19 oct. 2012

Cosa de negros




(De Enrique Espina Rawson

Era muy común denominar así a las cosas mal hechas, las tareas realizadas a medias, las chambonadas. ¡Qué injusticia!
Desde los tiempos de la colonia, todo lo que hacían los negros estaba bien hecho. Por de pronto, es bueno saber que los negros de Buenos Aires, eran llamados morenos, como una forma de atemperar en las palabras la realidad cromática. Tan es así, que la famosa payada de Martín Fierro es contra “el moreno”, ya que sólo lo llama negro cuando lo interpela con acritud.
Y también estaba el famoso regimiento de Pardos y Morenos, de las guerras de la Independencia…
Los morenos tuvieron en nuestra ciudad un excelente trato, en líneas generales, muy lejano a los horrores que vivieron sus hermanos de raza en casi todas partes, desde Estados Unidos hasta Brasil. Aquí eran bien acogidos, llevaban el apellido de la familia propietaria (¡qué mal suena esto!), de la que se sentían parte y con sus trabajos contribuían al sostenimiento de las economías domésticas.
A veces por cuenta propia, pero la mayoría dependiendo de sus patrones, las negras eran excelentes reposteras, famosas por el arroz con leche, las roscas y los pastelitos, que salían a vender en sus canastas tapadas con lienzos blancos.
Notoriamente, su ocupación principal era la ropa. El lavado se hacía sobre las toscas de la orilla, que en ese entonces llegaba al Fuerte, hoy la Casa Rosada, lo que daba lugar a animadas reuniones aprovechando el tiempo que tardaba la ropa en secarse. Eran muy solicitadas también como amas de leche, y todos los próceres de nuestra historia fueron amamantados por estas serviciales “amas de crianza”.
Los negros, por su parte, tenían infinidad de oficios. Desde los escoberos, que voceaban sus escobas y plumeros de plumas de avestruz, (ñandú, en realidad); los barberos, especialistas en navajas y tijeras, muchas veces “sacamuelas”, y los sastres de gran reputación, hasta los increíbles “hormiguereros”.
Pertenecían estos a una misteriosa cofradía de sapientes y graves morenos, especializados en la lucha contra estos terribles insectos, que devastaban huertas y socavaban árboles y casas. Concurrían a las entrevistas solicitadas por afligidos vecinos provistos de unos largos canutos con los que auscultaban el suelo, demandando a veces consulta con otro afamado colega, para dar con el nido de las hormigas, muchas veces muy distante de las bocas de entrada.
Eran notables también por sus aptitudes musicales. Casi todos los profesores de piano eran negros, y era fama su circunspección y don de gentes, como que enseñaban a las niñas de las casas más distinguidas.
Pero hay una pregunta común al tema de los morenos de Buenos Aires, y sobre la cual parece no existir una explicación convincente. Es esta: ¿Dónde fueron los negros? Que se complementa con el por qué hay tantos en el Uruguay y aquí no.
Algunos dicen que muchos fueron muertos en las batallas de la Independencia, otros que murieron en la epidemia de fiebre amarilla, y otros afirman que fueron blanqueándose al mezclarse con los blancos. Tal vez todos tengan una parte de razón.
Pero tal vez, ya que todo es cíclico en este mundo, vuelvan a predominar los negros, o los morenos, sí así lo prefieren en nuestra ciudad. Nuevas hornadas de estos se ven en las calles porteñas provenientes de alguna lejana etnia africana. No son ya barberos, ni escoberos, ni profesores de piano ni persiguen hormigas. Todos parecen tener el mismo oficio: son vendedores de bisutería. Los vemos parados con sus camisas multicolores, munidos de una bandeja plegable sobre la cual despliegan sus doradas baratijas arriba de un paño rojo.
Tal vez dentro de unos años, si todo marcha bien, la evolución de las cosas haga posible que las principales joyerías de Buenos Aires sean propiedad de una nueva generación de morenos porteños.
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Imagen: Uno de los  Candombe, óleo de Pedro Figari.
Nota tomada de la página web http://www.fervorxbuenosaires.com