29 ene. 2013

Memoración de cartas y estampillas



(De Fernando Sánchez Zinny)

Lo que pasa es que ya no hay más cartas. No las hay; al menos, van años que a mí el Correo no me entrega ninguna. Todavía hasta hará una década llegaban algunos sucedáneos de relativa proximidad: invitaciones, tarjetas de fin de año, publicaciones trasnochadas. Pero ya ni siquiera eso sino únicamente facturas de servicios, acerca de las cuales no incurriré en la inocentada de lamentarlas, si bien reconozco que leerlas dista de ser un cometido intelectual estimulante.
Con la muerte de la correspondencia postal, otras cuantas cosas afines han seguido el mismo camino hacia el ocaso, una seguidilla que a cierta altura se convierte en fuente inevitable de reflexión melancólica. No hablemos de los deshabitados buzones, algunos de los cuales subsisten por ahí, quizás olvidados, con porfiado aire de tontos, retacones y boquiabiertos. Ni tampoco del cartero antiguo, vestido de gris, con gorra plato como un también extinto guarda de tren, siempre de mediana edad, cansado, sudoroso, y con una abultada bolsa de cuero pendiéndole del hombro y encorvándolo hacia la izquierda.
No hablemos de las cartas que se guardaban –sobre todo ésas que rezumaban ingenuidad y mala sintaxis– ni de las pretenciosas y con ínfulas literarias, escritas como si aspirasen a una eventual publicación diferida, según terminaba ocurriendo con las enviadas por determinadas personas ilustres, generalmente francesas. Ni de las de despedida, sin remitente, ni de sus primas pobres, las postales, con el infaltable “desde estas hermosas playas…”
Lo que a mi más me gustaban eran las estampillas, todas las estampillas, aun las más sonsas de tan repetidas, como las de San Martín, siempre rojas o rojizas. Y ni qué decir de las transitorias –las “conmemorativas”– aparecidas con motivo de un hecho importante y que se sabía tendrían circulación acotada, o de las de valores infrecuente por lo alto: hasta 25 pesos, digamos, o por lo ínfimo, el irreal medio centavo. O las “sobrecargadas”, de uso oficial, o para ocultar algo con el borrón, como sucedió con las que traían el perfil de Eva Perón, no bien asumió Lonardi.
Como todos en nuestra época, yo también junte estampillas durante tres o cuatro años y lo hice con grandísimo entusiasmo y contracción. Aclaro que no fui ni remotamente coleccionista, pese a haber ordenado de pe a pa mis álbumes, cada estampilla con su correlativa y con su correspondiente “bisagra”, tal como se acostumbraba en esos días. Y hasta llegué a saber bastante de dentados, de filigranas, de casas impresoras, de dimensiones y formas, etc.
Pero nunca me especialicé en nada ni tuve jamás el berretín de la estampilla impoluta; no, todo lo contrario, amaba las sucias por el sello del franqueo y tanto más si era posible leer la fecha, acaso movido por el prejuicio machista de creer que una estampilla virgen era tan poca cosa como una mujer virgen.
Claro que en especial buscaba las extranjeras y las reuní en buena cantidad. Porque me despertaban enorme curiosidad las imágenes raras, las palabras que había que descifrar, las insinuaciones de viajes y de distancias convocadas por grafías como Posta PolkaPosta Magyar, o CCCP, que era la URSS en cirílico. Es más, me encariñé con las de estados o administraciones desaparecidos, y guardaba, avaro, una de Baviera de los tiempos de ñaupa, otra de los Estados Pontificios, junto con Franciscos Josés ancianos –y una de edad remota con este infortunado monarca hecho un mozalbete de uniforme y lampiño–, diminutas águilas de los Romanoff y lunas en creciente otomanas, un Alfonso XIII bebito con la inscripción “Isla de Cuba”, una que reunía a Hitler y Mussolini… Tenía abundantes de las ex colonias italianas y belgas, y mi gran frustración fue no haber conseguido nunca una de las que fueron de Alemania.
(Advierto, por quienes no lo saben, que las estampillas se cambiaban como las figuritas, y que también se vendían, incluso en librerías de barrio, en sobres con un sector en celofán y con indicación del contenido: “25 argentinas”, “50 panameñas”, “100 de buques”, “1000 universales”, y esto era lo más, el desiderátum del chico maniático.)
Pero, como es lógico, lo fuerte de mi colección eran las argentinas; llegué a tener arriba de 1500 y, entre ellas, una de la Confederación. En principio no me llamaban mayormente la atención, excepto aquellas que ilustraban lugares o imágenes que conocía, referidos casi siempre a Buenos Aires. Por la memoria me pasan, ahora, el Juan de Garay de la fundación, según el cuadro, el Palacio de Correos, el del Congreso en la serie del Centenario, la Pirámide de Mayo, el Obelisco, el Cabildo, los paraguas del 25, el monumento al Plus Ultra, el de Luis Viale, el de Roca, la Porteña, las sepulturas de Belgrano y de San Martín, y otros muchos temas que se me han ido. Finalmente, les tomé gusto y empecé a juntarlas con fruición.
Estuve cerca pero, como decía, no llegue a especializarme, seguramente por una cuestión de temperamento que hizo que a mediados de la adolescencia viese como redomado infantilismo eso de la filatelia. Mucho después conocí a Edgardo J. Rocca, gran amigo y compadre, y él, sin quererlo, me mostró lo que al respecto pude haber sido y no fui: se trata de un eminente y omnívoro coleccionista de todo y que, en la materia, ha reunido tal vez la totalidad del material filatélico que existe sobre Buenos Aires, o poco menos, tanto que en repetidas oportunidades ha recibido premios por ese motivo.
Le debo, además, algunas buenas argumentaciones acerca de cuán importantes son las estampillas como hitos de la historia, por su tenaz asociación con personajes, acontecimientos y transformaciones y así también la familiaridad con la geografía, al difundir paisajes, mapas y escenas, más las tantísimas de la fauna y de la flora de cada país. Aunque también en eso llegué tarde al reparto de golosinas, pues vine a enterarme de tales concomitancias trascendentes justo cuando las estampillas dejaban de tener vigencia.
Bastante antes de eso, a comienzos de los 60, andaba yo mal y solo, como un pajarito bajo la lluvia. En una de mis idas y vueltas me encontré con los viejos álbumes que para entonces aún no lo eran tanto. Entendía algo y me di cuenta de que la colección de las argentinas merecía cierta estima. Fui con ella a un local de la galería en ángulo que tiene entradas por  Maipú y Lavalle y la vendí. No recuerdo la suma que me dieron pero con ella fui, a paso rápido, a "Thompson y Williams" y me compré un traje, curioso ejemplo de una afición en una etapa dulce y otra útil.  
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Imagen: Sello postal conmemorativo de la primera estampilla argentina.

            

25 ene. 2013

El candombe no murió en el barrio del tambor



(De Ariel Prat)

“Ah maldito, maldito mil veces
Seas blanco sin fe, tu cruel memoria
Es eterno baldón para tu historia.”
(Horacio Mendizábal, 1869, poeta afroporteño)

A menudo tengo que exceder mi papel de simple juglar urbano/suburbano, teniendo que honrosamente, como los es en este caso, aportar con la palabra o la escritura lo poco que sé, vale así mi visión de protagonista curioso, más que la de un profesional licenciado o un antropólogo, quienes en buen número están haciendo un gran trabajo de recuperación y visibilidad de esta oculta argentinidad que hoy explota en miles y miles de brazos, caderas y piernas juveniles, quebrando con africanidad el espacio dedicado por la cultura oficial dentro y fuera del territorio instalando la equivocada y parcial idea de una Argentina “europea”.

A pesar de haber aportado tanto a nuestra formación como nación, la presencia afroargentina no solo se intentó velar sino que incluso en tiempos de cabildantes fervores, los señoritos decían que “la república está muy mal servida” al observar las costumbres de nuestros negros de entonces a bordo de bambulas, chicas y calendas entre otros ritmos que aportaban las naciones, quienes protagonizarían aquel gigante candombe en mayo de 1836, en presencia misma del restaurador de las leyes y su hija Manuelita. El carácter de clase que adoptarían con el tiempo de libertos en nuestra sociedad, estaría signado por la educación basada en los valores europeos (aquello de los negros “ché” y los “negros finos”). En las artes y en las letras como en la política, irían destacando varios representantes de la comunidad afroargentina como Zenón Rolón (músico, profesor, escritor, se puede encontrar obra suya en el museo histórico de Morón), Lucas Fernández y Casildo Thompson, quienes crearon desde el movimiento “Democracia Negra” en el año 1858, el primer órgano de orientación de lucha de clases antes que cualquier influencia europea se haya amarrado a nosotros y que se llamó “El proletario”.  Ya en la música, Rosendo Mendizábal, quien fuera el autor de “El entrerriano”, primer tango que se conoce con partitura del año 1896.
Esto nos sirve como anticipo para observar el desarrollo de los candombes porteños y argentinos y en una rápida ojeada, pasar de los toques rituales, al sincretismo más o menos público de principios del siglo XIX, hasta la participación de las naciones en los carnavales con sus toques y bailes característicos, que dejan como seña de identidad no solo la ropa y el desfile (más varios pasos que hacemos en la murga porteña), sino las famosas “topadas”, para intentar tapar los sonidos de los otros, que a veces solían acabar en riñas generalizadas callejeras y que con el correr de los años nuestras murgas siguieron sin solución de continuidad no ya representando a una “nación”, sino a un barrio. No solo por “tapar” a la otra, también contender para intentar actuar primero en el corso “a lo guapo”.
Cito para ilustrar un estribillo de tema propio “Candombe de Buenos Aires”:
“El candombe no murió/ En el barrio del tambor/ Muy porteño se mezcló/ En los toques del murgón/ En la murga revivió/ Meta rumba y guariló”.
Miles y miles de murgueros que hoy integran con ilusión y vitalidad murgas y agrupaciones de carnaval, tal vez no sepan ni sueñen que sus pasos y el origen de sus murgas, radique en aquellos antiguos habitantes de esta tierra. Cuando el compadrito criollo comenzó a transitar el camino del baile, espiaba de “coté” a los candombes ya ocultos y entre sorna y admiración que fue a derivar en el baile del tango, nos dejó en la murga ese eslabón que yo llamo “perdido” entre el candombe y la murga, entre el compadrito y el negro. De aquel salvaje candombe (guariló o bariló), pasando por la milonga (también de un vocablo africano “mulonga” que significa “palabra”) y la llegada de la inmigración,sobre todo italiana, el aporte del bombo de origen turco que luego terminaría afianzado como parte sustancial de nuestro folklore, que como el bandoneón, sin haber nacido en nuestra tierra, nadie ejecuta ni lo representa culturalmente como en la Argentina, se fue formando nuestra murga que hoy crece y se dispersa vital y pendiente de muchas influencias por todo el territorio y asombra a propios y extraños con su particular y único modo de ser un vehículo latente de negritud.
“Ya no hay negros botelleros,/ Ni tampoco changador,/ Ni negro que vende fruta,/
Mucho menos pescador;/ Porque esos napolitanos/ Hasta pasteleros son/ Y ya nos quieren quitar/ El oficio de blanqueador./ Ya no hay sirviente de mi color/ Porque bachichas toditos son;/ Dentro de poco ¡Jesús por Dios!/ Bailarán zamba con el tambor.”  (Anónimo, probablemente de fines del siglo XIX).
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Fuentes, notas y lecturas recomendadas:
“Breve Historia del Tango” (Fernando Araníbar)
“Cosa de Negros” (Vicente Rossi)
Estudios y escritos de Ortiz Oderigo.
“El periodismo de la Disidencia Social” (Dardo Cúneo)
“El Negro en el Río de la Plata” e “Itinerario de los Negros en el Río de la Plata” (Ricardo Rodríguez Molas)
“El Primer Genocidio” (Emilio Corbiere)
El antropólogo e investigador norteamericano George Reid Andrews
Textos y notas de Pablo Cirio, Alejandro Frigerio y Alicia Martín.

Imagen: Candombe en una fogata de San Juan  (año 1938). Foto tomada de Wikipedia.
Nota tomada del sitio raizafro.com.ar 

22 ene. 2013

Gabino Ezeiza, payador y revolucionario



(De Diego Ruiz)

Desde un viejo disco de pasta canta la voz de Ignacio Corsini: Buenos Aires de mi amor/ ¡oh, ciudad donde he nacido!/ No me arrojes al olvido/ yo que he sido tu cantor... Es una vieja canción de Héctor Pedro Blomberg, aquel periodista y poeta que en los años 20 popularizó la temática de la época de Rosas –La pulpera de Santa Lucía, La mazorquera de Monserrat, Los claveles de San Ignacio y tantas otras– con la colaboración del músico negro Enrique Maciel que, no casualmente, era guitarrista de Corsini. La milonga se llama El adiós de Gabino Ezeiza y podemos decir que, como pide la estrofa, Buenos Aires no lo olvidó pues muchos nombres integran el Olimpo de los payadores –Juan y Arturo Nava, Nemesio Trejo, Pablo Vázquez, Federico Curlando, el también moreno José Higinio Cazón, entre otros–, pero Ezeiza y Betinoti constituyen el alfa y el omega del mito payadoril. Santos Vega, más allá de su existencia real o supuesta, no pasa de ser una figura literaria creada por Bartolomé Mitre y Rafael Obligado, otro mito creado para reivindicar la vida pastoril –cuando el verdadero gaucho ya había sido aniquilado mediante la papeleta de conchabo o el fortín– frente al “aluvión inmigratorio” que amenazaba el imaginario del país patricio y hallaría su figura máxima en Martín Fierro a partir de la reivindicación de Leopoldo Lugones. Y, asimismo, es significativo que en esos dos nombres se condense la edad de oro de los payadores: desde Gabino, nacido en San Telmo exactamente seis años después de la caída de Rosas  y descendiente de negros esclavos, hasta Betinoti, hijo de italianos; la vieja Argentina criolla y el nuevo país de mayoría inmigratoria que, bien o mal, configuraría nuestro presente y que –¡notable símbolo!– reclamaría su lugar al sol el mismo día de la muerte de Gabino, al asumir su primera presidencia Hipólito Yrigoyen.
Como decíamos, Gabino nació el 3 de febrero de 1858 en el barrio de San Telmo, quizá en el mismo predio en que hoy se encuentra un antiguo conventillo devenido en galería de anticuarios y que algunos denominan “casa de los Ezeiza”, induciendo al error de que en dicho edificio moraba esa familia patricia. Es posible que así haya sido en algún momento, pero la actual construcción es la típica de las que con el eufemismo “casas de renta” construían y explotaban empingorotados personajes como Lezama y Anchorena y en las que se hacinaban los recién llegados al “granero del mundo”. Pero, en nuestro afán de aclarar, corremos el riesgo de perder de vista a nuestro personaje, de cuya infancia poco y nada se sabe, aunque el mismo Blomberg en una nota, afirmaba que a los 15 años poseyó su primera guitarra, regalada por un pardo muy viejo llamado Pancho Luna que tenía una pulpería en el bajo de San Telmo y  habría sido payador en tiempos de Rivadavia, y que con ese instrumento salió a recorrer los pueblos de la provincia. Otros autores, como Luis Soler Cañás, afirman que Gabino (o Gavino, como aparece muchas veces) no salió de la ciudad, iniciando su carrera por Barracas, por el Parque y otras incipientes barriadas mientras publicaba artículos y poesías en hojas hoy inhallables, apareciendo por primera vez noticias sobre sus actuaciones en 1882, en el local “Locos alegres” de Córdoba entre Artes (hoy Pellegrini) y Cerrito y en la “Confitería del Concierto” de Bolívar y Comercio (hoy Humberto I).
A partir de ese momento ya tenemos noticias concretas de su actividad, de su viaje inaugural a Montevideo para payar con Juan Nava en 1884 y, ese mismo año, los tres encuentros con Nemesio Trejo en funciones a beneficio de tanto éxito que son publicados como folletos. Nuevamente en Montevideo, en 1888, se mide con Arturo Nava y luego, a lo largo de los años, con el gran Pablo Vázquez –para muchos el mejor payador de todos–, con Maximiliano Santillán, Luis García, Ramón J. Vieytes, Federico Curlando, Francisco Bianco, José Betinoti –en 1902 y en el circo que se alzaba en Venezuela y Maza–, entre tantos otros y con José Higinio Cazón, cuya amistad recuerda el conocido tango: Café de los Angelitos/ bar de Gabino y Cazón... Pero en realidad esta nota, desde su título y más allá de las anécdotas más que conocidas del personaje, apunta a otra de sus facetas: la del ciudadano comprometido políticamente que militó desde muy joven en el Autonomismo, ese protopartido porteñista en que se refugiaron muchos antiguos federales rosistas; el que combatió en Puente Alsina y los Corrales en 1880 contra las tropas nacionales defendiendo, precisamente, la “autonomía” de Buenos Aires; el que siguió a Leandro Alem en la fundación de la Unión Cívica y en las jornadas del Parque de Artillería teniendo luego destacada participación en la revolución radical de 1893. En esa oportunidad Gabino, que con el dinero ganado en la lotería había comprado un circo al que llamó “Pabellón Argentino”, viajó a Rosario con el santo y seña para los conjurados y, según parece, con cajones de armas disimuladas entre los petates circenses. Estallado el movimiento, combatió en la Aduana contra el Regimiento 3 de Infantería y, vencido, pasó un tiempo en la cárcel –desde donde entabló un contrapunto epistolar con Félix Hidalgo– para encontrarse, al ser liberado, con que le habían quemado el circo dejándolo en la miseria. Cobran entonces cabal dimensión las palabras de Yrigoyen en su día de gloria, el 12 de octubre de 1916, al enterarse de la muerte del viejo amigo: ¡Pobre Gabino!... ¡Él sirvió!
En una de sus giras con el circo, en 1892, Gabino conoció en San Nicolás de los Arroyos a Petrona Peñaloza, una descendiente del Chacho con quien se casó y tuvo descendencia. En sus últimos años, signados por una extrema pobreza, se radicó en el barrio de Flores y allí murió, siendo enterrado en su cementerio con la presencia de un gran amigo de juventud: Pepe Podestá. Allí reposa, en el sector de nichos sobre Balbastro y San Pedrito, como recuerdo de una época de Buenos Aires y de un arte popular del que casi no quedó registro, como dice en uno de sus tangos Manuel Romero: No cantó pa’ los discos Gabino,/ por la radio su voz nadie oyó,/ pero en cambio su lírico trino/ en el alma del pueblo vibró...
Poca suerte tuvieron también sus composiciones, más de quinientas, de las que sólo se recuerda su Saludo a Paysandú, ignorándose asimismo que compuso dos obras teatrales, Lucía Miranda y El cacique Mangoré. Y para colmo, por alguna de esas incomprensibles ocurrencias de los ediles de turno, la calle que lo nombra se halla en... ¡Villa Devoto!, barrio que ni siquiera existía en la época de sus correrías. Una sola cuadra, entre Baigorria al 4749 y Nogoyá 4752, entre Diamante y Allende, recuerda a uno de los grandes mitos del arte payadoril. El otro, José Betinoti, aún espera.
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Imagen: Gabino Ezeiza.

20 ene. 2013

De Papá Noel, Reyes Magos y colonización cultural



(De María Virginia Ameztoy)
  
Cuando aprendí a leer no había texto que escapara de mis ojos. La era del aprendizaje había dado paso a la apetencia por descifrar –más bien decodificar– letras antes visualizadas como entidades solitarias y descubrir que unidas daban paso a una idea. Leía cualquier cosa, libros escolares, de cuentos, historietas..., hasta llegué a leer Mecánica Popular.
Observando mi quasi fanática avidez me regalaban libros, supuestamente para niños.
Encabezaban el desfile de papel impreso esos libros grandes y de pocas páginas, con escasas líneas de texto y grandes dibujos coloreados, no siempre del mejor rigor estético, los clásicos infantiles: Blancanieves, La Cenicienta, La Bella Durmiente, el Gato con Botas, Caperucita Roja.
A la ficción de mis primeras lecturas infantiles se agregaba el mundo ficcional de otros personajes, representaciones culturales propias del contexto sociohistórico: los santos, los próceres, los dioses del Olimpo, los patriarcas bíblicos, algunos de ellos homenajeados en determinadas fechas a lo largo de todo el año.
En el imaginario infantil todos tenían cabida en la misma medida y, en una suerte de indiscriminación entre los diferentes relatos, todos, personas y personajes, poseían casi idéntica cuota de realidad fantástica.
Alrededor de los ocho o nueve años manifesté deseos de más textos y menos dibujos. Aparecieron entonces relatos erróneamente dedicados a infantes lectores, error afortunado que provocó que, sin saberlo, descubriera la literatura cuentística: Hans Christian Andersen, cuentos españoles, las fábulas en verso de Esopo, La Fontaine y Samaniego, los cuentos de Navidad, de Charles Dickens, El gigante egoísta y El príncipe feliz, de Oscar Wilde.
Los relatos de Andersen eran los que más me impresionaban, impresión a la que  iba unida la necesidad de su relectura, tanto que a muchos podía recordarlos casi de memoria. Uno de mis cuentos preferidos era La pequeña sirena que se hacía cortar la lengua por amor al príncipe quien sólo podría amarla si tuviera dos piernas en lugar de una cola de pez. Pero también me conmovía el arrepentimiento de La niña que caminó sobre el pan y no concebía que existiera un ser tan malvado como La reina de las nieves.
Wilde, otro de mis autores favoritos, me provocaba congoja y piedad por la valiente golondrina, símbolo del amor a ultranza, y me emocionaba con el arrepentimiento del gigante, ya no más egoísta.
En el mundo infantil pocas noches significaban tanto como la del 5 de enero, cuando los Reyes Magos esperaban que nos durmiésemos y, previa puesta de los zapatos en la ventana o junto a la cama, nos dejaban regalos.
Los chicos hablábamos familiarmente de Melchor, Gaspar y Baltasar y sus ofrendas al niño nacido en el pesebre, pero la mayoría ignorábamos el origen de Papá Noel, ese señor de barba blanca vestido de brillante carmín. Sólo algún relato, su figura en publicidades callejeras y revistas, pero nunca supimos quién era ni su origen.
Recién mucho después, ya adulta, me enteré que varios siglos atrás había surgido en el imaginario europeo la mítica figura de un señor Nicolás, al parecer un filántropo que ayudaba a los pobres. Pero el barbado del traje carmín fue un invento de Coca-Cola, que vistió al mítico Nicolás con su color distintivo.
Y mientras Andersen, Wilde y Dickens abrían las cabezas de los chicos y a través de moralejas y utopías nos convencían de que siempre era posible un mundo mejor, desde el imperio se violentaba simbólicamente a América Latina exportando a un gordito de aspecto aparentemente bonachón para sumarlo al imaginario de nuestros incipientes sueños colectivos.
Hoy varias generaciones de chicos creen que Blancanieves, La Cenicienta y la Pequeña Sirena fueron creadas por Walt Disney. Ninguno sabe que sus autores fueron Charles Perrault y Hans Christian Andersen. El imperio continúa implacable realizando su sempiterna tarea distorsionadora.
Y mientras la golondrina muere por amor al príncipe –ya no feliz– el señor de la eterna carcajada sigue trabajando todos los años para honrar al imperio que le dio vida.
Creo que el niño del pesebre prefiere a la pequeña sirena y a la valiente golondrina.
Yo también.
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Imagen: El Papá Noel inventado por la multinacional Coca-cola, otra de las tantas “infiltraciones” del imperialismo yanqui.
Ilustración y texto tomados del periódico “Desde Boedo”, enero de 2013.

Carlos Alberto Rezzónico



(De Ángel O. Prignano)

 Con hondo pesar hemos recibido la noticia de su desaparición física el primer día de 2013, pocos meses antes de cumplir los 90 años. Había nacido en la ciudad de Buenos Aires el 9 de mayo de 1923. Dedicó su vida a su familia, a su profesión y a la investigación de la historia porteña. Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires, estudió abogacía y notariado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires para luego obtener un doctorado en Notariado en la Universidad del Salvador.
Sus investigaciones sobre la historia de Buenos Aires se basan en la rigurosidad de las fuentes consultadas, especialmente en los temas que tienen que ver con las viejas quintas, cuyos fraccionamientos dieron lugar a los barrios más populosos de la ciudad porteña. En tal sentido, muchos de los que nos dedicamos a desentrañar tales historias recurríamos a él para completar nuestras indagaciones. Fiel a su profesión, también se ocupó de la historia del notariado y su antiguo cuerpo profesional.
Formó parte de numerosas instituciones dedicadas a estudiar el pasado de Buenos Aires y sus barrios, como las juntas de estudios históricos de Almagro, Caballito, La Recoleta, Balvanera y del Puerto, ocupando cargos directivos en algunas de ellas. Además fue miembro fundador de la Academia de Historia de la Ciudad de Buenos Aires, integrante del Instituto de Historia Notarial y vicepresidente de la Junta Central de Estudios Históricos de la Ciudad de Buenos Aires.
Fue designado Miembro Honorario de la Junta de Estudios Históricos de La Recoleta, Presidente Honorario de la Junta de Estudios Históricos de Balvanera, Miembro Honorario de la Junta de Estudios Históricos de Villa Ortúzar y distinguido como “Historiador Porteño” por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires en 2004.
Publicó dos documentados libros: “Carlos Spada, médico y filántropo” (1988) y “Antiguas quintas porteñas” (1996). Por otro lado dio a conocer varios folletos, entre ellos “Algunos vecinos de Balvanera” (1997), “Mirando hacia atrás... Efemérides del barrio de Balvanera” (1997-98) y “Tres desaparecidas capillas del barrio de Balvanera” (2004). Además publicó numerosos artículos en revistas especializadas: “Historia del Hospital Italiano”, “El ingeniero Bateman y el puerto de Buenos Aires”, “Réquiem para una Costanera”, “El Puerto y la higiene (Bosquejo de una normativa durante los siglos XVIII y XIX)”,  “Las quintas de los Alén”, “La llamada Quinta de Liniers”, “Un personaje singular de Buenos Aires: el martillero Hermenegildo Baizán”, “Quinta de Vermoelen en el barrio de Balvanera”, “Historia de un inmueble del barrio de San Nicolás”, “La quinta de Vélez Sarsfield en el barrio de Almagro”, “El escribano Pantaleón Gómez”, “Escribanos de registro en los mercados”, “Los escribanos en la época del gobernador Láriz”, “Los escribanos Eufrasio J. Boyso y Tomás J. Boyso. 1769- 1832” y “La muerte del escribano Alejandro Araujo y una extraña solución jurídica”.
Se nos fue un gran amigo que siempre se manifestó dispuesto a entregar sus propias investigaciones, con generosidad y sin ningún tipo de reservas, desinteresadamente y reticente a que dejáramos asentada su ayuda en nuestros trabajos. ¿Cuántas veces en el “Homero Manzi” de San Juan y Boedo compartíamos investigaciones e información con Arnaldo Cunietti-Ferrando, Luis Cortese y Mario Tesler? ¿Y cuántas otras tantas veces nos habremos peleado en el café “Margot” cuando armábamos la revista Historias de la Ciudad, que habíamos fundado junto a Cunietti, Cortese, Fernando Sánchez Zinny y el recordado Norberto García Rozada? Conmigo mantenía una vieja polémica: ¿Nosotros, los que nos dedicamos a estas “pequeñas historias”, somos realmente historiadores?, dudaba. Yo le respondía que al menos éramos barriólogos..., y se sonreía, con esa mueca amistosa que siempre alimentó al grupo, mostrándose generoso, activo y lleno de proyectos hasta el último suspiro de su vida que acaba de apagarse, cuando aún teníamos un montón de cosas por hacer. ¡Chau, Carlitos!
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Foto: Carlos Alberto Rezzónico.

19 ene. 2013

Bar "San Bernardo": contrastes de Villa Crespo


(De Mailén Sosa)

Caminando por Corrientes un martes a eso de las diez de la noche me encontré con un barcito, sus puertas abiertas de par en par invitándome a entrar, y eso hice, me acerqué, pispié un poco desde afuera y rápidamente entré.
Me sorprendió la pinta de ese bar, antiguo, humilde, sencillo pero a la vez lleno de juventud, rodeado de jóvenes con sus cervezas y sus vestimentas exóticas. Cortes carre, pelos cortos, largos, de diferentes colores, zapatos llamativos o no tanto. No cabe la menor duda que estaba rodeada de un ambiente juvenil, con una música de fondo compuesta por murmullos y risas, y eso es lo que me sorprendió, el encantador contraste entre esos jóvenes y  las paredes decoradas con manchas de humedad, los ventiladores de techo, el banderín de Atlanta, y uno o dos cuadros de Gardel, parecido al contraste entre el televisor viejo cerca de la entrada y el plasma ubicado más adentro del salón.
En este bar hay, por lo menos,  siete mesas de pool y cinco de ping pong, además cuando me senté y pedí una gaseosa me di cuenta que se podía jugar a la generala en tu mesa. Un lugar donde el protagonista es el juego, el juego sano, con amigos, con tranquilidad, con armonía.
Me paré y recorrí el salón, me llamó mucho la atención el ambiente y los contrastes. Caminando paralelamente a las mesas de pool hacia el fondo del lugar cuando éstas terminaban y antes de que empezaran las de ping pong, había separando estos dos juegos una barrera de mesas con más jóvenes con sus cervezas, sus murmullos y sus risas.
Se hicieron las doce y cada vez entraba más gente, por un momento pensé que si me quedaba hasta más tarde podríamos llegar a apretujarnos para entrar en aquel lugar, a pesar de su amplitud, ya que es muy grande. Volví a la mesa, y continué observando esos rostros jóvenes, algunos jugando al pool, otros al ping pong, muchos charlando en las mesas y demasiados parados, conversando, esperando algún que a otro amigo quizás o esperando su turno para jugar.
La mayoría, exceptuando a los mozos, tenían entre 25 y 40 años, tal vez un poco más. Definitivamente ese martes, que pensé que nada me sorprendería, que solo caminaría en busca de algún trago, me encontré con una masa de gente con frescura en su rostro y una gran sonrisa como dibujada.
Y de repente, observando, lo vi a él. Esto sí que fue un contraste espectacular: dentro de esa multitud de adolescentes y adultos, apoyado en una de las columnas del bar estaba Mario, con sus 75 años cargando en su hombro un estuche con su palo de pool desmontable –que le había costado algo así como 500 pesos– y además de ese tenía cuatro más. Un viejito adorable, de ojos claros y pelo canoso con una camisa negra y un jean dispuesto a jugar con quien se atreviera, ya que su experiencia le aseguraba una calidad fabulosa a la hora de jugar a lo que a él más le fascina: el pool.
 Después de acercarme y hablar con Mario supe varias cosas sobre este acogedor barcito y sobre la vida de Mario. Me enteré que hace 17 años que vive en Villa Crespo y desde  entonces frecuenta  el lugar. Me informé de que ese bar donde durante día y noche se puede jugar al pool y al ping pong, al billar, burako, dados, dominó, ajedrez y naipes, tiene más de cien años, y eso se nota en su fachada. Es realmente bello de ver la mezcla entre lo antiguo del bar y lo moderno que aporta la gente que asiste. Todos los días está abierto, y pueden utilizarse los juegos, pero es el martes cuando se forma este ambiente tan particular, donde jóvenes y grandes (como Mario) juegan y disfrutan hasta el amanecer.
“Antes no frecuentaba la misma gente que ahora, sólo eran vecinos del barrio o algunos de más allá los que visitaban el lugar, pero de repente los días martes no cesaba de entrar gente, jóvenes, con sus ganas de jugar, de charlar y pasarla bien”, esto lo sorprendió a Mario quien asegura que “lo deben haber promocionado, porque si no no se encuentra una explicación coherente para este fenómeno que se está dando, donde tanta gente se junta un día martes a la noche y se desvela hasta altas horas de la madrugada”. No pude dejar de preguntarle qué le producía a él, con sus 75 años, este cambio de generaciones y esta moda que explotó hace pocos meses, Mario me aseguró “que le gustaba, que era lindo ver a los jóvenes jugando y que no le molestaba ya que estos eran tranquilos y no traían ningún conflicto como en otros bares donde iba”. Es más, Mario ya conocía a chicos del barrio con los que se juntaba a jugar un rato y como él mismo me dijo, mientras tenga con quien jugar podía quedarse hasta las 5 de la mañana. Este bar es frecuentado por los turistas, como todo lo que se pone de moda, y este viejito adorable les sacaba la ficha a todos, de donde eran y en qué idioma hablaban.
Es así que conocí el bar “San Bernardo”, y encontré en él una particularidad: es un lugar lleno de contrastes hermosos de ver y analizar. Para ir con amigos, familia, o pareja a disfrutar una noche espectacular.
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Imagen: interior del bar “San Bernardo” en el barrio de Villas Crespo.
Nota y fotografía tomadas de sitio Buenos Aires Sos.  

16 ene. 2013

Buenos Aires




(De Mariana Kruk)

hay una memoria de la ciudad sin dudas,
del espacio, de los rincones,
de las casas, de una calle
y de una numeración exacta.

por eso Buenos Aires se me hace tajo,
tan llena está de todos
que es ya un hombre nuevo,
irresistible, impredecible, hijo de puta.

que me dice que sí pero no,
que me busca y me aleja,
que es hermoso y sabe que es hermoso
y no hay cosa peor.

Buenos Aires es un macho
que se hace el macho,
que me ignora y después llora o llueve
marcando territorio.

sabe cómo,
y cuándo,
y dónde,
pedir perdón.

conoce cierta inclinación que tengo
hacia el masoquismo,
por eso sigue y sigue,
sabe que me puede.

sabe que por más que amenace y reniegue
no me puedo ir muy lejos,
en las entrañas llevo su demencia,
sus penas, su sexo, su bandoneón.
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Imagen: Avenida 9 de Julio.

11 ene. 2013

Villa Modelo




(De Diego A. del Pino)

Del otro lado de la Estación Las Catalinas, se encontraba otro núcleo urbano: Villa Modelo. Entre los dos incipientes poblados sucedía algo frecuente todavía: había una cierta rivalidad entre ellos. El tema de la cuestión: ¿cuál era más progresista?... En términos más absolutos: cuál era más importante?... Espinosa situación que no era óbice para que la vida diaria prosiguiera afanosa, tranquila, como en un lugar de descanso, ni para que hubiera noviazgos entre “ciudadanos” de ambos lados de la estación, o se concluyeran negocios interesantes.
Pero históricamente hablando, es cierto que Villa Catalinas es más antigua que Villa Modelo. En la primera se levantó la iglesia en 1891 y la plaza “Esteban Echeverría”. Pero esto no quita mérito al otro sector –hoy Villa Urquiza también– que creció originariamente en los terrenos del señor Chas, por la calle La Pampa.
En 1895, Villa Modelo estaba separada de la Estación Las Catalinas por un terreno de unos 300 metros de ancho, que pertenecía a don Santiago Roland. Debido a esto, había que rodear estas tierras para cruzar y llegar a la calle Corrientes (Nº 8 y luego Triunvirato), o a la avenida De la Libertad (hoy avenida De los Constituyentes, y antes Calle de la Legua).
Esta villa era muy pequeña, ya que tenía alrededor de 14 manzanas, en contraposición con las casi 60 hectáreas de su vecina, y en 1895 eran sus límites: calle Nº 6 (Bucarelli), Moreno (La Pampa), Corrientes (Triunvirato), Olazábal (calle Nº 1), Bauness, y calle Nº 2. La rodeaban las ya nombradas tierras  del vasco francés
Roland, las de la familia Chas (origen del actual barrio Parque Chas), y las de Dolores Sebastini, Francisco Munita, Cabral y Echegaray.
A los siete años de la fundación de la vecina villa, el núcleo urbano de Villa Modelo (denominación interna que no prosperó), contaba con escasas  viviendas, a tal punto que en las catorce manzanas de tierra que constituían su ámbito específico, sólo había doce casas. En aquellos lugares habitaba Pedro Delponti, con tierras que se extendían desde Andonaegui hasta Bauness y desde La Pampa hasta Juramento, es decir unas cuatro hectáreas aproximadamente, así como fracciones entre Monroe, La Pampa, Triunvirato y Andonaegui.
Otro vecino, apellidado Sáenz, ocupaba extensos terrenos, consignados en los planos de la época como ubicados entre Triunvirato, La Pampa, Ávalos y Juramento. El resto de la villa estaba constituido por quintas, hornos de ladrillo y alfalfares.  
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Imagen: Plano de 1895 de Villa de Las  Catalinas y de Villa Modelo, hoy barrio de Villa Urquiza.
Tomado de su libro El barrio de Villa Urquiza.

7 ene. 2013

José María Gatica



(De Isidoro Blaisten)

Se tomó un colectivo
y se bajó en la muerte.
Se dejó olvidado
un arlequín pequeño.

Pero llevó un cajón de lustrabotas y un banquito
y ahora está lustrando los zapatos de Dios.

Previamente le sacaron el corazón
y lo metieron en un guante.
Lo dejaron colgado de un árbol
en una calle de barrio.

No fue el último match
porque aún sigue peleando
disfrazado de lord
y cascando a los ángeles.

Por las noches del cielo
habla con mazorqueros
o se queda mirando
como una botella vacía para adentro.

Entonces gasta todo lo que gana
y tomándose el alma del único mateo
quiere llegar pero olvida la calle
e irremediablemente baja equivocado.

El mateo se va
y él se queda en la muerte.
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Foto: José María el "Mono" Gatica.
 Del poemario de Isidoro Blaisten: Sucedió en la lluvia, Stilcograf, Bs., As. 1965.

Cartoneros, los sin retorno



(De Gabriela Sharpe)

 La recolección informal de residuos es hoy una industria que mueve unos 450 millones de pesos al año, aunque cálculos no oficiales hablan de hasta 700. Un mundo de precaria legalidad queda al desnudo. En la década del 60, Antonio Berni pintó una serie de cuadros con personajes como Juanito Laguna y Ramona Montiel.

Juanito nació en Villa Cartón, allí trabaja juntando basura, recorre los chatarreríos, se baña junto a su perro en los charcos que se forman al costado de los basurales, juega a la bolita, remonta su barrilete, pesca, aprende a leer. Ramona llegó desde el interior en busca de un mejor porvenir. Fue sirvienta, obrera, prostituta y hasta tuvo un amante. Sin embargo, tanto Juanito como Ramona nunca dejaron de soñar con una vida más digna.
Juanito Laguna y Ramona Montiel conforman dos arquetipos de los tantos pobres que tomó Antonio Berni de sus recorridas por las calles de Buenos Aires para llevar a cabo su proyecto cultural y político de reivindicación del oprimido.
Berni murió en 1981 y no llegó a conocer a los hoy denominados "Recuperadores de Residuos", más conocidos como cartoneros.
A partir de la crisis producida en el 2001 aparece un nuevo actor en la escena social: el desocupado que ante la falta de empleo se convierte en cartonero. Esta denominación viene del hecho de que la recolección de papeles y cartones es la modalidad más difundida dentro de esa actividad ya que existen muchos acopiadores que se los compran debido a que la industria del papel, hoy día, está muy desarrollada.
Recorren cada noche la ciudad para hacerse de lo que otros han desechado en un país donde más de la mitad de los 36 millones de habitantes vive en la pobreza y 21,5 por ciento de las personas en edad de trabajar no tiene empleo.(1)
El trabajo de la basura -que empieza con los cartoneros y la recolección y clasificación de los materiales, continúa con los acopiadores y termina en las empresas de reciclado-,es un mundo de precaria legalidad donde quedan al desnudo: el trabajo infantil, la vulnerabilidad y alta exposición a focos infecciosos, la falta de empleo, entre otros.
El kilo de cartón vale cerca de 20 centavos al pie del carrito, un kilo de PET (botellas de gaseosas, plásticos en general) se puede vender a un acopiador por 40 centavos el de color y 60 el transparente, mientras que el camionero que los trae a Capital se queda con un 20 por ciento del material y les gestiona las ventas.
En el Gobierno de la Ciudad admiten no tener cifras exactas no sólo de los cartoneros que hay en las calles porteñas sino tampoco de la dimensión del negocio y los millones que se facturan. En plena crisis del 2001 se calculaba que había unos 40.000 cartoneros en actividad; hoy se habla de 20.000, pero el gobierno reconoce sólo a los más de 6000 (en otra época llegaron a ser 9000) que están actualmente anotados en el Programa de Recuperadores Urbanos (PRU). Llegan en tren, camiones o a pie y el 70 por ciento vive en la provincia.(2)
Ante la falta de cifras oficiales serias, en la Universidad de General Sarmiento se realizó un relevamiento de datos con una proyección por la que se calculaba que cerca de 25.000 recolectores recorrerían el área metropolitana, y por lo tanto, cerca de 100.000 personas vivirían directa o indirectamente de la basura en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Según este mismo estudio el 50% de los cartoneros habían sido trabajadores asalariados industriales o de servicios que cayeron en la desocupación y adoptaron esta actividad como estrategia de supervivencia.
El trabajo de los cartoneros empieza al atardecer, ya que deben anticiparse al recorrido de la empresa de recolección oficial. Recorren la ciudad de diferentes maneras dependiendo de los medios a su alcance y de las rutas de clientes que, con el tiempo, hayan construido. Juntan todo el material inorgánico (papel, cartón, vidrio, plásticos, etc.), desechando lo orgánico.
Ahora bien, la distancia, la duración del recorrido y la capacidad de recolección están especialmente vinculadas con el medio de locomoción del que dispongan. Teniendo en cuenta que los recorridos con carro a pie tienen una extensión de 6 a 9 km y demoran de 2 a 4 hs; los de carro a caballo recorren de 10 a 15 km, en 4 a 8 horas. En cuanto a la capacidad de recolección, el carro a pie permite transportar hasta 200 kilos, mientras que el tirado a caballo cerca de media tonelada, según un trabajo publicado por la consultoría CEDES.
La cadena del reciclado cuenta con diferentes actores sociales que no dejan de relacionarse con el cartonero, entre ellos se encuentran los intermediarios, chatarreros y acopiadores e industrias recicladoras.
El primero de ellos es el vecino, es el que produce la materia prima con la que trabaja el cartonero, es decir, los residuos.
El segundo actor social es el chatarrero o dueño del depósito, son los acopiadores pequeños, que acumulan los residuos para venderlos a las industrias recicladoras. Los precios los ponen los chatarreros y su importancia es fundamental ya que constituyen el eslabón de unión entre la actividad informal (los cartoneros) y la formal (la industrial).
Hay una diferencia importante entre los pequeños y grandes acopiadores que radica en la capacidad financiera de soportar los cheques a largo plazo de las industrias recicladoras.
El último eslabón de la cadena de reciclaje es la industria, la cual condiciona en última instancia el sistema de reciclado informal, determinando qué, cuánto y a qué precio compra los materiales.
El cartonero ya es parte del paisaje de la ciudad, es consecuencia de la política neoliberal que deja al margen a millones de personas. Son los excluidos del sistema, en peores condiciones que el marginado Juanito Laguna, de Antonio Berni, porque no tienen retorno. Son los "nietos de aquellos obreros que fraguaron esa categoría llamada clase obrera peronista", según los define en su último libro el escritor Eduardo Anguita.
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(1) Datos estadísticos del año 2007.
(2) Ibidem.
Imagen: Cartonero en la noche de la ciudad.
Trabajo tomado de la página www.buenosairessos.com

6 ene. 2013

El gordito en el "Marabú"



(De Alfredo de la Fuente)

Estaba indeciso y preocupado luego de llamar por teléfono a representantes artísticos, algunos músicos, tres o cuatro amigos...  El problema persistía. Se había quedado sin orquesta y la casa no podía funcionar así, absurdo, un cabaret sin orquesta, nada menos que el “Marabú”. A quién recurrir, encontrar algo a tono a esa altura del año; todas las conocidas estaban contratadas, tampoco meter una “rascada”,  aquello no era el bajo o la isla Maciel, el lugar tenía su prestigio, pleno centro, Maipú casi Corrientes, zona milonguera por excelencia, rodeado de buenos restaurantes, teatros de revista: debía solucionar esto.
El gerente se levantó de su escritorio. Decidió salir a la calle a tomar fresco, a ver si se le ocurría algo. Cruzó la pista de baile solitaria frente al bar. Qué extraño parecía el cabaret en aquel momento. Dentro de unas horas (serían las seis de la tarde) todo comenzaría a funcionar: los barman, los mozos, las mujeres...  Luego el ruido, el baile, después el show...  El brillo, la música, el fulgor de la noche porteña hasta ir arribando el amanecer.  Pero no era porque sí, él debía vigilarlo todo, atender la marcha de esa compleja y ardua maquinaria sin descuidarse nunca.
Subió las escaleras y salió a la calle.  Mecánicamente caminó hacia Corrientes y se metió en el “Suárez”. Se arrimó al estaño a tomar una copa y lo vio sentado a una mesa de la ventana: el gordito aquel que tocaba el bandoneón, ¿cómo era que se llamaba? Lo saludó y el músico le hizo ademán de compartir su mesa. Se acercó, le dio la mano, se sentó. Sin casi darse cuenta se encontró contándole su problema. El otro lo escuchaba asintiendo con la cabeza comprensivamente. Necesitaba contárselo a alguien. Al cabo de un rato calló, se quedó mirando la calle Corrientes por la vidriera.
El gordito siguió observándolo por unos instantes; luego dijo: “A lo mejor se puede hacer algo...”
–¿Se puede hacer qué?, ¿qué se puede hacer a esta altura?, no hay nadie, todos los que sirven están trabajando...   
Le preguntó: ¿Cuánto tiempo tiene?
–Unos veinte días como máximo; ¿a quién engancho en quince días, a quién, me querés decir?...
El gordito lo seguía observando pensativo, casi cautelosamente, al tiempo que le decía: “Poray se puede armar algo...”
El gerente dejó de mirar la calle y lo semblanteó como si recién lo viera; en realidad había estado hablando solo, monologando como quien dice, por desahogarse.
–¿Podés conseguir una orquesta?
–Creo que puedo “formar” una orquesta.
–Estás loco, vos...
 –Con probar... Perdido por perdido...
Decían que era buen fueye. Había estado con Vardaro, con Julio De Caro. Pero de ahí a formar una orquesta en menos de veinte días y para tocar en el “Marabú” nada menos... Pero tenía razón; no había alternativa.
–Dame nombres…
–Tengo que ver... Podría ser Orlando Goñi al piano.
–Bien. ¿Qué más?
–Lo puedo hablar a Rodríguez Lesende.
–¿Te creés que va a agarrar¿ Está laburando en “Lucerna”, aquí en Suipacha.
–Bueno, tengo que pensar. Fueyes podrían ser Fiore, mi hermano...
–¿Una orquesta, eh?, no un conjuntito. Doce, quince músicos, un cantor: si no es Rodríguez Lesende, otro, aunque sea un estribillero.
–Está Amadeo; lo vi por acá.
–¿Quién es?
–Amadeo Mandarino.
–Dale, metele ligero, teneme al tanto.
Llamó al mozo y pagó. Era un lance, una posibilidad.
Vertiginosamente, a partir de aquella tarde, su accidental interlocutor se puso a la tarea. Algunos tenían teléfono, a otros los encontraría en los cafés.
Rodríguez Lesende tenía contrato hasta el verano; descartado. Una pieza clave sería entonces Fiorentino; había que pensar en el vestuario: Fiore era sastre, bandoneonista, cantor... y estaba desocupado. Sería estribillero y bandoneonista, como en muchas orquestas en que el cantable lo cubría un músico y así salía más barato. Dos fueyes, Rodríguez y Yabitelli aceptaron; también Orlando, ya estaba el pianista. Habló con Fassio, contrabajista, que se ofreció a consultar a Stilman, Nichele y Sapochnik, violines...
Cuando el gordito se apersonó en el “Marabú” para decirle que ya estaba casi listo, no lo podía creer: en pocos días había armado la orquesta. Quiso asistir a los ensayos. Al final se convenció; ninguna “rascada”, un buen trabajo.
–¿Se animan a empezar en pocos días?
–Dénos tiempo para seguir ensayando.
–Fiorentino en bandoneón y estribillos...
–No, cambiamos de idea. El cantor es cada vez más importante. La línea de fueyes ya está.
La noche del primero de julio de mil novecientos treinta y siete, en la semipenumbra del mostrador, el hombre escuchaba el debut de la orquesta del gordito Aníbal Troilo, que por lo menos lo sacara de apuro. Y si la cosa no andaba, tenía más tiempo para arbitrar otra solución. ¿Cómo se llamaba eso que tocaban?  Ah, sí: “Tinta verde”.
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Imagen: La agrupación de Aníbal Troilo en su debut en el “Marabú”. (Foto tomada del blog: nestorscalone.blogspot.com)

5 ene. 2013

Las inundaciones en Buenos Aires



(De Osvaldo Guerrica Echevarría)
  
Buenos Aires se inunda ante cada lluvia copiosa. La ciudad colapsa y miles de vehículos quedan imposibilitados de seguir su camino, cientos quedan flotando, las cámaras transformadoras de corriente eléctrica quedan anuladas, miles de vecinos quedan sin electricidad, hay calles que se convierten en ríos. La ciudad se paraliza.
Los funcionarios dicen que eso se debe a las maldades de la madre naturaleza, a que los vecinos sacan la basura fuera de hora o que los adversarios políticos se dedican a tapar lo sumideros para provocar el caos. Por su parte, algunos de esos adversarios políticos aventuran que el oficialismo no ha hecho todas las inversiones necesarias en infraestructura y que no se ha cumplido con las megaobras proyectadas para acabar con "el flagelo de las inundaciones".
La realidad es que los vecinos y circunstanciales ocupantes de la ciudad somos convidados de piedra ante un escenario preparado para que se produzcan esas inundaciones. Los funcionarios y "los emprendedores" inmobiliarios lo vienen preparando desde hace muchos años; los vecinos, desde entonces, estamos tratando de pararlos.
¿Qué ha sucedido en Buenos Aires en los últimos 50 / 60 años para que cada vez sean más graves las consecuencias provocadas por una lluvia copiosa?
Sucedió lo siguiente:
a) se prolongó, hasta en más de 500 m de su lugar original, la desembocadura de los cinco arroyos que desaguan sobre el Estuario del Plata (mal llamado río).
b) se impermeabilizó la mayor parte de la entonces superficie absorbente de la ciudad con nuevas construcciones.
c) se redujo sensiblemente la cantidad de espacios verdes, tanto públicos como privados.
d) se construyeron edificios en altura indiscriminadamente en casi toda la ciudad, pero principalmente en las zonas cercanas a la costa (Puerto Madero, microcentro, Retiro, Recoleta, Palermo, Belgrano, Núñez).
e) en la normativa constructiva de las zonas más densamente pobladas se eliminó la obligatoriedad de mantener el pulmón de manzana absorbente.
f) por obra de sucesivas repavimentaciones, el nivel de las calzadas ha sido elevado ostensiblemente.
g) existen barreras físicas, que separan zonas inundables de terrenos absorbentes (paredones del ferrocarril).
h) los conductos de desagote pluvial que conducen hacia los arroyos entubados, quienes finalmente desaguan en el estuario, transportan también líquidos cloacales y efluentes industriales.
¿Cuál es el efecto de esta permisiva intervención sobre el cuerpo vivo de la Ciudad? ¿Cómo influye cada una de estas circunstancias, potenciando los efectos de una lluvia?
a) los arroyos de llanura, como los que atraviesan la Ciudad de BuenosAires, y que entubados han sido convertidos en pluvioductos, tienen muy poca pendiente y por lo tanto poca velocidad de escurrimiento. Si alegremente se prolonga su desembocadura con rellenos sobre la costa, el escurrimiento de las aguas se retarda sensiblemente (a mayor alejamiento de la costa original, mayor tiempo de desagote de los conductos). La costa de la ciudad ha sido rellenada históricamente en una superficie que casi llega a los 40 Km cuadrados y la desembocadura de los arroyos ha sido prolongada hasta en 500 m. Este tipo de tareas continúa en la actualidad para ejecutar las ilegales obras de ampliación del Aeroparque Jorge Newbery.
b) el auge de la construcción en propiedad horizontal, ya sea entre medianeras o en edificios de perímetro libre (torres), eliminó la existencia de terrenos privados absorbentes.
c) durante el siglo XX se redujo la cantidad de espacios verdes públicos en más de 50 hectáreas. Esto, además de ser un perjuicio directo a la población porque se le eliminó la posibilidad de su disfrute, se constituyó en una sensible pérdida de superficie absorbente.
d) las fundaciones de los edificios en altura implican excavaciones muy profundas que sobrepasan largamente las dos primeras napas de agua. Es a través de estas napas, que los terrenos aún absorbentes acumulan el agua y la envían al estuario. La red de bases de hormigón construidas, constituyen -subterráneamente- un verdadero dique a la evacuación de las aguas de lluvia, retrasando y muchas veces impidiendo el escurrimiento. Este efecto es conocido como el "endicamiento de la napa freática".
e) Los códigos indicaban la existencia de un "pulmón de manzana absorbente". Esta obligación dejó de existir y desde hace más de veinte (20) años se permite construir sobre planta baja en cada parcela, perdiendo así, el pulmón de manzana, su condición de permeabilidad.
f) las calles de la ciudad estaban empedradas en un nivel por lo menos 20 cm por debajo de la vereda. Las sucesivas pavimentaciones y repavimentaciones sobre el adoquinado original ha invertido esa relación; las calles (salvo la cuneta de hormigón) han quedado más altas que las veredas, facilitando así la inundación inmediata de éstas.
g) los largos y continuos paredones que rodean los antiguos predios ferroviarios siguen existiendo, a pesar de que su eliminación haría desaparecer una barrera física entre el agua de las zonas inundadas y un gran sector de superficie absorbente.
h) una parte significativa de la sección útil de los pluvioductos, es utilizada desde hace más de veinte (20) años por líquidos cloacales y efluentes industriales no tratados, ya que la red cloacal está colapsada desde entonces y no existen plantas de tratamiento de efluentes. Esto hace que, no sólo se reduzca la posibilidad de evacuación rápida de las aguas de lluvia, sino que estos líquidos altamente contaminados, descarguen "en crudo" en nuestro ya contaminado estuario.
Todo esto es sabido y reconocido por profesionales y técnicos de diversa extracción, pero dirigentes políticos y funcionarios siguen proponiendo megaobras de transporte, almacenamiento y evacuación de aguas de lluvia (como el peligroso proyecto de los túneles aliviadores del Maldonado) que significan gastos extraordinarios -aún con endeudamiento externo- pero sin contemplar la posibilidad de parar de construir, parar de impermeabilizar y proceder a ejecutar proyectos vecinales como son los de generar nuevas tierras absorbentes en los predios del dominio público del Estado Nacional dentro de la ciudad (ferroviarios, militares, ex Mercado de Hacienda, que suman más de 300 hectáreas) y construir un lago regulador sobre la ex playa ferroviaria de Palermo.
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Imagen: Aspecto de una de las frecuentes inundaciones en el barrio de Belgrano; en este caso la esquina de avenida Cabildo y la calle Blanco Encalada.
Nota tomada de www.mibelgrano.com.ar