1 may. 2014

Jubardá



(De Alberto Benchouam)
 
Cuando llegamos al bar “La Pura” el tío me apretó la mano. Era verdad, algo grave había sucedido enfrente. Desde que doblamos la calle Vera, corrillos de mujeres hablando por lo bajo anunciaban alguna desgracia; las viejas se iban sumando y reprendían a los chicos, seguramente eran los del turno tarde, que jugaban a la pelota.
De la ambulancia estacionada en la puerta del café “Victoria”, bajaban dos muchachos de uniforme blanco, portando una camilla.
-Son practicantes de la asistencia pública- dijo alguien atrás de mí-, los médicos se quedan en el hospital.
Costaba apartar a los curiosos que impedían el paso. Las personas que salían, con cara de haber presenciado un acontecimiento importante, daban su versión de los hechos. Bojor hablaba fuerte y rápido:
-Estaba jugando al dominó y de repente se agarró el pecho. Nos miró fijo y sin poder abrir la boca que babeaba, golpeó la cabeza contra la mesa, desparramando las fichas.
Otros daban más detalles: cuando corrió el estudiante de farmacia que siempre gana al billar, ya estaba muerto; seguro un ataque al corazón.
La noticia se propagaba y el barrio entero se movilizaba, no verían nunca más a Jubardá, Yaco Donoso no pondría más la mano en su bolsillo.
Miré al tío que hizo una seña, como apartando algo invisible que podía estar cerca nuestro:
 -Leyos de mosotros (1), suplicó, y su voz se mezcló con la de Bojor. -Esta mañana le pidieron al pobre tantas cosas que le dio un infarto.
Logré asomar la cabeza dentro del bar, pero sólo distinguí a un mozo, que en la penumbra brumosa, gesticulaba cerca del mostrador de estaño. Sentí el tirón en el brazo y nos quedamos callados, junto a un árbol al que el fin del invierno arrancaba algunos brotes.
¿Pero quién era Yaco Donoso? Creo que lo poco que sé de él es lo escuchado ese día de finales de agosto, entre las nueve y las doce, antes de prepararme para ir al colegio. Había llegado de Bursa, una ciudad turca más pequeña que Esmirna, hacía unos veinte años, y vivía solo. No se le conocían los vicios habituales en esa época: ni jugador, ni bebedor, ni mujeriego pero, al decir de los viejos, algo negro tenía, no cerraba la mano lo suficiente para hacer buenas parás (2) y salir de pobre, todo lo contrario, lo que ganaba no le paraba mucho tiempo en la aldiquera (3), era tan loco, tan jubardá (4), que parecía tener agujeros en las manos, y por no ahorrar nunca pudo traer a su familia de Europa.
Y así le quedó el nombre; invitaba generalmente con café, anís o algún mesé (5) también; regalaba nueces y pasas de uva a los niños y siempre ayudaba en las colectas. “Ven Jubardá, siéntate”, lo llamaban de las mesas, y él terminaba pagando.
Si por el contrario lo veían sentado, los amigos se agregaban y pedían lo que gustaban.
Mano abierta, cuando lo invitaban a comer la noche de shabat, les mandaba temprano de lo mucho y bueno, pues después no se podían cargar bultos.
Cuando yo iba al café “Victoria” a buscar a mi padre, me hacía sentar y me convidaba con un yogurt; una vez se le acercó un hombre que dijo estar juntando para comprarse un reloj de pulsera.
-Está duro y apretado-, le dijo a Jubardá. Éste se sacó el suyo de la muñeca y se lo dió.
-Tomalo, porque como decimos nosotros, hasta que al rico le viene la gana, al pobre se le sale el alma, y bebe algo caliente.
Se contaban muchas historias: Que a veces ayudaba a algún paisano a completar el pago del alquiler, que colaboraba para el ajuar de alguna muchacha sin mazal (6), hasta compraba los remedios de los desvalidos, pero ¿cómo podía aquel hombrecito que recorría los negocios para revender zapatos, solucionar los problemas económicos, cubrir las necesidades de la colectividad?, ¿que beneficio podía sacar de su escasa mercadería?
Con sus cajas de zapatos, unas ocho en cada brazo atadas con piolines, recorría las avenidas con andar cansino y a veces se paraba, con palabras de consuelo y esperanza.
-No te tomes sejorá (7), mañana lo veremos, decía palmeando las espaldas.
 En realidad, en ese Villa Crespo de los cincuenta, donde el chisme, las alabanzas y el agrandar y empequeñecer eran instituciones, no se podía saber qué parte era verdad, y además sabemos lo necesarias que son las proezas de los héroes.
 ¿Alguien deseaba un vestido?... Va, pídele a Jubardá.... ¿No conoces Mar del Plata?... Que te pague el viaje Jubardá... Hasta se le decía a un jugador empedernido o a un obrero desocupado: que te ayude el Dio (8)...y Jubardá.
Pero hay algo más. Esa triste mañana de jueves había que ir hasta su casa para avisar a la encargada y a los vecinos. Unas diez personas nos internamos por Gurruchaga hacia Warnes. La gente se fue agregando, hacía frío, la escarcha aceraba las veredas y a veces tropezábamos con trozos de pan mojado, alimentos de los gorriones y palomas que bajaban del campanario de la Iglesia de San Bernardo.
Llegamos hasta una puerta oscura, a medio abrir. Tres personas entraron a hablar; oímos un llanto cortado y después unos gritos.
-Somos los primos-, escuchamos los de afuera-, y tenemos que entrar a la pieza para buscar los documentos y preparar todo para el velorio.
Pasó un buen rato. Por fin atravesamos el zaguán, cruzamos el patio de baldosas, me escabullí hasta una pieza y otra vez durante ese día asomé la cabeza donde no debía.
Vi papeles desparramados por el suelo, el aparador revuelto, la cama deshecha y trozos de lana de colchón, hasta que una mujer entró con una escoba y bajó la cortina de juncos.
 Regresábamos hacia Corrientes, en silencio, hasta que por fin un hombre dijo:
-Lo que nos costó encontrar el nifus (9), sabíamos que era un alma de Dios, que se gastaba todo lo ganado en el día. Su alma habrá volado ya a Ganeden (10).
Esa noche soñé con una lluvia blanca de copos de nieve y con un yogurt al que le echaba azúcar que se sumergía hasta el fondo, y que el líquido se cerraba, dejando la superficie lisa, que prefería no revolver.
¿Qué edad tenía Jubardá?
…Ya no existe ni el bar “La Pura”, ni el café “Victoria”, ni la casa donde vivió, pero quizás alguien haya seguido pagando las leches merengadas y los capuchinos.
Además, ya que no se escuchan más los dichos populares, es una suerte que los hayan recopilado en antologías. Y cuando leo en un libro o revista: Hasta que al rico le viene la gana...pienso que nuestra lengua se fue formando desde hace más de mil años, el refrán no sabemos cuándo alguien lo pensó, otros lo transmitieron y el pueblo lo hizo suyo..., pero sí sabemos, el Dio tenga cargo, que no ha perdido vigencia.
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Notas:
(1) Lejos de nosotros.
(2) Moneda pequeña¸dinero.
(3) Bolsillo.
(4) Persona generosa; se emplea como antónimo de miserable o avaro.
(5) Picada que acompaña a una bebida.
(6) Suerte.
7) Preocupación
(8) Dios.
(9) Documento migratorio, pasaporte.
(10) El paraíso.

Imagen: Café “Izmir”, en Gurruchaga al 400 -ya desaparecido- lugar habitual de reunión de los sefardíes villacrespenses.
Crónica tomada de SEFARAires Nº41 / Año 2005.