13 ene. 2012

La fiebre amarilla en Buenos Aires (1871)


(De Omar Néstor De Napoli
Terminada la guerra de la Triple Alianza en 1870, el brote asomó en Paraguay, luego en Corrientes (murieron cerca de dos mil, de sus once mil habitantes y se lo atribuyó a los prisioneros llegados a la ciudad mediterránea).
Al comienzo, se discutió respecto a la gravedad de la peste y se la mantuvo en secreto debido a las divergencias entre los dictámenes médicos, porque algunos descartaban que fuese “fiebre amarilla” y otros no, como los doctores Eduardo Wilde, José Penna, Leopoldo Montes de Oca y Guillermo Rawson, entre los renombrados, hasta que en marzo de 1871 la peste invadió los alrededores del Riachuelo y se extendió a San Telmo y al bajo Belgrano, dejando una secuela de muertes que llegaron, de diez o veinte por día, a casi seiscientas. Se culpó, en principio, a los inmigrantes italianos, muchos de los cuales fueron expulsados de sus empleos y vagaban por las inmediaciones (en aquella época no existía el “asistencialismo colectivo”). Una conocida  empresa de viaje vendió más de cinco mil pasajes a Europa.
Ya el viajero francés H. Armaignac, que visitó el país en 1868, decía “que los saladeros establecidos cerca del Riachuelo de los Navíos arrojaban al agua los trozos sangrantes de sus faenas”. La Nación, fundada por Mitre y dirigida por su hijo Bartolomé Mitre y Vedia (enfermos, a su vez, pero salvados posteriormente), argumentaba que “las materias putrefactas convertían los colores del agua del Riachuelo en correntadas de pus”.
Cuando la fiebre arrasó con unas veinte a veinticinco mil almas (imposible precisar las cifras ni identificarlas en su totalidad) de la población de Buenos Aires (calculada en más de cien mil), muchos habitantes ya habían escapado. La gente que poseía mansiones en el Sur, fue la que provocó con su despego el origen de barrios recoletos, tales los llamados del “Barrio Norte”. Los demás se refugiaron en el campo o en los pueblos cercanos, favorecidos por los pasajes gratis que las autoridades cedían a los pobres (más de un ladino se disfrazó de pobre para eludir el gasto); si bien, hubo provincias que restringieron la entrada por sus fronteras limítrofes. También fue grave que los familiares de sufrientes, los dejaban y huían por el terror amarillo. Así, el Dr. Guillermo Rawson, alegaba: “Yo he visto al hijo abandonado por el padre; he visto a la esposa abandonada por el esposo: he visto al hermano moribundo abandonado por el hermano...”. El ambiente se complicó con los suicidios, el aumento de los casos de neurosis y de alcoholismo, al margen de la delincuencia, siempre dispuesta a sacar beneficios de la tragedia.
Otros, en su mayor parte inmigrantes, se quedaron en los conventillos de San Telmo, principales focos de la infección, hasta que fueron desalojados y anduvieron errando por los suburbios o alquilando casuchas a precio humillante. Los enfermos llenaron los hospitales, el de Hombres (antecesor del Hospital de Clínicas) y el de Mujeres (estuvo en Esmeralda 50, donde se alzaba la Asistencia Pública; hoy, plazoleta Roberto Arlt), no dieron abasto y para cubrir plazas se levantó el Lazareto de San Roque (sitio actual del Hospital Ramos Mejía). El Hospital Italiano y la Sociedad de Beneficencia contribuyen asimismo con su atención a los atacados por la peste. El Gobierno decretó feriado nacional, se cerraron las oficinas públicas, bares, comercios, escuelas (se suspende la apertura del Colegio Nacional), teatros, iglesias, Bancos, tribunales, la Bolsa... Clausuran el puerto, la Aduana, nada de importaciones y exportaciones, se prohíbe el lavado de ropa en la ribera. El Ferrocarril del Sud (hoy, Constitución) recibía el flujo de los que partían fuera de las zonas afectadas. Por las calles solamente circulaban los coches fúnebres y cuando escasearon las reservas vehiculares, se utilizó cualquier tipo de carruaje, mateo o carros de basura, para llevar a muertos y delirantes, hacinados de tal manera que más de uno habrá sido enterrado vivo en las fosas comunes del Cementerio del Sud o estibados allí porque desaparecían los sepultureros y peones.
La Prensa cuenta un caso, el del señor Pittaluga, que se desvaneció bebido y fue cargado con los cadáveres. ¡Menos mal que despertó a tiempo para largarse de los despojos humanos!
¡Cuántos supuestos no habrán logrado librarse de dicha situación, al confundírselos con fallecidos!
El presidente Sarmiento y el vice Adolfo Alsina, junto con sus ministros, tuvieron que irse de Buenos Aires para preservar los mandos. El hecho fue criticado por La Prensa, que se expresaba sobre la cobardía de los magistrados elegidos por el pueblo.
Después de todo, siempre es necesario proteger a los gobernantes ante el peligro de contagio o de otro mayor, porque de ocurrir lo contrario, un país puede quedar sumido en el caos. Bastante habrá soportado Sarmiento con la guerra del Chaco, la revolución entrerriana de López Jordán, el asesinato de Urquiza y luego, la plaga que diezmaba a su pueblo; entretanto, no eludía sus funciones: la inauguración del Observatorio Astronómico de Córdoba, el Colegio Militar, la Escuela Naval, el Jardín Botánico, luego fue “la idea” del Zoológico...(donde “hubo fieras, fieras habría”), mientras arribaban los primeros profesores de ciencias contratados y seguía erigiendo escuelas, a favor de los educadores y educandos.
Oficialmente, la epidemia se inició a principios de enero, creció en febrero durante las fiestas y candombes de Carnaval, en marzo y abril (Semana Santa) y, el contrasentido de los resultados de la liturgia: en aquel Sábado de Gloria fallecieron cuatrocientos treinta, y quinientas el día pascual, incluido cuarenta sacerdotes. Tantos eran los muertos, que los dirigentes de los diarios porteños propusieron fundar la Comisión Popular de Socorro. Los convocantes fueron varios directores jóvenes (23 a 28 años): Aristóbulo del Valle, de El Nacional, Manuel Bilbao-La República-, Héctor Varela-La Tribuna-, José C.Paz-La Prensa-, Bartolomé Mitre y Vedia-La Nación- y el diario alemán Freie Presse, cuyo director fue Adolfo Korn, padre del futuro hijo y escritor Alejandro Korn. Pronto se formalizó la Comisión en audiencia pública, integrada por los citados y por meritorias personalidades, como Roque Pérez (designado Presidente), M. Argerich, E. y P. Gowland, Carlos Guido Spano, Francisco Uzal, Evaristo Carriego, Matías Behety, J. Viñas, Quintana, P. J. Dillon, Tomás Armstrong, Lucio V. Mansilla, A. Larroque, José María Cantilo, Florencio Ballesteros y otros. El número fue elevado, pero algunos solo se hicieron notar por sus nombres y ausencias; en cambio, los menos (de ciento sesenta médicos, apenas cincuenta se entregaron en plenitud a combatir el mal y unos doce perdieron la vida durante sus tareas profesionales y humanitarias: entre ellos, los renombrados Roque Pérez, Manuel Argerich, Florencio Ballesteros, Francisco Javier Muñiz -cirujano mayor del ejército en la batalla de Cepeda y en la guerra con el Paraguay, vino a morir entre sus pacientes, el 8 de abril de 1871-, y el militar Lucio Norberto Mansilla (padre del autor de Una excursión a los indios ranqueles, Lucio V. Mansilla).
La prensa urbana mencionó como “heroica” la acción de los médicos, enfermeros y farmacéuticos que cayeron por causa de la peste. Llegó entonces una instancia en que la Comisión ordenó la salida de Buenos Aires de todas las personas no contagiadas y así lo hicieron los ocupados en proteger sus moradas, mientras entraba a funcionar el robo, los asesinatos y el saqueo de las casas desiertas. Había ladrones con carros o vestidos de enfermeros, que en las calles se dedicaban a despojar de ropas y pertenencias a los yacentes, cuando no lo hacían los perros vagabundos y hambrientos que se comían los cadáveres y que por las noches escarbaban en las tumbas y fosas del Cementerio. Según testigos, reinaba el espanto, el “sálvese quien pueda”, cualquier cantidad de huérfanos deambulaba dispersa y llorosa; la asistencia no alcanzaba a todos los desventurados. Recién el 10 de abril se dictó feriado nacional, y Curia y Gobierno pusieron distancia del foco céntrico. No obstante, el párroco de San Nicolás de Bari, Eduardo O‘Gorman, hermano del jefe de Policía, impulsó y fundó el Asilo de Huérfanos y la Sociedad de Beneficencia se hizo cargo de la construcción.
Como aún es costumbre, junto con la desgracia surgen los aprovechadores; en tanto varios negocios quebraban y los diarios carecían de papel, con ediciones al mínimo, se notó rápido la escasez de medicamentos o se acaparaban para ofrecerlos a valores prohibitivos, ataúdes también se vendían a precios irrisorios, los carpinteros desertaban y el costo del acarreo crecía por la falta de vehículos, choferes y sepultureros, porque también varios de ellos habían huido. Y como siempre, la policía “fue desbordada”, aunque los historiadores destacaron el comportamiento ejemplar y épico de las fuerzas, en especial de su jefe Enrique O’Gorman.
En los impresos, ciertos escribanos ofrecían sus servicios para la vil compra o venta de propiedades, y cuando, prácticamente, a partir de los días finales de junio de 1871 la epidemia se desvaneció de súbito, aparecieron los pleitos y litigios por las sucesiones de los muertos y por los inmuebles entregados de forma dolosa a otras personas.
En La Prensa, el aviso de un tal Miranda, escribano público, ofrecía hacer testamentos a toda hora del día y de la noche.
Paul Groussac recordaba y confirmaba, años después, en su libro Los que pasaban, que: “Gradualmente, desde mediados de marzo, el cuadro fue cobrando cada vez tintes más sombríos. El éxodo se hizo general cuando se comprobó que la fiebre no se alejaba de la costa, quedando indemnes las regiones mediterráneas... Después de los sospechosos saladeros, que de orden superior interrumpieron sus faenas, fueron cerrando sus puertas, por falta de elementos, las principales fábricas. Siguiendo a las industrias, se paralizaron las instituciones... En abril las defunciones alcanzaron el 14% de la población, y ésta, más que diezmada, había dejado de contar sus desaparecidos. Ya no eran coches fúnebres los que faltaban y tenían que suplirse con carros abiertos, sino carreros que aceptasen la espantosa tarea. Intereses, deberes, vínculos sociales y acaso carnales: todo se había destemplado y relajado en ese general menoscabo de la vida... Por centenares sucumbían los enfermos, sin médico en su dolencia, sin sacerdote en su agonía, sin plegaria en su féretro”.
¡Cuánto cristiano muerto sin confesión!, clamaba el público, y la prensa, también o tan bien, se ocupada en incomodar a los partícipes de la política nacional.
Los rieles se extendieron hacia el Oeste para llevar a los muertos en trenes a las tierras donadas de la Chacarita. Se comentó asimismo que “fue el primer ferrocarril de la historia cuyos usuarios eran difuntos”.
Desaparecida misteriosamente la epidemia a fines de junio de 1871, con el paso de los años el Municipio inauguró un monumento en memoria de “las víctimas caídas en cumplimiento de su deber”, cerca del Hospital Muñiz, en el parque Ameghino. Pocos saben que bajo sus pies, y cual inaudito testigo de la catástrofe, se halla el antiguo Cementerio del Sud.
En 1872, como un alivio a la dura prueba de los vecinos porteños y para los buenos lectores, aparecen dos libros importantes de nuestra literatura: Santos Vega de Hilario Ascasubi y el Martín Fierro de José Hernández; sin embargo, nadie esperaba una nueva mala noticia: el incendio y naufragio del vapor “América” y el heroísmo de Luis Viale, pero... esta es otra historia.
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Imagen: La epidemia de fiebre amarilla en 1871. (Óleo de Juan Manuel Blanes)
Tomado de monografias. com