14 oct. 2012

Agonía en Villa Crespo



 (De Rafael E. J. Iglesia)

En La lectura del ambiente, Munir Cerasi advirtió a arquitectos y urbanistas que el sentido de un lugar se origina en el uso que de él se hace (inmediato, instrumental, simbólico).
“El significado formal y estético de la arquitectura no puede explicarse si no se refiere también a la vida cotidiana de los grupos que lo han producido”. Creo que quiere decir que la ciudad y sus sitios se deben pensar (estudiar, vivir, crear) como objetos de uso más que como objetos de cambio (económico o estético).
Los arquitectos hemos oscilado entre considerar sólo los aspectos formales, concretos, materiales del entorno construido y el tener en cuenta sólo las abstracciones racionales expresables en cuantificaciones y esquemas no homomórficos con la realidad construida. En el medio, queda olvidada la agonía de los ciudadanos, su lucha contra y en medio del “espacio adaptado” a sus necesidades. Este centro, olvidado, es el centro de la cuestión. Lo que da sentido a cualquier instauración de un espacio habitable en su “habitabilidad”, la vivencia del habitante, la acción misma de habitar. Rapoport lo señaló en Aspectos humanos de la forma urbana. Hall lo estudió en El lenguaje silencioso.
Muchos leemos y discutimos estas ideas, pero se nos hace difícil pensar un ambiente ciudadano sin que el primer plano lo ocupe la tectónica (lo arquitectónico), olvidándonos de lo que dijo Alexander: “Al presente, no hay manera de estar seguro de que los programas nos son arbitrarios […], no es una cuestión de hechos, sino de valores”.
Esos valores pueden descubrirse en las descripciones ambientales (vivencias y experiencias) de poetas y escritores. Azorín, Unamuno, Goytisolo, entre otros, se han dedicado a “contar a España” y de sus cuentos surge claramente el sentido del ambiente descripto. Quiero señalar que esta claridad nace de que la arquitectura no ocupa el primer plano.
Leo a Unamuno: “Esa calle del Pez, zigzagueante como nuestro pensamiento de los dieciocho años, cerrando en redondo el horizonte, sin huidas de vista a campo o plaza […]. Y al final de la calle, en un lado de su desembocadura, aquella misma casita baja, de un solo piso, y la librería oliendo a polilla, en la que comprábamos tomitos de la Biblioteca Universal. Y en la calle, calidoscopio de transeúntes, y al pasar, cachos de conversación, frases sueltas, un: ‘¡hombre, no!’, o bien: ‘¡no, mujer!’. Con esos pedazos se le hace a uno un poema.
He aquí la descripción de un ambiente desde la suave agonía de comprar un libro, intuir dramas e imaginar poemas.
En Buenos Aires, nuestro Leopoldo Marechal ha recreado Villa Crespo (¡atención, ediles y urbanistas!) sin necesidad ni de la arquitectura ni de la estadística.
Sus elementos ambientales, o sus elementos de composición ambiental, son (casi por orden de aparición): La vieja (amargada, iracunda, siciliana y marchita) Chacharola; el propio Adán Buenosayres; los cocheros frente a una mesa con copas vacías de “La Nuova Stella di Posilipo”; don Nicola (frente al estaño); el sentido hodológico del recorrido de Adán; sonidos; voces de chicos, ruidos de tropel (también de chicos), música de jazz ensayada en la trastienda de “La Hormiga de Oro”, ruido de pasos de las posibles víctimas del ciego Polifemo, su poderosa voz: “¡Una limosna dad al ciego!”, risas de costureras, trucos cantados por los cocheros, campanadas parroquiales, bisbiseos y susurros zaguaneros, pedos bucales de Yuyito y Juancho, clamores de guerra, ruido de huesos rotos, murmullos de asombro, silencio, crujir de esqueleto, ronquidos de bandoneones, trompetas angelicales, galope lejano de caballo policial; el sol; el aire puro; don José Victorio Lombardi; la iglesia de San Bernardo; el Cristo de la Mano Rota; un cortejo fúnebre (con seis caballos negros; tan barrocos como la carroza fúnebre y los penachos), el giro de las palomas; los paraísos enfilados; las zaguaneras (Ladeazul, Ladeblanco y Ladeverde); la Flor del Barrio; Juancho y Yuyito; los trabajadores de la curtiembre “La Universal” (tufo de grasa podrida y de cuero rancio); suave olor a vacas, de anises y tabacos fuertes;  el viejo Pipo; la vieja Clota (“Adán se preguntó más de una vez si la vieja no estaría hilando el destino de la calle y el de los hombres”); el Ángel y el Demonio; un pegador de carteles; el cine “Rivoli”; doña Carmen; los recuerdos de doña Cloto; iglesia piamontesa en las montañas, su marido muerto (“encanecido en los andamios”); una ronda de chicos; un corralón; Jabil; Abdalla; “La Flor de Esmirna”; el café “Izmir”; don Jaime, peluquero andaluz; el carrero del altillo; la peluquería (“una sala común, de paredes grasientas y té cagado de moscas: dos sillones frente a un largo espejo enceguecido, cuatro sillas de Viena y una mesita con viejos números de “El Hogar”, “El Gráfico” y “Mundo Argentino”); una multitud clamorosa; mujeres, viejos; puertas, ventanas, tragaluces; la verdulería “La buena Filomena”; un círculo de hombres y mujeres; doña Gertrudis; el tano Luigi; “iberos de pobladas cejas”, “los de la tierra vascuence”, “andaluces matadores de toros”, “ligures fabriles”, “napolitanos eruditos”, “turcos de bigotes renegridos”, “judíos que no aman a Belona”, “griegos hábiles en las estrategias de Mercurio”, “dálmatas de bien atornillados riñones”, “sirios libaneses”, “nipones tintóreos”, las diosas Minerva y Juno; un cajón de naranjas brasileras; un árbol; el arcángel San Gabriel; el cielo; tres briznas de hierba; el sargento Pérez.
En esta larga lista se resume el ambiente de Villa Crespo. Marechal lo describe. sin recurrir casi a elementos construidos; y puede hacerlo porque el sentido de la arquitectura no está sólo en ellos, sino en quienes los viven.
¿Qué urbanismo estudiará esta agonía? ¿Qué estadística la revela? ¿Qué diseño la tiene en cuenta y se pone a su servicio?
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 Fotografía: Leopoldo Marechal en su juventud.
Nota tomada del libro de los arquitectos  Iglesia y Sabugo: La ciudad y sus sitios.