19 ene. 2012

Y nosotros, ¿cómo nos llamamos?


(De Fernando Sánchez Zinny)

De todos los gentilicios adecuados a los hijos de esta ciudad, el que más me place –y el que personalmente prefiero que me endilguen– es el de porteño. Desdeño, en cambio, el de bonaerense, y voy a explicar por qué a partir de una aserción incongruente: en ese caso la idéntica mutación “ue” por “o”, me trae un fastidioso tufillo culterano, medio del tipo de aquella moda poética –coetánea de la Revolución de Mayo– que preconizaba el acaramelado Bonaria para designar a la hija de Garay y nieta de Mendoza.
Por otra parte, hace ya unos años los jefes políticos residentes en La Plata se han apoderado de la expresión y han dado en tratar de hacer creer que  corresponde exclusivamente a los nacidos o avecindados en jurisdicción de la provincia. Carecen de todo fundamento y, sin embargo, es cierto que el invento prosperó, siquiera por razones de comodidad, pues, en efecto, de alguna manera hay que distinguir lo que está de un lado o de otro de la General Paz, lo que se halla sobre una o sobre otra ribera del Riachuelo.
Está bien: bonaerense es de ellos, pese a que José Ceppi (Aníbal Latino) escribió sobre Tipos y costumbres bonaerenses con referencia tan sólo a la ciudad, pero ahí terminan las concesiones. No vaya a ser que, por aflojar demasiado, en una de ésas vuelvan a las andadas y nos pidan despropósitos como ése de que alterásemos el nombre de nuestra ciudad. “Para evitar confusiones” dijeron, en tanto esgrimían el recurso leguleyo de que, en los papeles originarios, esta ciudad se llamaba “de la Santísima Trinidad” y tan sólo el puerto era “de Santa María de los Buenos Aires”. Con lo cual –y no hace más de unos quince años– formal y asombrosamente el gobernador Eduardo Duhalde nos solicitó que, por vía de enmienda legal, pasásemos a ser “trinitarios”.
Chistes aparte, cuadra que lejos de achicarnos ante semejante compadrada de orilleros, le recordemos a esa runfla que, para su orgullo, son hijos nuestros y que todo lo que tienen no es sino por donación que les hicimos. Pues nuestras eran –porque eran una misma cosa, al igual que en todo en interior viejo, según  ilustra la historia colonial–, la ciudad y su campaña; es decir, Buenos Aires asentada donde la puso Garay y más allá los términos de su jurisdicción. En verdad, los españoles se limitaban a fundar ciudades cuya área añadida terminaba al comenzar las de otras ciudades: de las catorce provincias históricas, sólo una –Entre Ríos– no lleva el nombre de su ciudad genitora.  
Lo importante, lo esencial, era el damero urbano y sus arrabales. Al extinguirse “las afueras” se habrían caminos y rastrilladas que conducían –ya bien entrado el siglo XVIII– a estancias, poblados, postas, capillas, fortines: la pampa, en suma, y al respecto pareciera que si algún nombre distintivo habría de ser propio de esos agregados sería el de la Pampa, provincia de La Pampa si se quiere mayor precisión. ¿Que ya lo usa la ex gobernación de la Pampa Central? Problema de otros y que otros lo arreglen, pero no venga nadie a pedirnos que dejemos de ser quienes somos.
Con rigor puntilloso lo señala el poeta aquel de “Cada lugar en la tierra / tiene un rasgo prominente, etcétera...” Luis L. Domínguez expone, sin dejar lugar a la menor duda, que “Buenos Aires, patria hermosa / tiene la pampa grandiosa, / la pampa tiene el ombú”.
Porque a la sazón, todo era lo mismo y esa pampa constituía, con obvia certeza, la campaña porteña;  sus habitantes eran los gauchos porteños y cuando, en son de guerra, los ejércitos porteños salían a levantar polvaredas, iban en calidad de milicianos o enganchados tanto gente de la ciudad como del campo. En realidad, más de aquella que de éste, pues por estos rincones del orbe la macrocefalia urbana se dio siempre; vaya un botón de muestra: hacia 1800 Azara calculaba en 40.000 los pobladores de la ciudad, en tanto estimaba en no más de 30.000 la cantidad de quienes vivían en la jurisdicción anexa.
Convengamos que acaso haya cierto esquematismo en estas apreciaciones. Por supuesto, los pormenores históricos en que se apoyan responden a una etapa, a una instancia construida por la ciudad con anterioridad a su capitalización en 1880, como efecto del paulatino avance hacia el Norte, el Oeste y el Sur, de sus hombres y su influencia. Eso quedó cristalizado en un momento y es forzoso reconocer que el posterior desarrollo –ahora sí bonaerense en el sentido que se le quiere atribuir– habría de quedar al margen de la inmediata afinidad impuesta por la cercanía.
Pues las manecillas del reloj se detuvieron, pero no lo hizo la expansión ferroviaria. La gente de Bahía Blanca, de Patagones, de Tres Arroyos, de Carhué, de la Sierra de la Ventana, seguramente –y en buena ley– es ajena a la porteñidad. Acaso también lo sea la de San Nicolás –los antaño arroyeros y hoy nicoleños–, que siempre tuvo una peculiaridad muy marcada  y hasta un especial dejo en el habla, dentro del espíritu de lo litoraleño, posiblemente  extendido a los pagos de Colón y de Pergamino, y quizás al sector agreste de las islas del Delta.
Pero en cuanto al resto, hasta Arrecifes, hasta Junín, hasta Bragado, hasta Azul y Tandil, hasta Dolores y, más allá: hasta Lobería, Quequén y La Ballenera, e incluyendo todos los cangrejales del Tuyú, todo eso es, con pleno derecho, la campaña porteña y su gente se me hace tan porteña como la que más, por mucho que sea, o haya sido, del campo.
No se trata de imperialismo trasnochado, ni Dios permita que alguien aliente fantasías de ese tipo, sino de citar datos concretos y hechos presentes que constituyen una realidad sentimental incontestable y que, como es lógico, se ríen de las demagógicas disquisiciones de los funcionarios.
¿Que lo de porteño se refiere únicamente al puerto? Hasta por ahí no más, a estar a lo que hemos visto. Pero acerca de esto volvamos a Azara para rematar la argumentación, ahora desde otro ángulo: tras describir la ciudad “y sus calles tiradas a cordel”, informa que tiene dos puertos: el del Riachuelo y el de la Ensenada.
Bonaerense es un obvio culteranismo, propio de una época en que eran frecuentes. Toda América española se llenó de ellos en los años de la Independencia y un poco antes, cuando el afán libertario llevaba a cambiar e improvisar nombres por doquier, presuntamente para imprimir un cariz republicano: al Alto Perú le tocó llamarse Bolivia; a Nueva Granada, Colombia; a Quito, Ecuador. Nosotros optamos por las reminiscencias literarias, y ellas nos trajeron a las mientes que el arcediano Martín del Barco Centenera había reunido bajo el nombre de La Argentina –“título inmortal de una obra muerta”, al decir de don Ricardo Rojas–  el relato legendario de las gestas que acompañaron el descubrimiento y poblamiento de la zona del Plata.
Posteriormente, Manuel José de Lavardén y Vicente López y Planes tomaron el adjetivo como algo ya consagrado: del Río de la Plata, en versión poética, culterana y con sugerente etimología latina, tenemos “argentino”, como correspondiente al Virreinato del Río de la Plata, identificación que luego tuvieron las Provincias Unidas, paso previo al nombre de República Argentina, consagrado por la Constitución de 1826. La forma corriente de referirse a la región era “la del Plata” y así lo hacían los viajeros, costumbre que en idiomas extranjeros subsistió por añares, de lo que dan cuenta títulos de periódicos como Courrier de la Plata y La Plata Zeitung. Tenemos, entonces, que argentino quiere decir “platense” en el sentido de propio del río y, en una acepción más amplia, de las comarcas de las que ese curso de agua es eje; es curiosa y muy significativa la persistencia de ese adjetivo arcaico para designar a un club de fútbol del barrio de Núñez.
En esos días llegó, también, la utopía sarmientina que aspiraba a crear un país centrado en la isla Martín García y la ciudad que iba a fundarse en ésta se llamaría “Argirópolis” (Ciudad del Plata, esta vez en griego); pasadas tres décadas,  Dardo Rocha puso a su ciudad La Plata, para recordarle la proximidad del “argentino río”.
Estaba en las palabras y en el sentimiento de todos. El poeta se hacía eco de esa forma refinada de llamarnos porteños y la llevaba hasta el desplante: “He nacido en Buenos Aires…” y luego el enfático “¡Argentino hasta la muerte!”. La musa popular reiteró en tono coloquial la asociación y así vino a comparecer “la morocha argentina” que, muy de madrugada, cebaba un cimarrón al, precisamente, “noble gaucho porteño”.
Era una expresión nuestra, absolutamente nuestra; pero tuvo fortuna y, como es norma, cuando algo tiene suerte excesiva, al igual que el pajarito que comió, levanta vuelo. Se fue, se nos fue, se avecindó en los Andes, en la Puna, en la Patagonia, en el Chaco y remontó por los ríos hasta arribar a la roja tierra misionera. Y ya la designación argentino no quedó para nosotros sino para todos. Y la dimos con alegría, en prenda de hermandad.
Hasta los orientales –en rigor, no menos argentinos que el que más, en términos de la exactitud geográfica y esto aparte del afecto y de la historia– cayeron en la volteada. Argentino era un adjetivo que les iba perfectamente pero cuya posesión les estaba negada. Y platense se había vuelto gentilicio de La Plata. Había pues que idear un sustituto; se dieron maña y lo hicieron, porque de ellos y solamente de ellos es la ocurrencia de “rioplatense”.
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Imagen: Escudo de Buenos Aires (1880).