27 ago. 2011

Cuando Las Heras se llamaba Chavango


(De Silvia Long-Ohni)

En una ciudad nacida de la cuadrícula, como lo es Buenos Aires, cualquier calle que rompa con la estricta regla de las perpendiculares, llama la atención y obliga a hurgar su historia. Es el caso de la avenida Las Heras que desde Recoleta atraviesa el barrio de Palermo.
Muchas son sus irregularidades desde que nace en la Plaza Vicente López (antiguamente conocida como Hueco de las Cabecitas puesto que ahí funcionaba un matadero de ovejas), punto a partir del cual se mantiene angosta por un par de cuadras, hasta cruzar la avenida Callao e iniciar su tramo ancho, con el que llega a Plaza Italia.
Retrocedamos en el tiempo: ¿quiénes andaban por esas “pampas” antes de la llegada del español? Posiblemente grupos de guaraníes de las islas cultivadores de la tierra, hábiles canoeros, artesanos de cerámicas y grandes consumidores del pescado que les brindaba el Río de la Plata. Con el arribo de Garay y la refundación de Buenos Aires en 1580, las cosas cambian pues una de las primeras medidas que toma el Adelantado es la repartición de “suertes de estancia” y de “suerte de chacras” (chácaras) entre los primeros pobladores. Dos son las “suertes de estancia” que da en posesión a sus dos lugartenientes: Gonzalo Martel de Guzmán y Ortiz de Zárate, correspondiéndole al primero la que corría desde las inmediaciones de lo que más tarde sería “El Retiro” hacia el norte, hasta el río Las Conchas (hoy Reconquista), paralela al Río de la Plata y de una legua y media de fondo. Por tanto, el primer dueño legal de las tierras en que se extiende nuestra avenida fue don Gonzalo.
Cabe aclarar sobre este punto que el error inicial en cuanto a las ubicaciones y alcances de estas “suertes” se debió a la mala interpretación que hizo Paul Groussac de los documentos referidos a los repartimientos de Garay, error que fue advertido poco tiempo después por Manuel R. Trelles a quien, lamentablemente, no se le dio crédito, de forma que sigue difundiéndose la versión equivocada de Groussac.
Pero nuestro objetivo es la avenida Las Heras; volvamos, pues, a su historia puntual. En 1599 muere Gonzalo en circunstancias poco claras quedando su única hija y su esposo Manuel de Frías, como dueños de esa extensión. Con los años y en virtud de sucesiones, ventas y hasta usucapión, muchas parcelas pasan a pertenecer a otros propietarios que establecieron en lo que es hoy Palermo y en inmediaciones de lo que recorrería la avenida Las Heras, chacras destinadas a proveer de alimentos a la ciudad en crecimiento:  nuestra avenida nació como una huella o rastrillada, casi paralela al Río de la Plata, vía de circulación de las carretas cargadas con la producción proveniente de esas chacras, y de la hacienda que se traía al matadero.
Uno de esos primeros adquirentes fue Juan Domínguez Palermo, natural de Palermo, Italia, quien, de a poco, adquirió sucesivas parcelas en la zona hasta hacerse dueño de la mayoría de las chacras en el siglo XVII: dícese que de él deriva el nombre del barrio de Palermo, aunque otra hipótesis lo hace devenir del nombre de San Benito, de todas formas, santo palermitano.
Con el correr del tiempo, esta huella o rastrillada iba a ser usada también para otra finalidad. En tiempos del virrey Vértiz comenzaron a traerse desde el noroeste algunas crías de llamas con el infructuoso propósito de criarlas en la ciudad para abastecimiento de la entonces pequeña población porteña y como  chavango era la denominación popular de la cría de la llama, ya a fines del siglo XVIII, la mencionada huella comenzó a conocerse bajo el nombre de Camino de Chavango.
Es en 1836 cuando Juan Manuel de Rosas se hace propietario de esos parajes. Su casa, después demolida, estaba situada aproximadamente donde luego se erigió el monumento a Sarmiento, en la esquina de Libertador y la avenida Sarmiento. El Restaurador decidió entonces, entre otras obras, sanear pantanos, emparejar la superficie, arbolar y poblar con aves el predio y aprovechar, además, una depresión existente donde se juntaban las aguas. Para ello cambió el rumbo del arroyo Manso (aproximadamente entre las actuales Austria y Agüero) cuyo curso iba casi de manera directa al Río de la Plata, atravesando el Camino de Chavango, para volcar sus aguas en un canal, de algo menos de dos kilómetros que llevaba el caudal hasta otro curso de agua que corría cerca de la casa de Rosas, ubicada en proximidades de donde luego se instaló el café de Hansen.
Ese estanque (hoy Lago del Planetario, o del Rosedal), llamado por entonces “Baño de Manuelita”, porque era usado por la hija de Rosas, incluía un balneario y un muelle desde donde podían partir pequeñas embarcaciones de paseo y hasta un vaporcito que Rosas utilizaba para pasear por el canal.
A ambos lados del canal corrían sendas avenidas, llamadas, de manera unificada “Camino de Palermo”, cuyo ancho total, incluido el canal, era de 54 metros. Dos líneas de árboles bordeaban ambas avenidas que luego, para diferenciarlas, vinieron a denominarse Camino de Paseo, la del lado norte y Camino Carretero, la del sur.
Lo cierto es que una buena parte de los predios adquiridos por Rosas y cercanos a Chavango eran, de origen, pantanosos y por tanto inviables para el establecimiento de pobladores, a menos que se encarasen obras de saneamiento, las que quedaron inconclusas a la caída del Restaurador. Más tarde vino la expropiación y la asignación de algunos terrenos para actividad fiscal –donde ahora se hallan el Zoológico y el Botánico–, junto con la autorización para que la empresa ferroviaria que, partiendo de Retiro se dirigía a Rosario, estableciera su primera traza, durante un trecho, por la actual calle Cerviño.
Aproximadamente algo después se abrió la avenida de las Palmeras (hoy avenida Sarmiento), que cortó parte del estanque y en 1899 las obras de remodelación se concluyeron y terminaron definitivamente con el canal creado por Rosas para dar lugar a la ávenida Alvear (actual avenida Del Libertador) con sus descansos ornados con faroles de procedencia alemana.
Dentro de las remodelaciones de la época se atendió también al mejoramiento de la traza de la avenida Chavango y con ello la determinación del entonces intendente –esto fue en 1885–, don Torcuato de Alvear, de cambiarle la denominación para rebautizarla con el nombre de Juan Gualberto Gregorio de Las Heras o, comúnmente, avenida Las Heras. Posteriormente, en el tramo que media entre Ugarteche y Plaza Italia, hubo un frondoso bulevar poblado de tipas que acompañaban las vías de los tranvías que traqueteaban de ida y vuelta proporcionando a las señoras un programa dominguero para que llevaran a sus chicos a dar una vuelta.
Pero el cambio de nomenclatura propiciado por don Torcuato no pasó sin avatares: ni bien conocida la resolución del intendente llegó a la redacción de un matutino porteño una indignada carta de protesta firmada por la viuda e hijas del coronel Chavango, heroico guerrero de la Independencia, cuya memoria venía a ser mancillada por este súbito cambio. De prisa se dio a conocer a las autoridades la mentada nota y de inmediato los burócratas municipales comenzaron a hurgar con todo ahínco en archivos y legajos a fin de dar con la foja de servicios del valeroso y olvidado coronel, a quien nadie parecía haber conocido ni de referencias. Se emprendió entonces la búsqueda de la familia, pero las averiguaciones cayeron en igual vacío y al fin la verdad se impuso: el tal coronel Chavango no había existido nunca y, en definitiva, se trataba de una broma.
Se dice que la humorada fue obra de Lucio V. Mansilla, puesto de acuerdo con un grupo de amigos, y que el objetivo de la “cachada” había sido demostrarles a los funcionarios municipales su supina ignorancia.
Chavango había tenido su historia, en sus comienzos como clásico camino mortuorio, cuando el único cementerio era el de la Recoleta y el trayecto que los cortejos hacían a pie venía por Montevideo y doblaba por ese callejón. Más tarde llegó a tener entre sus construcciones a la Penitenciaría Nacional, con su aspecto de fortaleza y sus muros amarillos y almenados, edificio “en panóptico” se habilitó en 1877 y muy brevemente al Hospital General de Mujeres, cuando todavía no se llamaba Rivadavia.  Las Heras también tuvo la suya a su debido tiempo, como el área de malandrinaje conocida como “Tierra del Fuego”, adyacente a la “plazoleta Las Heras” –en realidad Plaza Alférez Sobral– y asimismo sus encantos –con excepción de la solemne mole de la Academia Nacional de Medicina– estos últimos más bien ubicados en sus dos primeras cuadras, donde el esplendor se hace más patente por la presencia de edificios señoriales, como la mansión ubicada en el Nº 1725, Segundo Premio de la Municipalidad en 1922, o el palacete del arquitecto Carlos Nordmann, donde hoy funciona la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón”, o ese otro notorio exponente del art-déco, en el Nº 1681 que, aunque sin firma, bien podría ser adjudicado a la mano de Alejandro Virasoro.
Más adelante, al llegar a Azcuénaga, nuestra avenida exhibe esa suerte de “catedral gótica inconclusa” que fue destinada por un tiempo a albergar la Facultad de Derecho (actualmente, la de Ingeniería) y un buen tramo después, en márgenes opuestas, al Jardín Botánico y al Jardín Zoológico: el espectacular portón de hierro de la entrada principal de este último es el originario de la mansión de Juan Manuel de Rosas en Palermo de San Benito.
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Imagen: Antigua Penitenciaria Nacional cuyo frente daba a la avenida Las Heras desde Coronel Díaz hasta Salguero; actual Parque Las Heras.