12 mar. 2012

Una divagación sobre los "bosteros"


(De Fernando Sánchez Zinny)

Algo he escrito no hace mucho para Buenos-Ayres acerca de usos paronomásticos y otros juegos con nombres; mientras lo hacía era imposible no tener presente cierta cuestión pendiente entre los curiosos de lo cotidiano de nuestra ciudad: ¿qué quiere decir "bostero" aplicado a los partidarios de Boca Juniors y cuál es la causa de esa depresiva adjetivación, transformada por los afectados en apelativo del que se sienten muy satisfechos? 
La historia oficial, que en este caso navega por la web, posee una respuesta para ese interrogante: "El término bostero –señala–, con el que se conoce a los hinchas de Boca Juniors, tiene su origen en la ubicación de la actual cancha de fútbol del club, ya que en ese mismo sitio, antes de levantarse el estadio, había una fábrica de ladrillos, que para su elaboración utilizaba como materia prima bosta de caballos". No tengo en principio motivo alguno para dudar de esa aserción y -me adelanto a reconocerlo abiertamente- tampoco me he dedicado a investigar los detalles de la trayectoria "xeneixe", pero a simple vista cabe hacer una objeción: la bosta no es, en absoluto, materia prima de los ladrillos, aunque sí puede ser utilizada como combustible para su cocción, si bien esto no es frecuente porque se requeriría una enorme cantidad.
Si uno se pone a hilar más fino, lo improbable de que eso haya sido tal como se cuenta asume magnitud considerable: ¿había un horno de ladrillos en la Boca, zona entonces tanto más sometida a inundaciones que ahora, en la que el consiguiente pozo se convertiría tras cada sudestada en lago? ¿Lo había en un área en la que los ladrillos se utilizaban poco pues las construcciones tendían a ser mayormente de chapa? En fin, ¿se lo habilitaría junto a una vía ferroviaria, con el riesgo de que el humo impidiese ver desde las locomotoras la señalización que precedía al puente sobre el Riachuelo?
De acuerdo, estas reticencias son sólo tangenciales y se refieren únicamente a la exactitud de lo citado. Pero Boca Juniors arribó al terreno en que habría de establecer su estadio definitivo, en Brandsen y Del Valle Iberlucea, en 1924 -las obras habían comenzado dos años antes-, tras haber hecho una larga recorrida, en la que incluso llegó a tener cancha en Wilde. Bien podría ser, pues, que lo del horno de ladrillos correspondiese a otro predio y no al actual, aparte de una explicación lateral y no desdeñable que asimismo he escuchado: las tierras de la Boca son bajas y en ellas la acción hídrica disuelve constantemente los componentes orgánicos que favorecen la germinación. Si alguien quería hacer allí una plantación o quintita -y así ocurre en toda la zona de la Costa- necesita abonar y de sobra es sabido que los italianos se valen abundante y clásicamente de las deposiciones del ganado para esa finalidad. Por tal razón se les habría dicho a los del barrio, "bosteros".
No me convence en absoluto, pero tomo de ese argumento un dato que juzgo de importancia y es la relación del término no ya con algo local y sólo sabido por los inmediatamente allegados al club, sino con la observación de que "así se les decía a los del barrio". Sí, eso ha sido muy común: los clubes de fútbol son asimilados a barrios y se los vincula con aquello característico de éstos: tenemos, entonces, que los de Huracán son "quemeros"; los de Chacarita Juniors,  "funebreros"; los de Quilmes, "cerveceros". ¿Y los de la Boca? A los de la Boca se llamaba "boteros" y además solían serlo, y todavía con yapa: de haber en efecto un botero sólo existía en la Boca, hasta cerca de 1890, único puerto de la ciudad. Véanse Eduardo y José Antonio Wilde, Aníbal Latino, Víctor Gálvez, Calzadilla, y se ha de encontrar ese término y también su constante entrelazamiento con la Boca: "barrio de boteros", "ahí viven los boteros y otra gentuza". Y hasta se hallará la abstracción consistente en extender el vocablo a gentilicio: "Era un muchacho botero que trabajaba de albañil".
Botero significa, con connotación despectiva, marinero o marino. Los oficiales del Ejército -e imagino que igual sucede en todos los países hispánicos-,  aun hoy día, cuando quieren ser cáusticos en relación con sus colegas de la Armada los califican de boteros. Brown, Mihanovich, Dodero y hasta Onassis han sido motejados de esa manera, y obviamente también lo fueron los vecinos de la Boca.
Confieso que la chocante similitud -aparte de la proximidad geográfica- entre botero y bostero me llamó siempre la atención y que asimismo me ha sorprendido no poco el empeño en desconocerla por parte de los futbolólogos, sin, por supuesto, querer rebatir nada ni afirmar nada taxativo. ¿Pero no podría ser -lo arriesgo como mera hipótesis- que alguien  deformase la palabra con designio denigratorio y que los agredidos -riéndose un día, tras haber bufado-  hayan tomado la maligna ocurrencia como galardón y luego hayan hecho gala de ella, hasta con orgullo?
Porque de casos así está repleto el lenguaje general. Lo que quiso ser un insulto -gaucho, descamisado, blandengue- fue adoptado como timbre de honor, y esto suele ser frecuente. Pero no vayamos tan lejos y permanezcamos en el ingenuo ámbito del fútbol, del que ya citamos el hiriente quemero y el algo más admisible funebrero. Hay otros casos en los que la voluntad de desprecio se acrecienta y, sin embargo, la recepción -que acaso fue de ofensa inicial- invariablemente sublima el término. Se le imputaba a los seguidores de Gimnasia y Esgrima de La Plata ser en su mayoría obreros de los frigoríficos y de ahí viene el torvo apelativo de "triperos". Como sus rivales de Estudiantes se descontaba  serlo de Medicina y como éstos daban en hacer herejías con los conejitos de Indias, fueron llamados "pincharratas".
En Santa Fe hay dos clubes de nota: Unión, que nació en el centro de esa ciudad y Colón, con afinidades en sus riberas anegadizas. Los primeros son los "tatengues" -voz exclusiva de allá, hoy en desuso, equivalente a nuestro también olvidado "tilingo"-, y los segundos, "sabaleros", tal vez porque comían algún mal sábalo si picaba la carnada y, con precisión de diccionario, sujeto de baja condición y hasta hampón, cuya pluralidad forma el turbio "sabalaje".
Peor es el panorama en Rosario, donde los "canallas" (Rosario Central) se oponen a los "leprosos" (Newell’s Old Boys); allí, sin ningún reparo, se predica acerca de la "gloria canalla" y de la  "machaza fuerza de los leprosos", extremos ante los que el pobre tano mostachudo y bostero se nos vuelve casi como un dandi.
Y eso es todo: la dejo picando.
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Imagen: "La Bombonera", estadio del club Boca Junior (Foto tomada de taringa.net).