5 ene. 2015

"Seguiré contando hasta el fin"


(De Haydée Breslav)

Lubrano Zas fue el último representante del Grupo de Boedo y, según definió el poeta Roberto Díaz, hizo del cuento breve y de Buenos Aires una simbiosis perfecta.
Muchos creían que su segundo apellido era el primero, y que éste era un nombre: no sólo firmaba con ellos libros y artículos “para ser más conciso”, decía, sino también escritos dirigidos a personas cercanas y muy queridas. Pero Fernando Lubrano y Mercedes Zas habían decidido que su segundo hijo varón se llamara Máximo José. Nació en Rosario, Santa Fe, el 20 de mayo de 1913.
Empezó a publicar en semanarios de esa ciudad, pero la circunstancia económica era muy difícil y poco antes de cumplir 30 años Lubrano se trasladó a Buenos Aires en busca de mejores oportunidades. Consiguió empleo en un estudio jurídico donde, como no tenía dinero para comprar una máquina, se quedaba después de hora para escribir sus cuentos. Así plasmó esa situación en “El discurso”: “[…] golpeaba la Underwood ocho horas diarias, maldiciendo a cada rato esa labor improductiva y oscura de amontonar palabras. Sin embargo, a deshora, cuando quedaba solo y aprovechaba la misma máquina para escribir sus cuentos, un mundo alucinante, hecho a la medida de su corazón, surgía de aquella simple mesa de trabajo”.
Estando todavía en Rosario, había empezado a cartearse con Álvaro Yunque y Elías Castelnuovo, y en Buenos Aires se contactó directamente con ellos, quienes a su vez le presentaron a otros escritores, como Leónidas Barletta y Roberto Mariani; así se fue relacionando con el mítico Grupo de Boedo, del que llegó a ser su más calificado defensor, según lo designó Castelnuovo.
En 1954, su cuento Mi casa está lejos obtuvo mención de honor en el concurso organizado por la revista Esto es, y su obra empezó a conocerse en los ámbitos intelectuales. A fines de esa década fundó, junto con otros escritores, el grupo El Matadero. Una de las revistas más importantes de los 60, Hoy en la Cultura, lo tuvo entre sus colaboradores permanentes. También integró el grupo Gente de Buenos Aires, que orientaban el poeta Roberto Santoro y el pintor Pedro Gaeta, y participó en la revista El escarabajo de oro.
Su primer libro personal –antes había aparecido en una compilación– fue Mi casa está lejos: se publicó en 1962 y obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores y el Premio del Consejo del Escritor. En este volumen, y en los que dedicó después a la narrativa, se vale de un lenguaje nítido, enriquecido con matices poéticos, para expresar el sentimiento de la miseria de la época y el sueño nostálgico de los humillados. Si bien no intenta redimirlos, su palabra doliente irradia la sabiduría de la comprensión.
En entrevista con Trascartón contó: “Yo empecé a escribir por la soledad, y todos mis libros son autobiográficos. Una de las pruebas es que no escribo en tercera persona: la influencia de las circunstancias era tanta que me obligaba en cierta forma a escribir sobre ‘yo’, y entonces decidí hacerlo en primera persona. La palabra ‘decidí’ está mal expresada, nació casi espontáneamente”.
En Seguiré contando hasta el fin, hermoso título de 1965, se afianzan los peculiares rasgos de su escritura, que utiliza el sufrimiento por desdichas propias y ajenas como sonda para explorar lo más recóndito del alma humana. La fluidez del raconto y el murmullo del monólogo interior producen un clima en el que su mirada compasiva se concentra en los niños y en los pobres.
La gente hace bien en no creerme es de 1973. En algunos de sus mejores cuentos, como “Nocturno”, “Una mujer y un hombre” y ”El desalojo”, abandona la primera persona y a partir de acontecimientos observados o referidos construye elaboradas tramas donde el suceso inicial pierde linealidad y pasa a formar parte de un universo complejo y desgarrador. La tapa y las ilustraciones interiores fueron realizadas por Pedro Gaeta, sobre quien Lubrano escribió un notable ensayo.
En 1984 apareció Moriré en otoño, que contiene los que son, a nuestro juicio, dos de sus mejores cuentos: “El hombre flaco” y “Payaso”. La eliminación de digresiones, el ritmo creado por la acción precipitada de uno y el obsesivo monólogo interior de otro, la intensidad obtenida mostrando a los protagonistas en situaciones de extrema tensión, remiten a los mejores ejemplos del género.
A 1990 pertenece “Tierna desventura del grito”, últimas páginas que muestran a un hombre triste estremecido por la soledad, que indaga en la infancia y sosiega la angustia elaborando la obra liberadora.
Lector infatigable, lo apasionaban los grandes narradores, desde Maupassant hasta Bradbury; en más de una ocasión manifestó su admiración por la prosa incisiva de Sherwood Anderson, Hemingway y Salinger, cuya influencia sobre la cuentística de Lubrano han querido advertir algunos críticos; otros encontraron que guarda cierta relación con la torturada incertidumbre de Kafka. Y seguramente no es casual que sea Dickens el autor del libro que obsesiona al protagonista de La gente hace bien en no creerme.
Sus ensayos, consagrados la mayoría a rescatar la vida y obra de poetas y narradores de Boedo, llenaron varios volúmenes, sin contar los trabajos desperdigados por distintas publicaciones; también escribió poemas que reunió en un libro aparecido en 1985.
Además de las nombradas, recibió distinciones que omitía mencionar porque, como decía, estaba alejado de la vanidad. Su fecunda trayectoria no lo salvó de la falta de reconocimiento ni de la pobreza pero, generoso en medio de ésta, y del mismo modo que su amigo Raúl González Tuñón, alentó y ayudó a todos los que se le acercaban en busca de orientación y apoyo, especialmente a los jóvenes.
Después de la muerte de su compañera, ocurrida en 1993, se volvió más retraído y silencioso. Sin protestar ni quejarse, comenzó a desasirse lenta y suavemente de la vida, si bien nunca abandonó sus libros favoritos, a cuya relectura consagraba largas horas, ni interrumpió la elaboración y corrección de los cuentos que pensaba reunir en el volumen La lluvia, que quedó inédito.
Tampoco desatendió el cuidado de su casa ni su arreglo personal: se lo veía siempre impecablemente vestido. Pero llegó un momento en que dejó de alimentarse bien, y poco a poco se fue debilitando hasta el día en que, hospitalizado, ya no quiso escuchar su amada música de Mahler.
Escribió Roberto Díaz: “Lubrano Zas urdió su vida a la medida de sus sueños. Fue pobre hasta el final de sus días, pero esta pobreza material no le impidió crear un universo rico en matices, en veladas alusiones que plasman el drama de la existencia humana: su enigmática levedad y su contradictoria esencia”.
Falleció en Buenos Aires el 8 de diciembre de 1999.
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Imagen: Lubrano Zas.
Material tomado del periódico “Trascartón”.