25 abr. 2011

Norberto García Rozada, ausente con aviso


(De Fernando Sánchez Zinny)

Una mañana gris de noviembre, transcurrida entre lluvias intermitentes, despedimos a Norberto García Rozada en una no menos gris galería de nichos del Cementerio de Flores. Estaban su esposa Noemí, sus hijos, un puñado de amigos, y un par de alumnos de sus cursos en la Universidad de Estudios Empresariales y Sociales (USES). Periodistas había dos: Fernando Laborda, quien tenía el encargo de despedir sus restos en nombre de La Nación, y yo.
Sentí mucho su partida; creo que, al cabo de tantos años, había llegado a ser, por antonomasia, su amigo en el diario. Había ingresado bastante antes que yo y pasaron varios años durante los cuales y aún entremezclados en las tareas y el compañerismo propios de una redacción, nuestro trato fue sólo episódico. Nos conocimos y comenzamos a apreciarnos en el otoño de 1976, al calor de cometidos periodísticos realizados de mancomún y estuvimos, a partir de ese momento, en estrecha relación y aún en frecuente cercanía física. Compartimos el paso por las mismas secciones y, a menudo, hasta tuvimos escritorios contiguos.
Llegamos a ser grandes amigos, entrañables compañeros pese a las enormes diferencias que mediaban entre nosotros o acaso debido a ellas, o bien haciendo burla de que existiesen. Metódico, gran entusiasta del deporte, católico acendrado, nacionalista resueltamente de derecha y aún con apenas veladas simpatías por el activismo peronista, poco y nada tenía que ver, en principio, conmigo y, sin embargo, ese tipo de desajustes, con ser verdadero, en este caso iba a convertirse en superficial. Un día, o en algún momento, pavoteando, descubrimos que nos unía la devoción por los trenes y por los mapas, por las anécdotas de la historia, por las caminatas reflexivas por los barrios, por las charlas interminables entre volutas de humo. Yo admiraba en él la redacción tersa, impecable, y la precisión de criterio ante cada hecho, ante cada noticia; creo que Norberto rescataba en mí cierta capacidad de improvisación, cierta aptitud para sacar conejos de la galera que quizás entonces tenía.
Era inmensamente leal; lo era con sus amigos, con sus afecciones y adhesiones, con el diario, con sus alumnos del Grafotécnico y de la Universidad. Con demasiada frecuencia no estaba de acuerdo y lo exponía con tozudez de gallego, pero, igual, era de una sola pieza y nunca iba a abandonar la partida. Amaba, en especial, La Boca, donde había nacido en 1942, y Monserrat, barrio en el que vivía desde añares, pero también toda la ciudad en cada esquina y en cada adoquín, y ese sentimiento intenso lo ejercía, asimismo, con ánimo exclusivista, al punto de que muy poco le interesaba de lo situado más allá de la General Paz y del Riachuelo.
Quiso ser marino y no pasó del Liceo Naval; estudió derecho y no  llegó a recibirse. Pero le gustaba el fútbol (era de River, con alma y vida) y comenzó, como tantos, pasando por teléfono las formaciones y los resultados de las divisiones de ascenso. De la mano de un maestro del periodismo deportivo, don Alberto Laya, ingresó al diario y aprendió de él el abecé justificatorio de la profesión: la meticulosidad, la limpieza idiomática y la necesidad de estar siempre al tanto. Fue cronista de polo y llegó a ser –bajo la égida igualmente magistral de Eduardo Botto Fiora– una autoridad en deportes ecuestres, redactor memorable de la revista especializada El Caballo. En La Nación integró el equipo que cubría la actividad de la Casa Rosada, pasó por Educación y fue jefe de Informaciones Locales, para terminar, durante los últimos veinte años, como editorialista, función simultánea con la de columnista de la sección “Por la ciudad”: su personaje, “Pérez”, con el que dialogaba en términos coloquiales marcó un hito en los enfoques que la prensa ha hecho de los temas porteños. Le tocaba jubilarse en 2007, al cumplir 65 años, pero consiguió sobrevivirse y permanecer. Se avino, por último, a hacer los trámites consabidos con la salvedad de que continuaría como colaborador: no más que unos meses duró ese pacto, hasta que sonó el gong del round postrero: fue como si el destino no le permitiese estar lejos de su trabajo y de los amigos puestos bajo el mismo yugo.
Deja dos hermosos y notables libros sobre Buenos Aires, ambos publicados por la Fundación Banco de Boston en su colección “Cuadernos del Águila”: Monserrat, otro barrio olvidado, de 1990, y Retiro, puerta de la ciudad, aparecido diez años más tarde. Más o menos hacia esta misma época integró, junto con Arnaldo Cunietti Ferrando, Carlos Rezzónico, Luis Cortese, Angel Prignano y quien esto firma, el grupo fundador de la revista Historias de la ciudad, que comenzó  a reunirse en el café “Margot”, de Boedo y la cortada de San Ignacio, los sábados por la mañana en la mesa a la que por ese motivo se le dijo de “Los Antiguos”. Fue, también, presidente de la Junta de Estudios Históricos de Monserrat y miembro de la Academia de Estudios Históricos de la Ciudad y de la Asociación de Amigos de la Calle Florida.
Ahora que se ha ido, queda –o, mejor, nos queda– el recuerdo de un hombrón afectuoso, petulante y erudito, tan en sus cosas que no admitía que hubiese otras. Vaya un botón de muestra: sentía fobia por los vuelos en avión y debido a ello y pese a los imperativos de su profesión sólo en una ocasión aceptó viajar a los Estados Unidos, que fue para asistir a una exhibición de jinetes. En una oportunidad  pisó el suelo de Montevideo y últimamente iba a localidades del Conurbano para asistir a partidos de rugby, juego que constituyó su pasión final y absorbente; de chico conoció Junín y con su familia una vez fue de vacaciones a Mar del Plata, pero, por lo demás, jamás salía de Buenos Aires ni le parecía necesario airearse y viajar. “Norberto, no puede ser que no conozcás Córdoba”, se le decía, con dejo zumbón. “Bueno, contestaba, no será mejor que esto” y a continuación se enfrascaba en una descripción exhaustiva, exacta y libresca, de todos los aspectos imaginables de la Docta. Pero él, irreductiblemente, no se quería mover de acá: tomémoslo como un tributo de amor. Había nacido en la ciudad de Buenos Aires en enero de 1942, donde falleció en noviembre de 2010.
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Foto: Norberto García Rozada.