8 oct. 2012

Qué sería de la política sin el café




 (De Diego Barovero)

Si existe una actividad humana cuya existencia depende de modo imprescindible de los cafés, bares y confiterías, es la militancia política.
Es que el café, por definición, invita al encuentro y al diálogo; ofrece el contexto apropiado según las características del lugar a la vez el marco intimista para esas charlas, a veces inacabables, que caracterizan el mundo político. El político es por definición, por vocación y por convicción un hombre de café. En ellos desarrolla gran parte de su actividad cotidiana y la elección del café, el bar o la confitería en que se establece define a qué tipología de político pertenece.
Es probable que haya sido la tradición hispana que trajo consigo a estas tierras la vigencia de estos ámbitos de reunión que, con variadas características, congregan no sólo al habitué o al ocasional transeúnte que hace un alto, sino a aquellos que recalan en sus mesas con la concreta misión de llevar a cabo una reunión en la que deberá convencer al otro o quizá acordar un marco civilizado para sus diferencias.
Desde los albores de la Patria cuando en el Café de Marco nuestros patriotas elaboraban en secreto sus planes emancipadores, el café está presente de modo categórico en la vida política argentina.
No pocos de nuestros más encumbrados dirigentes hicieron culto de la tertulia en diversos cafés que llev+an hasta nuestros días –aquellos que lograron sobrevivir al progreso o la moda– su tradición política.
Los cafés fueron puntos de referencia ineludibles en tiempos de convenciones radicales albergando en aquellos situados en cercanías del punto de reunión a los distintos grupos que, primero concentraban sus fuerzas y contaban los “porotos” para después cruzarse a otro café para interactuar con otras fracciones internas y comenzar el interminable oficio de la “rosca”, hasta alumbrar el acuerdo de unidad o de mayorías que consagre la nueva conducción o las apetecibles candidaturas.
Las cíclicas internas de las fuerzas políticas tradicionales también tenían su desarrollo en las mesas de cafés cercanas a los comicios, adonde el caudillo barrial sentaba sus reales, repartía la boleta o “meloneaba” al indeciso hasta ganarlo para su causa.
En el viejo Café de los Angelitos –avenida Rivadavia y Rincón– solieron actuar los payadores Gabino Ezeiza y José Betinoti, leales adictos a la causa de Leandro Alem. Y los cafés de la Boca –aunque algunos ya no estén– fueron lugares clave de la concentración de la campaña de 1904 en la que un joven Alfredo Palacios ganó por primera vez una banca de diputado para el Partido Socialista. 
El tradicional Gran Café Tortoni fue el lugar elegido por el presidente Marcelo T. de Alvear para hacerse una escapada junto a su esposa Regina Paccini para participar de su peña junto a Benito Quinquela Martín, Alfonsina Storni, Francisco Luis Bernárdez, Baldomero Fernández Moreno y Juan De Dios Filiberto, entre otras grandes figuras de las artes.
En una mesa del desaparecido El Foro, situado en avenida Corrientes y Uruguay, un joven politizado Jorge Luis Borges, conmovido tras su lectura, decidió prologarle a Arturo Jauretche su poema El paso de Los Libres que relata en verso la fallida revolución radical correntina de la Década Infame. Y pocos años más tarde, en alguna mesa, Homero Nicolás Manzione –poeta y político–, escribió la lista de los que fundarían FORJA.
En aquellos años difíciles, los habitués de los cafés del centro porteño estaban familiarizados con la patriarcal figura de un anciano con tupida y cenicienta  barba que con su  valijita correteaba anilinas Colibrí para ganarse la vida y había renunciado a la pensión que le correspondía como ex vicepresidente de la República. Era don Elpidio González, que aceptaba de buen grado la invitación de un sensible parroquiano a tomar un café con leche.
Desde julio de 1936 los bares de la Avenida de Mayo fueron epicentro de las disputas entre ambos bandos de la Guerra Civil Española. Los republicanos del Iberia y los franquistas del Español se trenzaban en  batalla campal sobre la calle Salta, que era una lábil frontera incapaz de contener el odio entre las facciones.
Y durante muchas décadas, la inolvidable Confitería Del Molino fue testigo fiel y silencioso de miles de reuniones que definían el destino de una votación en el vecino Congreso, o refugio de algún diputado opositor perseguido en tiempos del peronismo. También fue blanco de tiroteos como el que se produjo entre revolucionarios y radicales el fatídico sábado 6 de septiembre de 1930 en las horas previas al primer golpe de Estado argentino.
No pocas veces el presidente Arturo Umberto Illia, salía con discreción de la Casa Rosada para evitar la custodia y darse el gusto de tomar un café en algunas de las confiterías cercanas a la Plaza de Mayo.
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Ilustración: Martín Gómez Cánepa.
El texto y el dibujo fueron tomados de Un Cortado, periódico de la  Comisión y Promoción de los Cafés, Bares, Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires, Nº 6, septiembre 2012.