veinte”. Las chicas vivas del conventillo le sonreían entonces sin peligro y sin rubor, a escondidas de La Moreira, enviando miradas de gloria a su apostura espléndida, a su atavío, a su perfume, a las largas y artísticas líneas de sus bigotes. Al atardecer, La Moreira se iba con otras al “café” de la Pichona, en la calle Pavón entre Rincón y Pasco, donde “trabajaba” como pupila, como lancera, como proxeneta y como bailarina. Como lancera, porque tiraba la lanza (la punga, les hurtaba la billetera) a los giles alcoholizados y al gringuerío con plata; como proxeneta, porque era “socia de su marido” en eso de engatusar infelices y de venderlas como “novedades”; como bailarina, porque lo fue en grande y porque el “café” de la Pichona fue uno de los que ayudaron a darle al tango la fama de prostibulario que se le asigna.
La Moreira, comúnmente usaba un puñal; pero cuando debía aventurarse sola en las noches más afuera o en  los “negocios” difíciles –basta pensar en el resentimiento de los rufianes de menor cuantía, flojones, maulas, pero no por eso menos peligrosos, a los que ella quitaba sus mujeres– salía con botas de caña alta que llegaban casi a la rodilla, y en la derecha calzaba la daga o un sable bayoneta […] .A la meretriz profesional que todos los días al atardecer se despedía con un beso para ir al prostíbulo, El Cívico la amaba.
 La Moreira era realmente su amada, su compañera de siempre. Y la amaba sin intervalos, con dedicación exclusiva y minuciosa. La asediaba. Cuando le pegaba, ella se dejaba pegar siendo, como era, capaz de pelearlo como un guapo, porque no la castigaba con la brutalidad de los que no tienen recursos mejores para señorear a sus rameras, sino con exigencias de dueño lindo, o de enamorado celoso –según conspicuos historiadores de la historia “varonil”–.
Así nos cuentan que era esta pareja marginal de comienzos del siglo pasado. Si la comparamos con la realidad sentimental en el Buenos Aires de ahora, es fácil conjeturar que se trata de un romance –por llamarlo así– en una época perimida. Sin embargo, las noticias de todos los días nos transmiten una aberrante situación que perdura.
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Imagen: Pupilas en uno de los prostíbulos de la Zwi Migdal.

3 abr 2011

Artes plásticas en "Nosotros"


(De Mario Tesler)

Desde 1907 hasta 1943 se editó en Buenos Aires la revista Nosotros. Con dos interrupciones, durante ese período de casi cuatro décadas recogió en sus páginas el pensamiento y acontecer de su tiempo. Nosotros no fue vocero de movimiento alguno, ni tribuna de un estrato generacional. Ser colaborador de Nosotros no implicó la aceptación  de  una  orientación  ideológica  o  estética.
Nosotros vivió sin el propósito de expresar a un sector. Ajeno a grupos y camarillas, su tolerancia e imparcialidad le permitió reunir a todos los que tenían pasión o simple curiosidad por las cosas de la inteligencia. Aceptó todas las expresiones en todas las disciplinas, justificando así el lema de revista de letras, arte, historia, filosofía y ciencias sociales, con el cual apareció subtitulado en algunos tiempos.
Dos cafés de Buenos Aires fueron escenario de las conversaciones iniciales del proyecto editorial. “La Brasilera”, de Maipú entre Sarmiento y Perón, y el “Brasil”, de la Corrientes angosta entre Suipacha y Carlos Pellegrini, rebautizado Café de los Inmortales por Evaristo Carriego.
En estos dos cafés, Alfredo Bianchi, con las sugerencias de Roberto Giusti y algunos más, dio forma al propósito de ofrecer un medio de opinión independiente, con regular frecuencia en sus entregas y seguridad de permanencia (lo frecuente y permanente, dos temas que siempre obsesionan a todo editor de una publicación periódica). Alberto Gerchunoff  bautizó la revista con el nombre de Nosotros.
La aparición de Nosotros no fue encarada como aventura. Proyectada con organicidad nació madura. Sus fundadores, Alfredo Bianchi y Roberto Giusti, se conocían de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y, además, estuvieron presentes en experiencias periodísticas anteriores, que les habían indicado la inconveniencia de entregar el timón a los impulsos circunstanciales.
Ambos escritores habían compartido las columnas de La Gaceta Literaria de Joaquín Fontenla, usando los seudónimos Alfredo Sorgbaron y Roberto Eynhart respectivamente. Además Bianchi ya contaba con la experiencia de su paso como administrador de Rinconete y Cortadillo (1900) y de su desempeño como virtual director de Preludios  (1901-1902).

Bianchi y Giusti le impusieron a Nosotros una línea mesurada y reflexiva, de crítica seria e incorruptible. Rechazaron el petardismo y lo panfletario. Con el correr del tiempo la autoridad de Nosotros creció dentro y fuera del país, de ahí las colaboraciones de notables llegadas del extranjero. Muchos acompañaron a Nosotros, aún desde la oposición. Entre las fotografías que lució la redacción –recuerda Roberto Giusti como ejemplo de ello– se encontraba una de Leopoldo Lugones, su crítico severo, con esta singular dedicatoria: A  Nosotros,  mi  simpática  enemiga.
Se suspendió su publicación por segunda vez con la entrega número 299-300, en 1934, Bianchi y Giusti redactaron una partida de defunción manifestando el convencimiento de preferir desaparecer, antes que subordinar la revista a la lucha política partidista. Entonces desde los poderes públicos y no pocos de los estocados desde sus páginas, más que lamentar el hecho por obligado cumplido, se ocuparon de estimular su reaparición.
 Nosotros volvió a editarse en 1936. Esta época duró ocho años, hasta 1943. La muerte de Alfredo Bianchi, a fines de 1942, fue la razón de su desaparición. Ya enfermo, en mayo de 1939, Bianchi se retiró de la dirección. Como pérdida irreparable lo sintió Giusti y así lo expresó. Para él la enfermedad y posterior ausencia de Bianchi le restó a Nosotros el  alma.
No sería ilógico suponer que poco tiempo hubiera podido sobrevivir sin concesiones ante el cambio político nacional en cierne. Eso hubiera significado transformar lo que era Nosotros para ser otra cosa. En septiembre de 1943 apareció por última vez y antes dedicó el postrer número monotemático (el de abril-junio de ese año) a la figura de Bianchi.
Esta revista fue una empresa cultural que nada tuvo en común con la bohemia, si por tal se califica al desorden y la irregularidad. En cambio si se la asocia a las expresiones y costumbres libres, Nosotros siempre acogió a todas las propuestas. A tal punto llegó que propició grupos juveniles enfrentados a ella y así, con el correr del tiempo, lo más encontrado del espectro cultural se incorporó a su cauce. Nosotros no tuvo manifiestos propios, por eso publicó en sus páginas todos los que le fueron solicitados.
La vida de Nosotros fue acompañada con reuniones sociales pluralistas que al principio congregaron a unos pocos; después las mesas debieron ser largas. Estas reuniones le proveyeron un rico material y le acrecentaron el número de simpatizantes. Es frecuente encontrar en sus números los testimonios de banquetes en homenaje, almuerzos fraternales o almorzáculos, como le solían llamar sus organizadores en la intimidad, y recepciones a visitantes ilustres.
Alfredo Bianchi y Roberto Giusti dieron vida a esta empresa cultural independiente durante casi cuatro décadas, período en el cual se editaron 390 números, muchos de los cuales con carácter extraordinario y monotemático.
En la dirección  de la revista colaboró Julio Noé. Durante un tiempo Giusti se apartó de sus funciones y en su reemplazo Noé compartió la dirección. En calidad de secretarios de redacción, a Enrique Banchs, el primero, le sucedieron Emilio Suárez Calimano, Oscar Bietti, Julio Noé, Alfonso de Laferrere y Alejandro Castiñeiras.
Con el tiempo, Nosotros entró en la historia de la literatura argentina e hispanoamericana. Algunos de sus conductores y colaboradores asiduos se ocuparon de ella pormenorizando detalles en sus memorias, otros legaron sabrosos entretelones en sus divagaciones  y  anecdotarios.
Con posterioridad, esta revista comenzó a ser tema de estudio en monografías, incluida en ensayos de diversas disciplinas y analizada desde la técnica bibliográfica de manera insuperable por Elena Ardissone y Nélida Salvador, también fue especialmente antologada y hoy ocupa un lugar de preferencia en cuanto trabajo de conjunto aparece sobre el pensamiento argentino de las primeras cuatro décadas del siglo XX.
Aunque el propósito de los fundadores y conductores de Nosotros fue ofrecer la revista no sólo a todas las expresiones sino también a todas las disciplinas, éstas no están presente en la misma proporción.

Nosotros apareció subtitulada revista mensual de letras, arte, historia, filosofía y ciencias sociales, no obstante lo cual el ordenamiento de estas materias no guarda relación con la cantidad y extensión de los trabajos publicados sobre cada una de ellas. Lo aseverado se advierte después de consultar algunos de los 390 números editados.
Pero si todas las disciplinas del saber no están presentes en la misma proporción numérica y algunas no ocupan, por ello, el lugar originalmente asignado en el lema, que le sirvió de subtítulo a la revista, esto no significa que mondo y lirondo se deba soslayar el aporte de los otros quehaceres tratados en menos oportunidades.
En Nosotros, como medio periodístico de expresión cultural, las artes visuales no tuvieron especial resonancia ni igual atención en relación con otros temas que ocuparon un lugar de privilegio, salvo en el subtítulo donde van, junto con las otras artes, a continuación de las letras.
Pero si bien a las artes visuales no les corresponde estar entre los temas más tratados, al agrupar todos los trabajos referidos a ellas se comprueba que el aporte de Nosotros en la materia es significativo, habida cuenta de su calidad, cantidad y extensión. Esto obligó a espigar la totalidad de los números de Nosotros. Los resultados obtenidos podrán sorprender a muchos y llamará, sin duda, la atención de algún estudioso del tratamiento de las artes visuales en nuestro medio durante las primeras cuatro décadas del siglo XX, pues en lo producido sobre el tema no aparece mencionado adecuadamente la contribución de Nosotros. En cuanto a los panegiristas de esta revista, tampoco han tenido en cuenta la generosidad editorial en acoger sin límite el tema de las artes plásticas en sus páginas.
La confección de un asiento hemerográfico por cada publicación efectuada en Nosotros sobre artes plásticas, o temas interrelacionados con ellas, arrojó una suma que asciende a más de cuatrocientos asientos, correspondientes a ochenta y seis autores, integrado por artículos, traducciones, críticas, noticias y transcripciones.
Del total de asientos reunidos, cincuenta y cinco corresponden a trabajos sobre arte; cuarenta y dos son estudios y trece abordan períodos y estilos. Sobre historia del arte y la crítica, la suma asciende a veintiséis. La arquitectura se encuentra presente en nueve contribuciones. En cuanto a escultura aparecen veintisiete críticas sobre algún determinado escultor y cinco críticas referidas a muestras colectivas. Un solo estudio está dedicado a la caricatura. Para grabado sólo se debió confeccionar un asiento y tres sobre artistas que emplearon esa técnica. En cuanto a pintura y pintores en general el total de asientos llega a doscientos setenta y siete, entre los cuales ciento diez son críticas sobre exposiciones colectivas de pintura y ciento sesenta y siete están referidos a muestras individuales.
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Imagen: Tapa del número 120 de la revista Nosotros.

Héroe y cantor


(De Haydée Breslav)

Cuando muere un cantor suele nacer un sueño
y en algún mar lejano
se desploma un albatros.
Raúl González Tuñón

Los que someten a los pueblos intentan imponerles también sus héroes. Cuando los pueblos los ignoran o rechazan para consagrar a los propios, éstos suelen ser rebeldes, proscriptos, bandidos… o cantores. En Buenos Aires, muchos han sido los generales y políticos que las clases dominantes pretendieron hacer prevalecer; de ello da testimonio el gran número de monumentos erigidos en plazas y paseos. De vez en cuando, alguna de esas estatuas recibe el dudoso homenaje del escrache; otras, ni siquiera eso. En cambio, el apellido del Cantor se ha vuelto antonomástico.
Como sucede con todo héroe, hubo quienes vinieron antes que él, y lo anunciaron; un multitudinario coro de voces anónimas fue preludiando por años la aparición de la Voz. Sarmiento sabía, y así lo hace constar en el Facundo, que “el pueblo argentino es poeta por carácter, por naturaleza”, y añade: “También nuestro pueblo es músico. Esta es una predisposición nacional que todos los vecinos le reconocen”. Párrafos después señala, en su particular estilo, que “estas dos artes que embellecen la vida civilizada y dan desahogo a tantas pasiones generosas, están honradas y favorecidas por las masas mismas que ensayan su áspera musa en composiciones líricas y poéticas”. Y vaticina: “Del centro de estas costumbres y gustos generales se levantan especialidades notables, que un día embellecerán y darán un tinte original al drama y al romance nacional”.
Entre esos precursores llegó a haberlos célebres, como Gabino Ezeiza, y legendarios, como Santos Vega; y no siempre se recuerda que también era cantor Martín Fierro. Pero acaso estuvieran demasiado apegados a la tierra, demasiado integrados a la tradición de la vida rústica… Porque los héroes nacen en comarca ultramarina, de madre mortal y padre desconocido (es un dios quien los engendra); poco y nada se conoce de su infancia y adolescencia; describen una trayectoria brillante e intensa; gozan del triunfo y el reconocimiento; en su plenitud, mueren trágicamente durante el solsticio de verano (Medellín está en el hemisferio norte).
O acaso, como sostenía Oscar García, su advenimiento debía coincidir con el del disco y el cine, para que el mito tuviera un sustento real y sólido. Al respecto, escribió Oscar: “Gardel grabó y filmó; por lo tanto, se puede evaluar considerando factores de orden técnico sin necesidad de recurrir al tan traído y llevado 'gusto personal' […]. Si nos remitimos a la técnica, es preciso señalar que su voz era voluminosa y rica en armónicos; su color, inimitable; su fiato no ha podido ser igualado […]. La amplitud de su registro le permitió realizar verdaderas proezas, como en el caso de Cuando tú no estás o el admirable salto de séptima de La mariposa, por ejemplo. En cuanto a su calidad interpretativa, le hizo dar a cada letra el exacto mensaje, trágico, dramático, romántico o humorístico, que había pergeñado el autor. […] Técnicamente indiscutible, pudo haber sido un cantante de cámara, pero eligió ser el cantor del
 pueblo”.
Como a todo héroe, no le faltaron detractores. Uno de los primeros, el fascista monseñor Gustavo J. Franceschi, lo describió en 1936 como “un héroe que encarnaba extraordinariamente su ideal de inmoralidad… No se olvide que el amoralismo simbolizado por un Gardel cualquiera es anarquía en el sentido más exacto de la palabra”. Curiosamente, estas apreciaciones coinciden con otras, surgidas en los 60, de sectores supuestamente progresistas, que se complacían en atribuir al Cantor –sin prueba alguna– un variado prontuario.
Precisamente a partir de los 60, algunos, en un intento por alcanzar notoriedad, plantearon dudas sobre la sexualidad del Cantor, burdo ad hóminem que no roza su voz, en la cual, según Ulyses Petit de Murat, “latía una vida fangosa, carnal. Tenía la belleza salvaje de los sementales cuando los largan, con los belfos húmedos, contra las yeguas temblorosas”.
Otros lo condenaron ideológicamente en nombre de cierto seudoprogresismo, demostrando en realidad un empecinado desconocimiento de su discografía, que incluye muchísimos temas que denuncian y condenan la explotación, el hambre, la guerra, la miseria, la exclusión, el sistema judicial, las leyes represivas, los dogmas, la situación que empuja a la mujer a la prostitución, el drama de la inmigración y otros males que aquejan a los pobres.
“Es indudable”, escribió en ese sentido Oscar García, “que elegir entre lo pintoresco o lo colorido y lo testimonial no fue casual, sino deliberado; porque el gran cantor sentía como propias todas las miserias de sus contemporáneos. ¿Acaso los autores que le arrimaban letras no eran en su mayoría proletarios? Y precisamente, el éxito de esos tangos radicó en que el pueblo se veía reflejado en ellos”.
Quienes seguramente no desconocían esos temas eran los alcahuetes de los represores, pues más de cuarenta años después de su muerte, el Cantor encabezó la lista de los artistas prohibidos por la dictadura de Videla.
Por si algún reparo quedara sobre la legitimidad de su  condición heroica, son los poetas quienes la garantizan; los mejores de Buenos Aires, los más auténticos y comprometidos, honraron y celebraron al Cantor: Raúl González Tuñón (que además fue su amigo), Mario Jorge De Lellis, Humberto Costantini, Roberto Jorge Santoro, Francisco Urondo, Julio Huasi, Oscar García, Juan Gelman…
Pronto se cumplirán setenta años de su muerte. Los que nos someten ya no recurren a generales ni a políticos, ni se valen de la majestad del mármol; es a través de la estridencia y el bullicio como imponen a sus falsos ídolos, tan deleznables y efímeros como todo lo que produce el sistema. Y apenas advierte que la impostura está a punto de descubrirse, el mismo sistema los reemplaza por otros, que continuarán desempeñando la función de desorientar al pueblo y allanar el camino a la dominación.
El sistema se ha ocupado también de crear, y de ahondar, la brecha que separa al Cantor del pueblo al que pertenece, del modo más grosero y eficaz: acallándolo. En posesión de los medios de difusión, no difunde su discografía, y cuando lo hace, se reduce a los mismos temas, los de contenido más pobre, los que más han sufrido el paso del tiempo. En el mismo sentido colaboran presuntos estudiosos que se limitan a recopilar episodios intrascendentes y a establecer cronografías, así como quienes, conociendo poco y nada las interpretaciones del Cantor, pero preciándose de informados, repiten los argumentos de sus detractores.
No es la primera vez que el culto popular al héroe se convierte en una religión de sacerdotes, que reiteran monótona y solemnemente fórmulas y gestos vacíos de sentido. Creemos que va siendo hora de que Carlos Gardel, Héroe y Cantor de Buenos Aires, sea recuperado por y para el pueblo al que siempre perteneció. Hasta que ese momento llegue, él nos espera cantando cada día mejor.
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Ilustración: Monumento a Carlos Gardel en el Abasto. (Foto tomada del sitio todotango.com)
Tomado del periódico Trascartón.

2 abr 2011

Salvando la cana


(De Santiago Dallegri)

–…Vea, sargento, no le cre’a a este budín, que lo que quier’es fundirm’en la cana… lo que pasó, yo se lo vi’á a contar si usté me d’audiencia y á ella le intima silencio durante cinco minutos, porque si la deja hablar, es cosa’e dirse sentando.
–No le haga caso, agente, porque le v’a salir con grupos.
–Le juro, sargento, que le diré la verdá y puedo hacer de cuenta, por más que no pienso tomar ni la primera comunión, que ahora, m’estoy confesando.
–Bueno, vaya vomitando y tenga cuidado con no salir ensuciao… y usté, cáyese un momento, hasta qu’el acusado acabe.
–Vea, sargento; estábamos aquí en el patio, festejando con un bailongo los olios de una hijita de doña Tripulación, la mujer del “ñato” Pancho… el señor; cuando a la orquesta le da por tocar aquel “pegame un empujoncito”, un tango que hace atropellar al más maula y hamacarse a un paralítico en un siyón descompuesto… no sé si usté lo ha bailado nunca, sargento.
–No le hace, siga nomás.
–Como le digo, en cuanto sonó el entripao, estendí la visual buscando una compañera y me topé con esta nena, sentadita a mi zurda y aunq’estaba medio resentido con ella por una “pera” que m’hizo, una tarde que la fui a esperar a la salida ‘e la fábrica, me levanté para invitarla, porque sé que pa quebrarse es como ramita seca y pa estirar la gamba, como pierna de avestruz, disparando de la quema.
–¡Ha visto, sargento, si hasta pa hablar es safado!
–¡Ya m’está cortando el chorro!
–¡L’he dicho, niña, que se caye hasta qu’el tango no termine!…, y usté siga el relato, pero suprima los firuletes qu’el tango ya ha terminado.
–En seguidita concluyo… apenas la invité, ya salimos a la cancha, pegaditos lo mismo que su jinet’acompañando a la manga, pero por desgracia, no me acordé qu’era delicada’e cimiento y en una d’esas tantas volutas de la danza, le toqué, de refilón, uno d’esos tarugos que tiene al costao de los piecesitos, que suelen yamar “juanetes” y ¡Cristo mío! más valiera me hubiera agarrao la catástrofe de Sicilia, porque se armó un quiveve de aqueyos muy a la gurda, pues la nena ésta, que parece una paloma, había sido más fiera qu’esposa de vigilante.
–¡Sinvergüenza!
–Mire, niña, respete mi presencia o de lo contrario me veré en la necesidá de proceder contra usté.
–Así me gusta; porque vea, sargento, esta individua, est’acostumbrada, como es algo agraciada, a que apenas abre la boca, así sea pa bostezar, a verse favorecida y por eso, ha criao más ala que sombrero’e fémina a la moda y se da más importancia qu’el mismo coronel Falcón, creyéndose por lo visto, que todos son subalternos.
–Déjese de lata y siga el cuento, si no lo v’a concluir en la “tipa”.
–Perdone, sargento, era una advertencia… como l’iba diciedo, apenas le toqu’el tarugo, salió chiyando como gata que le han pisao la cola y m’erutó unos piropos como pa un día de fiesta, diciéndom’entre otras cosas más fuertes, que no era suela de mi alpargata pa que la fuera pisando… en fin, que se atufó toda y se me vino encima con las uñas estiradas pretendiendo convertirme la cara en rayador y como a mí no me gustó la cosa, por más qu’eya sea “queso”, estir’el brazo con la mano cerrada –pa no recalcarme un dedo– por lo que debido a encontrón, se le aflojaron… dos dientes.
Est’es el relato, sargento, de lo que ha sucedido, no por culpa mía, sino por los malditos piecesitos que usa, aunque puedo garantirle también, que si eya yevó la peor parte, puedo agradecerlo a que no soy corto’e vista, porque ¡la pu…lenta! con la beba, me resultó más dentradora que punzón de bordadora… he terminado, sargento.
–Perfectamente; vamos a ver los testigos… ¿ustedes, señores, qué dicen? ¿Es como lo ha contado?
–Sí, señor, justo.
–Fue un accidente casual.
–Mentira; ese desfachatao lo hizo adrede, pa vengarse de un desaire, porque la vez pasada “se me declaró” y como yo le conozco las mañas de “afilador” viejo, lo dejé tocando el “chifle”, diciéndole que fuer’a buscar a otra más turra, porqu’esta “piedra” es muy dura y no se presta pal “filo”.
–Esas son cosas íntimas que no pertenecen a m’incumbencia… yo no puedo proceder contra él, puesto que los testigos deponen en su favor; ahora si usté s’empeña, no tengo inconveniente; pero en ese caso, tiene que acompañarnos, pues si es cierto que resultó averiada, está probado que usté es la que lo h’agredido.
–¡Sería gracioso que a más de salir lastimada, hiciera el papel de ir presa!
–¡Qué quiere! La ley no amite galanterías y es pareja lo mismo pa el que usa pantalones que pa quien gasta poyeras.
–¡Seguro! Y después que no faltaría más sino que por cada pisotón que uno da, salier’armándosele un “yuri”; si quiere cuidar los pieces, cuando v’a  algún baile yeve caminantes acorazados, que no ha de faltar algún gayero recién venido que se los preste una noche, porque nadie tiene la culpa le hayan salido juancitos.
–¡Claro!
–¡Seguramente!
–¡Pedazo de atorrantes!... No pueden negar que son todos de la misma camada… la culpa es de una por rozarse con semejante mugre.
–¡Qué hacés jabón de olor!
–¡Adiós, “hubigant de París”!
–Tenés razón, che, aura ya caigo por qué gastás ese perfume que yaman  “cur de juanete”.
–Déjenla pobre muchacha, pues a pesar de todo es un buen budín.
–Que con otra como esta, se volvió “torta pascualina”.
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Imagen: Tapa de la partitura de Metele bomba al p...rimus, tango de J. Arturo Severino.
Texto tomado de Antología del lunfardo (Recopilación de Luis Soler Cañas). Cuadernos de Crisis Nº 28, Bs. As., 1976. 

1 abr 2011

Julio Huasi, poeta de mirada triste


(De Paula Chahin)

TROVADOR  DEL PUEBLO
El “juglar de la revolución”. Así llamaron en los 60 a Julio Huasi, que era en realidad el poeta argentino Julio Ciesler. Desde los albores de su vocación de poeta y periodista, optó por estar del lado de los marginados y cambió su apellido europeo por uno indígena, que en mapudungun significa “la casa de todos”. Así era él, tenía su casa abierta a todo el mundo, aunque sólo fuera para compartir un pedazo de pan y un mate.
Poeta, periodista, militante, autor de canciones populares, Huasi vivió en Chile más de cuatro años a fines de los sesenta. Allá se casó y tuvo una hija. Colaborador de Punto Final, simpatizaba con el MIR, y tanto que escribió poemas dedicados a Miguel Enríquez y a Luciano Cruz, fundadores de la organización. “Vivo en América Latina, en el lugar donde sea más necesario”, dijo alguna vez quien además fue redactor de la revista uruguaya Brecha y de la agencia cubana de noticias Prensa Latina. En Chile no sólo desplegó toda su calidad artística sino que también tejió grandes afectos.
Más tarde, en su exilio español y marcado por las muertes de sus compañeros, escribió un nuevo volumen de poesía que está dedicado –entre otros revolucionarios latinoamericanos–  a Víctor Jara, Augusto Olivares y Augusto Carmona, estos dos últimos, compañeros de redacción en Punto Final. De su vida personal no es mucho lo que se sabe. Así como hospitalario, era muy reservado. Además de su hija, que hoy vive en España, se conoce que tuvo otro hijo en la Argentina. Pero al momento de morir estaba solo, así que se desconoce el día exacto de su suicidio. Mes trágico para Argentina, del más sangriento golpe de Estado, marzo fue también el mes de su muerte y nacimiento: había nacido en 1935 un día 20, en Buenos Aires, en el seno de una familia humilde. También en ese mes decidió pegarse un tiro en la sien en la soledad de una pieza de alquiler, a los 52 años. Sus amigos y compañeros de trabajo recuerdan que pobreza y melancolía marcaron su vida.
Recuerdan también que el último día que lo vieron en su trabajo, la redacción del semanario argentino El Periodista, se despidió de sus compañeros y llevó regalos a las mujeres. Le preguntaron a dónde iba. Y respondió, simple como su pluma: “A ningún lado”.

RECREANDO LENGUAJE
Huasi –que aprovechó su experiencia en el servicio militar (en Neuquén, en 1956) para inspirarse publicando “Soldado madrugada”– fue galardonado por su obra dos años después, por el Consejo Argentino de la Paz. Conocida fue también su forma de emplear y recrear el lenguaje, tanto que se habla de una estética propia, sin convenciones ni reglas tradicionales. Generalmente, escribía sin mayúsculas y publicó títulos como Humanería, Estrellea, Tragibundo, Asesinaciones.
Su primer libro se llamó Sonata popular en Buenos Aires, ciudad a la que Julio Huasi amaba. No era un poeta común, tenía el don de los juglares. Visitaba cárceles, plazas y fábricas dando a conocer sus versos a los protagonistas de huelgas, injusticias y rebeliones. De plaza en plaza iba recitando sus creaciones, que eran aplaudidas también por capitanes de la poesía (Julio Cortázar y Juan Gelman, entre otros, eran admiradores de su obra).
Pero él definitivamente quería estar del lado del pueblo. Su poema “Malambo del ferroviario” se lo envió a los obreros detenidos en la cárcel militar de Magdalena –en el litoral bonaerense– quienes lo retribuyeron con una hermosa carta donde lo llamaron “poeta del pueblo”. Debe haber sido uno de sus máximos orgullos, ya que abogaba por el fin del paternalismo de algunos intelectuales que escribían “para el pueblo”.
Su poesía trascendió las fronteras y llegó a todos los rincones de América donde se urdía la palabra liberación. El poeta cubano Nicolás Guillén, en vísperas del triunfo revolucionario en su país, escribió un extenso artículo reconociendo la calidad poética y el compromiso de Huasi: “Ya tiene bien ganado un hermoso futuro en el esplendente pero difícil rumbo que él mismo ha buscado: el de su pueblo. Allí no existe el mezquino maquiavelismo ni la malsana adulonería y snobismo de los pisaverdes que rondan el arte y la cultura”.

EXILIO Y MUERTE
Militante de las causas populares y ferviente admirador de su compatriota Ernesto Che Guevara, Huasi afirmaba que crear una nueva cultura latinoamericana “depende de todos en cada puesto de lucha. No le tocará a ningún elegido. No es una gracia de Dios, sino de dos: de dos pelotas”.
En 1976, cuando se dio el golpe de Estado en la Argentina, partió al exilio perseguido y amenazado por quienes tomaron el país por asalto. Llegó a Madrid, donde continuó su labor de poeta y periodista; pero jamás se pudo recuperar del dolor de ver caer a tantos compañeros, de éste y el otro lado de los Andes. Allí conoció y trabó amistad con las Madres de Plaza de Mayo, cuya valentía admiraba. Al regresar a Buenos Aires –tras el retorno a la democracia– se unió fervorosamente a su lucha. Hasta el día en que se quitó la vida, jamás faltó a las marchas “acompañándonos en nuestro reclamo de justicia, en nuestro dolor y en nuestra rabia”, recuerdan ellas. “Hasta el jueves, compañero”, lo despidieron las Madres en su periódico, del cual Huasi también fue redactor.
Como homenaje, a la biblioteca que tienen las Madres en su sede le pusieron el nombre de Julio Huasi e inauguraron una exposición de arte donde hay un retrato suyo, obra de Armando Propati, artista popular que lo admiraba. Las Madres de Plaza de Mayo lo señalan como un “hombre entero, algo de lo que muy pocos pueden vanagloriarse”. Para ellas, Julio Huasi decidió quitarse la vida porque no soportó una sociedad que no le dio nada. “No le dio trabajo porque vino del exilio; no lo reconoció como ser humano ni como persona, no le dio afecto y lo marginó”.
Sus amigos admiraban su talento, su humildad y un sentido del humor un poco ácido, siempre tierno. Por eso, quedaron desconcertados por su decisión. “Duele mucho más cuando lo ejecuta un hombre que había apostado los cinco sentidos a defender la vida y a convertirla en una gesta solidaria”, dicen.
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Fotografía: Julio Huasi.
Tomado de la página: http://www.puntofinal.cl/

23 mar 2011

El primer ferrocarril argentino


(De Susana Boragno)

El 29 de agosto de 1857 se iniciaba una etapa importante: la incorporación de un nuevo medio de comunicación y transporte, el primer ferrocarril argentino. Fue un punto de quiebre, una bisagra en la economía y en los beneficios sociales que gestaban  y la aparición de uno de los mayores instrumentos de cambio del siglo XIX. Resultó ser para el país una transformación inmediata y vertiginosa.

Las primeras reuniones se realizaron en Corrientes 537, en la mansión del gran anticuario Manuel José de Guerrico. Ahí se reunía  lo más conspicuo de la sociedad porteña. Sarmiento llamó a esa casa el Club Argentino de París y en el diario El Nacional, Juan Carlos Gómez la nombró como el Club de los Pelucones en clara alusión a sus miembros conservadores.
Ahí se gestaron, después de la caída del gobierno de Rosas, las ideas de un nuevo proyecto de país, y entre las densas nubes de humo de tabaco que ennegrecían las estatuas y los cuadros de la gran colección de su dueño, un 17 de septiembre de 1853 se fundó la Sociedad Camino de Hierro de Buenos Aires al Oeste. En esa casa nació su bisnieto, Ricardo Güiraldes, escritor que heredó de la familia la estancia “La Porteña”, ubicada en San Antonio de Areco, cuyo nombre evoca a la primera locomotora.
F. Llavallol, F. Balbín, B. Larroude, M. Miró, D. Gowland, M. J. de Guerrico, N. de la Riestra, A. Van Praet, E. Ramos y V. Basavilbaso impulsaron y propusieron al Estado de Buenos Aires la instalación de un ferrocarril. El 12 de enero de 1854, después que la aprobara la Legislatura de Buenos Aires, el gobernador Pastor Obligado promulgó la Ley de Concesión del primer ferrocarril en territorio patrio, anticipándose al presidente de la Confederación J. J. Urquiza, que ambicionaba unir con vías Rosario-Córdoba, proyecto que recién pudo concretarse en 1870.
Estos visionarios firmaron la escritura de concesión a nombre de la Empresa y los estatutos se aprobaron por el mismo documento del 20 de febrero de 1854. La Ley de Concesión decía: “El camino deberá arrancar en dirección de una de las siguientes calles: Potosí (Alsina), Victoria (Hipólito Yrigoyen), Federación (Rivadavia), Piedad (Bartolomé Mitre) y Cangallo (Tte. Gral.Perón)”.
Las disputas inmobiliarias ejercían mucha presión para determinar el lugar de la estación de cabecera, motivo por el cual las reuniones se hacían en secreto y así el 19 de agosto de ese mismo año una disposición permitió ampliar el número de las calles posibles para el "arranque del camino de hierro": Cuyo (Sarmiento), Corrientes, Parque (Lavalle), Tucumán y Temple (Viamonte).
La Sociedad solicitó un lugar para establecer la estación cabecera. Según el plano catastral, los terrenos dependientes de la Estación del Parque, con la firma de Felipe J. Arana, habían pertenecido a Teresa y Petrona Arquibel (sic), Cayetano Cardoso, Mariano, Juan, Escolástico y Marcos Cuestas, Mauricia Abaca de Troncoso y Manuel Linch (sic) y estaban comprendidos entre las calles Cerrito, Tucumán, Libertad, Viamonte (hoy Teatro Colón).
Según el primer proyecto de trazado de las vías partirían de la Estación Central, proseguirían por la calle del Temple hasta Junín y de ahí en una curva suave irían hacia la Estación Once de Septiembre, en la entonces Centro América (avenida Pueyrredón) y Corrientes, para continuar luego con dirección oeste.
El trazado definitivo partía de la Estación del Parque, cruzaba la plaza homónima ante la queja de los vecinos que alegaban la invasión a sus calles y plazas. Este tramo poco tiempo después fue resguardado con una importante verja traída de Inglaterra, y cuando se extendió el tramo hasta Once (1882), se colocó una parte en plaza Once y otra circundando el Colegio Santa María y el Hospital Municipal, en el pueblo de San Isidro.
El tendido seguía luego por Lavalle, que actualmente permanece ancha hasta Callao, por el antiguo paso de las vías, después se orientaba en curva y contracurva por los hornos que pertenecían al señor Bayo (por la también llamada curva de los Olivos, de los Jesuitas o cortada Rauch), hoy Santos Discépolo. Tomaba Corrientes en línea recta hasta las proximidades de Centro América, dibujando una curva hasta Cangallo y, ya definitivamente, seguía en dirección oeste. A la altura de la calle Ecuador estaba la estación Once de Septiembre, que funcionó en ese lugar hasta el 31 de diciembre de 1882. Continuaba hasta Almagro, donde había un simple apeadero a escasos 50 metros de la calle Medrano, límite por entonces del Partido de Flores. Esta estación cesó de funcionar el 15 de junio de 1887 y fue demolida en agosto de 1903.
Venía después la Estación Caballito, ubicada a la altura de la calle del mismo nombre, hoy Federico García Lorca. El edificio era pobre, de madera y cartón con plataformas angostas para ascenso y descenso de pasajeros.
En el pueblo de Flores la primera estación estaba situada a la altura de la calle La Paz (Caracas) en los terrenos pertenecientes a la señora Inés Indart de Dorrego. Cinco años después, por diferencias con los propietarios, se construyó una segunda estación, 250 metros más al oeste, a la altura de la calle Sud América (Artigas) en tierras adquiridas por la Municipalidad local a Ramón Romero.
Dejada atrás la estación Flores, y a la altura del kilómetro 9,983, finalizaba su recorrido. Allí se encontraba la Estación y Kiosco de la Floresta, entre las calles Esperanza (J. V. González)  y otra sin nombre que se denominaría “de la Capilla” (Bahía Blanca), donde hoy está la Iglesia de la Candelaria.
Según los planos (1860) la estación Floresta era de madera y tenía, además, un tanque asentado sobre pilares que se utilizaba para aprovisionar de agua a las locomotoras en su viaje de regreso a la ciudad.
Según un plano general de planta, el otro tanque de agua estaba situado en la Estación del Parque, a metros de la salida del ramal, del lado derecho. El ferrocarril necesitaba agua filtrada para el uso de las locomotoras, porque el agua salobre de los pozos dañaba los caños de sus máquinas. Para ello se llevaron cañerías desde la costa del río de la Plata, a la altura del bajo de la Recoleta, frente a la quinta de Samuel B. Hale hasta la estación cabecera. Esta toma se considera la primera instalación de agua corriente en Buenos Aires.
El kiosco: Los primeros concesionarios fueron los señores Soldati y Margiani y abrió sus puertas el día del viaje inaugural, el 29 de agosto de 1857.
Se sirvió un refrigerio a los 200 pasajeros del “tren del horror”, agasajando de esta forma a las autoridades, a los visionarios, a las personas destacadas y a los periodistas que retrataron tan buen momento, ante la “mirada” de las dos locomotoras: “La Porteña” y “La Argentina”.
En tan importante emprendimiento ferroviario participaron el ingeniero Verger (preparó los primeros planos) y el ingeniero Mouillard (de origen francés, que niveló las zonas del camino y solucionó los cruces con arroyos, cañadas, etc.). Después apareció un nuevo contratista que terminó la obra, el ingeniero Guillermo Bragge (en algún plano aparece su firma), quien ya tenía la experiencia de haber construido la primera línea ferroviaria en Río de Janeiro.
El ferrocarril abrió nuevos caminos y resultó ser una etapa de cambios; trajo enormes beneficios sociales y económicos. Estos primeros años fueron decisivos para proyectar un  nuevo país que hoy no ha podido superar su etapa recesiva.
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Bibliografía:
Oliveira César, Lucrecia: Los Guerrico, Bs. As., Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades, 1998.
Shickendantz, Emilio y Rebuelto, Emilio: Los ferrocarriles en la Argentina 1857-1910.
Bordi de Ragucci, Olga: El agua privada en Buenos Aires 1856-1892, Bs. As., Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, 1997.
Schvarzer, Jorge y Gómez, Teresita: La primera gran empresa de los argentinos: El Ferrocarril Oeste (1854-1862), Bs. As., Fondo de Cultura Económica, 2006.
Gamboa, Luis, Pinto Perinetti, Raúl y Ruz, Julio C.: Historia de los ferrocarriles argentinos, Talleres Gráficos de los Ferrocarriles del Estado, Santiago de Chile, 1947.
Museo Nacional y Centro de Estudios Históricos Ferroviarios: Un viaje desde el Parque a la Floresta en el siglo XIX (Planos antiguos en la historia ferroviaria), 1974.

Ilustración: La Estación del Parque. El frente sobre Cerrito y Tucumán. (Foto ACF).
Nota tomada de la revista Historias de la Ciudad, Nº 43, Bs. As., 2007.