26 ene. 2012

Hermanos de sangre y adoquín


(De Rubén Derlis)


Núñez y Saavedra son los únicos barrios porteños que nacieron siameses. Hasta que el bisturí burocrático de una ordenanza municipal, separándolos, fijó sus límites, les resultaba harto difícil a los vecinos de estos extremos de la ciudad saber con justedad o precisión dónde empezaba uno y terminaba el otro. Aun hoy muchos no lo saben, y llevan más allá de sus fronteras ya delimitadas el inicio o el final de uno u otro.
Pero ambos barrios, sin embargo, poseen características propias, que a lo largo de sus respectivas historias le fue otorgando el vecindario: el color local que cada uno trasunta en sus calles y avenidas, y que los hacen lugares únicos, tipificándolos para que no se confunda con otros. Pero si tal confusión se diera y extraviara al meteco, no faltará el natural de uno u otro barrio, para hacerle saber que ese sitio es el que es, según da fe su cédula de porteñidad, y avalan, además, sus propios sentimientos. El equívoco pronto será aclarado, porque todo amante de la ciudad, y de su barrio en particular, no ve con buenos ojos ser adjudicatario de una pertenencia barrial que no le corresponde, y mucho menos que se le reste, por equivocación o falta de información, lo que por propio conocimiento sabe que le pertenece. No por desamor al barrio fronterizo, sino por un celoso y arraigado amor al propio.
Núñez y Saavedra, con sus innegables personalidades que testifican quiénes son –si se prefiere, ese algo, ese no sé qué que identifica a cada barrrio–, poseen lazos de hermandad imposibles de romper, pues –como se dijo– los dos son nacidos de una misma sangre urbana, la del pater familia Florencio Emeterio Núñez. Esta es una de sus características más notorias, sin menguas de muchas otras. De ahí que al hablar de ambos, al introducirse en las entretelas de sus pasados, al revisar sus anales, el historiador deba por fuerza abordarlos unívocamente, como un todo, hasta llegar al momento en que cada cual respiró por sí solo –previa ablación umbilical– para desarrollarse con autonomía. A partir de entonces, Buenos Aires vio crecer a dos nuevos barrios, sobre unas tierras donde los primitivos lugareños podían avizorar las lejanías sin mucho esfuerzo, en una llanura que ya comenzaba a retirarse porque el progreso irrumpía sin permiso.
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Imagen: Fotografía de Florencio Emeterio Núñez, fundador de los barrios de Saavedra y Núñez.