4 abr. 2011

El amor de El Cívico y La Moreira


(De Ernesto Goldar)

La trata de blancas, la explotación de la mujer,  asoló a la Argentina inmigratoria de comienzos del siglo XX, acentuada por el aumento demográfico, el desajuste sexual y una cultura machista que hace de la mujer un objeto. El submundo del arrabal es el periplo humano de los sujetos arquetípicos de esta historia de humillaciones y violencia: el malevo y la mina, o si se quiere, la prostituta y el cafiolo, la pareja incubada por la miseria y la corrupción, el delito de las orillas, la mendicidad, la infancia desamparada, los subproductos del compadre y el caudillo político, los matones a sueldo, los garitos y las mancebías, la “mala vida” en la estructura precapitalista del país, y el aspecto sucio de la acumulación del capital.
La organización del prostíbulo, con su reglamento de intimidad y obediencia, las casas de citas y las casas de comisiones, las operaciones clandestinas y las poderosas bandas de rufianes: los polacos, los franceses, las criollas (la Zwi Migdal, polaca, llega a regentear 30.000 mujeres) patentizan la corrupción de los gobiernos y de las autoridades y la hipocresía y la decadencia de la sociedad. Esta situación –como todos sabemos– continúa creciente en los tiempos neoliberales y posmodernos del siglo veintiuno, y todo parece seguir igual, como una tara congénita o una seducción irresistible, la inveterada complicidad del sexismo y el comercio en una sociedad de clases.
La historia que vamos a contar pone de relieve el ambiente del cafiolo y la prostituta criolla.  El canfinflero porteño, por miedo a cansarse –dicen por ahí – explota a una sola mujer. Lo califican de “profesional de la libido” y le asignan una destreza lujuriosa al bailar el tango. Se le llama “caralisa”, por las dosis de peluquería, y se instala en las de la calle Esmeralda para que lo colmen de pomadas y lo afeiten pelo por pelo. Su única arma es la figura, pues una vez que la ha perdido se acaba en él el cafishio. Alardea de conquistador y no respeta a las mujeres de sus amigos y menos a las de los colegas, y se “levanta” a las pupilas de los “caftens” polacos y franceses. Sentado bajo la parra del patio del prostíbulo, escuchando a los músicos, controla el trabajo de su “yenusa” contabilizando  las “latas”, que luego cambia por dinero en la caja del burdel.
El Cívico y La Moreira, una pareja de arrabal, protagonizan una peculiar relación. Compinches en el comercio prostibulario, los une el amor, en una vitalidad que cuestiona el fariseísmo pequeñoburgués. El Cívico y La Moreira eran una pareja que desacralizaba el Orden. En los años que van del 1905 al 1908, El Cívico, que transitaba de los 25 a los 28 años de edad, vivía en la pieza Nº 15, de El Sarandí, conventillo situado en la calle epónima entre Constitución y Cochabamba. Su profesión consistía en la explotación de su mujer, La Moreira, y en la pesca y el tráfico comercial, al contado, de pupilas nuevas. El era de ascendencia italiana meridional, ella, de andaluces gitanos. No es necesario pintar a El Cívico como buen mozo excepcional, porque la clave primera de su éxito, ya se sabe, estaba en la seducción, pero de una seducción indispensable, hechicera de su físico. La segunda clave estaba en la astucia –la viveza– en la frialdad criminal disimulada, en el arte de la daga, en el coraje. La tercera clave estaba en su “simpatía”, en sus costumbres de adinerado, en los finísimos modos de su trato social, en sus aptitudes famosas de bailarín, en su labia. Rendía culto a todo lo criollo. Lo era y trataba de serlo mucho más. Fuera de su propio ambiente rufianesco no usaba términos de lunfardo. (El lunfardo lo hablan con más frecuencia los secuaces, generalmente, que los hampones mismos). Se decía hombre de Alem y de Yrigoyen, pero no se comprueba en su caso interés político sincero. No le faltaba voz para cantar y era buen guitarrero.
Cortés con todo el mundo, El Cívico se sentaba, para matear, en el patio. Entre los dedos enjoyados humeaba un cigarrillo “Vuelta abajo”, “Atorrante” o “Siglo Veinte”. Las chicas vivas del conventillo le sonreían entonces sin peligro y sin rubor, a escondidas de La Moreira, enviando miradas de gloria a su apostura espléndida, a su atavío, a su perfume, a las largas y artísticas líneas de sus bigotes. Al atardecer, La Moreira se iba con otras al “café” de la Pichona, en la calle Pavón entre Rincón y Pasco, donde “trabajaba” como pupila, como lancera, como proxeneta y como bailarina. Como lancera, porque tiraba la lanza (la punga, les hurtaba la billetera) a los giles alcoholizados y al gringuerío con plata; como proxeneta, porque era “socia de su marido” en eso de engatusar infelices y de venderlas como “novedades”; como bailarina, porque lo fue en grande y porque el “café” de la Pichona fue uno de los que ayudaron a darle al tango la fama de prostibulario que se le asigna.
La Moreira, comúnmente usaba un puñal; pero cuando debía aventurarse sola en las noches más afuera o en  los “negocios” difíciles –basta pensar en el resentimiento de los rufianes de menor cuantía, flojones, maulas, pero no por eso menos peligrosos, a los que ella quitaba sus mujeres– salía con botas de caña alta que llegaban casi a la rodilla, y en la derecha calzaba la daga o un sable bayoneta […] .A la meretriz profesional que todos los días al atardecer se despedía con un beso para ir al prostíbulo, El Cívico la amaba.
 La Moreira era realmente su amada, su compañera de siempre. Y la amaba sin intervalos, con dedicación exclusiva y minuciosa. La asediaba. Cuando le pegaba, ella se dejaba pegar siendo, como era, capaz de pelearlo como un guapo, porque no la castigaba con la brutalidad de los que no tienen recursos mejores para señorear a sus rameras, sino con exigencias de dueño lindo, o de enamorado celoso –según conspicuos historiadores de la historia “varonil”–.
Así nos cuentan que era esta pareja marginal de comienzos del siglo pasado. Si la comparamos con la realidad sentimental en el Buenos Aires de ahora, es fácil conjeturar que se trata de un romance –por llamarlo así– en una época perimida. Sin embargo, las noticias de todos los días nos transmiten una aberrante situación que perdura.
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Imagen: Pupilas en uno de los prostíbulos de la Zwi Migdal.