23 oct. 2012

Los paraguas de Avellaneda




(De Rubén Bianchi)

Fui a la cancha por décadas a ver al viejo Racing Club, Hoy, lo miro por TV: ir me parece una odisea urbana. Sin embargo a  veces recibo invitaciones para ver un partido desde la platea (donde supuestamente se está más cómodo y seguro) pero realmente allí no me siento muy a gusto. Estoy en un territorio ajeno y no en aquel sector de la tribuna que frecuenté a través de los años, y que sí sentí como propio.
Allí estaban casi siempre los mismos y en algunos casos se imponía el saludo al llegar porque ya eran rostros conocidos, como el de Atilio Stampone, un grande del tango. Se disfrutaba o se sufría el partido codo a codo, en un clima de mucha comunicación. En cambio los hinchas de la platea cercana parecían más aislados, más fríos…, ¡y para colmo, sentados!
Además, en la tribuna, había y sigue habiendo a pesar de todo, un humor muy espontáneo. Un estilo propio, individualista, alejado de gestos colectivos  como “la ola”, que se popularizó en todo el mundo, menos aquí. Sólo la silbatina o los epítetos de todo calibre se practican en armonioso conjunto. Argentinos al fin.
Siempre recuerdo una lluviosa tarde de mayo en la que Racing iba perdiendo uno a cero con Bánfield. Paró de llover y todos  cerramos los paraguas, pero en el escalón anterior un hincha hipnotizado por el trámite del partido, seguía con el paraguas abierto tapando la visión de los que estábamos atrás. De pronto un señor con vibrante voz de tenorino, le gritó: “¡Che, viejo…, cerrá el paraguas que ya somos libres!”.
Al escuchar la antológica ocurrencia imaginé la lámina del “Billiken”, impresa en nuestra memoria colectiva.
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Imagen: Dibujo de Casartelli tomado de la página  cvclavoz.com
Crónicas tomada del libro de R. B.: Afectos especiales, Ediciones Papeles de Boedo, CABA, 2004.