11 jul. 2015

Cafetín de Buenos Aires


  
(De Viviana Demaría y José Figueroa)

El café debe ser
negro como el demonio,
caliente como el infierno,
puro como un ángel,
dulce como el amor
Charles-Maurice de Talleyrand
(1754-1838)

En una recordada película dirigida por Jorge Coscia y Guillermo Saura -estrenada en la primavera democrática de 1987- hay un diálogo entre una pareja: “Me gusta tu gente, su sentido dramático y temperamental” le dice el Turco a Mirta -mientras, como música de fondo, se desgrana un tango sobre las aguas del Bósforo-. Le habla así de los argentinos, el pueblo de su mujer. Mirta llegó a Estambul desde Liniers, huyendo del terrorismo de Estado implantado en 1976.
En Estambul los gustos musicales -en especial el baile- no están circunscriptos a la danza del vientre o a la de los siete velos. La consolidación y popularidad del tango en Turquía tuvo su auge en la década del '30 hasta llegar a ser, en la actualidad, una de las capitales de este género musical argentino. Es más: la segunda mejor orquesta de tango del mundo se encuentra en Estambul. Tanto es así, que existe el denominado “tango turco”, donde sobresalieron cantantes como Ibrahim Ozgur o “La Gran Dama del Tango”: Seyyan Oskay. Para toda la región, desde Rusia a Egipto y los Balcanes, Estambul es el ombligo vibrante de la comunidad tanguera en aquellos arrabales de oriente.
Café 1930, es el segundo movimiento de la “Histoire du Tango” escrita por el “asesino del tango” Don Astor Pantaleón Piazzolla. Astor (un renegado que ya no creía ni en el compadrito ni en el farolito), compuso esta suite clásica para flauta y guitarra en 1985. “El tango es una música que si no se cambia totalmente, quedará en Buenos Aires y poco a poco se irá extinguiendo” le comenta a un amigo. Mientras era acusado de “antiargentino”, de hacer una música sin un sentimiento nacional, Piazzolla se ubica en la frontera musical del género como un alquimista dispuesto a hacer del carbón, oro. Esto lo pudo lograr gracias a que su padre le negó la posibilidad de acompañar al “Zorzal Criollo” en su gira por Medellín, donde -de haber ido- habría encontrado la muerte junto a Carlos Gardel.
Medellín es la “Capital del tango” y el tango, “un tatuaje en el alma” Desde el año 2000, a través de la Ordenanza 24, el tango es declarado “patrimonio artístico, cultural y social de Antioquia”. En Colombia, acercarse al tango, es llegar a un mundo sentimental lleno de símbolos, rituales, herencias, amores. Se trata de generaciones enteras cuyas historias se escriben en poesía tanguera: un mundo donde existen hijas con nombres como Malena o Marion, un mundo donde hay bares y cafés con nombres extraños: “9 de Julio”, “Adiós Muchachos”, “Bar D'Arienzo” o “Chanteclaire”. Donde la “Academia Nacional del Tango” dicta conferencias de lunfardo o se realizan cotidianos Festivales Juveniles como “Tango al Parque”; un mundo lleno de Academias de baile con nombres típicos como “Che tango” o “El último Café”, …un lugar donde el tiempo se ha detenido. Donde es posible escuchar en “El Málaga” la voz del “Morocho del Abasto” grabada en un 78 rpm desde una rocola Wurlitzer de 1946.
 Sting -en la hermosa canción de jazz “Un inglés en Nueva York”- dice en su letra I don't take coffee I take tea my dear, mientras la banda toca dentro de una cafetería en la Gran Manzana. Es obvio, que un inglés toma té y no café. Cabe aclarar, sin embargo, que la canción está dedicada –e inspirada- en Quentin Crisp, un escritor, crítico y exuberante actor inglés cuya manera insolente de vivir su homosexualidad (en una época en que era ilegal) lo convirtieron en un ícono gay. Quentin, en su exilio en Nueva York, frecuentaba la tertulia de los cafés, donde lucía su característica blusa impecablemente blanca, el colorido pañuelo al cuello y el elegante sombrero Fedora. A propósito de este enlace entre el té y el café, recordamos unos curiosos hechos históricos.
Fue en un café, el “Green Dragon” de Boston, donde se urdió la rebelión que culminó en el conocido “motín del té”, cuando los rebeldes norteamericanos lanzaron al mar el té sobretasado por la corona británica. Este acontecimiento dio lugar a la independencia de las colonias y a la Revolución Norteamericana y el café ganó popularidad y obtuvo el rango de bebida nacional. Es más, allí fue leída por primera vez la Declaración de Independencia. El café, ese lugar donde se lo bebía, estuvo ligado a otra revolución liberal. Alrededor de 1650 comenzó a ser importado y consumido en Inglaterra, y se comenzaron a abrir cafeterías en Oxford y en Londres, las cuales se convirtieron en lugares donde germinaron las ideas liberales que culminarían en la promulgación del “Bill Of Righs”. Por su parte, la Revolución Francesa de 1789 se dice que tuvo su origen en el Café Foy de París. También por estos rincones del mundo, Alzaga y otros patriotas complotados, planificaron en el “Café de Marco” hacer volar el Fuerte con explosivos y así aniquilar al Gobernador británico William Carr Beresford y su milicia. Y si bien es famosa la “Jabonería de Vieytes” en los preparativos de nuestra Revolución de Mayo, no lo es menos que el bullir revolucionario en los cuarteles y los cafés del Buenos Aires colonial.
Volviendo al mítico Estambul, fue en esa ciudad donde en el lejano año 1475 abrió por primera vez en el mundo un café legendario: el “Kiwa Han”. Dicho antro urbano, provocó innumerables controversias en oriente y occidente. No sólo por el brebaje que se servía, sino también por el espacio de sociabilidad que se originó al interior de sus paredes.
Fue por los mercaderes venecianos, que manejaban el mercado de las especias, que la nueva bebida llegó a Europa, hacia 1615. Su introducción en Italia dio lugar a controversias sobre si era lícito a los cristianos el uso de una bebida de los mahometanos. Se creía que como los árabes tenían prohibido el vino por el Islam, Satanás les habría dado el café como sustituto. El Papa Clemente VIII al probarlo dijo: “esta bebida satánica es tan deliciosa que sería una lástima dejar que los infieles disfruten del uso exclusivo de ella. Engañaremos a Satanás bautizándolo”. Dicho y hecho, el café fue legitimado como bebida “auténticamente” cristiana. Pero luego, fue particularmente reprobado en ciertos núcleos protestantes, sobre todo alemanes, sin llegar al desquicio de Rusia, donde estuvo prohibido con penas incluso de tortura y de mutilación a quienes lo saborearan. Y como una cosa iba con la otra, los mismos castigos se empleaban contra los fumadores de tabaco. Mala onda. En el año 1511, en La Meca, el emir Khair Bey empezó a estudiar sus características, ayudado por científicos y juristas, para decidir si el café se ajustaba a las normas del Corán. A raíz de esto, se prohibió su consumo pero su popularidad era tan grande que las autoridades terminaron derogando el decreto de prohibición, no sin antes sufrir masivas insurrecciones.
Retornando a Medellín, allí se dice que “se podrá discutir que Gardel nació en Uruguay, Argentina o Francia. Lo que nadie discute es que murió en Colombia. Y, para muchos, morir debe ser más determinante que nacer”. Quizás ése es el motivo principal de que sea esa ciudad, la primera capital del tango en las Américas -fuera del Río de la Plata-. Son los cafés y bares de Guayaquil (barrio de Medellín) la clave para comprender la evolución del tango en Colombia. Las formas como se daba la difusión de la música en las primeras décadas del siglo XX, hicieron de su apropiación y consumo un asunto público, que se vivía principalmente en escenarios como el café o el bar, único modo de escuchar los discos que venían de Estados Unidos. Luego, el cine traerá la imagen de Carlos Gardel. La influencia sustancial que el impecable aspecto del Zorzal tuvo en la vida de los hombres que habitaban Medellín, se comenzó a ver cuando empezaron a transformar sus hábitos higiénicos y de imagen: el pelo peinado a la gomina, los zapatos de cuero combinado con tacón francés, el sombrero funyi calzado a lo arrabalero, el traje espléndido.
El rito quedó así establecido: el lugar para flashear será el café, el bar de tango y milonga de rompe y raje. Como si fuese una película al vesre de “Saturday nigth Fever”. Y como esos varones compadritos, podrán acceder a la sociabilidad pública las mujeres del tango, que en esos inverosímiles cafés, no serán ya miradas como prostitutas. Sin embargo, será en los años 60, donde el café dejará de ser el lugar privilegiado de los varones. La liberación femenina arrasó con su exclusivo habitué cuando ésta dejó la coqueta confitería.
Revoluciones de toda especie: nacionales, de clase, culturales, colectivas, genéricas, estructurales, el mundo entero cambió cuando apareció el café y su territorio sagrado. Un lugar privilegiado para la socialización de inmigrantes, de encuentro policlasista, de nuevos lazos sociales. Un espacio abierto a la cultura urbana naciente, el club más popular, un territorio de la bohemia, la política y la creatividad, que vino al mundo para quedarse.

CAFÉ COLONIAL
Se bebe. Su aroma se desplaza por el aire y cuando es invierno provoca envidia mirar a través del cristal y descubrir a otros humanos acercar silenciosamente el pocillo blanco y tibio a los labios. En verano la brisa vespertina lo esparce por las vereditas y el bullicio de los bebientes inunda la ciudad.
Se está. De colores o de ladrillos; al ras del piso, en terrazas o subsuelos; en las esquinas o a mitad de la vereda; tradicional o temático; diurno o nocturno… El café es un lugar desde donde leer y pensar el mundo. Y aquí, en esta porción del universo es inimaginable la vida sin ellos.
 El derrotero de los términos “pulpería – almacén – bar – café” no es otro que el de las denominaciones de los espacios humanos donde tramitar la vida privada o pública en los diferentes segmentos de la historia. Y si bien el 4 de junio de 1998 la Legislatura porteña sancionó la Ley 35 de creación de la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares, Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires que instituye el 26 de octubre como el Día de los Cafés –fecha propuesta en conmemoración a la inauguración en 1894 de la entrada por Avenida de Mayo 825 del histórico Café “ Tortoni”– ya en 1794 los documentos del Cabildo daban noticias de la existencia del “Almacén del Rey” (génesis de lo que fue posteriormente el café “La sonámbula”).
Cierto es que la primera mención que los documentos coloniales registran no habla muy a favor de estos lugares. Las citas datan del año 1779 a instancias del virrey Vértiz y Salcedo quien promulgó un auto por el que ordenó a las autoridades que dentro del término de 24 horas debían notificar a la Secretaría de la Cámara de Gobierno, la prisión de toda persona mal entretenida o vagabunda cuya detención se hubiera producido en casa de truco, cafetería u otro lugar donde se hallaran jugando a naipes u otra clase de juegos prohibidos.
La “Casa de truco” contaba con una cafetería y –siguiendo los pasos de la antigua Europa– los cafés se replicarían como espacios de reunión en el viejo virreinato. Las tertulias y encuentros dejarían de estar circunscriptas a los salones de las familias adineradas para darse paso entre las calles de la ciudad, invitando al diálogo, el debate y las conspiraciones. Será también albergue de sueños y soledades; una institución fundamental de la cultura porteña, "el club menos oneroso al alcance de todos los bolsillos, sin más reglamento, disciplina y obligaciones que la convivencia humana". En sus mesas y mostradores se charla y monologa, pero también se calla. El café es un continente de la vida, un recipiente de sus contradicciones: uno puede ocultarse o exponerse, buscar la compañía o soportar la soledad. Allí nacen -y en un vértigo final- se marchitan amores como estrictamente lo relata don Cátulo Castillo.

CAFÉ, TANGO E INMIGRACIÓN
Buenos Aires, hacia la segunda mitad del siglo XIX, estaba dejando de ser para siempre, una pequeña aldea donde todos se conocían. Extranjeros y desconocidos, en su gran mayoría varones, deambulaban por sus calles (en 1887, uno de cada dos habitantes de la ciudad había llegado de afuera). La plaza, la esquina y el patio del conventillo dejaron de ser la única alternativa de reunión social para tanta gente. Con el café, se institucionalizó un territorio privilegiado para la socialización de los inmigrantes: la escuela de todas las cosas y lo único que podía parecerse a la vieja, según don Enrique Santos Discépolo.
Supo haber en la cruzada de Suárez y Brandsen (territorio xeneixe) un “Café de los Negros” (bautizado así porque, obviamente, concurrían muchos afroamericanos).
Fueron éstos los primeros en hacer música en los cafés de la Boca. Guapos, compadritos y malevos se encontraban en el Café” Sabatino”, el “Almacén de la Milonga” y el “Bailetín del Palomar”. En los boliches de la calle Necochea de La Boca, empezaba a escucharse esta música alegre, juvenil y pícara que, bajo el ritmo del dos por cuatro, ejecutaban autodidactas que componían sin conocer las partituras. Dicen que el tango se registró en el “Bailetín del Palomar” conocido también como el “Boliche de Tancredi”, en alusión al tano José. Abrió sus puertas en 1878 en la famosa esquina de Suárez y Necochea. Tancredi – en persona- le cobraba a los bailarines, cinco centavos la pieza y para que ninguno bailara sin pagar, la cobranza la hacía con una mano mientras en la otra empuñaba un trabuco naranjero.
En sus antípodas –social y cultural y geográficamente hablando- en Santa Fe pasando Callao, existió el afamado “Petit Café”. Su clientela se destacó por ser oligarca, pituca y racista. Como tal, despreciaban a los actuales bosteros, dado que preferían el rugby al fútbol y el jazz al tango. Su indumentaria correspondía a los colegios privados del Barrio Norte, Belgrano y San Isidro y abusaban del “Glostora”. A esos los retrataron Canaro y Romero en “Tiempos Viejos”, manifestando que eran más hombres los nuestros. Con un estilo art-déco, espejos, bronce, mármol, sillas de cuero y una elegante peluquería al fondo, devino en los 50 en un baluarte antiperonista y golpista. Su elegancia quedó reducida a cenizas la noche del 15 de abril del 53.
Aunque Jorge Luis Borges lo desmiente enfáticamente, tanta fue la fama (buena y mala) de los cafetines del sur, que si el tango no nació en la Boca, pasó raspando. Viene al caso citar otra famosa esquina: Suárez y Necochea, donde se erguía el Café” Royal” conocido mejor por el “café del griego” de don Nicolás Bardaka, oriundo obviamente de Grecia. Allí, actuaba un trío: Canaro, Castriota y el primer bandoneonista Loduca. Entre las nieblas del Riachuelo, Castriota compuso “Mi Noche Triste” y también tocó allí Eduardo Arolas. A metros del “Royal”, se encontraba el Café “La Marina”, donde otro trío acrecentaba la música ciudadana: Genaro Expósito, Agustín Bardi y José Camerano. El “papá” del Tango, don Angel Villoldo, Juan de Dios Filiberto y Roberto Firpo, regenteaban otros cafés de la misma zona que amalgamaba por igual, tango y trifulca.
Y como ya habrán notado, los apellidos y nacionalidades de algunos dueños de aquellos históricos cafés eran mayoritariamente extranjeros: por cada 20 dueños de cafés en la Ciudad de Buenos Aires, sólo uno era argentino, los otros diez y nueve eran inmigrantes.

ÁNGELES DE BUENOS AIRES
El francés Jean Touan fue el que emplazó en 1858 el mítico Café “Tortoni”. Hasta 1880, fue vecino del Hotel Francés y el Hospital de Mujeres en Esmeralda y Rivadavia cuando fue trasladado a su ubicación actual, la planta baja de la residencia de Saturnino Unzué en la calle Rivadavia. Los lazos comerciales de Jean Touan y Curutchet estaban ligados por relaciones de parentesco. Así, en sus orígenes, el paso del Café “ Tortoni” de un dueño a otro quedaba en familia. Aquella “modesta casa del ramo” descripta por Manuel Láinez -el director de “El Diario”- de la mano del matrimonio vasco de Celestino Curutchet y Ana Artcanthurry terminaría por delinear su perfil definitivo. La apertura de la Avenida de Mayo alentó a sus propietarios a extenderse hacia la avenida y de la mano del arquitecto belga Alejandro Christophersen se modificó el edificio que alberga a este ícono porteño. Y si bien para realizar esta ampliación hubo que derribar la iglesia presbiteriana de San Andrés, el claustro celeste no parece haberse ofendido en lo más mínimo.
El Café comenzó a ser frecuentado por la bohemia artística porteña liderada por el pintor de La Boca, Quinquela Martín. Corría 1926 cuando los artistas “convencen” a Celestino Curutchet que les permita usar la bodega del subsuelo para sus tertulias. Los registros de la época señalan la perspicacia de don Celestino: “los artistas gastan poco, pero le dan lustre y fama al café”, habría dicho. Sólo un necio puede discutir su condición de templo pagano. Y si bien el “Tortoni” es –con sus más de 150 años de existencia– indiscutiblemente el café mítico de la ciudad, guarda en su historia –como todos los demás cafés de Buenos Aires– innumerables anécdotas dignas de ser contadas. Desde haber sido el primero que ostenta la singularidad de haber dispuesto sillas en la vereda hasta ser sede sustituta de la primera Legislatura porteña, las historias de amor no le fueron ajenas.
La pasión de Pirandello por su primera actriz y musa inspiradora, Marta Abba, fue arrullada por la voz del Zorzal una fría noche de junio de 1927. Percanta que me amuraste / en lo mejor de mi vida, / dejándome el alma herida / y espina en el corazón… Esas palabras fantasmales y la estampa de Gardel conmovieron el alma del sexagenario escritor en el sótano del “ Tortoni”.
El final del siglo XX también verá surgir desde sus entrañas, una voz que conmueve a todo el país: los hombres sensibles se darán cita cada medianoche para escuchar “La Venganza Será Terrible”, antídoto cotidiano contra los efectos de la Liga de los Refutadotes de Leyendas.
Mientras tanto en Billinghurst y Guardia Vieja, “El Banderín”, resiste a fuerza de pura dignidad el paso del tiempo y el pulular de cadenas de comida rápida. Nació en 1923 como “El Asturiano” almacén y bar, y finalmente lo segundo quedó como marca indeleble en las calles de Almagro. Los más de 600 banderines – siempre regalados, nunca comprados; siempre obsequios, recuerdos del paso de algún viajero o de un fiel concurrente que deja su huella de ese modo singular: aportando el banderín del club de sus desvelos –que adornan sus paredes hablan de la cadena de gratitudes que se establecieron allí. La valentía y el esfuerzo de la familia Riesco, con los vaivenes que les ha provocado 90 años de vida, convierte a esa esquina en un libro de historia donde el espíritu de  Ángel Firpo, Adolfo Pedernera, Aníbal Troilo, Pascualito Pérez, y Tato Bores (entre tantos otros conocidos y anónimos) sobrevuelan como el humito del café manteniendo viva la memoria de la ciudad.

PALABRAS  FINALES
Buenos Aires, ahí donde la ven, fue escenario de una batalla por la preponderancia del café, allá por los 60. Brasil desató una campaña para destronar del mercado el reinado del café de Colombia que en aquellos tiempos tenía como estereotipo un tipo vestido de blanco que venía acompañado por un burro: Juan Valdez. La singularidad que ofrecía era ser el primer café que se vendía envasado al vacío. Por su parte, el embajador elegido por Brasil para esa tarea fue Vinicius de Moraes quien llegó a Buenos Aires donde luego viviera por diez años. Juan Valdez pasó a la historia mientras que aquellos recitales son recordados aun hoy por haber transformado a las callecitas de Buenos Aires en un sambódromo.
Fuera de los cafés y bares notables –que según la Honorable Legislatura Porteña ascienden a 53– cada esquina, cada rincón de los indiscutibles cien barrios porteños atesoran muchos más, que le dan a la Reina del Plata su singular aroma y color. Quizás la prueba más contundente sea el tango “Cafetín de Buenos Aires” de Discépolo, que desde hace 65 años lo han cantado diversas generaciones donde se encuentran entre otros desde Sara Montiel, Virginia Luque, Susana Rinaldi, Hugo del Carril, Julio Sosa, Roberto Yánez, Roberto Goyeneche, Edmundo Rivero, hasta Andrés Calamaro y Juan Carlos Baglietto. La letra de esta canción revela un lazo inquebrantable entre la gente, la ciudad y los cafés que ya son parte de la subjetividad porteña. Miguel Cantilo se pregunta “¿dónde va la gente cuando llueve?”. Seguramente a buscar refugio en un café.
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Notas:
Berruet, M. – “Bares y Cafés de Buenos Aires” – Buenos Aires, Universidad de Palermo, 21 de Julio de 2010.
Bossio, J. – “Los Cafés en la época de la Revolución de Mayo” – Buenos Aires, Cuaderno N·7 del Café “Tortoni”, Mayo de 2002. http://buenosairescultural.googlepages.com/jorgebossio
Brosio, L. – “Un bar histórico que conserva la magia” – Buenos Aires, Periódico Primera Página, Abril de 2010, http://primerapagina93.blogspot.com.ar/ 2010/04/cafe-el-banderin.html
Jaramillo Mutis, M. – “El Banderín: 90 años de historia porteña” – Colombia, Diario la Opinión, 09 de Junio de 2013. http://www.laopinion.com.co/demo/ index.php?option=com_content&task=view&id=421722&Itemid=93
Moeller, P. – “El Café ‘Tortoni’ y el Imperio Británico” – Buenos Aires, 5 de Marzo de 2013.
Ranzani, O. – “La ñata contra el siglo XXI” – Buenos Aires, Diario Página/12, marzo de 2004. http://elbanderin.com.ar/category/notas/page/ 2/#sthash.ufcX6bpM.dpuf
Riesco, S. – "El Banderín" Historia viva desde 1929 – Web Oficial de “El Banderín” http://elbanderin.com.ar/
Sabini, R. – “El Banderín” – Buenos Aires, Revista el Abasto Nº 39, octubre de 2002. Revista El Abasto, n° 39, octubre 2002.
Szwarcer, C. –“La presencia de Carlos Gardel en el Café ‘Tortoni’”– 2006, http://www.argentinauniversal.info/ mar07/extras/literat/nota_07.pdf

Imagen: Interior del Café "Tortoni" (Foto tomada de roundwego.com )
Esta nota fue tomada de la Revista del Abasto.