2 abr. 2011

Salvando la cana


(De Santiago Dallegri)

–…Vea, sargento, no le cre’a a este budín, que lo que quier’es fundirm’en la cana… lo que pasó, yo se lo vi’á a contar si usté me d’audiencia y á ella le intima silencio durante cinco minutos, porque si la deja hablar, es cosa’e dirse sentando.
–No le haga caso, agente, porque le v’a salir con grupos.
–Le juro, sargento, que le diré la verdá y puedo hacer de cuenta, por más que no pienso tomar ni la primera comunión, que ahora, m’estoy confesando.
–Bueno, vaya vomitando y tenga cuidado con no salir ensuciao… y usté, cáyese un momento, hasta qu’el acusado acabe.
–Vea, sargento; estábamos aquí en el patio, festejando con un bailongo los olios de una hijita de doña Tripulación, la mujer del “ñato” Pancho… el señor; cuando a la orquesta le da por tocar aquel “pegame un empujoncito”, un tango que hace atropellar al más maula y hamacarse a un paralítico en un siyón descompuesto… no sé si usté lo ha bailado nunca, sargento.
–No le hace, siga nomás.
–Como le digo, en cuanto sonó el entripao, estendí la visual buscando una compañera y me topé con esta nena, sentadita a mi zurda y aunq’estaba medio resentido con ella por una “pera” que m’hizo, una tarde que la fui a esperar a la salida ‘e la fábrica, me levanté para invitarla, porque sé que pa quebrarse es como ramita seca y pa estirar la gamba, como pierna de avestruz, disparando de la quema.
–¡Ha visto, sargento, si hasta pa hablar es safado!
–¡Ya m’está cortando el chorro!
–¡L’he dicho, niña, que se caye hasta qu’el tango no termine!…, y usté siga el relato, pero suprima los firuletes qu’el tango ya ha terminado.
–En seguidita concluyo… apenas la invité, ya salimos a la cancha, pegaditos lo mismo que su jinet’acompañando a la manga, pero por desgracia, no me acordé qu’era delicada’e cimiento y en una d’esas tantas volutas de la danza, le toqué, de refilón, uno d’esos tarugos que tiene al costao de los piecesitos, que suelen yamar “juanetes” y ¡Cristo mío! más valiera me hubiera agarrao la catástrofe de Sicilia, porque se armó un quiveve de aqueyos muy a la gurda, pues la nena ésta, que parece una paloma, había sido más fiera qu’esposa de vigilante.
–¡Sinvergüenza!
–Mire, niña, respete mi presencia o de lo contrario me veré en la necesidá de proceder contra usté.
–Así me gusta; porque vea, sargento, esta individua, est’acostumbrada, como es algo agraciada, a que apenas abre la boca, así sea pa bostezar, a verse favorecida y por eso, ha criao más ala que sombrero’e fémina a la moda y se da más importancia qu’el mismo coronel Falcón, creyéndose por lo visto, que todos son subalternos.
–Déjese de lata y siga el cuento, si no lo v’a concluir en la “tipa”.
–Perdone, sargento, era una advertencia… como l’iba diciedo, apenas le toqu’el tarugo, salió chiyando como gata que le han pisao la cola y m’erutó unos piropos como pa un día de fiesta, diciéndom’entre otras cosas más fuertes, que no era suela de mi alpargata pa que la fuera pisando… en fin, que se atufó toda y se me vino encima con las uñas estiradas pretendiendo convertirme la cara en rayador y como a mí no me gustó la cosa, por más qu’eya sea “queso”, estir’el brazo con la mano cerrada –pa no recalcarme un dedo– por lo que debido a encontrón, se le aflojaron… dos dientes.
Est’es el relato, sargento, de lo que ha sucedido, no por culpa mía, sino por los malditos piecesitos que usa, aunque puedo garantirle también, que si eya yevó la peor parte, puedo agradecerlo a que no soy corto’e vista, porque ¡la pu…lenta! con la beba, me resultó más dentradora que punzón de bordadora… he terminado, sargento.
–Perfectamente; vamos a ver los testigos… ¿ustedes, señores, qué dicen? ¿Es como lo ha contado?
–Sí, señor, justo.
–Fue un accidente casual.
–Mentira; ese desfachatao lo hizo adrede, pa vengarse de un desaire, porque la vez pasada “se me declaró” y como yo le conozco las mañas de “afilador” viejo, lo dejé tocando el “chifle”, diciéndole que fuer’a buscar a otra más turra, porqu’esta “piedra” es muy dura y no se presta pal “filo”.
–Esas son cosas íntimas que no pertenecen a m’incumbencia… yo no puedo proceder contra él, puesto que los testigos deponen en su favor; ahora si usté s’empeña, no tengo inconveniente; pero en ese caso, tiene que acompañarnos, pues si es cierto que resultó averiada, está probado que usté es la que lo h’agredido.
–¡Sería gracioso que a más de salir lastimada, hiciera el papel de ir presa!
–¡Qué quiere! La ley no amite galanterías y es pareja lo mismo pa el que usa pantalones que pa quien gasta poyeras.
–¡Seguro! Y después que no faltaría más sino que por cada pisotón que uno da, salier’armándosele un “yuri”; si quiere cuidar los pieces, cuando v’a  algún baile yeve caminantes acorazados, que no ha de faltar algún gayero recién venido que se los preste una noche, porque nadie tiene la culpa le hayan salido juancitos.
–¡Claro!
–¡Seguramente!
–¡Pedazo de atorrantes!... No pueden negar que son todos de la misma camada… la culpa es de una por rozarse con semejante mugre.
–¡Qué hacés jabón de olor!
–¡Adiós, “hubigant de París”!
–Tenés razón, che, aura ya caigo por qué gastás ese perfume que yaman  “cur de juanete”.
–Déjenla pobre muchacha, pues a pesar de todo es un buen budín.
–Que con otra como esta, se volvió “torta pascualina”.
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Imagen: Tapa de la partitura de Metele bomba al p...rimus, tango de J. Arturo Severino.
Texto tomado de Antología del lunfardo (Recopilación de Luis Soler Cañas). Cuadernos de Crisis Nº 28, Bs. As., 1976.