7 mar. 2012

El barrio de la Recoleta


(De Ricardo de Lafuente Machain)

No es de los antiguos de la Capital.
Aparece a fines del siglo XVIII, cuando las extensas chacras y quintas de la zona que lo formaron, comenzaron a dividirse y ser edificadas.
Tomó su nombre del Convento de Recoletos descalzos, levantado en una chacra llamada “Los ombúes”, que recibió el vecino fundador y primer alcalde, Rodrigo Ortiz de Zárate, en el reparto de tierras hecho por el general Juan de Garay en 1583.
Por consiguiente se hallaba fuera de la traza de la ciudad, y al momento de fundarse el monasterio correspondía al Pagos de Montes Grandes, luego San Isidro, siendo por muchos años uno de los arrabales, con características rurales por lo despoblado y solitario.
Al aumentar la edificación y establecerse el matadero, así como el Cementerio del Norte, fue cambiando su aspecto, trasformando éste ya por completo al crearse el paseo de la Recoleta y convertirse en barrio residencial lujoso.
En sus comienzos, la peonada y clientes del matadero, así como bastantes “orilleros” se juntaban en las pulperías y reñideros de gallos de sus cercanías, convirtiéndolos en clubes populares donde pasaban el tiempo entregados a la bebida, oyendo payadas, jugando a la taba o a las cartas, y discutiendo asuntos del día que despertaban interés.
Esos lugares servían también para que vagos y maleantes se reunieran  con el fin de concretar alguna fechoría a realizarse en lugar más o menos cercano, descontando la impunidad merced a los recursos para esconderse y escapar, que ofrecían la oscuridad del barrio, los huecos, tunales y zanjones existentes.
Por todo ello, desde el anochecer, salvo en caso de necesidad ineludible, nadie cruzaba por allí, temeroso de sufrir un asalto o, por lo menos, pasar un susto dado por rateros y bandidos, quienes se valían de cuanto medio puede imaginarse para alcanzar el logro de sus empresas, explotando especialmente la ignorancia y la superstición del vulgo, que permitían crear y divulgar leyendas y patrañas, como la de “la viuda”, que aparecía llorosa, envuelta en crespones y mantos de duelo a los pasantes retardados, deteniéndolos casi siempre con perjuicio para su bolsillo; y la del “chancho”, cuyas andanzas puestas en coplas, muchísimos años después eran todavía cantadas por el pueblo y repetidas por los cocheros de tranvías al son de la corneta que manejaban hasta con abuso, para anunciar su aproximación o el cruce de las esquinas.
Una de las más populares decía más o menos:

Corré, que te corre el chancho,
corré, que te va a agarrar.
Cuidado que si te agarra,
te va hacer trastabillar.
Corré, que te corre el chancho,
corré, que te va agarrar,
mirá que si te descuidas,
el chancho te va a embromar.

La evolución de este barrio fue rápida. No pasó por la fase intermedia de la modesta vivienda del artesano. Plena campaña al mediar el siglo XVIII, cien años después era un conjunto de quintas, generalmente de veraneo, cuyos ocupantes hubieran podido decir como Charles Rollin, rurin et urbis incola. Medio siglo más tarde desaparecieron en su casi totalidad siendo reemplazadas por residencias que lo convirtieron en una de las zonas lujosas de la Capital.
Durante algunos años vióse todavía, de trecho en trecho, restos de las antiguas verjas, guardando parte de los jardines de antaño que escondían a medias la vieja casona, más o menos oculta, como avergonzada de verse junto a vecinas que ostentaban lozanía, mayor altura, y la fachada avanzada hasta la línea de la acera. Éstas, a su vez, cedieron su lugar a la vivienda comprimida y elevada de los rascacielos predominantes de hoy.
______
Imagen. Escudo del barrio de la Recoleta.
Tomado del libro de R. De Lafuente Machain: El barrio de la Recoleta, Cuadernos de Buenos Aires, (Bs. As., 2da. Edic.) 1962.