9 jun. 2015

Monólogo de un chispero



 (De Pablo Marrero)

Chisperos llamaban a los integrantes de los grupos revolucionarios que armados y al mando de French, militaron en Buenos Aires el derrocamiento del virrey Cisneros en mayo de 1810.

¿Qué dirán de nosotros dentro de unos años? Pasados diez, cien o doscientos años. ¿Qué dirán los profesores? ¿Qué estudiarán los párvulos en esas aulas con olor a potro salvaje? ¿Hablarán de la conspiración? ¿De las reuniones en el Café de los Catalanes, ahogados por el humo del tabaco, embriagados de alcohol y de ideas, roncos de discutir, cubiertos por el ruido cómplice de las bolas de billar que entrechocaban en la otra sala? ¿Comentarán nuestros miedos? ¿Sentirán Buenos Aires como una amenaza en la garganta? Esas noches frías, aprisionados entre el cielo y las casas, con madrugadas de dientes apretados, tripas retorcidas y sudor delator. Esas madrugadas de mayo cuando la guardia que había dejado Nieto, antes de irse a sofocar la revolución a Chuquisaca, acechaba.
¿Contarán de nuestro trabajo de hormiga, clandestino, subversivo? ¿Recordarán a todos? A los cientos que pasamos días enteros sin comer, sin dormir. ¿O sólo hablarán de Moreno, Juan José, Manuel y Rodríguez Peña? ¿Escribirán en los libros de lectura de la inocente estudiantina, cómo falsificamos las invitaciones para el Cabildo del veintidós? ¿Que no tuvimos escrúpulos para garantizar de cualquier forma una mayoría revolucionaria en ese Cabildo? ¡Ah, mayo! Hasta la madrugada en la calle, anunciando nuestra urgencia en las puertas de las casas, para garantizar uno por uno la presencia en el Cabildo. En un lado convencer, en otro amenazar. Y la salida del sol, y la voz ronca y los ojos heridos y seguir, sin tiempo para la pausa. La revolución se amasaba en nuestras manos. ¿Pondrán en su piel nuestra emoción? ¿O todo esto será un mal ejemplo para la juventud? Y entonces... Sólo hablarán del Cabildo y sus discusiones y de gente expectante en la plaza, “y el pueblo quiere saber de qué se trata”, con sus miradas bubónicas, a la espera paciente y respetuosa de lo que se resolviera. ¡Nosotros no esperamos nada! Actuamos. Cargamos las pistolas con los ojos chispeantes, ansiosos de descargarlas en las panzas de los opositores a la revolución. El Cabildo del veintidós lo garantizamos a pura punta de pistola. ¡Ja! Nunca olvidaré la cara de espanto de ese muy señor al que le hundí el fierro en su abultado abdomen. Gritaba por sus derechos y cuanto más chillaba como el marrano que era, más penetraba el caño de mi pistola en su carne fofa. ¡Derechos! ¡ja!, a ese y a otros tantos no le dimos ningún derecho; le dejamos sólo dos opciones: marcharse calladitos o morir.
¿Hablarán de la revolución con la pasión y la violencia que encierra la palabra? ¿Sentirán nuestro odio y desprecio hacia el enemigo? ¿Se ahogarán como nosotros, con esa piedra en la garganta, cuando se enteren de la forma en que echaron y asesinaron a Mariano? ¿Se le retorcerán las tripas con lo del juicio a Juan José? ¿Los libros contarán los impíos detalles de este juicio? ¿Qué dirán después de tantos asesinatos, destierros y encarcelamiento? ¿Los que escribirán la historia tendrán un espacio para mí? No tengo esa esperanza... Mañana sólo el olvido y hoy; hoy pudrirme en esta cárcel de Los Patricios, a la espera de un juicio de resultado seguro. Solo me mantiene en pie la fidelidad a mis compañeros.
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Imagen: Convocatoria al Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810.
Texto tomado de su libro “La historia a puro cuento".