23 abr. 2011

El hombre que ya no está solo y ya no espera


(De César Tiempo)

Raúl cabía en un puño. En el puño de Polifemo, claro está. Nació en la provincia de Corrientes, como Arturo Frondizi, pero no fue esta circunstancia la que le indujo a declinar el ministerio que su comprovinciano fue a ofrecerle a su casa apenas resultó proclamado presidente de la Nación. El lugar de nacimiento fue un accidente de trabajo, la fecha no, porque nuestro amigo nació con el sol en Acuario, el mismo que, según los exégetas de la mitología, representa a Deucalión, padre y regenerador del género humano. Cada piedra que arrojaba Deucalión se convertía en un hombre. Las piedras que arrojó implacablemente Scalabrini Ortiz convirtieron en cambio a muchos hombres.
Su pasión de conocer le llevó a la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires y al Instituto de la Sorbona, de París. Pero no llegó a ser uno de esos sorbonagres que divirtieron tanto a Rabelais. En la universidad de la calle se doctoró de periodista, un periodista y un escritor –entidades indivisibles– que comprendió como pocos el auténtico e imperioso sentido de su misión.
Scalabrini es el plural de scalabrino que, en lengua de Malaparte, equivale a sagaz, astuto, sutil, socarrón, presciente. Zingarelli llegó a más: llama scalabrini a aquellos que cultivan la malizia dell’arte. Pocos como Raúl llegaron a conocer a fondo todas las argucias y las astucias del oficio, para olvidarlas y superarlas cuando se hizo uno de los más perspicuos moralistas de nuestro tiempo. Tenía apenas 19 años cuando publicó un trabajo sobre los errores que afectan a la taquimetría. Entonces soñaba con ser geólogo. Cuando comprendió que no llegaría a homologar los récords de un Carlos Lyell, trasbordó de la geología a la geopolítica. El hombre no puede hacer nada sino en medio del tráfago de cosas que lo rodean. La literatura fue el primer avatar de su milicia humana. En 1928 publicó La manga, un libro de cuentos editado –¿cuando no?– por Manuel Gleizer, que lanzó los primeros y los mejores libros de todos aquellos que significaron algo en el país, a partir de 1920. También a instancias de Gleizer escribió El hombre que está solo y espera, dos veces premiado e infinitas veces reeditado. Luego se consagró por entero a la literatura política y económica. Así fueron apareciendo Política británica; Los ferrocarriles, factor primordial de la independencia nacional; Política británica en el Río de la Plata; Historia de los ferrocarriles argentinos, etcétera, libros que sacaron de las casillas a The Economist de Londres.
Raúl nació el día consagrado a San Valentín, pero nunca alardeó de valentón aunque las circunstancias lo hicieron protagonista de algunos duelos resonantes, uno de ellos con Ramón Doll que no dejó títere con cabeza, y que se enojaba cuando le decían que hablaba como un libro. La obra de Raúl es la hoja de temperatura de la pasión argentinista que se apoderó de su alma. Inteligencia decisiva, brillante, abarcadora, polémica. Raúl fue un camarada excelente, excepcional, bondadoso y seguro. Poseyó como pocos el don de leer con facilidad las intenciones del prójimo. Su fuerza era interior y exterior como la de los torrentes. Como Cátulo Castillo y Alcides Gandolfi Herrero, fue campeón argentino de box. No era necesario un electroscopio  para advertir la clase de electricidad que lo soliviantaba. Platiqué y caminotié mucho en su compañía desde los días imborrables de su recalada en los cafés literarios de nuestro tiempo. Cuando nos reuníamos en lo de Gleizer, en el “Tortoni”, en el “Richmond”, en “La Brasileña”, solíamos reírnos de las figuritas y los figurones de entonces. Fue por aquellos días que aprendimos que prosopopeya, en su aséptica latitud, es una figura que consiste en atribuir el sentimiento, la palabra y la acción a las cosas inanimadas y abstractas, a los muertos, a los ausentes. Y que “erotema” en lenguaje retórico era sinónimo de pregunta. Platón hizo hablar a las leyes y Enrique González Tuñón, que publicó El alma de las cosas inanimadas, hicieron retórica sin saberlo. Incurramos en ella con estos erotemas actuales y sus respuestas póstumas, que habrían sido motivo de arregosto refluente para el propio Scalabrini.
P.- ¿Dónde encontraste al hombre que está solo y espera)
R.- En Corrientes y Esmeralda. Vos, yo, aquél, todos estábamos solos y todos esperábamos. Yo ya no estoy solo y me duele comprobar que, en mi situación, ya no tengo nada que esperar…
P.- ¿Qué autor argentino recomendarías leer a los jóvenes?
R.- ¿A los jóvenes argentinos? José Hernández.
P.- ¿Y a los que ya lo hubiesen leído?
R.- Releerlo.
P.- ¿Qué es lo que separa a los hombres?
R.- Las palabras.
P.- ¿Qué opinás de la delincuencia?
R.- Más delito que el delito mismo es la publicidad morbosa del delito.
P.- ¿Qué opinás de la popularidad?
R.- Es como el agua salada, cuanto más se bebe más sed da.
P.- Si volvieras a la vida, ¿qué oficio elegirías?
R.- El de hombre.
P.- ¿Qué opinás de la obediencia?
R.- Marcar el paso no supone avanzar.
P.- ¿Dónde pasaste tu juventud?
R.- Un año en la montaña, en plena cordillera. 35 días de navegación en un cargo boat me enseñaron el alfabeto del mar y llenaron mi imaginación de un deseo: conocer Odesa. En París frecuenté un poco el hambre y el amor. Ahora, si pudiera elegir, no sabría decidirme. Los viajes pudren el alma. La tornan insaciable. Pero eso también lo dijo Montherlant. No se puede decir nada nuevo, ni siquiera esta queja, que ya la formuló La Bruyére.
Olvidábamos decir que el padre de Raúl, filósofo y paleontólogo, vino a la Argentina en busca de fósiles. Quería convencerse de la antigüedad del  hombre en el Plata. Su hijo no pudo disuadirlo…
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Ilustración: Raúl Scalabrini Ortiz. (tomada de cafecalu.blogspot.com )
Tomado del libro Manos de obra, Primera edición,  Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.