16 mar. 2012

Los boleros


(De Roberto Díaz)

¿Recuerdan aquella época cuando una música melosa, lenta y sensual, se nos metía por los poros y nos hacía bailar con los ojos entrecerrados y distantes?
Los tangos eran para lucirse. Para hacer malabarismo con las  piernas. Cortes, quebradas, ochos, servían para que se exhibieran los más dotados, los que tenían técnica, alma y sangre de bailarín.
En cambio nosotros, que éramos bastante “troncos” de la cintura para abajo, preferíamos en la milonga esta música dulce, que no exigía ninguna habilidad especial, simplemente dejarse arrastrar por la pista a un ritmo de cámara lenta, ciñendo a nuestra compañera y meciéndonos lánguidamente al son de su compás.
¡Época romántica la del 50! Los enamorados, de parabienes. Aún se hablaba de la luna como de un elemento mágico en nuestros sentimientos. Aún, el pie prosaico y astronáutico de Neil Armstrong  no nos había tirado abajo  su encanto.
¡La luna, los parques y el bolero!
Época en que las madres acompañaban a sus hijas al baile y vigilaban, con ojo crítico, la menor o mayor estrechez del abrazo. Las cuidaban para futuras madres, para hacendosas amas de casa.
¡Cuántos noviazgos que luego cristalizaron en casamiento se forjaron al sonido de este ritmo importado, que nació en tierras tórridas, plagadas de bananeros y cielos estrellados!
Aprendimos, con él, una manera distinta de encarar el amor. Ya no era la rústica y salvaje pasión del tango ni era su dolor vivo, maceradamente contado. Era la lánguida nostalgia de alguien que recordaba a su muchacha morena y la tristeza no se tornaba desgarradora sino más bien introvertida, azucarada por el recuerdo. Además, ¡cómo lo cantaban! Voces excepcionales recorrieron el género. ¿Se acuerdan de Pedro Vargas? ¿De Juan Arvizu? ¿De Fernando Albuerne? Parecía que tenían una cortina de terciopelo en la garganta y unos pulmones con  más viento que el Pampero. Hacían unos gorgoritos, unas cosas extrañas con la voz, que nos ponían los pelos de punta.
Entonces tomábamos a nuestra novia del brazo, la mirábamos hondamente a los ojos y danzábamos, extasiados, siguiendo la melodía pegadiza, la letra llena de melancolía y sugerencia.
Los boleros son una parte importante de nuestra vida juvenil. Comprábamos los discos y nos reuníamos a escucharlos en grupo. Nos emocionaban las letras de Roberto Cantoral, tan líricas. (Ahora sabemos que este señor vive (1) como los dioses en sus pagos de México, gracias a los derechos de autor, en los que nosotros también contribuimos) o aquella romántica exaltación de Agustín Lara (tan, tan parecido físicamente a nuestro Discépolo): “¿Te acuerdas? Fue en Acapulco, María bonita, María del alma” y María Félix lo miraba con hastío, mientras se limaba las uñas: “Agustín, me tienes harta con esa canción. ¿Por qué, mejor, no me compras un brazalete?”.
A nosotros no nos importaba este trasfondo gris de los boleros. Tampoco nos interesaba que “Los Panchos” se agarraran a trompadas cuando se repartían las regalías de sus discos. Lo que estaba en pie, era esa música envolvente que nos estrujaba el corazón hasta dejarlo como una mandarina. Ese “te quiero” que brotaba solo, después que se apagaba la voz de Gregorio Barrios.
Época que nos hacía creer en el amor, que nos “motivaba”, como dicen ahora los psicólogos.
Cada vez que vemos una pareja abrazada sabemos que, detrás, aunque ya no se escuche, aunque nuevos ritmos lo hayan desalojado, hay un bolero. El bolero que la vida escribe a cada instante, cuando están juntos una mujer y un hombre.
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(1) Roberto Cantoral falleció en 2010. Esta crónica fue escrita en la década del 80 del siglo pasado.
Imagen: El cantante melódico Gregorio Barrios (1911-1978).
Tomado del libro de R. Díaz: Crónicas para el desayuno, Ediciones La ciudad, Avellaneda, Prov. de Bs. As.,  1983.