17 oct. 2012

"The Boxer"



(De Juan Chaneton)

Por Rivadavia, como  al cinco mil trescientos, cruza Rojas. La calle Rojas. Hay en Buenos Aires siete calles que llevan ese apelativo y cinco de ellas recuerdan las dudosas glorias de cuatro coroneles y un teniente coronel. La que menciono en esta crónica ha de ser una de ellas, una de los coroneles, muy probable. Pero no importa. Lo que importa es que tres cuadras más allá, por Rojas, hacia el norte, corre Bogotá, que viene a ser paralela a Rivadavia.
 Tres cuadras de Caballito o de Primera Junta, quién sabe. Estas cosas las sabe mi amigo, el poeta Rubén Derlis,  quien soporta eso de Derlis -que nunca nadie sabe si es nombre o apellido- con entereza y hasta con alegría. Prometo preguntarle a Derlis si esa esquina de Rivadavia y Rojas y las tres cuadras que van hasta Bogotá son Primera Junta o Caballito. Disipada esa duda, algo habremos avanzado. Seremos más sabios que antes.
 No vivo en esa zona de esta ciudad violenta y egoísta, tan lejos de la Atenas de Pericles, por ejemplo. Tan lejos de La Habana actual. No vivo en ese barrio pero lo conozco. A veinte metros de esa esquina había una farmacia y al farmacéutico, un hombre cano, regordete y de cachetes medio sonrosados, le gustaban los adolescentes. Ponía inyecciones y los hacía pasar al fondo para ponerles las inyecciones a los adolescentes. Doña Rosi, vecina de la cuadra, sospechaba algo y así lo hacía saber a los circunstantes. A cualquier circunstante que circunstancialmente pasara por ahí. Entraba fácil en conversación Doña Rosi. Lengua floja, la doñita. Vaya uno a saber qué pasaba en esa farmacia.
 Una vez, apoyado contra la baranda perimetral de la boca del subte, cavilaba, a mis veinte, acerca de ciertos problemas de vivienda que no había podido resolver todavía y me devanaba los sesos en busca de una salida salvadora que me permitiera dejar ese cuarto “en casa de familia” que alquilaba por allí, ya que para “cuarto” no daba el pinet, un cuarto ha de tener por lo menos cuatro por cuatro o cuatro por tres y este tenía dos por dos o por dos y medio y entraba la cama y yo, y nadie ni nada más. Insalubre. Cruel.
 Como digo, estaba parado junto a la bouche du métro de la estación Primera Junta de la línea “A” cuando empecé a escuchar, con mucha nitidez, una conversación  entre un muchacho y una muchacha Y pensé que una muchacha y un muchacho, tendidos en la playa, comen naranjas, cambian besos, como las nubes cambian sus espumas; y que una muchacha y un muchacho, tendidos en la hierba, comen limones, cambian besos, como las olas cambian sus espumas. Y que, finalmente, una muchacha y un muchacho, tendidos bajo tierra, no dicen nada, no se besan, cambian silencio por silencio. No sé por qué, en ese instante,  me acordé de Octavio Paz, nada menos. Y seguí escuchando.
 Seguí escuchando la charla angustiada de los dos jóvenes porque me interesó, de modo que en ejercicio de la nada edificante actitud de husmear en la intimidad ajena, me sorprendieron las aladas palabras que siguen.
 Vos sabés que yo soy pobre -decía él-. Y a través de mi historia, que pocas veces he contado, he agotado mi resistencia. Me ofrecieron un puñado de murmullos, un pequeño bolsillo lleno de promesas, que resultaron todo mentiras, todo chanzas, chistes, una broma de mal gusto, pero yo era, en esa época, alguien que escuchaba lo que quería escuchar y desechaba el resto.
Cuando dejé mi casa y mi familia no era más que un muchacho. No sé cómo me vi, de pronto, en compañía de extraños, en la quietud de la estación del tren, corriendo con miedo, con mucho miedo, escondiéndome, buscando en los márgenes, en los barrios más pobres, en donde vive la gente andrajosa, buscando lugares que sólo ellos conocen.
Vivía reclamando sólo el jornal de los trabajadores. Vine buscando un empleo, pero no tengo ofertas, ni siquiera ofertas como ese ¿vamos…? de las putas de Constitución. Yo estaba solo, pero había tiempo, todavía, y pude tener algo de comodidad allá, entre ellos, entre aquellos pobres.
 Ahora estoy arreglando mi ropa de invierno y deseando irme, irme a casa, donde el invierno de Buenos Aires no me haga sufrir, no me haga sangrar, irme a casa…
 Ella lo miraba con los ojos muy abiertos por el asombro, pero él siguió como si no hubiese nadie escuchándolo: Al amanecer, un boxeador resiste -dijo-. El boxeador está en su negocio, como cuidándolo para que nadie se lo quite. Lleva dentro de sí el recuerdo de cada guante que se sacó, o de cada guante que lo hirió en la cara hasta que tuvo que gritar en medio de su ira y de su vergüenza. Me estoy yendo… Me estoy yendo -repitió-. Y agregó: Pero el luchador todavía permanece…
 Ella trató de acariciarle la cabeza, los negros cabellos que caían como un torrente desordenado y turbio sobre su frente, pero él apartó su mano con dulzura pero con actitud decidida y firme. Se fue, dejando a la muchacha ahíta de desolación.
 El monólogo que acabo de transcribir lo mejor que he podido, es la letra de una canción inventada por dos jóvenes que en su mocedad fueron famosos como Simon y Garfunkel. La canción se llamaba The Boxer y en vez de Buenos Aires ellos hablaban de su natal New York y no mencionaban el barrio de Constitución sino la Séptima Avenida, esa donde las putas llaman a los clientes con un “…come-on…?”.
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Imagen: Plazoleta Primera Junta, Caballito, (circa 1940). (Foto buenosairesantiguo.com.ar).
Tomado del sitio Buenos Aires Sos.