1 mar. 2012

Evaristo Carriego, el precursor



(De Raúl González Tuñón)

Puede decirse que ninguna ciudad ha sido tan cantada por sus poetas –y no todos nacidos en ella– como la ciudad de Buenos Aires, aparentemente tan antipoética… Esos poetas urbanistas no lo fueron o lo son exclusivamente; otros temas llamaron su atención y algunos se inspiraron en otras latitudes, además, pero pusieron un mayor caudal de amor cantando barrios, calles, esquinas, plazas, rincones portuarios o de las orillas rurales, diversos aspectos de la ciudad, así como determinados hechos sociales que alguna vez la sacudieron.
Evaristo Carriego fue el primero, el “inventor”, como lo llamara Jorge Luis Borges. Con él comienza la poesía urbana. No nos referimos al Carriego sonoro y “romanticón” de la primera parte de Misas herejes, sino al cantor del barrio; lo fue por antonomasia. Diez o quince poemas suyos de El alma del suburbio y La canción del barrio, encabezado por esa pieza magistral que se titula “Has vuelto”, podrían integrar las más exigentes antologías universales.

CANTOR DEL BARRIO
En el número 3784 de la calle Honduras, en la entrada del Palermo popular, está la casa donde vivió la familia Carriego, la familia del poeta, desde su llegada de Entre Ríos. Entonces tenía el número 84… No es una casa pobre, ni tampoco lujosa. Aún conserva el patio, la enredadera, el silencio… Y el zaguán, la puerta cancel, un interior sobrio que se adivina. Se ve una placa de bronce en el muro: “Aquí vivió y murió Evaristo Carriego, La Sociedad Argentina de Escritores rinde homenaje, en el 25 aniversario de su muerte, al poetas que enalteció el dolor de las gentes humildes. 13 de octubre de 1937”.
El barrio de Carriego, propiamente dicho, ha cambiado desde que el poeta murió, en 1912, pero no mucho. Aún se ve por ahí una que otra casita con su bohardilla, techos donde la luna se pasea cómodamente en la noche, algún viejo negocio con su insignia descolorida, la trastienda del bar del vino y la baraja, la chapa del club deportivo de la barriada, el perfil antiguo del Mercadito (1). Y cuando todo haya desaparecido, y cuando hayan caído esas casas  que aún se mantienen en pie, como dijo Borges, porque “las sostienen los huesos de los compadritos muertos”, los poemas del cantor del barrio seguirán viviendo manteniendo una vigencia mayor enriquecida por lo que ya tienen de estampa de época, y este es el premio a los poetas auténticos; ya nadie recuerda, por ejemplo, al que fuera poderoso caudillo de la parroquia, pero el nombre de Carriego suena como algo muy querido al oído de las nuevas generaciones.
La canción del barrio tiene un valor permanente de ternura humana y belleza poética, de poesía en sí, pero también, por los hechos y tipos populares que glosara y las cosas que inspiraron gran parte de sus versos, tiene una dramática y perenne fuerza de documento social.
En los personajes de la cantina, el comité y la fábrica, en la costurerita, en “Mamboretá”, en “La silla que ahora nadie ocupa”, en “La francesita que hoy salió a tomar el sol”, en los hondos corralones, en los dolores y las alegrías de aquellas personas que hoy habitan el mismo territorio en donde se pasea la musa espectral del poeta, en aquella vida suburbana cuyo transcurso arrastra tanto barro y tanto oro, en aquella vida lúcida y amontonada, sombría y varonil del barrio, él penetró para salir de allí con su rosa más pura.
Su mensaje, aparentemente olvidado años después de su muerte, fue recogido por los poetas del movimiento “martinfierrista” que lo honraron, y como en el caso de los poemas de Bécquer, siempre habrá un muchacho y una muchacha que lean sus versos, que ahora patina la invisible luz de la nostalgia.

ALGO NUESTRO
Fue un hombre del tiempo del Café de los Inmortales y con las grandes virtudes y los pequeños defectos de los personajes que se movieron en aquel  clima de la bohemia anárquica del 900 y el Centenario, muchos de los cuales, como Carriego, están vivos en lo mejor de la historia de nuestra literatura: Payró, Sánchez, Ingenieros, Lugones, entre ellos. Trajo un nuevo tono a nuestra poesía cuando otros poetas escribían versos muy brillantes pero artificiosos, de “rima barullera”. Desarrolló temas desdeñosos por urbanos, por “sensibleros”. Fue el cantor de la tristeza del arrabal, y también en “El casamiento”, por citar uno solo de otros cuadros porteñistas, originales entonces, nuevos, mostró sentido del humor. Exaltó el alma “ruda y sombría del suburbio”  pero sin excluir sus esencias puras, que conocen chispazos luminosos y aun sus versos más desgarrados no eran negativos, pues llevaban implícitos el deseo de luchar contra aquello que afea la vida de las gentes. Aparte de los temas bravíos, fue principalmente el poeta de la ternura. Pese a la anécdota (el poeta de todos modos siempre “cuenta algo”), la muletilla de la “sensiblería” (un poema no es sólo experiencia, como quería Rilke, sino también sentimiento), el creador de nuestra poesía urbanista es algo más que un nombre en el friso de los altos valores desaparecidos; es el intérprete de aspectos de una época, el pintor poético de un barrio, un realista romántico con rasgos de realismo crítico.
Su célebre organito ya no atraviesa, silueta transida, los crepúsculos arrabaleros, pero la luna siempre está allá arriba y los sones del organito han quedado registrados en los muros, se sueldan entre las enredaderas sobrevivientes de algunas casas viejas y perdurará, en el clima indescriptible, recóndito, de lo entrañable, íntimo, íntimamente familiar, que trasciende.
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(1) Al momento de la escritura de esta nota (año1959).  Actualmente nada de esto existe, salvo la casa del poeta. (N. de la R.)

Imagen: Interior del patio de la casa de Evaristo Carriego (Foto rubderoliv).
Material tomado del libro de R. G. T.: La literatura resplandeciente, Editorial Boedo-Silbalba, Bs. As., 1976.