27 ago. 2012

El misterio de la casita en el río



(De Silvana Santiago)

La pregunta infantil apunta hacia las aguas de la Costanera Norte porteña. Hacia esa silueta fantasmagórica que se recorta en la superficie marrón y que aparece, misteriosa, como una rara casa abandonada, con una gran puerta principal pero sin ninguna ventana.
Si se trata del sombrero de un gigante sumergido, como imaginaron unos; del baño de los ocasionales nadadores del río, como arriesgaron otros, o del hogar de un secreto ermitaño, como apostaron algunos pescadores; nada se puede adivinar desde la costa. ¿Qué es? ¿Para qué sirve? Y ¿por qué está ahí? Cuentan que la idea de construirla empezó tras un gran pánico, similar al que provocó la gripe A, pero hace más de 140 años, cuando las amenazas en Buenos Aires eran el cólera y la peste amarilla.
Por esa época el riesgo de tomar agua contaminada o de estar próximo a aguas estancadas en la ciudad, era mayor. Esto favoreció la propagación de dos epidemias que dejaron 14.000 víctimas fatales –según registros incompletos– de entre las 190.000 almas que poblaban la ciudad en aquel entonces.
Cuando todavía no se habían esfumado los peores recuerdos de las pestes, se resolvió levantar lo que hoy se ve a lo lejos como una casa enigmática. Fue parte de un proyecto que en 1874 buscaba el aprovisionamiento de agua potable para 400.000 porteños. Básicamente, lo que hacía era tomar agua del río para enviársela a la planta de potabilización que en ese momento se encontraba en lo que hoy es el Museo de Bellas Artes.
El equipo bombeador tuvo una vida efímera, dada la expansión geométrica de la población en Buenos Aires de esos tiempos, por lo que fue dado de baja apenas cuatro décadas después de su inauguración. Estaba ubicado a 800 metros de la costa con una estructura que combinaba el cemento armado y los bloques de granito. Por fuera, mostraba cuatro caras de lo que los expertos llaman una "sobria arquitectura neoclásica", algo que la Ilustración y el Progreso habían impuesto por esos años, y que significaba la vuelta a las formas simples de la Antigua Grecia y Roma.
La estructura estaba coronada con una torre de metal que, en el momento en que fue construida sostenía en la parte superior una baliza de gas, porque en Buenos Aires todavía no había iluminación eléctrica. Los mismos parámetros estéticos dominantes hacían impensable que una obra de esa importancia no rematara en una veleta de hierro. En el interior, un revoque austero cubría las paredes que se prolongaban bajo el nivel del agua, en rejas que permitían la entrada del agua.
Detrás de la puerta que hoy permanece cerrada, una pequeña pasarela con una simple baranda metálica recorría todo el perímetro de la casa. Desde allí partía una escalera marinera para acceder a la baliza. En el centro del ambiente, un cilindro de 3 metros de diámetro, ubicado por sobre 2,60 metros del nivel máximo de crecidas y 10 metros por debajo del lecho del río, canalizaba las aguas para su potabilización en la Planta Recoleta.
Como era costumbre en todo lo que se compraba o ideaba en esa época, se recurrió a Europa para la elaboración del diseño. El elegido fue un ingeniero hidráulico inglés, John Bateman, quien envió al sueco Carl Nystromer a estas tierras para la puesta en marcha de su idea. Él resolvió que se ampliara la planta potabilizadora y que se construyera el palacio, todavía en pie en la avenida Córdoba y Riobamba, para contener en su interior un tanque en el que se almacenara todo el líquido a distribuir entre los habitantes de la ciudad.
A más de un siglo de su construcción, las cuatro caras de la casita, recubiertas de ladrillo vista, están tan oscuras como el agua del río. El avance de la ciudad hizo que hoy esté a pocos metros de la costa, mientras que la llegada de la electricidad y de las nuevas tecnologías hizo que la veleta y la baliza fueran reemplazadas por elementos de menor estilo arquitectónico.
Por eso hoy aquella toma de agua no le ofrecerá información meteorológica al observador ocasional que, armado de un catalejo como en el siglo XIX, apunte hacia la torre para saber si la veleta indica la probabilidad de una tormenta. Sí, en cambio, informa hoy sobre otras cosas. Algo que se parece a una óptica de automóvil (una moderna baliza) ilumina la zona donde se alza la construcción; otra señal, llamada balón negro en las nuevas reglamentaciones náuticas, indica que en ese lugar hay un objeto que no se desplaza en el agua.
Pocos registros quedaron de los años en que funcionó “la casita”. En los archivos de AySA (heredados de la ex Obras Sanitarias) sólo se conservan las copias de los planos originales, y el Archivo General de la Nación no almacenó imágenes de la torre en su tiempo de operaciones. ¿Cómo se veían la baliza de gas y la veleta de hierro perdidas? Otro enigma guardado por la casita en el río.
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Imagen: Edificio que guardaba en su interior el equipo de bombeo que enviaba el agua a la antigua planta potabilizadora. 
Nota e ilustración tomadas del periódico Primera Página.