16 mar. 2011

El primer capocómico



(De Osvaldo Tettamanti)

Nació en el siglo XIX, el 24 de agosto de 1876, dentro del ámbito de una acaudalada familia que vivía por entonces en la aristocrática avenida Alvear de la ciudad Buenos Aires. Don Reynaldo, su padre, era el director de la Penitenciaría  Nacional y su abuelo fue el primer cónsul de Austria en la Argentina.
El joven Florencio iba a ser la oveja negra de la honorable familia Parravicini. Su sola presencia predisponía a escucharlo. Improvisador nato, dio al humor de su época un sello inconfundible y personal que lo convirtió en capocómico inimitable y paradigmático.
Lo expulsaron de todos los colegios a los que asistió. A los 14 años, por convicción, o por contradecir a los suyos, se sumó a los revolucionarios radicales de 1890 que bregaban por destituir al presidente Miguel Juárez Celman. Dos años más tarde, sus ímpetus lo llevarían a comprometerse con un nuevo levantamiento radical.
Para mayor desgracia de su familia, Florencio recibió a los veintidós años una considerable herencia que se encargó de dilapidar, sin hesitar un minuto, en los principales casinos y cabarets de Europa.
En cuanto se hallaba sin dinero hacía cualquier cosa por conseguirlo: así fue profesor de patinaje artístico, domador de leones, corredor de automóviles, tirador profesional... En esta última actividad conoce a Rosita Tejero, que fuera su amiga y compañera durante varios años, con la que llevaba a cabo un show -atrevidísimo para la época- en el que Parra la iba desvistiendo a medida que apuntaba y acertaba a ciertos botones que le sostenían el vestido. 
En esos años es cuando incorpora el seudónimo Flop con el que intentó no ofender a su familia...
También fue aviador. Sí, Flop tuvo el brevet número dos y llegó a presidir el Aero Club Argentino durante dos períodos. Para el año 1927  fue elegido concejal de la ciudad de Buenos Aires, en representación de la gente de teatro. Ocupó esa banca todo el tiempo que duró la democracia: el golpe del 6 de septiembre del 30 lo corrió como a don Hipólito. Parra desempeñó muchas actividades, pero siempre se las arregló para que todas estuvieran matizadas con innumerables amoríos.
Cierto día lo llamaron para inaugurar la sala del teatro Roma. César Tiempo recuerda así ese momento:
“Del Varieté pasa al teatro Roma, situado en la calle 25 de Mayo entre Corrientes y Lavalle. El empresario le ofrece un sueldo suculento, preanuncio de las siderales remuneraciones que percibirá más adelante y la dirección de la compañía.  Cuando se entera el público del Varieté de la actitud de Parravicini, su gran ídolo, primero quiere incendiar el barracón y después resuelve trasladarse íntegramente al Roma, dejando desierto el local de la calle Rivadavia. Tan desierto quedó que a los poco días tuvo que cerrar sus puertas para siempre. Parra se convirtió en el as del género libre. Toda la ciudad hablaba de él, incluso su familia, tan avergonzada de la nefasta notoriedad del benjamín, que resolvió irse al campo. Su compañera ya no era la Tejero sino la por entonces famosa Pepita Avellaneda que cantaba a dúo con el bufo crepitantes canciones picarescas acompañándose de la guitarra. Parra no sólo crea tipos e inventa historias cada vez más escatológicas, sino que escribe piezas como Los tres infiernos, que espeluznaban a los más desaprensivos. La prensa fustiga al caricato que llega en sus demasías a límites inconcebibles, anticipándose a los excesos del teatro de hoy…”
La fama adquirida en el Roma hace que un grande de la escena nacional, Pepe Podestá, lo llame para integrar su compañía en reemplazo, nada menos, de Pablo Podestá que se había separado por desavenencias familiares.
Llenar el enorme vacío que dejaba Pablo -entonces conocido mundialmente- se transformó en uno de los desafíos mayores a los que podía ser sometido Parravicini. Sin embargo salió airoso de la empresa.
Vendrían nuevos éxitos para su carrera: en el desaparecido teatro Apolo de la calle Corrientes protagoniza  El Panete, Panete Conscripto, Melgarejo y Urutaú. En 1907 forma su propia compañía y debuta con su obra Fruta Picada, paradigma del género humorístico.
“Yo amo el teatro profundamente. La más cara aspiración de mi vida ha sido hacer teatro serio”  se lo escucha decir. Pero Parra en serio es inconcebible.  “Así no quieren verme, se ríen hasta cuando me emociono. Creen que todo es intención en mí… Ah!... la intención del público… Me destroza los personajes. Eurípides en mis manos resultaría un Muñoz Seca. Imagínese hasta que extremos llega. Payró tiene en su obra una frase oportuna pero brava.  Le opuse reparos 'Usted la dice'- me contestó don Roberto. Y la dije... Todos vieron allí un exceso irreverente de Parravicini. Así siempre. Ni ciñéndome al libreto escapo al tilde de colaborador de autores. Y llueven entonces las censuras. ¡Estoy cansado de cargar con el sambenito de la grosería!”
Florencio Parravicini dejó en el recuerdo sus monólogos La lección de anatomía, El descubrimiento de América y el Nuevo Cañón, entre otros. Para el cine participó de la primera versión fílmica de Los muchachos de antes no usaban gomina,  La vida es un tango, Hasta después de la muerte...
Una vida intensamente vivida que, tras haber alcanzado la fama y el éxito terminó trágicamente para transformarse -casi- en un mito popular.
El 25 de marzo de 1941 Florencio Parravicini puso fin a su vida disparándose certeramente en el parietal derecho. Víctima de un cáncer incurable no quiso terminar sus días en un hospital. En su casa de la calle Bustamante, entre sus ropas, un papel manuscrito pedía perdón a su esposa por la drástica decisión y la justificaba: “Ya no tengo fuerzas para vivir”.
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Foto: Florencio Parravicini en el filme Los muchachos de antes no usaban gomina. (Cartel de cine).
Nota tomada del periódico Desde Boedo, marzo de 2011.