18 mar. 2012

Evocación


 

(De Osvaldo Calatayud)

Cuando contaba pocos años de edad, la palabra Boedo era para mí el nombre de un país maravilloso donde ocurrían cosas fantásticas.
Tanto mi abuela como mi madre hacían referencias a ellas en conversaciones domésticas. La alusión a Betinoti, que era “un hombre muy triste” como siempre comentaba la abuela, o la sangre derramada en la huelga de Vasena, eran temas que incentivaban mi imaginación haciendo que Boedo fuera más familiar en mi infancia.
Con el tiempo, otra atracción fue el teatro “Boedo”. Se hablaba mucho de él, ya que mi tío Pepe Cortazzo fue administrador de ese teatro varios años. Allí conoció a mi tía Maruja que había llegado un carnaval como figuranta en una comparsa que pasó por el teatro. Mi madre decía que la había raptado y que se había peleado por ella a cuchillo en la cortada de Oruro. Era en mi mente el tío Pepe un cuchillero digno de un poema de Borges.
Por eso, si mi abuela decía: “Cuando vivíamos en Treinta y tres” y comenzaban las anécdotas, yo concentraba toda mi atención en ellas para no perderme ningún detalle. Así conocí la leyenda de un ladrón llamado La Viuda, porque se disfrazaba de negro y cubría su rostro con un velo como las antiguos viudas, para asaltar a la gente. El incendio del bar “Biarritz” también me fue familiar. En casa había una silla que perteneció al bar y que me tío Pepe había traído al rescatarla del incendio.
Pero lo que siempre me había convulsionado era el busto de José González Castillo que había creado Agustín Riganelli y que estaba presidiendo el comedor de casa. Ese rostro ceñudo y esa frente amplia me inspiraba temor y otras veces una gran ternura. En una oportunidad lo vi personalmente. Llegó a casa en busca de mi tío Alberto y allí pude comprobar que Riganelli no se había equivocado al dar a su trabajo ese dejo de ternura que yo había descubierto.
Por supuesto que alrededor de todos esto estaba mi tío Alberto P; la P, descubrimos ya de mayores, era de Pantaleón. Este tío bohemio, nocturno y hablador, que me llenó también de anécdotas y de conocimiento. Este tío que muchas noches nos contaba historias de la peña El Fondeadero; de cómo don Luis Arata cenó una vez en casa y mi abuela se lamentaba de que el pan era del día anterior; de cómo Belisario Roldán sabía de memoria todos sus discursos; de cómo Alfredo Palacios atacó siempre la censura y defendió muchas veces a los autores censurados; de la peña Pacha-Camac; en fin, de muchas cosas que fueron formando mi personalidad y que hicieron que toda mi vida la dedicara a investigar ese tiempo y esos hombres.
Pero si bien el tío Alberto fue mi guía y referencia, la palabra Boedo en mi niñez, impulsó mi fantasía ante la nostalgia de mi abuela y de mi madre.
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Imagen. El teatro “Boedo” en 1930.
Texto tomado del libro Pasión de Boedo Aires, poemas y prosas, Buenos Aires, 2000.