14 jun. 2014

Héroes y canallas: bombardeo del 16 de junio de 1955




(De Viviana Demaría y José Figueroa)

LOS ELLOS
Ellos hace algunas horas que han aterrizado sus naves en Uruguay. El Presidente Batlle les ha concedido asilo político. También dispuso que se les proporcionara documentos, hospedaje, una suma semanal de dinero, un traje confeccionado en una selecta sastrería de la avenida 18 de Julio, dos camisas, una corbata, un perramus y hasta un cepillo de dientes. A ellos se los ve relajados, risueños y orgullosos. Atrás ha quedado la castigada Buenos Aires sumergiéndose lentamente en una desolada penumbra. Esa noche, al otro lado del río, ellos serán agasajados con una cena por su distinguido anfitrión. Habrá invitados especiales que -al igual que ellos- Batlle les ha brindado un refugio contra la tiranía del otro lado. Acá, la lluvia persistente es lo único que ahora cae del cielo. Cielo que llora toda esa noche el dolor por los cientos de muertos, por los miles de heridos. Ellos, allá, están relajados, risueños y orgullosos…

EL RECUERDOY EL OLVIDO
El acto de conmemorar invita a transitar espacios que navegan entre el recuerdo y el olvido. Ambos elementos son constituyentes de la memoria. Lo olvidado, tanto lo reprimido como lo negado (es decir lo desplazado como lo no inscripto) se convierte en un componente de las narrativas que nos conforman como sujetos y también como sociedad.
Estos términos son necesarios al momento de leer los hechos del 16 de junio de 1955, señalando en primer plano que el bombardeo de Plaza de Mayo sobre la población civil significó la inscripción y legitimación de la criminalidad de lesa humanidad que luego se manifestaría en magnitud suprema durante la última dictadura cívico-militar que padeció la Argentina.
Lo que resulta significativo en lo que se refiere a los sucesos de 1955 y sus derivados es la escasa investigación y difusión de sus causas y sus alcances sumado a la dificultad de nominarlo de un modo que resulte abarcativo y pertinente. ¿Bombas sobre Buenos Aires? ¿Matar a Perón? ¿Bombardeo a Plaza de Mayo? Son denominaciones que dicen algo acerca de lo sucedido pero que no dan cuenta ni develan el propósito que promovió la masacre mediante el bombardeo aéreo con bombas de fragmentación y la metralla con proyectiles explosivos. Este primer obstáculo, cierne un manto de oscuridad sobre aquel día que se extiende luego a través de la historia dificultando su resignificación y por ende, desplazando su verdadera dimensión terrorífica.
El intenso y persistente trabajo realizado para sostener un discurso que lograra minimizar la dimensión del horror ocasionado por el bombardeo, los comandos civiles y los insurrectos frente a la exaltación del relato de la quema de los templos, encapsuló ese segmento de la historia recortando su profundidad, su extensión y su sentido genuinos.
A modo de primer acercamiento advertimos que más allá de la evidente reescritura que ha sido impuesta y que, como tal, tuerce el horizonte de sentido de los acontecimientos, encontramos en la propia geografía de la ciudad y en los testigos signos y señales que colaboran en hacer visible lo invisibilizado en la producción de discursos acerca de la masacre del 16 de junio. Por ello una dimensión de lo expuesto puede hallarse en la perturbación que se desprende al interrogar el paisaje póstumo horas después del ataque masivo a la ciudad. ¿Cuánto tiempo fue necesario para retirar de las calles las bombas que no estallaron, los bloques de cemento derrumbados, los vehículos destruidos o quemados, los cuerpos sin vida, los fragmentos de cuerpos irreconocibles, apagar los incendios? ¿Cómo fue posible caminar entre las ruinas durante los días siguientes? ¿Acaso la lluvia impiadosa que se desató aquella noche del 16 de junio fue suficiente para lavar el dolor y el desconcierto de las subjetividades argentinas?

POLÍTICAS DEL SILENCIO
Para quienes –sin haber sido protagonistas del hecho histórico– nos interrogamos acerca de la transmisión intergeneracional de los sucesos y su influencia en el presente, hallamos en los laberintos de la memoria y en sus lógicas de construcción elementos para dilucidar cuánto ha habido de represión psíquica y cuánto de represión política en el silenciamiento del bombardeo. La tensión presente en las palabras utilizadas para la construcción del relato, la insistente disputa por el sentido de la historia y la fricción permanente que señala lo que puede ser dicho y lo que deberá permanecer oculto son tres premisas están ínsitas en el núcleo silente de la narrativa del bombardeo y en la construcción de la identidad tanto subjetiva como social que devino de los resultados de su eficacia simbólica. Por eso la posibilidad de bordear a los hechos con palabras que convoquen a los recuerdos expone las contradicciones del discurso oficial y habilita la salida de la clausura que ese relato impuso a lo largo de más de medio siglo.
Entendemos que a partir del análisis de estos vectores es posible hacer presente discursivamente a los que fueron destituidos de su lugar en su historia personal – por la proscripción sufrida – y en la memoria colectiva – por la negación del acontecimiento.
Es por esto que el punto de inflexión de los relatos que presentaremos a continuación, esta sostenido en el desafío de enlazar registros – siempre fragmentarios en tanto y en cuanto son producciones humanas y por lo tanto sometidas a las cualidades de nuestra condición de seres parlantes – constitutivos de la memoria social. Memoria “abierta al trabajo de rememoración colectiva que cualquier sociedad necesita realizar a la hora de pensar el presente y construir líneas de análisis pero también cursos de acción hacia el futuro”.

PEARL HARBOUR
Su nombre aparece vinculado a la primera expedición aérea argentina sobre la Antártida. Un 13 de Diciembre de 1947 aquel cielo fue surcado por primera vez por una aeronave de pabellón nacional. Cumplieron dicha proeza, un grupo de marinos argentinos bajo el comando del Contralmirante Gregorio A. Portillo a bordo del avión cuatrimotor Douglas C-54 Skymaster. La tripulación del 2-Gt-1 estaba compuesta -entre otros- por el Copiloto/Navegante Teniente de Navío (Aviador Naval) Jorge Alfredo Bassi.
Seis años después -en 1953- se embarcaba para realizar un rutinario viaje de instrucción en la Flota de Mar el –ahora- Capitán de Fragata Jorge Alfredo Bassi. Entre sus pertenencias llevaba una exótica bibliografía en la que resaltaba un documento del célebre Capitán de Navío de la Armada Imperial Japonesa: Mitsuo Fuchida. En esos registros de guerra -quien fuera Jefe de Ataque- diseminaba sus pedagogías bélicas como piloto imperial. Aquel golpe agresivo, preciso, devastador, estremecedor y fulminante que la Marina Imperial del Japón le asestó a la Flota del Pacífico de los Estados Unidos lo fascinaba. Él era aviador como Fuchida y también marino. Lo que lo diferenciaba de aquél, era su odio visceral a Perón, lo que lo acercaba, era su confianza ciega en la visión táctica del poder aéreo.
Un día no pudo más y se animó en una sobremesa. “¡Qué lindo imaginar la Casa Rosada como Pearl Harbor!” comentó. Imitar aquel bombardeo japonés para destruir la Casa Rosada y sepultar a Perón y a toda su comitiva bajo los escombros y poner punto ?nal a su tiranía… explicó, sin ruborizarse. Un ataque de tres minutos desde el aire, bajo la iniciativa de la Base Aeronaval de Punta Indio y la historia la comenzamos a escribir nosotros, afirmó. Sirvió una ronda de fino cognac y testeó la mirada de sus camaradas.
Los capitanes de fragata Antonio Rivolta y Néstor Noriega se guiñaron los ojos, Francisco Manrique y Recaredo Vázquez sonrieron satisfechos. Jorge Bassi ensayó un brindis. La conspiración había germinado a bordo y él era el dueño de una idea entusiasta, con estilo, moderna, sin ningún liderazgo militar. Duplicaría aquellos lejanos -y fríos- oropeles antárticos donde fuera un humilde copiloto… ¿quizás mañana primer mandatario?

L.A GLORIOSA CLASE 34
Cuando los sortearon para la colimba, les tocó servir en el Regimiento de Granaderos a Caballo. De otro modo aquellos jóvenes provenientes de lugares tan diversos no se hubiesen conocido. Las madres de los muchachos estaban un poco más tranquilas que las demás y hasta orgullosas. Que fuesen destinados en Granaderos era mucho mejor que marina, aviación o simplemente el ejército. Ya sabían ellas el riesgo que corrían sus hijos. Lo sabían por sus padres, sus maridos y por todos los varones que habían pasado por esa experiencia. Algunos no hablaban nunca de eso, otros repetían la proclama de que se habían hecho hombres, otros barnizaban su paso por el servicio militar con una cuota de humor. Para éstos últimos, era el único modo que encontraban de tramitar la humillación que la Fuerza les había hecho vivir. Sabiendo que en casi dos años regresarían a sus vidas, la colimba garantizaba que el tiempo que pasaran allí fuese lo suficientemente penoso como para que no se olvidara jamás.
Así y todo, el Regimiento de Granaderos a Caballo, tenía otra impronta. Los trajes impecables, estar en Buenos Aires cerca del Presidente, atenuaba la crueldad inherente al servicio militar obligatorio.
Pero mucho más que el hecho de compartir aquel momento insalvable de sus vidas, fueron los hechos que escribieron la Historia los que llevaron a esos hombres a sellar un pacto que los mantendría unidos para siempre.
Aquella mañana del 16 de junio cerca del medio día correspondía el recambio de los cuarenta granaderos que estaban destinados a los diferentes espacios de la Rosada. Pero las cosas sucedieron de modo diferente.
La orden en las cuadras de armar a toda velocidad los escuadrones sonó fuerte y clara. Luego embarcarse en los camiones, comunicaciones interrumpidas, silencio, frío, miradas insoportables y humo. Al llegar a la Casa de Gobierno… el infierno.
El paisaje de los colectivos incendiados, los autos calcinados, la sangre y el profundo olor a muerte provoca el estupor de los granaderos. De pronto un disparo se escucha demasiado cerca y el camión pierde estabilidad. Desde atrás poco puede verse, pero mucho es lo que se puede imaginar.
Los gritos de la gente en las calles, desorientada y atónita, se mezclan con las órdenes.
Mientras los leales apostados en sus lugares asignados defienden a sangre y fuego la Casa de Gobierno con sus armas de principios del siglo XX –los fusiles Mauser de modelo a cerrojo que sólo cargaban cinco proyectiles– comienzan a llegar los refuerzos. A ese escenario llegó el 3º Escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo. Los conductores de los vehículos se encuentran entre las primeras bajas. Ramón Cárdenas es quien conducía uno de los vehículos de la columna que transportaba el refuerzo a la Casa de Gobierno. Maniobrando bajo el fuego enemigo, logra aproximarlo a la puerta de entrada para que sus compañeros puedan descender más a cubierto. Él fue alcanzado por las balas de los fusiles semiautomáticos FN de procedencia belga que había ingresado de contrabando el Almirante Rojas especialmente para la ocasión.
En esa circunstancia los granaderos del 3º Escuadrón tratan de ingresar por la puerta de la Custodia pero se encuentra cerrada. Al abrirse el portón algunos logran entrar durante los intervalos que dan las balas. Muchos resultan heridos. Finalmente otros, como José Alodio Baigorria, Laudino Córdoba, Mario Benito Díaz, Orlando Heber Mocca y Pedro Leonidas Paz tienen menos suerte. Mueren alcanzados por las balas sediciosas.
Entre tanto los francotiradores que están situados en el Ministerio de Asuntos Técnicos no dan tregua. Por las calles los insurrectos arrasan con lo que tienen a su paso y el cielo está virtualmente repleto de aviones. De todos lados surcan las balas y caen las bombas que arrojan los veinte North American AT6, los cinco Beechcraft AT11, los tres Catalinas y finalmente de los diez Gloster Meteor.
Dentro de la Casa de Gobierno están atrapadas alrededor de cuatrocientas personas –entre funcionarios, empleados y público– inmovilizados y aterrados frente a la masacre de la que son testigos. Protegerlos y luchar contra el enemigo son las órdenes que los granaderos tienen que cumplir.
Al mismo tiempo en la terraza del edificio otra batalla desigual se está librando. Víctor Enrique Navarro es uno de los granaderos integrante de la fracción que tenía a su cargo la defensa antiaérea de la Casa de Gobierno. La metralla leal defiende ese espacio sin descanso. En el momento de reabastecimiento de municiones, el granadero se desliza con rapidez… pero no la suficiente. Una ráfaga impiadosa de los aviones golpistas pinta de rojo su cuerpo dejándolo inerme para siempre.
Abajo, la orden de salir hasta Paseo Colón y detener a la infantería de marina no se hizo esperar. La consigna era hacerlos retroceder. En inferioridad de condiciones, número y armas los granaderos repelen a la infantería hacia el Ministerio. Entre los escombros, los cuerpos sin vida y los heridos comienzan a aparecer los tanques reforzando la posición aliada. Ese es el momento en que los marinos acorralados sacaron una bandera blanca y la agitaron en señal de rendición.
La hazaña de los granaderos parece llegar al final.
De pronto, un zumbido imposible, cruza el aire.
Ante la mirada atónita de todos cinco aviones Gloster avanzan desde La Boca y apuntan sus veinte cañones con proyectiles explosivos de 20mm directamente sobre la población inerme.
Los conspiradores ya se han rendido pero los infames que continúan en el aire ametrallan en son de escarmiento. No satisfechos con ello, sueltan sus tanques suplementarios de combustible de 800 litros sobre esa ciudad abrazándola en fuego.
No pudieron matar a Perón, pero no renunciaron al sueño de matar al peronismo en cada víctima que dejaron sin vida en las calles de Buenos Aires.
Recién después de eso, voltearon rumbo al Uruguay.
Los días posteriores abonaron al reinado del encubrimiento.
Francisco Robledo, Miguel Cernada, Diego Bermúdez, Héctor Sosa y Rubén Sosa ya son ancianos. Hablan de aquellos días y lloran y sufren como si los gemidos de dolor siguieran intactos en sus oídos. Como si la sangre, el humo y el polvo estuviesen pegados aún en sus narices.
Después de aquella entrega incondicional en favor de la defensa de la vida institucional y democrática de la nación, llegó el silencio. Un silencio doble: el silencio impuesto sobre el relato de los acontecimientos de la historia y el silencio producto de la impunidad.
Cincuenta años después la democracia comenzó a escuchar su sufrimiento. Es así que una escuela en la Matanza, lleva en sus aulas el nombre de los “Granaderos del Silencio” en honor a los nueve Granaderos que en forma heroica murieron cuando, cumpliendo la misión de escolta del Regimiento de Granaderos a Caballo defendieron al presidente constitucional durante la matanza del 16 de junio de 1955.
En la escuela EPB Nº 82 de “La Matanza”, nueve de sus aulas fueron bautizadas con los nombres de aquellos conscriptos de 21 años que resistieron el embate de cientos de militares insurrectos y francotiradores rebeldes que pugnaban por entrar al Palacio Presidencial. Sin nombre y rodeada de una villa, la escuela se levanta entre los escombros a fuerza de pura voluntad y convicción, tal como lo hicieran aquellos granaderos leales que defendieron la democracia en 1955 durante su paso por el servicio militar en el histórico batallón creado por San Martín.
En 2010, cincuenta y cinco años después se logra escribir la Investigación Histórica “Bombardeo del 16 de Junio de 1955”, publicación realizada por la Unidad Especial de Investigación sobre Terrorismo de Estado del Archivo Nacional de la Memoria, dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Nación.
También se erige un memorial y se conquistan reconocimientos previsionales para las víctimas del Terrorismo de Estado de 1955.
Sin embargo, cincuenta y siete años después, seguimos desenterrando los cadáveres de nuestros hermanos de entre los escombros, abrazados en la esperanza de que su presencia convoque a la Verdad, a la Memoria y a la Justicia para que los responsables civiles y militares (vivos o muertos) de este crimen de lesa humanidad no queden impunes.
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Foto: Víctimas dentro y fuera de un trolebús alcanzado por la metralla en la avenida Paseo Colón. 
Nota tomada de la revista El Abasto, N° 144 , junio 2012.