12 ago. 2011

El almacén de mi barrio


(De Ricardo Alberto Argüello)

El almacén de mi barrio guarda el encanto del color del tiempo.
Hace algunos años, cuando muchas calles estaban aún sin adoquinar, una mañana, sobre el frente de una casa pintada de amarillo (que a su vez tenía un local) apareció en su fachada  un cartel que decía "Aquí muy pronto Almacén La Giralda".
Grande fue entonces la intriga del vecindario por saber quién sería el nuevo personaje que estaría al frente del mismo. Los chicos dcl barrio, inquietos, mirábamos con ojos de asombro hacia el interior (por un agujero que la tiza había dejado en la vidriera para después correr a nuestras casas a contar lo que habíamos  visto.
Conocíamos todo, menos a su dueño. Luego se supo, era Don José, un hombre de estatura baja, aspecto agradable, mirada transparente y un gesto de infinita bondad en su rostro.
El día de la inauguración hizo venir a unos gaiteros con sus coloridos instrumentos. En segundos llenaron (con los aires de la Mia Terra) todos los espacios. Por último, repartieron globos y golosinas. 
Pronto nuestros padres comenzaron  a mandarnos allí con un papelito donde estaban anotados los alimentos a reponer: azúcar, yerba, porotos, aceite... De más está decir que cuidábamos la plata que nos habían dado. "'Por Dios a no perderla!".
-Don José, dice mi mamá que le dé todo esto, que se cobre y.... para mí (por lo bajo) la yapa".
También venían otros que decían: -"Mi mamá encargó que le diga si puede darme todo lo anotado, que cuando cobre, le paga". Entonces Don José preguntaba: "¿Dónde vivís? Con una simple referencia le bastaba: "A la vuelta", "Al lado de doña María", "Enfrente del señor del perro lanudo".
Nadie se fue sin su compra (chica o grande), envuelta en aquel papel gris y cerrado con dos periquetes y tres vueltas.
Obviamente, con el correr del tiempo, don José se había transformado en la referencia más auténtica sobre la vida y virtudes del vecindario. El trato diario con la gente lo había hecho depositario del correr de infortunios, alegrías, desvelos y demás.
A medida que se fueron agrandando los barrios, estos personajes de leyenda (como el nuestro), al que se podía ver siempre parado en la puerta de su almacén, guardan la virtud de hacernos retornar a través del recuerdo (aunque sea por un instante), a aquella época feliz donde Ángel Azul velaba los sueños, y donde hoy, al compás del corazón, quisiéramos volver a repetir aquello de: -"Don José, dice mi mamá...".
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Imagen: Interior de un  almacén de barrio supérstite.
Tomado del libro: El almacén de mi barrio, editado por el Gobierno  de la Ciudad de Buenos Aires, Bs. As., 1998.