16 ago 2011

“Teatro Abierto”


(De María Virginia Ameztoy)

A 30 años del debut y el atentado. De cómo la única hija biológica de Roberto Noble, fundador de “Clarín”, aportó la sala del Teatro del Picadero.

Era antigobierno militar, me parecía un horror lo que estaba pasando, yo sentía, percibía cosas y no me gustaban. Cuando la gente de “Teatro Abierto” buscaba un lugar, tenían que encontrar un Quijote que pusiera la sala..., y eso era música para mi alma (1). Guadalupe Noble ríe al declararse Quijote propicio para aquella riesgosa aventura; aún así, su sala sería la sede inicial.
Hacía algo más de un año, a sus 23, que Guadalupe deambulaba la zona junto al director teatral Antonio Mónaco en la búsqueda de un espacio adecuado para sus sueños. El serpenteante curso del pasaje Rauch (2) –tal el infame nombre que llevaba la cortada Santos Discépolo–, de por sí, habilitaba la estética y la ubicación en la ciudad. El edificio fabril desocupado y el convenio para su compra marcaron el comienzo ideal para instalar una sala teatral no convencional, apropiada para el tipo de teatro que querían hacer. Así, el 21 de julio de 1980, Antonio Mónaco puso en escena la obra que inauguró el “Teatro del Picadero”: la otra versión del “Jardín de las Delicias”, inspirada en “La máscara de la muerte roja”, de Edgar Allan Poe.
La sala, nacida como la concreción de un sueño juvenil, iba a ser, un año después, la protagonista de uno de los movimientos teatrales más importantes que se recuerden.
En plena dictadura militar –aún faltaba transitar el horror de Malvinas–, al atardecer del martes 28 de julio de 1981, Jorge Rivera López, como presidente de la Asociación Argentina de Actores, leía las palabras de Carlos Somigliana: ¿Por qué hacemos Teatro Abierto? Porque queremos demostrar la existencia y vitalidad del teatro argentino tantas veces negada; porque siendo el teatro un fenómeno cultural eminentemente social y comunitario, intentamos, mediante la alta calidad de los espectáculos y el bajo precio de las localidades, recuperar a un público masivo; porque sentimos que todos juntos somos más que la suma de cada uno de nosotros; porque pretendemos ejercitar en forma adulta y responsable nuestro derecho a la libertad de opinión; porque necesitamos encontrar nuevas formas de expresión que nos liberen de esquemas chatamente mercantilistas; porque anhelamos que nuestra fraternal solidaridad sea más importante que nuestras individualidades competitivas; porque amamos dolorosamente a nuestro país y éste es el único homenaje que sabemos hacerle; y porque, por encima de todas las razones, nos sentimos felices de estar juntos.
La agrupación integrada por casi 200 trabajadores del arte y la cultura –actores, autores, directores, escenógrafos, músicos, artistas plásticos y técnicos– tuvo su fiesta inaugural ese día con una enorme asistencia de público que sobrepasaba en mucho a las 300 butacas de la sala. Fue un estreno apoteótico, con la vibración del impulso de un grupo de autores dispuestos a reafirmar a la dramaturgia argentina, cuya representación estaba prohibida por la censura en las salas oficiales y su estudio borrado en la currícula de las escuelas públicas de teatro.
Veintiún autores escribieron obras breves que, de a tres por día, conformaban siete espectáculos que se repetirían durante ocho semanas. Cada obra tenía un director diferente y los elencos estaban integrados por diferentes actores. Autores, actores y directores que en su mayoría conformaban, al igual que las obras, las listas de “prohibidos” de la dictadura militar. Las funciones se realizaban en un horario insólito, a las 6 de la tarde, y el precio de la entrada era la mitad de lo que costaba la de cine.
Nueve días después de inaugurado el ciclo, un comando ligado a la dictadura incendió las instalaciones de la sala. La reacción de la gente de teatro y del público fue de total indignación. Ante la consigna “Teatro Abierto debe continuar”, se abrieron otras salas y fue la del Tabarís, en la avenida Corrientes, la que albergó al movimiento y compartió el enorme éxito que lo acompañó. Tres ediciones tuvo Teatro Abierto –1981, 1982 y 1983–. Su repercusión estimuló a otros artistas y surgieron Danza Abierta, Poesía Abierta y Cine Abierto, todos como una forma de resistencia cultural ante la barbarie de la dictadura.
El edificio del Teatro del Picadero, ubicado en el pasaje Enrique Santos Discépolo 1847, a metros de Corrientes y Callao, cobijó por años, luego de su rehabilitación, a una productora de televisión. Posteriormente, en años recientes, estuvo a punto de ser demolido, lo que logró evitarse a partir de la lucha de diversas organizaciones –Argentores, Actores, Basta de demoler, entre muchas otras– llevada a cabo en 2006 y 2007, hasta sancionarse finalmente la Ley 2980 que declara al espacio Patrimonio Cultural de la Ciudad. Hoy la disputa edilicia continúa, el Picadero debe ser recuperado como espacio de la memoria.
En el rincón fundacional de esta historia, Guadalupe Noble, la hija de Roberto Noble, el fundador de “Clarín”, asoma como partícipe creativa imprescindible. Guadalupe, Lupita, la joven que estudiaba teatro con Antonio Mónaco y que concretó la utopía de una sala para su grupo de teatro independiente, un espacio dramático no convencional para dar cabida a propuestas innovadoras. Para ella vendría otro futuro de lucha por la reivindicación de la memoria de su padre y su propio lugar en el mundo: [...] siendo la única hija biológica de Roberto Noble, me asiste el derecho de ser considerada como tal […] el “reconocimiento” fue expresado por mi padre en todos y cada uno de sus actos públicos y privados […] los niños adoptados por la señora Ernestina Herrera entre los años 1976 y 1977, recibieron el apellido de mi padre casi diez años después de que éste falleciera.(3)
¿Qué hubiera sido de su vida de no mediar el atentado salvaje que destruyó el Picadero 9 días después de la apertura de Teatro Abierto? Las ucronías sólo respetan a las conjeturas. Lo cierto es que terminó refugiada...
No sé si refugiada, me aconsejaron irme unos meses. El sereno del Banco Mercantil, enfrente del teatro, dijo en “La Razón” que había visto llegar un patrullero a las tres de la mañana, entraron, y cuando llegaron a la esquina voló el teatro (1).
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Notas:
(1)  Guadalupe Noble, reportaje publicado en la revista “Noticias”.
(2)  Coronel Federico Rauch, infame exterminador de aborígenes de los ejércitos de Roca, conocido por su nefasta declaración: “hoy hemos ahorrado balas, degollamos a veintisiete ranquele”. Terminó sus días a manos del cacique Arbolito.
(3)  Guadalupe Noble, “Página12”, 20 de marzo de 1990, sección “Cartas”.

Imagen: El Teatro del Picadero luego del incendio tras el atentado.
Texto e imagen tomados de Desde Boedo, agosto 2011.

Elegías de Buenos Aires


(De Carlos Penelas)

Es una plazoleta con un monumento de Yrurtia.
La calle Suipacha, la calle Tucumán, la calle Florida.
Y una Martona a una cuadra de la panadería De las Bellas Artes.
También una  plaza cercana donde otro hombre
fusiló sin maldad y fue descuartizado en el horror y la penuria.
Ambos se equivocaron al amar a una patria imprescindible.
Estoy hablando de mis lazos, estoy hablando de mi inmortalidad.
Con los años llegó otra plaza con jacarandaes,
frente a una biblioteca y a un palacio de estilo francés.
Más íntima, con voces de Banchs y de Lugones.
Por esos días vinieron las calles de la mano del padre.
Adoquines, veredas, la heredad del estío.
Es ese riachuelo del sur que contemplo en la alquimia.
Junto a él divisé pobreza, falsía, caducidad.
Y un almacén venturoso que no existe.
Los años fueron recuperando reflexiones y olvidos.
Se incendiaban liturgias, himnos, infamias.
Vinieron trenes, barcos, puentes. Otros legados.
Para mi eran espacios de hogueras y esplendores,
Aniversarios,  puños insurrectos;
una plaza de Balvanera prefiguraba la revolución.
Muchos de estos símbolos intenté decirlo en poemas.
En cada barrio anhelé descubrir malvones, la luna solitaria,
el balcón irreparable de una princesa polaca,
la historia de Alejandra, los talleres de Vasena,
un  patio y una parra con abuelos transterrados,
el barrilete de agosto, un poeta soñando en el tranvía.
Un zaguán, la puerta de una niña de ojos verdes.
O la mujer del sombrero azul detrás de unos cristales.
Después, todo fue bruma, un declinar de tardes.
Confirman lo elegíaco olores y fechas.
La ausencia me interroga en estas mitologías.
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Foto: Carro quemado frente a los talleres Vasena durante la Semana Trágica en enero de 1919.

15 ago 2011

Los familiares de Carlos Cayol y Fernando Newman


(De Mario Tesler)

En un local de la ciudad de Buenos Aires, durante los últimos meses de 1877, Fernando Newman y Carlos Cayol estaban empeñados en efectuar experiencias de comunicación telefónica, pero con aparatos construidos por ellos mismos, es decir ensayos en la Argentina de telefonía argentina.
Recorrí en vano las noticias sobre el particular en procura de la ubicación exacta del local, asiento de esa sociedad de hecho. Por ahí aparece en algún diario el nombre de la calle pero no la numeración. Gracias a una guía comercial editada en 1879, por la fábrica de galletitas Bagley S.A., cuando era M.S. Bagley y Cía, pude constatar que el establecimiento de estos técnicos estaba ubicado en la calle de Cuyo 211.
Pero en otra sección de la misma guía aparecen técnicos también en el 209 de la misma calle. Ocurre que esta obra de información tiene varios ordenamientos, entre los cuales predominan dos, uno por calle y el otro alfabéticamente por apellido de los dueños e inquilinos de los inmuebles. En este caso las informaciones no difieren sino que se complementan, pues de ellas se deduce que por el 211 se ingresaba al local y el 209 correspondía a una entrada particular.
La "calle del Cuyo" se hallaba situada á tres cuadras al Norte de la plaza de la Victoria. Arranca del Paseo de Julio y se prolonga de E. á Oeste, quedando los números pares á la izquierda y los impares á la derecha. La calle del Cuyo o Cuyo a secas es la actual Sarmiento.
Cuando me encontré frente a este intento de telefonía argentina privada procuré reunir información sobre los hechos que Cayol y Newman iban protagonizando a partir de 1878 y su trascendencia, pero también orienté la pesquisa con sentido biográfico. Los resultados fueron dispares, el éxito coronó mi labor en cuanto a la primera cuestión pero no tuve igual fortuna en reunir datos personales sobre estos dos olvidados iniciadores de la telefonía argentina.
Sobre uno de ellos no encontré ninguna referencia entre la bibliografía especializada, del otro localicé en un diccionario biográfico muy pocos antecedentes sobre él y su núcleo familiar primario. El autor de esta obra los tomó de un libro de recuerdos publicado en 1967 por una de los descendientes. De tirada reducida y sólo para consumo familiar, logré obtener un ejemplar después de no pocas dificultades y con la colaboración de Jacabo A. de Diego. Ante la ausencia de otra fuente con la cual poder compulsar, decidí no tomar en cuenta el grueso de su aporte. Luego fui advertido sobre las inexactitudes que contenía.

En cambio opté por circunscribirme al empleo de lo obtenido entre las informaciones de aquella época y algunas pocas referencias corroboradas. De esta manera, al menos, contribuyó a explicar fehacientemente los intereses comunes que vincularon a Carlos Cayol con Fernando Newman y en que medida el medio familiar en el cual se formaron les sirvió de estímulo; teniendo en cuenta que la afición por la industria y la tecnología entonces era moneda de escasa circulación en la Argentina durante la década 1870-1880.
Carlos Cayol tenía varios hermanos, todos ellos hijos de Bartolomé Cayol y Margarita Kerkis. El padre nació en una de las islas que integran el pequeño archipiélago francés Hyéres, situado en el Mediterráneo, cerca de las costas de Var. Tuvo 9 hijos, según una fuente no confirmada, y falleció probablemente el 20 de mayo de 1877. En algunas publicaciones figura como Bartolo Cayol. De su madre se sabe que perteneció a una familia que se cuenta entre los fundadores del pueblo de San Vicente. localidad de la provincia de Buenos Aires. El casamiento de éstos se había celebrado en 1837.
Francés de nacimiento, Bartolomé Cayol se había dedicado a la herrería y ya en Buenos Aires establecíó una fábrica de cocinas de hierro. Con el objeto de remitir a la Exposición Universal de París una estadística industrial de la ciudad de Buenos Aires, en 1887 unos comisionados de la Unión Industrial Argentina confeccionaron una nómina de la principales fábricas establecidas, en la cual ocupó el primer lugar la firma E. Cayol y Cía., cuyo inició data del año 1838, y el segundo B.[artolomé]  Cayol, a partir de 1844. En ambos casos se ocupaban en la fabricación de cocinas de hierro.
En cuanto a la firma E. Cayol y Cía. estaba integrada por Bartolomé Cayol, aunque por el momento no es posible afirmar cual era su rol en ella, ni su parte en el capital. Lo que sí es exacto es que debido a algunos motivos, no necesariamente enojosos, se independizó seis años después, en 1844. En su obra Historia de la industria argentina, Adolfo Dorfman ubica a esos establecimientos entre las primeras dos fábricas argentinas de las que se tenga noticias en los albores de la era industrial argentina.
A esto debo agregar que Bartolomé Cayol, el padre de Carlos, no descuidó militar en defensa de los intereses industriales del país, por lo cual participó en las primeras reuniones de la actual Unión Industrial Argentina.
Julio Cayol, uno de los hermanos mayores de Carlos, nacido en 1843, inventó un reloj marcador de tarjetas, muy bien apreciado por las autoridades del entonces Ferrocarril del Oeste; en las viejas guías comerciales de Buenos Aires suele figurar como relojero, con domicilio en la calle Parque 925, o a partir de 1878 como jefe de taller mecánico del F.C. del Oeste en la calle Gral. Lavalle 925.
De Fernando Newman encontré menos precisiones sobre él y su familia. He podido establecer que Newman o Neuman son variantes de su apellido Newman, con lo cual se afianza la posibilidad de un vínculo familiar entre el telegrafista Guillermo Neuman, de la calle Cuyo 304, A. E. Newman, gerente de Telégrafo del Río de la Plata S.A. y Alberto Newman, jefe del telégrafo a Montevideo ubicado en Ecuador sin Nº cerca de 160. En cuanto a Nervman no se trata de una variante más sino que está mal escrito.

Además de la similitud del apellido, se observa una vinculación en la actividad laboral de los tres inscriptos en el quehacer telegráfico que concuerda con la de Fernando pues se desempeñaba en el Telégrafo del Estado.
Malograda su incursión en el campo de la telefonía, la actividad posterior de Fernando Newman confirma la hipótesis de su emparentamiento familiar por lo menos con Guillermo Neuman. En la sección avisos de la guía comercial para 1886, dirigida por Edelmiro Mayer, aparece Fermando Newman instalado en el domicilio de Guillermo y ofreciendo sus servicios para la colocación de companillas eléctricas, tubos acústicos, teléfonos, para-rayos, etc. y, además la venta de gran surtido en aparatos eléctricos, alambres aislados, pilas de varios sistemas, aparatos medicales de inducción y de corrientes continua, aparatos para experimentos y demostraciones.
Para establecer cuándo y cómo se relacionaron Fernando Newman y Carlos Cayol es de utilidad tener en cuenta que ambos estaban vinculados con la telegrafía; ya en 1876, el  12 de julio, la Jefatura de Policía de Buenos Aires celebró un convenio con ambos para la inspección de las líneas telegráficas una vez por semana, compromiso dejado sin efecto por escasez de recursos presupuestarios.
Antes vemos al pionero industrial-fabricante de cocinas de hierro Bartolomé Cayol, padre de Carlos Cayol, y a Fernando Newman en la primera asamblea del Club Industrial Argentino, celebrada el 12 de octubre de 1875 en el local de la Sociéte l´Unión, Belgrano 483. Cabe agregar que en 1887, entre los socios fundadores de la Unión Industrial Argentina vuelve a figurar Fernando Newman, aunque en el acta se lo registra con una modificación de su apellido pues aparece como Fernando Nervman, según la trascripción textual efectuada por Américo R. Guerrero en su libro La industria argentina, su origen, organización y desarrollo.
De cuanto he revisado no encontré elemento que permita determinar, con más o menos precisión, cuándo comenzaron Cayol y Newman a interiorizarse sobre la telefonía. Pero teniendo en cuenta que ambos pertenecían a familias europeas inmigrantes y que por lo menos Carlos Cayol había realizado un curso técnico especial en Alemania, no es aventurado creer que las noticias periodísticas y especializadas sobre el teléfono, a partir de la patente solicitada por Alexander Graham Bell, no les fueron extrañas ni demoraron en llegar a conocimiento de ellos.
Si en febrero de 1878 ya se difundieron los ensayos de Cayol y Newman, con aparatos construidos por ellos, la actividad debió comenzar en el curso de 1877, para lo cual necesitaron del conocimiento teórico.
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Foto: Antiguo aparato telefónico.

12 ago 2011

El almacén de mi barrio


(De Ricardo Alberto Argüello)

El almacén de mi barrio guarda el encanto del color del tiempo.
Hace algunos años, cuando muchas calles estaban aún sin adoquinar, una mañana, sobre el frente de una casa pintada de amarillo (que a su vez tenía un local) apareció en su fachada  un cartel que decía "Aquí muy pronto Almacén La Giralda".
Grande fue entonces la intriga del vecindario por saber quién sería el nuevo personaje que estaría al frente del mismo. Los chicos dcl barrio, inquietos, mirábamos con ojos de asombro hacia el interior (por un agujero que la tiza había dejado en la vidriera para después correr a nuestras casas a contar lo que habíamos  visto.
Conocíamos todo, menos a su dueño. Luego se supo, era Don José, un hombre de estatura baja, aspecto agradable, mirada transparente y un gesto de infinita bondad en su rostro.
El día de la inauguración hizo venir a unos gaiteros con sus coloridos instrumentos. En segundos llenaron (con los aires de la Mia Terra) todos los espacios. Por último, repartieron globos y golosinas. 
Pronto nuestros padres comenzaron  a mandarnos allí con un papelito donde estaban anotados los alimentos a reponer: azúcar, yerba, porotos, aceite... De más está decir que cuidábamos la plata que nos habían dado. "'Por Dios a no perderla!".
-Don José, dice mi mamá que le dé todo esto, que se cobre y.... para mí (por lo bajo) la yapa".
También venían otros que decían: -"Mi mamá encargó que le diga si puede darme todo lo anotado, que cuando cobre, le paga". Entonces Don José preguntaba: "¿Dónde vivís? Con una simple referencia le bastaba: "A la vuelta", "Al lado de doña María", "Enfrente del señor del perro lanudo".
Nadie se fue sin su compra (chica o grande), envuelta en aquel papel gris y cerrado con dos periquetes y tres vueltas.
Obviamente, con el correr del tiempo, don José se había transformado en la referencia más auténtica sobre la vida y virtudes del vecindario. El trato diario con la gente lo había hecho depositario del correr de infortunios, alegrías, desvelos y demás.
A medida que se fueron agrandando los barrios, estos personajes de leyenda (como el nuestro), al que se podía ver siempre parado en la puerta de su almacén, guardan la virtud de hacernos retornar a través del recuerdo (aunque sea por un instante), a aquella época feliz donde Ángel Azul velaba los sueños, y donde hoy, al compás del corazón, quisiéramos volver a repetir aquello de: -"Don José, dice mi mamá...".
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Imagen: Interior de un  almacén de barrio supérstite.
Tomado del libro: El almacén de mi barrio, editado por el Gobierno  de la Ciudad de Buenos Aires, Bs. As., 1998. 

10 ago 2011

Intelectuales y vocacionista de Boedo


(De José Felice)

Boedo comenzó a tener, acaso, su verdadera fisonomía intelectual por el tiempo en que Munner llenaba los estantes de su librería con las ediciones de folletos y libros a bajo precio, que lanzaba aluvionalmente la imprenta de don Lorenzo Rañó, quien fuera editor de algunas de las buenas novelas de Roberto Arlt, acabando por despertar la barriada con la incruenta batalla literaria conocida por Boedo contra Florida. De esto y otras cosas interesantes se ocupa Leónidas Barletta. Asimismo, alguien mejor informado que yo, por haber actuado dentro del círculo que presidía José González Castillo, probablemente recuerde la gallarda figura  del autor de Los invertidos, inolvidable en su provechoso paso por la Universidad de Boedo, y las tenidas organizadas por él  en las hosterías de Boedo, de Carlos Calvo y de San Juan, que en cada una de ellas era Castillo bienvenido y bienquerido, y en cuyos comedores eran amenas y amanecidas las peñas en las que intervenían asiduamente Julio Crucciani, Vicente Roselli, León Fiel Caminade, Marconi y Caiola, Soiza Reilly, Caputto de memoria prodigiosa, Marchi, y, a veces, Folco Testena, García Velloso, Rodrigo Soriano, Villaespesa, Beltrán y Alberto P. Cortazzo, el más indicado como para evocar aquellas noches inefables que se vestían de amaneceres en “Los Vascos” o en “El Vesubio”.
Ya en el periódico El literario mostraba su valor una pléyade formada por Bufano, César Garrigós, García y Mellid, Arzubiaga, Galíndez, Aramburu y Belluzi.
Por aquel mismo entonces un grupo de muchachos más jóvenes constituíamos el Círculo Literario Almafuerte, lleno de pretensiones y entusiasmo, que en el transcurso de pocos meses había reunido unos treinta cultores del verso y de la prosa. Pero el círculo había a poco de desaparecer por cuanto sobraron los dedos de una mano para contar los que sufragábamos los gastos se secretaría. No obstante esta desdicha no nos desanimamos y conservamos el entusiasmo dartagnesco y mantuvimos y atizamos el deseo ambicioso de hacer alguna cosa que condijera con nuestro ideal. Se nos presentó en buen momento la tabla salvadora en la querida persona de Luis Maillard, quien editó por su cuenta la revista Boedo hasta el número 12 en que feneció. Durante la existencia de esta publicación, su propietario no cercenó en lo más mínimo nuestra libertad de acción, circunscribiendo sus derechos a la administración de la misma. Llegó ella a contar como colaboradores, para honor nuestro y por gentileza de González Castillo, a Rodrigo Soriano, Villaespesa, Jaén y otros.
No recuerdo con qué honestos malabarismos editamos más tarde Cerebro, publicación de sesenta páginas que alcanzó a subsistir seis números. Todo había ido bien hasta aquel entonces; nos reuníamos a menudo en casa de cualquiera de nosotros o en un rincón del café “Dante”, cultivando una camaradería envidiable, sin descuidar de amasar ensueños y fantasías. Entusiastas y desaprensivos nos creíamos –¡oh, credulidad de la primera juventud!– con las manos asiendo la mancera como quienes aran los surcos ventrales del mañana. Pero los contrastes sucesivos si bien no nos desgalgaron nuestra vocación, la sacudieron con tanto encontronazo; y ya, como dijera alguno, faltos del banco en donde sentarse, se disgregaron en su mayoría los  vocacionistas que nos acompañaron en aquellos ayeres que no borró ni deslució el tiempo; no olvidamos a Oreste, el de los silvos embriagantes y los rondeles enloquecedores; Delle Ville, que más tarde rompiera cien lanzas en Balcarce; Villamarín, con sus sonoros alejandrinos, el inteligentísimo trovador que ocultaba su identidad con el pseudónimo de El Abate Casanova; Gustavo Riccio, poeta expresivísimo; Negretti, que engarzaba turquesas en el broche de sus sonetos; Casildo, el torrentoso volcador de versos deletéreos; Imondi y Bartoletti, los camaradas cordiales; Fragola, con sus octosílabos quintaesenciados; Foscaldi, con sus obras teatrales; el Apeles Bedecarats; César Garrigós, ahito de ideas pletóricas de majestad y belleza; Martín Domínguez, el retorcedor de endecasílabos; Avelino Serra, el parsimonioso; Firpo Garelli, poeta cabal; Julio Camilloni, que daba sus pininos por el campo de las letras; Teófilo Olmos, dado al cultivo de rarezas; Adolfo C. Revol, agresivo y mordaz, y tantos otros que estuvieron con nosotros en la etapa más encantadora de nuestros afanes y de nuestras inquietudes; etapas en que aprendimos como Horacio, que: “Los cantos no dan pan”.
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Imagen:Esquina sudeste de San Juan y Boedo en 1935
Tomado del libro: Pasión de Boedo Aires, Ediciones Boedo 21, CABA, 2000.

8 ago 2011

Despedida a Ernesto Goldar


(De Fernando Sánchez Zinny)

Atildado, enjuto, sonriente, a veces burlón, a veces tierno, pero siempre con un matiz ingenuo y melancólico que los años porfiaron en acentuar, Ernesto Goldar fue una imagen recurrente e insoslayable de nuestro Buenos Aires, del Buenos Aires que transitamos, alimentados por fragmentos de poemas, por memorias huérfanas y por anécdotas atesoradas con displicencia de ociosos.
Acaba de dejar estas calles a cuyo amparo nació en 1940. Ensayista y poeta, ofrendó sin tasa su vida a las pasiones de la literatura y del intento de esclarecer cosas de la política y de la sociología. Egresado en letras, docente y periodista a ratos, investigador de recovecos de narrativa, conferencista y coordinador de talleres literarios, merodeador del periodismo y de la docencia, su vida atravesó asimismo circunstancias bien más infrecuentes como la de ser asesor de la industria cinematográfica y frustrado postulante a una senaduría nacional.
Autor de una veintena de libros de asedio literario e ideológico, entre ellos –y los nombres son , en sí, una definición de sus recorridos y desvelos– El peronismo en la literatura argentina, La mala vida, Jauretche, Proceso a Roberto Arlt, Buenos Aires: vida cotidiana en la década del 50, John William Cooke y el peronismo revolucionario, Los argentinos y la guerra civil española, La clase media en el 83 y ¿Qué hacer con Perón muerto?, su obra poética se circunscribe a tres densos volúmenes de unívoca intención y muy personal tono: Feria en San Telmo, de 1981; Instinto de conversación, de 2005; y En voz desmayada y baja, de 2009.
Aunque por muchos años no dedicó sino esporádicos esfuerzos a merecer que se lo calificase así, muy desde sus comienzos se lo tuvo por poeta, casi por poeta por antonomasia, y cuando lo conocimos, hacia 1968 o 69, en casa del “loco Puig”, Catamarca entre Humberto Iº y San Juan, fue para todos el poeta Goldar, al que todo libro de poemas debía serle acercado, por lo que fuese: por el azar de un elogio o siquiera de un juicio. Era ya igual a como cupo caracterizarlo en años recientes: amable y a la vez cáustico, pícaro y juguetón a despecho del empaque erudito. Y también, como hasta hace unos días, inmensamente reservado: a gatas sabíamos que trabajaba en el loquero, así como más tarde se supo que lo hacía en un laboratorio. Y no mucho más; o nada más.
Goldar era misterioso y huidizo con ganas, lo que de alguna manera construía en sí el carácter arquetípicamente distante del porteño pretérito; cerrada discreción que, según el canon clásico, se decantaba en sutilezas y en una impecable noción de la amistad, en un compañerismo enigmático y perpetuamente comprensivo.
Judío que callaba serlo sin llegar a negarlo, sus andanzas políticas lo conectaron con exclusivismos muy disonantes con ese origen, en una época y ante una generación en la que el encono prejuicioso era moneda corriente. Agudo izquierdista juvenil terminó adentrándose con fruición de navegante abstraído –y absorto– en las aguas estancadas del revisionismo rosista y no sintió jamás la obligación de explicar esa presunta incongruencia, que acaso no lo era para su índole ahincadamente intelectual, renuente al realismo de los hechos y anclada con ejemplar devoción en el realismo de las ideas. Es cierto, por otra parte, que ningún provecho sacó de sus contradicciones y que sí cosechó de ellas, en cambio, bastantes rechazos y desaires. Entre amigos se ha comentado que ésa fue la razón de su vuelco tardío hacia la poesía, ámbito en el que no obstante el inevitable cortejo de egolatrías y mezquindades, habría encontrado mucho más reconocimiento que en las asperezas anteriores. De ser esto verdad, sería un motivo añadido y por demás significativo para justificar la gratitud que la poesía nos inspira.
Goldar poeta no cantaba casi, más bien contaba; no invocaba sino que describía y su voz era una voz precisa, voz reconocible de quien no quiere engañar ni engañarse. Buenos Aires estaba siempre atrás de sus desencantos a medio renglón: “Hay bares en la ciudad que me ocasionan encuentros / conversados sobre un proyecto de todos / para vivir decentemente, / hay mesas de sus bares donde los ademanes / de un poeta hablan a gritos por encima de mi risa, / esta risa mía destemplada para que no se oiga, / para que no se piense en los inexpugnables veredictos / que destruyen los minutos de unas manos felices con las mías.” De sus demoras por el Sur rescatamos estas líneas: “Junto a la iglesia de San Pedro Telmo, / lateral y ocultando ventanas cementadas, / sin título en los portones ni marcas que el enrejado enuncie, / está paralela a lo largo de la cuadra la cárcel de mujeres. // Aseguran que es correccional / pero como todos no deben saber si se trata de delitos mayores o menores, / en ocasiones alberga prostitutas, prisioneras políticas, /  domésticas que hurtaron un collar, una pulsera, / o una muchacha que por las noches tomaba anfetaminas para darle al amor un sabor más sofocado…”
Porque, además, fue una voz entrañable. Ahora sólo queda el adiós y unas gracias que aquí musitamos y de las que no se enterará.
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Foto: Ernesto Goldar.

6 ago 2011

La "Botica del Águila" en Villa Crespo


(De Juan Chaneton)

El vidrio sobre la puerta de Corrientes 5000 todavía muestra la inscripción “Antigua Farmacia del Águila”, en oro a la hoja. Por su parte, sobre la entrada que da al 4996, el  biselado, como los de antes, nos dice: “Botica del Águila”.
Corrían los ’30. Uriburu, José Félix,  reichsführer de la wehrmacht argentina, instauraba la nueva patria, la del agua bendita, la espada y los uniformes. Ya la casona del “Peludo”, de  Don Hipólito, en Brasil al 1000, justo donde hoy está el respectivo tramo de la 9 de Julio, había sido destruida por las schutzstaffel locales, es decir, la versión criolla de las SS hitlerianas.
Severino, el anarquista, el ácrata expropiador, el perverso enamorado de una adolescente, de Josefina, de su Josefina Scarfo, ya se había tiroteado, en Callao y Sarmiento, a la salida de la imprenta, con las patrullas policíacas porteñas que le seguían los pasos de cerca, estaba con  captura, estaba perseguido, estaba condenado y así fue que lo fusilaron, en la “penitenciaría” de Las Heras, picadora de carne de enemigos del sistema, de los que no se adaptan, de los que no cumplen las normas, de aquellos a cuyo intelecto no ha adherido la idea del derecho como código de conducta.
Corrían los ’30 y los locos conspiraban. Los lideraba Erdosain, que quería acabar con el sistema pero le faltaba plata, porque la política se hace con plata y la conspiración es una política. Y si se trata de una revolución, también hace falta plata pero, además, las bombas. Y  los ingredientes para fabricarlas suelen encontrarse en las boticas.
En Villa Crespo hay una –se dijo Remo Erdosain–. Y para allá salió, para Villa Crespo. No es que esa farmacia, la “Botica del Águila”, fuese la única que  podía contar con los elementos para fabricar una bomba, no. Pero Erdosain conocía al boticario. Punto clave. Cuestión fundamental. Hay que contar con algún químico en el equipo y éste será Ergueta, el boticario del Águila.
Remo se sabía de memoria la historia de la farmacia a la que se dirigía en ese momento. El colectivo se zarandeaba sobre el torpe adoquinado como si fuera a romperse, hacía un ruido infernal y parecía que se destartalaba en cualquier esquina. Remo miraba por la ventana y pensaba.
La “Botica del Águila” –le había contado Ergueta una vez – fue instalada un 14 de junio allá por 1895. Ese tramo de Corrientes adonde iba ahora Erdosain se llamaba, antes, cuando fue fundada la farmacia, Triunvirato. La “Botica del Águila” nació en Triunvirato al 300, recordaba con su increíble memoria el conspirador, mientras viajaba en colectivo hacia Villa Crespo.
El nombre iniciático fue “Antigua del Águila” y su dueño y fundador, Pedro Triziano, muy bien habría podido ser de la partida en esta revolución que planeaba Erdosain. Triziano era de buena madera. No le hacía asco a la aventura y si esa aventura tenía algún parentesco con la justicia social, mejor. Qué lástima, pensó Erdosain. Qué lastima que Triziano ya no esté en el mundo de los vivos. O más bien, en el mundo de los humillados, que son los que van a hacer la revolución.
Pedro Triziano se hizo a la mar, cruzó el Atlántico y  llegó al Río de la Plata cuando el siglo diecinueve moría y sin saber que iba a fundar una botica. Una botica que, con el tiempo, se haría famosa. Vendió tisanas y ungüentos, Triziano; vendió untisal y vaporú para el dolor de huesos y para el pecho cuando el resfrío hacer doler el pecho. Vendió genioles a troche y moche y cremas de juvencia para las señoras, por supuesto. Hasta que un buen día se levantó con la noticia de la guerra. En Italia había guerra. Corría el año del Señor de 1914 y Triziano sintió que la sangre le hervía.
Don Juan Manuel Domínguez era un vecino de Villa Crespo y de  Triziano que también había inmigrado. Don Juan Manuel, digo. Don Juan Manuel también era inmigrante. Don Juan Manuel Domínguez le compró, en 1914, la farmacia a Triziano porque Triziano, hombre de honor y de ideales, se fue a la guerra. A la guerra del 14. A luchar a su Italia natal. Y desde 1914, entonces, la “Antigua del Águila” cambió de dueño. Ahora era de Don Juan Manuel Domínguez, gallego que habrá pasado por el Hotel de Inmigrantes antes de establecerse en Villa Crespo. Don Juan Manuel Domínguez, el nuevo dueño de la “Antigua Botica del Águila” había nacido en Villa García de Arouza. Venía gallego hasta el tuétano.
Se alegró Erdosain cuando vio que la que atendía, a esa hora, era la mujer de Ergueta. Tendría más tiempo para conversar con él, que seguro estaba en el fondo tomándose unos mates. Saludó y pasó detrás del mostrador. De ahí a la puerta con cortina que separaba el negocio de los aposentos familiares. Efectivamente, encontró a Ergueta mateando y leyendo el diario. Cuando le contó el motivo de su visita, Remo Erdosain se comió la siguiente frase-respuesta del boticario, rápido como un colibrí el gordo Ergueta: "¿Quiénes van a hacer la revolución social sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te creés que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos?".
Erdosain había ido a pedirle plata y cuando se animó, Ergueta lo miró fijo y le dijo: ustedes son unos delirantes. Revolución las pelotas. Rajá, turrito, rajá…!
Los dos hombres se pusieron de pie. Erdosain, acostumbrado a las humillaciones de la vida y abandonado por la esperanza y hasta por su esposa Elsa, no notaba nada distinto en su vida aquella mañana.
Ergueta lo acompañó hasta la salida, por la puerta del negocio y, todavía detrás del mostrador y cuchicheando bajito como para que los pocos clientes de esa hora no notaran nada extraño, Remo aún encontró fuerzas para decirle: Tenemos al Astrólogo, en Temperley. En su quinta practicamos tiro. También está el Buscador de Oro, que encontró mucho en la Patagonia. Y con los prostíbulos de Haffner  contamos con un adicional financiero que hará imposible el fracaso de la revolución. Este país es propicio para las asonadas.
La conspiración siguió su curso bajo el signo de la utopía y la confusión. La organización de adelantados a su tiempo desapareció tan fugaz y loca como lo había sido su irrupción en los asuntos existenciales de aquella época.
Quedan huellas de aquello. Quedan algunos rastros materiales de la historia, que fue,  más que  cualquier otra cosa, una historia de Buenos Aires. En buena parte, esta historia se escribió en los lugares citados y en otros, que no citamos. De los primeros, de los sitios que nombramos acá, la “Antigua Botica del Águila”, con sus vidrios biselados y letras en dorado a la hoja, sobre la actual calle Corrientes al 5000, justo en la esquina de Corrientes y Julián Álvarez, se conserva tal cual hoy, casi tan idéntica a sí misma como lo era en aquel tiempo de militares y de curas que decían qué y cómo era y debía ser la patria.
Los hijos del dueño de 1914, los descendientes de Don Juan Manuel Domínguez, se hallan hoy al frente del emprendimiento, que tiene vida muy larga. No mueren así no más los lugares históricos. ¿Muere acaso el pampero? ¿Se mueren las espadas?
Arturo Domínguez y su afable disposición a narrar lo acontecido, junto a su esposa Haydée Ibarboure, de evidente ascendencia vasco francesa ella, están al frente del comercio.
Y todavía venden “valeriana”, unas gotas cada noche diluidas en un poco de agua para dormir bien. Es a base de alcohol la valeriana. Un sesenta por ciento de alcohol y el resto extracto puro de la hoja mágica que nos hace conciliar el sueño y huir de las pesadillas cotidianas para enfrentar, vencida la vigilia, otras pesadillas.
En el interior de la actual “Farmacia Antigua del Águila” vive su vida inquieta el primer libro recetario que se usaba entonces, en 1895, ahí está, resguardado en una vitrina, al abrigo del polvo y demás inclemencias, con sus anotaciones manuscritas en tinta negra que parece tinta china y cursivas que describen remedios, compras, fechas y precios. Y está el mobiliario, las vitrinas…
Testimonios de un tiempo que se fue. De una Argentina que fue. De una Argentina conservadora y brutal, y generosa con el inmigrante y nada benévola  con los excluidos, expurgados y expulsados. Todavía están ahí, a la vista de todos, en la actual “Farmacia Antigua del Águila”, los frascos del boticario, antiguos, de vidrio oscuro, marrón o azul e, incluso, los remedios que en aquella época se usaban.
Una joyita más que ofrece Villa Crespo, este Villa Crespo de hoy, el Villa Crespo de Juan Gelman y de Macri, que acaba de ganar en ese barrio con la fusta bajo el brazo y se quedó corto Ergueta con su escepticismo.
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Foto: "Antigua Farmacia del Águila".
Nota e imagen tomadas de la página www.buenosairessos.com.ar

5 ago 2011

Imaginar Buenos Aires


(De Carlos Penelas)

En un artículo de nuestro amado John Berger dice: “El misterio de París. ¿Cómo es posible captar una imagen de la ciudad, dibujarla? No ya la imagen oficial, acuñada en las monedas de la historia. Algo más íntimo”. He aquí, querido lector, el tema que nos debe preocupar cuando intentamos definir algo sin caer en estereotipos o populismos irracionales, sin dejarnos llevar por la industria cultural ni por un intelectualismo sin esencia. Esta misma pregunta quizás la hizo Woody Allen cuando filmó esos tres minutos iniciales de Medianoche en París. Hay otros ejemplos, pero estos son los más recientes para un lector urgido por el tiempo, el desconocimiento y la abulia. Un querido lector, un querido amigo -me refiero al escritor Edmundo Moure- sabe perfectamente qué estoy diciendo.
El Antichton o la antitierra es un lugar místico de cuya existencia Pitágoras nos dejó un testimonio. Antichton es un país al revés, definitivamente negado e imposible para los seres humanos. Allí, como en las canciones de María Elena Walsh, existe el mundo del revés. La nieve cae hacia arriba, los árboles crecen hacia abajo, el sol luce negro, los habitantes son gente de dieciséis dedos que entran en trance bailando... Se decía que ellos no podían venir hacia nosotros ni nosotros hacia ellos. Era lógico, desde el absurdo. Más tarde, todo el medioevo habló del otro lado del globo. Para los griegos -recordemos- el hemisferio sur estaba deshabitado y era inhabitable.
Ulises, en busca de la montaña del Purgatorio sabía que se encontraba en el corazón, en el centro de Antichton. De donde nadie regresaba. Dante y Virgilio, en la Divina Comedia encuentran a Ulises ardiendo en el octavo círculo del Infierno por haber intentado llegar a la montaña prohibida. ¿Fue como un alma muerta? No. Era un ser viviente sediento de conocimientos. Pero Ulises -hay que saberlo- fue afortunado, pues arrancó la Rama de Oro -que es el pasaporte para regresar al país de los vivientes- y rompe con la profecía de Tiresias, el profeta ciego, que señaló que el héroe no hallará la dicha en su palacio de Ítaca y que la Muerte le llegará del mar.
En la palabra está la sensibilidad, la vibración que ennoblece la lucha dramática con el objeto. (Esta es en parte la razón por la cual desde el gobierno se fue generando irritabilidad, ceguera, egolatría, revoluciones orales. Imbecilidad estructural, sin duda.) Hay siempre una serena desesperación. Por eso el auténtico poeta busca su propio tono, su propio clima, en un lenguaje exento de complicaciones, anhelando una mirada humanísima, pero sensible a las cosas sencillas y cotidianas.
Vivimos en una suerte de comedia humana tan colorida que por momentos nos impide una interpretación dramática. En estos años de globalización la palabra parece caer en un abismo, y el estilo del país del norte, los audiovisuales o las empresas del sol naciente generan una civilización que sobrevive a costa de un fantasma que parecía atravesar Europa.
Arquíloco satirizó a los dictadores: "Hoy es Leófilo quien manda. Leófilo es el amo absoluto. Todo repta a los pies de Leófilo. No se oye más que a Leófilo". Recordemos que este nombre, un apodo, significa "amigo del populacho".

En cada momento hay que elegir. Frente a las situaciones morales, patrióticas o familiares, hay que elegir. Elegir ya no es una posibilidad. Sartre nos advirtió: "Uno está condenado a la libertad". Es aquí donde aparece el peligro del fascismo.
Desde estas diferentes miradas cómo elegir la de nuestra ciudad sin caer en configuraciones equívocas o sin sentido verdadero. Ante ciertas ciudades, ante algunas aldeas, nos enfrentamos a lo inteligible y, a veces, a lo ininteligible. Estamos intentando aproximarnos a una lectura profunda, a una vigorosa vivencia. Podríamos arriesgar afirmando que Buenos Aires es metáfora, desplazamiento. Si esto fuera así cabría admitir que existe un horizonte de silencio en el cual nos perdemos, en el cual buscamos una identidad, una palabra. Una suerte de universalidad donde nos sumergimos en aquellas palabras de Thomas Merton cuando habla del sumergirnos en el aprendizaje de la entrega personal, “a la autoridad de un Dios invisible”.
Dejo, querido lector, que cada uno defina el aliento poético en ese espacio infinito de fracciones. No se olvide de aquello que recordaba Ionesco: “Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura”. Hasta la próxima semana, si las martingalas de los políticos lo permiten. Ahora, me voy a caminar las calles de ciudad. Intentaré ignorar el frío, la suciedad de sus calles, los harapos, las plazas ocupadas, la pobreza, la prostitución en cada cabina telefónica, en cada parada de colectivo, la demencia de pobres seres cobijados por cartones, los niños alimentados por mate cocido, porro y cerveza. Caminaré solo, por supuesto.
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Foto: Durmiendo en la calle entre cartones.

4 ago 2011

Dos en yunta


(De Leonardo Busquet)

Julián no era Julián, ni Centeya, ni tan gris. Era Amleto Enrique Vergiati y tenía sólo un año cuando llegó de Parma, la Italia natal. Su padre, periodista y militante anarquista, escapó, perseguido por sus ideas “disolventes”. Primero recalaron en Córdoba y definitivamente en Parque de los Patricios. El sur. Aunque el afligido cuore de Julián, al que por sus zonas del alma, melancólicas y taciturnas, le llamaron El Hombre Gris de Bs.As.,  instaló su orgullosa porteñidad en Boedo. Sus dos programas de radio le definieron ese espíritu ceniciento: “En una esquina cualquiera” y más tarde “Desde una esquina sin tiempo”. El tiempo. No es otra cosa que un capricho de la vida tendido en los adoquines de la asimetría porteña, en cruces de geografías diversas que ni la deslucida memoria alcanza a comprender. Hizo yunta con otro inmigrado, el judío ucraniano Israel Zeitlin, también poeta devenido porteño de ley en César Tiempo. El tiempo... el tiempo. Y ese espíritu de humedad y baldosas flojas que se funde en la ilusión de los que vienen desde afuera con una esperanza por todo equipaje. Es que la porteñidad es un crisol colmado de nostalgias extrañadas.
En 1971 Julián escribió su única novela, El vaciadero, sobre los “quemeros”, los hombres, mujeres y niños marginados de su barrio, los arrojados a la pobreza de “la quema”, donde se incineraba la basura y también las ilusiones de los desheredados. Julián Centeya sostenía que el escritor debía estar comprometido profundamente con lo que escribía, y decía: para escribir hay que vivirla; si no, nos acunamos en el camelo literario. Y eso lo debe haber mamado de su viejo, aquel anarco, el de las ideas disolventes.

Este otro, el Gordo, era de aquí, bien de aquí; aunque, como casi todos, el origen fue de allá bien de allá. Y así lo revelaba su nombre completo: Aníbal Carmelo Troilo Bagnolo. Su padre, guitarrero y cantor, lo bautizaría Pichuco, cuando intentaba acunar el llanto del regordete. Dicen que en el litoral, Pichuco, significa “negrito” o que viene del guaraní “pichi”, “pequeño”. Como sea, así empezó la cosa. En su infancia de barrio se embriagó de bandoneones tanto como de pelotas de fútbol. Dicen que al gordito le gustaban la gambeta y los pases cortos. No muy lejos del Boedo de Julián, en el Abasto. Pichuco se cargó de dolor cuando su viejo lo dejó. Que picardía. Si tenía apenas 8 años. Y fue mamá Felisa que le dio la alegría del primer bandoneón: 10 pesos por mes en 14 cuotas. 
Dicen que a la difícil técnica del instrumento, también venido de afuera, Pichuco le metió sentimiento y un dejo de tristeza: Qué me va a asustar la tristeza, si andamos juntos desde pibe, decía el Gordo. 
Largado a la música aparece la galería de notables: Pugliese, Gobbi, Maglio (Pacho), de Caro, D’Arienzo, D’Agostino, Cobián y más tarde Salgán y Piazzolla. Y sus poetas entrañables: Manzi, Discepolín, Cátulo, Barquina, Julián y entre tanta caricia de la vida, su amada Zita. El traspirado debut oficial se registra en el desaparecido Café Ferraro de Pueyrredón y Córdoba: “Yo tenía 13 años y los bolsillos llenos de miedo”, recordaría con los años. Pero antes hubo otro debut, menos estridente. Fue en otro café: el Petit Colón de su profundo Abasto en 1926. Y después lo que se sabe: el Bandoneón Mayor de Bs. As. y todas las voces: el Polaco, Rivero, Marino, Floreal, el otro gordo, Fiorentino; Rufino, Elba Verón y Nelly Vázquez, las guitarras de Grela y de De Lío y Garello, Berlinghieri, Colángelo. Los cabarets y el mítico Caño 14 con Rubén Juárez y las presentaciones del maestro Armando Rolón. Sí, todos. Todos fueron arrullados por la calidez del Gordo que te enseñaba con la caricia levemente acotada por una presunta severidad. Hace 36 años que Troilo no se fue. Tampoco Julián. Qué se van a ir ¿adónde? Qué mejor que estas locas esquinas nuestras para verlos llegar... si siempre anduvieron en yunta..., y a veces en yanta.
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Foto: Julián Centeya y Aníbal Troilo.
Nota tomada del periódico Desde Boedo, julio 2011.

Estética de la degradación


(De Jacobo Rauskin)

Al sur de un río triste,
nubes, de cuando en cuando, blancas,
cubren un cementerio industrial.
Entre los hierros viejos barrocos retorcidos
y el plástico joven descartable, nadie,
ni siquiera el fantasma de un sereno.
Ésta es la instalación de los artistas
instaladores que vinieron de Chicago
para cruzar el arte con la historia.
Es el arte de los Chicago boys.
Vinieron, instalaron, desinstalaron y se fueron.
Por aquí la maleza es buena,
el hierro viejo sigue siendo fierro para nada
y la vida se ha vuelto cartonera.
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Imagen: Villa 21. (Foto de Le monde diplomatique)

3 ago 2011

“Las Violetas”


(De Omar Pedro Granelli)

En el último trimestre del 84 del siglo XIX, una luz prestigiosa resplandeció, promocional y auspiciosa, sobre una de las cuatro esquinas que conforman un centro geográfico del barrio de Almagro, un barrio porteño al que se conocía bajo esa denominación desde el año 1839.
Con la dulzura de una delicia confitada y el riesgo de una audacia premeditada, esa luz de esperanza llegó a la esquina noreste del Camino Real del Oeste (único Camino Real y preciso, Camino General Quiroga, avenida Rivadavia) y Medrano, con la instalación de un negocio de confitería en lo que se daba en llamar los confines de la ciudad de Buenos Aires, precisamente en las cercanías del límite con el Partido de San José de Flores o en el mismo límite, según distintas apreciaciones de los estudiosos de la materia.
Un negocio que llegó a Almagro para deslumbrar la primavera tempranera y asombrar a las nubes de septiembre.
Ocurrió un 21 de septiembre de 1884 cuando abrió sus puertas la Confitería “Las Violetas”, ocupando ese lugar estratégico de la ciudad y del barrio por espacio de 120 años. Nació en un año bisiesto y justamente en el bisiesto 2004, fecha en que escribimos este relato conmemorativo, vuelve a encontrarse en la cúspide de la valoración y la consideración de un público fiel y valioso.
“Las Violetas”, al instalarse, lo hizo para siempre, y lo hizo para transformarse en una simbiosis de barrio-confitería. Decir Almagro y decir “Las Violetas” es conjugar el mismo verbo. Es coincidir en la cita. Es consignar igual punto de referencia. Es, por fin, iluminar con luces propias y en forma simultánea, al lugar de pertenencia, como lo es el barrio, y al lugar de referencia, como lo es la confitería. Esas luces que cubren las cosas más sencillas y a los seres más emotivos, envueltos en la belleza y la serenidad de la eterna primavera.
El barrio no es el país como la confitería no es la esencia de la vida, pero esa luz que irradian ambos es la luz reveladora que íntimamente nos está esclareciendo el concepto de “patria chica” por el barrio y de “atrayente encuentro lugareño” por la confitería. “Las Violetas” es la eterna confitería, la que se proyecta más allá de un siglo de existencia, que naciera un domingo 21 de septiembre de 1884, primer día de la semana y primer día  de la primavera. Es la misma confitería que en la mañana de su inauguración pusiera digna frescura y apreciado placer a las jornadas templadas que presagiaba con su advenimiento, bajo la promesa de un ambiente social acogedor y agradable. Su nacimiento dejó atrás y dio sepultura válida a las distintas temperaturas humillantes de una soledad invernal que la sociedad almagrense padecía por la falta de un espacio que fuese remanso cálido para la fatiga diaria.
¿Por qué un día domingo? Porque su propia identidad traía consigo la pausa y la quietud de la celebración permanente que tiene el descanso dominical.
¿Por qué un día de primavera? Porque traía en sus intenciones rejuvenecer distintos momentos de la existencia ciudadana brindándole un rincón chic que sirviera para distracción, descanso y gozo de los parroquianos que llegasen hasta allí para gustar sus exquisiteces.
¿Por qué las violetas? Porque la planta que la produce está inscripta como el emblema de la modestia y su flor en sí misma presagia pretensiones y aspiraciones alentadoras, todo lo cual asocia una cautelosa iniciativa por un lado y un elevado criterio y pujante reto, por el otro.
Y así fue. Volver al misterio de ese día inaugural es como traer a esta presentación un  gran ramo de flores, en este caso de violetas, todas recogidas del jardín de la audacia comercial, visionaria y progresista. Es poner en el centro de la escena ese adorno floral que dio prestigio y un sello inconfundible a esa esquina del barrio de Almagro y de la ciudad toda, y tornó inequívoca cualquier cita en ese cruce de avenidas, cuando en vez de decir “te espero en Rivadavia y Medrano” se dice comúnmente “te espero en ‘Las Violetas’?”.
Fueron dos caballeros de la época los que en principio se animaron a ofrecer a la comunidad almagrense, habitantes en esos días de un barrio de extramuros, sus recién arrancadas violetas adornando un florero imaginario con forma de local a la calle, que adoptaron para brindarle el regocijo distinguido, reservado e intimista acompañado de una exquisita repostería.
Aquellos primeros socios se atrevieron a establecer un comercio de esas características, vestirlo de elegante, en un paraje que no parecía ser muy apto para lo que se pretendía.
Sin embargo, esa elección primaria en lo que parecía  una dudosa ubicación geográfica, tuvo mucho de presentimiento y muy buen olfato en el mercadeo, al fijar su asiento en lo que luego se constituiría, según lo decimos más arriba, en la referencia almagrense por excelencia. Eligieron nada menos que la esquina que, a nuestro juicio, partiendo de la misma y trazando una línea imaginaria por la avenida Medrano hacia el norte, hasta llegar a la confluencia con la avenida Corrientes esquina sureste, Café “Gildo”, sería las “columna vertebral del barrio de Almagro”.
La confitería con su presencia revalorizó el contorno y años tras años fue elevando su prestigio a la consideración pública, a tal punto que, ante su cierre circunstancial de tres años, motivó que la gente impusiera su reclamo y la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires la declarase Área de Protección Histórica y de Interés Cultural  el 6 de agosto de 1998.
“Las Violetas” fue ejemplo vivo de que la ciudad porteña ganaba espacios en los suburbios a fines del siglo XIX al mismo tiempo que se constituyó en la testigo del crecimiento que se produjo en el barrio de Almagro.
En ese extenso lapso de 120 años, esa luz que al principio se nos ocurrió presagiosa, fue tomando fuerza y hoy aparece imponente deslumbrando entre lujosos vitraux, majestuosos mármoles y llamativos bronces. Permanece brillante y nítida convocando a compartir la delicada sustancia espiritual de los momentos más gratos y a cautivarse con el colorido vital de sus violetas que ayudan a comprender el sentido práctico de las cosas y a enamorarse de la verdad de sus decorados. Esa decoración que invita a soñar esos sueños dulces de embriagadores licores, de negros cafés, de apetecibles menús y de deliciosas confituras.
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Imagen: Uno de los vitraux de la Confitería "Las Violetas" restaurados por el ingeniero Daniel Ortolá. (Foto de Juan Fariña)
Tomado del libro de O.P.G.: “Las Violetas”, 120 años. Bs. As.