4 abr. 2011

De calles y de barrios


(De Fernando Sánchez Zinny)

Es esta una mínima apostilla sobre la historia de Buenos Aires, acerca de un punto apenas si advertido y no porque sus inmediaciones no se transiten con frecuencia: la ciudad era la ciudad y en torno de ella surgieron andurriales que terminaron siendo barrios, consolidados en torno de alguna denominación religiosa vigente en el lugar: Monserrat, San Telmo, Retiro, La Recoleta, o a partir del nombre de propietarios antiguos, como Palermo o Almagro, o por la descripción inmediata: La Boca (del Riachuelo) o Barracas, o Corrales.
Más allá había extensiones que fue llenando la inmigración hacia fines  del siglo XIX y surgieron otros nombres diversos por motivos variados: “Pacífico”, hoy semi olvidado, señalaba la terminal originaria del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico; Villa Crespo recordaba un loteo, y así se fue gestando, a los trancos, la nomenclatura que hoy nos es habitual.
Hay un caso atípico: Boedo era una calle más que iba al sur, sin relevancia ninguna, consagrada al recuerdo de un partícipe secundario del Congreso de Tucumán, don Mariano Boedo, figura aproximadamente ignota. Pero esa calle, ensanchada después de Belgrano cobró importancia, floreció en negocios y hubo en ella imprentas y talleres.
Cruzaba dos zonas: Almagro y Corrales, cuyo deslinde venía a ser, poco más o menos, San Juan, pero Boedo ostentaba ya carácter propio e insensiblemente se fue convirtiendo, después de 1920, en denominación general no sólo aplicable a la calzada y a las veredas y casas que la enfrentaban sino al área en su conjunto, al damero de calles paralelas y perpendiculares del que se había transformado en centro prolongado: “ser de Boedo” dejó de ser lo propio de esa calle o avenida, para convertirse en indicio de un protobarrio, que el tiempo ha vuelto tradicional.
Es, en realidad, el único caso entre nosotros de esa derivación de nombres, de calle a barrio. Pero existió, en la misma época en que se produjo esa mutación, otro fenómeno similar sólo que frustrado: Chiclana hubo de ser, igualmente, la génesis de un barrio que habría coincidido, en grandes líneas, con el actual de Parque Patricios, y en algún momento pareció que así iba a suceder. Porque hacia 1920, Corrales, recostado sobre Caseros, era una designación ya anacrónica, pues la plaza de faenamiento se había levantado veinte años antes y, lo peor, estaba sumamente desprestigiada, por la inevitable asociación que establecía con la matanza de animales, con la rusticidad de quienes se encargaban de ese trabajo y lo nauseabundo de las tareas complementarias. Las parroquias de San Cristóbal y San Antonio eran todavía incipientes y tampoco era demasiada la religiosidad de los nietos de italianos carbonarios que poblaban el lugar. Y se lo empezó a llamar Chiclana, avenida entonces llamativa con un modesto bulevar y alborotada por el paso ruidoso de los tranvías.
¿Por qué no prosperó ese nombre? A ciencia cierta, ignoro la razón, pero sospecho que un par de tangos famosos tuvieron que ver con ese fracaso. “Ser de Chiclana” era, como en el caso de Boedo, ser de una zona sin otra gracia que poseer una avenida que servía para identificarla. La “pebeta más linda’e Chiclana” no necesariamente tenía que trajinar sus veredas, sino que entendía que “era de por ahí”. Pero la pebeta –Estercita– no tuvo buena fama, después que los hombres “le hubiesen hecho mal”. Y, encima, otro tango machacaba sobre los mismo: “¡Sos de Chicana, no hay nada que hacer!”, obvia alusión a un “reaje” persistente.
Como es natural, a los vecinos exentos de esas tachas, les disgustaba la denominación y preferían evitarla. Parque “de los” Patricios era el nombre de la hermosa plaza con su zoológico anexo que ocupaba el predio de los viejos Corrales y hay una mención de 1923 en que ya aparece como denominación genérica, al modo de Parque Centenario o Parque Chacabuco, de Congreso o de Tribunales.
Pero no tuvo de entrada excesiva suerte. Sólo a fines de la década del 20, con la habilitación del Instituto Bernasconi, se asentó la imagen actual del barrio: las señoritas que acudían a ese establecimiento tenían sus pretensiones y no deseaban vivir en Corrales o ser confundidas con esas otras filiables a Chiclana. La notable y hoy por completo olvidada poeta María Raquel Adler, vecina de la calle Oruro, fue alumna (o profesora) del Bernasconi y a ella corresponde el más antiguo testimonio de alguien que se declara habitante de Parque Patricios, ya en la versión abreviada y coloquial. Eso fue en 1933 o 1934.
Pero Corrales no desapareció enseguida: su agonía duró un largo lapso y hasta ayer nomás, el cuartel de bomberos era “de Corrales” y la característica telefónica 91se identificaba de la misma manera, de igual modo que 31 era “Retiro”. Un club de la zona se llama aún “de Corrales”, hay un Museo de los Corrales que nada tiene que ver con éstos y hasta un tramo pequeño de Monteagudo recibió el nombre de “Corrales Viejos”, con clásica inexactitud municipal, pues los viejos corrales eran los de Caseros y Vieytes (Plaza España) y aquellos de los que estamos hablando fueron, en realidad, los Corrales Nuevos, reemplazados en 1900 por el Matadero de Liniers.
Queda entonces, sólo Boedo como caso de calle que ha dado nombre a un ambiente y a un barrio: el Paseo de Julio, el “fondín de Pedro Mendoza”, las chicas de Florida, la calle Arroyo, Santa Fe, Libertador (o Alvear, antes), tuvieron en algún momento sus aspiraciones, pero ninguna cuajó.
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Imagen: Partitura del tango ¡Sos de Chiclana...!