19 jun. 2015

Inmigración y proletarización



(De Miguel Ruffo)

La inmigración fue un instrumento del que se valió el estado burgués terrateniente para proletarizar amplios contingentes de inmigrantes. Esto es particularmente cierto cuando aquella dejó de estar vinculada a la colonización y quedó librada al juego del movimiento internacional de la fuerza de trabajo. En los Estados Unidos, que se integraron a ese flujo internacional, mucho antes que la Argentina y que disponían de una frontera abierta (la conquista del oeste), la formación de una economía de farmers (pequeños y medianos granjeros) operaba como un factor de atracción del inmigrante hacia las zonas rurales, por eso en las urbes esto impulsaba, en líneas generales, al alza de salarios, para retener en las industrias fuerza de trabajo. La Argentina también disponía de una frontera abierta (la conquista del desierto) pero el dominio del latifundio como régimen de tenencia de la tierra no favoreció el asentamiento de los inmigrantes en las áreas rurales, y debiendo quedarse en las ciudades (Buenos Aires y Rosario fundamentalmente) fueron conformando el proletariado moderno.
Cuando “La Nación” dice que al acto del 1º de mayo de 1890 acudieron “poquísimos argentinos”, esa interpretación no se puede entender como si el acto hubiese sido extranjero, aunque ésta fuera la intención ideológica del periódico. La crítica materialista, dando cuenta del movimiento objetivo de la realidad, debió decir: fue un acto del proletariado argentino (porque aquí es donde se constituyeron como obreros) integrado en su mayor parte por inmigrantes porque la fuente de proletarización del capitalismo en la Argentina son algunos países europeos.
No es el extranjero el protagonista de las huelgas sino el inmigrante proletarizado, las protestas sociales, las huelgas, a las que el estado burgués terrateniente tiene que hacer frente no son protestas de “nacionalidades” sino de clase.
La burguesía terrateniente no ha encontrado mejor medio de deshacerse de los obreros díscolos que el desarrollo capitalista lidera y engendra, que la de agitar –ley de Residencia mediante– contra el conjunto de la clase obrera, el fantasma de expulsarlos del país, arrojarlos al mercado internacional de fuerza de trabajo o de enviarlos nuevamente a su país de origen, que actúa como fuente de suministro de proletarios al capitalismo argentino.
De esta manera la clase que modernizaba al país disimulaba y ocultaba sus contradicciones adjudicando a los extranjeros actividades conspirativas que, ciertamente, en su mayoría eran focalizadas e intrascendentes.  Esta concepción ideológica se veía facilitada porque las comunidades o asociaciones agrupadas por nacionalidades constituían el elemento organizativo y referencial de los primeros inmigrantes.
Al desarrollarse el capitalismo latifundista exportador, al pasar de su fase formativa (ciclos del cuero y del tasajo y de la lana) a su fase inicial y madura  (ciclo de la carne y de los cereales), sin que por ello finalizara la primera, las “comunidades extrajeras” estallan; su movilidad social, (que es un proceso de diferenciación socio-clasista) conduce a la formación de proletarios y burgueses.
“La Prensa” decía que la Argentina redimía al proletariado de los viejos pueblos de Europa, al “permitir al obrero transitar de la condición de asalariado a la de propietario”, y si bien esto es cierto, no debemos obnubilar nuestra comprensión de la relación entre la inmigración y la proletarización, creyendo que esa “redención” era válida para el conjunto de los inmigrantes.
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Fuente:
Frydemberg, Julio y Ruffo, Miguel; “La Semana Roja de 1909”, CEAL, Bs. As., 1992.
Ilustración: Afiche de época.