28 jul. 2014

Santo Domingo y el porteño que voló

 

 (De Diego Ruiz)

El relato de cómo la vanguardia inglesa, en la invasión de 1807, recorrió la actual avenida Boedo de punta a punta motivó que más de un boedense o almagrino inquiriera si el dato era histórico o fruto de una férvida imaginación. En consecuencia, el cronista desea aclarar que si algo lo caracteriza es su total falta de imaginación, su abrumadora incapacidad para escribir ficción, aunque sea un cuentito para hacer dormir a los niños. La intención siempre fue contribuir al conocimiento de nuestra historia, ya fuese a través de la nomenclatura urbana o, a partir de hechos y sucedidos de los “cien barrios porteños”. Pero como la divulgación bien entendida significa también rigor y documentación, el cronista siempre ha citado escrupulosamente sus fuentes, no como ciertos posmodernos que llaman “intertextualidad” a copiarse páginas enteras de otro autor sin citarlo. Vaya toda esta parrafada antes de narrar las andanzas del coronel Dennis Pack en Santo Domingo y, como el relato va a incluir un suceso extraordinario, el cronista quiere desde ya cubrirse las espaldas ante las posibles acusaciones de mendacidad, exageración o simple macaneo.
Así pues habíamos dejado a los ingleses en los corrales de Miserere, donde Whitelocke tuvo la desdichada idea de aceptar el plan de ataque del general Lewison Gower que suponía que la población se encerraría en sus casas y solamente Liniers y sus bisoñas milicias les harían frente, por lo que las órdenes indicaban que la tropa marchara sin cargar sus armas, no debiendo hacer fuego en el camino por ningún concepto. Lo cierto es que el día 5 de julio, a las cinco de la mañana, los cuerpos ingleses avanzaron hasta las actuales Callao y Entre Ríos, formaron columnas y a las seis y media, tras unos tiros de cañón —algo así como el tañido de la campana en los combates de box— iniciaron la marcha. El grupo de columnas del Norte logró tomar la Plaza de Toros, el arsenal y el cuartel defendidos por el tercio de Gallegos. El grupo del Sur, que avanzó por San Juan, Cochabamba y Humberto I, pudo llegar a la Residencia (actuales Defensa y México) a las siete de la mañana y hacerse fuerte en la posición. Pero en la zona más poblada, entre Córdoba y Rivadavia, las seis columnas del Centro encontraron una fuerte resistencia en los cantones que se habían formado sobre la línea Suipacha-Tacuarí y al mediodía, tras sufrir enormes bajas, ya se habían rendido.
¿Y Pack por dónde andaba? Nuestro coronel formaba en la brigada ligera, que bajo las órdenes del general Craufurd avanzó por Belgrano y Venezuela. Coinciden los historiadores militares, como el insoslayable Carlos Roberts, en que al llegar a Perú —seguramente por sugerencia de Pack, que conocía la ciudad— decidieron tomar las iglesias de San Ignacio y Santo Domingo, luego la de San Francisco y así dominar el Fuerte. Así pues, Pack mandó al teniente coronel Cadogan a tomar San Ignacio por Perú mientras él lo hacía por Bolívar... y ambos cayeron en la trampa. A los fondos de San Ignacio estaba el cuartel de Patricios erizado de cantones y cañones que los desbarataron en instantes. Cadogan se retiró en desorden y se refugió en la “casa de la virreina vieja”, de Perú y Belgrano, donde le hicieron tal carnicería que, según testigos presenciales como Martín Rodríguez, por los caños de desagüe de los techos corría sangre, y Pack con Craufurd optaron por refugiarse en Santo Domingo. Al encontrar allí las banderas inglesas tomadas en la Reconquista —entre ellas la de su Regimiento 71— y exhibidas como trofeos, Pack ordenó izarlas en la única torre que por entonces tenía el edificio que en el ataque subsiguiente, en el que se concentraron todas las fuerzas porteñas de la zona sur, quedó cribado a cañonazos. A las tres y media de la tarde no quedó otra opción que rendirse al coronel Elío, que envió a Craufurd con 46 oficiales y 600 soldados al Fuerte donde fueron recibidos humanitariamente por Liniers. Sin embargo, nuestro personaje no pudo asomar la cabeza pues era “perjuro”: al rendirse el año anterior, junto con Beresford, había jurado no volver a tomar las armas contra el rey de España y ahora una multitud que lo había reconocido quería lincharlo. Pack estaba bien escondido por el prior del convento pero un sobrino de éste, el alférez de caballería José Antonio Leiva entró el templo a caballo, clamando por “llevarse a la cincha” al inglés. Mucho costó tranquilizarlo mientras el piadoso tío le encomendaba subir a la torre a recuperar la sábana que, como señal de parlamento, habían izado los británicos y retirar las banderas británicas. Subió el joven Leiva, pues, a la torre con la bandera española bajo el brazo y del arco del campanario arrancó la sábana y las insignias inglesas pero, como la cornisa estaba resbalosa por la lluvia que todo el día había caído, o más seguramente porque la estructura estaba debilitada por la artillería, la misma se desmoronó y el alférez emprendió vuelo hasta el atrio. Pastor Obligado, quien cuenta esta historia en sus Tradiciones porteñas, supone que las banderas que Leiva mantuvo aferradas en su caída actuaron en cierto modo de paracaídas, pero que también le fue favorable el piso de tierra del atrio que, por la susodicha lluvia, estaba convertido en un colchón de barro. La cuestión es que el subteniente la sacó barata: echando sangre por oídos, boca y nariz fue depositado en la cama del tío y, aunque lo dieron por muerto, pudo asistir el 25 de mayo de 1859 al homenaje que, tarde pero seguro, le realizó la Municipalidad, aunque no pudo disfrutar mucho de los discursos porque a consecuencias de la caída quedó sordo “tapia” por el resto de su vida.
Mientras le daban a Leiva los primeros auxilios, salió Pack de su escondite, preguntando por el “oficial que había querido cincharlo” y, al enterarse de su caída, sólo se le ocurrió comentar: “Regular salto... Treinta yardas...”. ¡Oh, estos hijos de la rubia Albión! Pero luego se convirtió en devoto enfermero del porteño hasta que Liniers pudo sacarlo a salvo de su escondite y enviarlo a Inglaterra en el canje de prisioneros. Ya no regresó al Río de la Plata; como algunos de sus conmilitones pasó a combatir a Napoleón en territorio español y al igual que Craufurd y Cadogan, que allí dejaron la vida, participó en numerosas batallas llenándose de gloria bajo las órdenes de nuestro ya conocido Beresford. Fue herido ocho veces y estuvo presente en Waterloo al mando de una brigada inglesa, donde nuevamente fue herido y mereció que Víctor Hugo lo mencionara en su magistral descripción de la batalla en Los miserables.
Como han dicho los historiadores, el más poderoso ejército de su tiempo fue batido no una, sino dos veces, por milicias de tenderos y almaceneros, a lo que el cronista callejero agrega: y de esclavos, indios, mulatos, capataces de carretas y lúmpenes varios, todos vecinos de aquella lejana Buenos Aires. Y el cronista no puede olvidar que uno de esos vecinos, tan vecino que vivía a metros de Santo Domingo y que asistió a la rendición de Pack y Craufurd, era un mayor de Patricios llamado Manuel Belgrano.
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Ilustración:  Cuadro de época que muestra como era la iglesia de Santo Domingo en el momento del que habla esta nota.

18 jul. 2014

Almacén Julio




(De Carlos Cantini)

 En Floresta, en pleno epicentro febril de comerciantes, manteros y vendedores ambulantes, en la esquina de Concordia y Aranguren, a una cuadra de la calle Avellaneda y dos de Cuenca, en una construcción de 1913 resiste heroico e inmutable el Almacén Julio (o de Don Julio).
Julio fue un inmigrante libanés de apellido Jalil, pero como a tantos otros no hispano parlantes llegados desde muy lejos entre la pronunciación y lo que los vecinos entendían le quedó “Julio”. Su nombre real era Mohamed. Y también, como de costumbre, le decían “turco” siendo justamente de estos de quienes había escapado hacia tierras más amigables. En 1938 compró el local donde ya funcionaba uno de los tantos almacén-bar que tenía Buenos Aires. Con los años la normativa municipal los reconvirtió en almacenes. Don Julio vivió hasta 1983 y vio transmutar el barrio de comerciantes árabes y judíos hacia coreanos. Un auténtico combo multicultural. Lo que se mantuvo inalterable fue su almacén que lo continuó su segundo hijo a quien llamó como lo dictaba su historia de vida: Julio.
Desde 2011, la tercera generación Jalil, nietos de don Mohamed, siguen al frente con la tradición familiar, pero incorporando al gran espacio para la clientela lo que antiguamente era una pieza aledaña y sumando mesas para tomar café o comer y, a  veces, escuchar recitar o cantar unos tangos.
No conocí el almacén antes de la modificación, pero puedo asegurar que si Leila (hija de Julio y nieta de Mohamed) no me lo contaba es imperceptible. El resto de la carpintería, estanterías, adornos, publicidades, son las originales y propias de la casa de una misma familia a la que no se la han hecho cambios significativos en 80 años.
Entrar al Almacén Julio a tomar algo o comer es un privilegio insospechado en una Buenos Aires de mutaciones permanentes. Los vecinos de Floresta tienen allí un auténtico templo de cultura barrial originaria. Y los que vayan de compras por la zona y no lo visiten se habrán perdido la oportunidad de entrar en la vida de uno de tantos inmigrantes que poblaron nuestra ciudad y que todo lo que tiene para contar lo preserva en su lugar, con los aportes lógicos para que además de las compras diarias de pan, fiambres, etc. se pueda pasar un rato acogedor sin puestas falaces o guiones poco creíbles.
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Imagen: Esquina del Almacén  Julio en Concordia y Aranguren.
Nota y fotografía tomadas del blog Café contado.

17 jul. 2014

Tor: clásicos, literatura y policiales por moneditas



(De Víctor O. García Costa)

Tor es el apócope del apellido de Juan Carlos Torrendell, nacido en Palma de Mallorca en 1895, que usó para denominar la editorial que fundó en Buenos Aires y que es motivo de esta crónica.
Juan Carlos Torrendell era hijo de Juan Torrendell, también nacido en Palma de Mallorca el 31 de agosto de 1869 y que habría de morir en Buenos Aires el 12 de marzo de 1937. Comenzó a publicar en el Semanario Católico de su ciudad natal, que dirigía José Miralles y Sbert (1860-1947). Miralles y Sbert, ordenado sa­cerdote en 1884, obispo de Lleida (1914), de Barcelona (1925) y de Mallorca (1937), enrolado en el clero franquista y que regis­tra en su haber la bendición de aviones italianos que llegaron para intervenir en la Guerra Civil Española, masacrando al pueblo español.
Juan Torrendell, seminarista frustrado, después de pu­blicar en La Almudaina, de Palma, llegó a Montevideo, República Oriental del Uruguay, en plena juventud, para dedicarse al periodismo y a la crítica literaria. Comenzó su labor en El Día, de Montevideo, firmando sus artículos con el seudónimo de "Blan­dengue". En esa ciudad dio a luz su primer libro: El picaflor, novela de costumbres sociales (1891), al que siguieron La ley y el amor, drama (1894), Pimpollos, novelitas breves (Barcelona, 1895), Currita Albornoz, comedia inspirada en Pequeñeces del sa­cerdote Luis Coloma (1851-1915) -estrenada en el Teatro Principal de Barcelo­na y en el Teatro Princesa de Madrid-, La familia Roldán, come­dia (1898) y dos obras de teatro, en catalán: Els encarrilat (drama estrenado en el Teatro Novedades de Barcelona, 1901) y Els dos esperits (drama estrenado en el Teatro Español de Barcelona, 1902).
 Don Juan Torrendell regresó a España y en Barcelona pu­blicó sus trabajos en La Ilustración Ibérica, dirigió La Última Hora y el semanario Fígaro, fundó y dirigió La Nova Palma y La Veu de Mallorca. En Barcelona  fundó La Cataluña, revista que apareció entre 1907 y 1910 para difundir el pensamiento de Soli­daridad Catalana. Se vinculó al político y economista Francisco de Asís Cambó y Batlle (1876-1947), el mayor inversionista en la Compañía Hispano Argentina de Electricidad,  CHADE, antecedente de la CADE,  -fallecido en Buenos Aires- y apoyó sus campañas desde La España Grande. En 1910 regresó a Montevideo donde fundó El Co­rreu de Catalunya y en 1912 se afincó en Buenos Aires vinculándo­se con los ambientes literarios de su tiempo. Así, fue redactor de El Diario Español y colaboró con las revistas Nosotros y Atlántida, especialmente como crítico literario. En Buenos Aires publicó El año literario (1918), con prólogo de Constancio C. Vigil (1876-1954), Los concursos literarios y otros ensayos críticos (1926), La literatura catalana  en su actual renacimiento (1928), Las lenguas de España (1933) y Crítica menor, en dos tomos, aparecidos en 1933 y 1934, respectivamente. Durante seis años integró el Jurado de los Con­cursos Municipales de Buenos Aires.
Su hijo Juan Carlos Torrendell, como decimos, motivo principal de esta nota, nació en Palma de Mallorca el 25 de oc­tubre de 1895 y murió en Buenos Aires el 11 de enero de 1961. Tenía 12 años cuando vino a Argentina y rápidamente se vinculó con las actividades relativas al libro. Trabajó en la librería La Facultad, de Juan Roldán, que importaba libros de España y que hacía, también, de editorial, con local en Florida 359. El 16 de junio de 1916, a los 20 años de edad, fundó la Editorial Tor, que revo­lucionó la producción editorial, con talleres en Río de Janeiro 760.
El sello editorial era una suerte de escudo con una barca en medio del oleaje y con una leyenda que decía: Contra viento y marea y así fue su labor editorial.
Tuvo locales de venta al público en la calle Florida y, también en la calle Maipú. Durante una crisis financiera, instaló en su local una gran balanza y ofreció y vendió libros por kilo: 1 kilo de libros m$n 1, y 2 kilos de libros m$n 1,50. Esta mo­dalidad fue muy criticada por la Academia Argentina de Letras, que se oponía a que el libro se vendiera como cualquier mercancía de almacén.             
Las ediciones de Tor eran económicas, en papel diario, con tapas en papel satinado y con dibujos  anónimos en colores. Alguna vez, con los cantos coloreados.
Entre sus “exclusividades” estuvieron las novelas román­ticas de M. Delly, César Duayen y Pedro Mata, las poesías de Ama­do Nervo y las obras de Anatole France, Manuel Gálvez, Knut Ham­sun, Giovanni Papini, Marcelo Peyret, Eça de Queiroz, Eduardo Za­macois, Stefan Zweig, entre muchos otros.
Entre esa literatura romántica, resubida de tono para su tiempo y hoy más pálida que el rostro de Manón, publicó El árabe y El hijo del árabe, de F. M. Hull, con cuyas lecturas muchas jovencitas soñaban ser ellas la raptada Virginia Mayo, llevadas a las are­nas calientes de Arabia y poseídas por estos poderosos persona­jes, y que mi hermana Nieves leía a escondidas de mis padres, seguramente con iguales esperanzas,  lectura que yo usaba como factor de extorsión para que pusiera la mesa y levantara los pla­tos y que ella me devolvía amenazándome con decir a mis padres que yo, a los 8 años, fumaba y guardaba el atado de "Combinados" en el ropero, en un bolsillo interior de mi sobretodo. 
Tor editó, del citado Marcelo Peyret: Alta Gracia, Car­tas de amor, Mientras las horas pasan, Padre nuestro y, sobre to­do, Los pulpos, cuya lectura era conceptuada como alta y grave­mente pecaminosa, casi delictual. En esa misma onda, también pu­blicó Naná,  novela de Emilio Zola y Safo de Alfonso Daudet, cu­yas lecturas eran pecado mortal.
También editó y difundió Mi Lucha, de Adolfo Hitler, El fascismo, de Benito Mussolini y Mirando adelante de Franklin De­lano Roosevelt.
Dentro de la colección El Pensamiento Argentino publ­icó, de Juan Bautista Alberdi, Las Bases y El crimen de la gue­rra; de Agustín Álvarez, ¿Adónde vamos?, El mundo moral, Historia de las instituciones libres y La transformación de las razas en América; de Miguel Cané, Juvenilia; de Godofredo Daireaux, Los milagros de la Argentina, de Esteban Echeverría, El matadero; de Domingo Faustino Sarmiento, Facundo, Recuerdos de provincia y Viaje a los Estados Unidos; de José María Ramos Mejía, Las mul­titudes argentinasSimuladores del talento; de José Ingenie­ros, El hombre mediocre, La simulación en la lucha por la vida, Las fuerzas morales, Hacia una moral sin dogmas, Las doctrinas de Ameghino, La locura en la Argentina; de Manuel Gálvez, Vida de Sarmiento, Vida de Rosas y Vida de Hipólito Yrigoyen, además de Nacha Regules, Historia de arrabal y otras, de Julio y Rodolfo Irazusta La política británica en el Río de la Plata; de E. M. S. Danero, Toda la historia de las Malvinas.
También editó los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, un relato novelado de la historia de España, y lo hizo en una gran cantidad de tomitos accesibles al bolsillo popular.
Entre las exclusividades de Tor estaba la Colección En­canto de cuentos encuadernados ilustrados, para niños y adoles­centes, iniciada con Simbad el marino y al que seguían Pulgar­cito, Alicia en el país de las maravillas, Gulliver en el país de los enanos, Aladino y la lámpara maravillosa, Caperucita Roja, El Príncipe Copete, Piel de asno, Alí Babá y los 40 ladrones, etc.
En la década de los años '40, para su Colección Los Maestros de la Música, editó las biografías de Beethoven, Wagner, Gounod, Verdi, Massenet, Mozart, Schubert, Schumann, entre muchas otras.
Hacia la década de los años 50 publicó la Enciclopedia de Gómez Nerea-Feud, con 10 títulos iniciados con Freud y el chiste equívoco y concluidos con Freud y su manera de curar.
En el área de las novelas policiales Tor editaba las Aventuras de Mister Reader, con una producción de una aventura por semana. Mister Reader era, aparentemente, un anciano policía de Scotland Yard que transitaba los sórdidos barrios londinenses y que sólo usaba como arma un pedazo de cubierta neumática que llevaba dentro de su infaltable paraguas, que jamás abría, y que estaba muy vinculado a algunos viejos delincuentes retirados que le pasaban información, uno de ellos apodado "el Ratón". Todos los adolescentes de mi generación disfrutábamos con las andanzas de Mister Reader y, alguna vez, con libritos de la Colección Ras­tros que publicaba Acme Agency, pero que era algo más cara. Los policiales del Séptimo Círculo, que editaba Emecé, no estaban al alcance de nuestros jóvenes escuálidos bolsillos.
Recuerdo una dura polémica sobre los libros de Tor, en medio de otra polémica mayor, de carácter político, desatada en el seno del Partido Socialista después del golpe militar de 1955 y antes de las elecciones presidenciales de 1958. Las cabezas vi­sibles de esa polémica eran, por un lado, el profesor José Luis Romero (1909-1977) y, por otro lado, el profesor Américo Ghioldi (1899-1985). La confrontación incorporaba polemistas de ambos lados, cuyas largas tiradas recogía el órgano oficial del Parti­do, La Vanguardia, que por entonces dirigía la doctora Alicia Mo­reau de Justo (1885-1986).
José Luis Romero, historiador e investigador depurado, cuestionaba a sus contrincantes políticos, devenidos en contrincantes literarios, porque en sus citas mencionaban las ediciones de Tor, aduciendo que las traducciones no eran exactas y que no siempre los textos estaban completos, lo que ponía como locos a los "ghioldistas" que sostenían que Romero, profesor uni­versitario y ex Rector de la Universidad de Buenos Aires, debía de tener buenos recursos como para comprar otras ediciones más cuidadas, pero que los trabajadores socialistas apenas podían acceder a la lectura gracias a los libros de Tor.
En lo personal, debo decir que desde que me interesé por los libros, sobre todo en los primeros tiempos en que conté con algunos recursos de un remanente que me quedaba de mi sueldo como cadete -civil o administrativo- de la Municipalidad de Bue­nos Aires, no sólo compraba libros de Tor, sino también de Calo­mino, libros muy baratos que rara vez superaban los m$n 0,50 el ejemplar. Usados, en las mesas de saldos, se compraban por m$n 0,10 y m$n 0,20.
Cayetano Calomino, a quien también es bueno recordar, editor de La Plata, en la calle 7 Nros. 152/66, publicó para una Biblioteca de Cultura Integral, obras de Plejanov, Stalin, Glas­ser, Engels, Lenin, Marx, Sobolev, Serafimovich, Shestakov, Glad­kov. Liebknecht, Luxemburgo, Schire, etc. y, para su colección Ediciones Populares Calomino, obras de Rilke, Wolf, Delly, Fran­ce, Stendhal, Wilde, Turguenev, Maupassant, Balzac, Gorki, Puschkin, Bjoernson, Queiroz, Chateaubriand, Loti, Dostoievski, Conan Doyle, Bocaccio, Daudet, Darío, Andreiev, Berlioz, Kuprin, Voltney, Verlaine, Zola, Poe, etc.
 Juan Carlos Torrendell tuvo 7 hijos: Carlos Enrique, Jorge Mario, Ofelia Margarita, Miguel Ángel, Juan Carlos, Julio César y Ana María, vivió en Vicente López muchos años y murió en Buenos Aires el 11 de enero de 1961.
En las páginas de los libros de Tor, los jóvenes de mi generación, que trabajábamos y estudiábamos y por entonces poco o nada sabíamos de cuidadas ediciones, tuvimos la posibilidad de conocer a los clásicos de la literatura universal y argentina. De ahí que siempre haya tenido para Tor, como para Calomino, un afectuoso y agradecido recuerdo. Tanto es así, que a pesar de tener de esos libros en buenas ediciones, atesoro cientos de libros del sello editorial  Tor y los conservo impecables.
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Imagen: Librería de la editorial Tor en la calle Maipú, en Buenos Aires.
Material tomado del periódico barrial  ABC.Almagro+Boedo-Caballito.

11 jul. 2014

Sodoma al sur



(De Mario Sabugo)

Como la Nada, el Vacío y otras negaciones, el Desorden es –también– un seudoconcepto; y cualquier escéptico de ello puede recorrer y revisar la “Evolución creadora” de Bergson, en busca de una fundamentación profunda.
Aquí, para nuestro tema, interesa más que nada lo que implica ese seudoconcepto en relación a la ciudad.
Ante todo, deberíamos quitar del asunto la idea de “perversidad”, que es poco pertinente, indemostrable y, en todo caso, poética. Lo de la “ciudad perversa” puede comprenderse como un grito de batalla metafórico, pero no tiene ninguna utilidad operativa. No hay ninguna relación lógica entre “ordenamiento” y “perversidad” ya que no es difícil imaginar –ni encontrar– realidades urbanas (y no urbanas) muy ordenadas y a la vez completamente perversas. La perversidad puede subsistir a pesar de que se tenga buen asoleamiento, visuales amplias o privacidad.
Sodoma y Gomorra pudieron ser igualmente ordenadas o “desordenadas”. Y si nuestra Buenos Aires fuera, por desgracia, esencialmente “perversa” no se corregiría con la más ingeniosa planificación física; el Señor no castigó a Sodoma y Gomorra con autopistas o determinados factores de ocupación del suelo, sino que optó –directamente– por el azufre y el fuego. 
Es también necesario insistir en que la idea de “la ciudad como caos” es una idea históricamente constante: nos la encontramos en la oposición de Platón contra Atenas y en los conflictos feudales-burgueses; en los anacoretas y en sus recientes émulos “hippies”; se la reconoce en la reseña de los Withe titulada El intelectual contra la ciudad, que exhibe en esa postura a tantos pensadores yanquis entre Emerson y Wright; algo de ello aparece, entre nosotros, en un Martínez Estrada.
El seudoconcepto del “desorden” es inconveniente porque nos limita y nos separa de lo real: buscamos el orden “a”, no lo reconocemos, decimos que hay “desorden” y concluimos la operación. La ciudad verdadera, por el contrario, tiene un orden “x”, un orden distinto, que no hemos comprendido, porque hemos supuesto (“a priori”) que el único orden posible era el que buscábamos. Así se acaba suplantando lo que existe por la sombra de una idea.
Por otra parte, y así como se dan, en potencia, tantas órdenes como ciudades, en rigor todos ellos (el orden “a”, el orden “x”, el orden “n”) son relativos; no siendo lo mismo la “ciudad” para el porteño que para el neoyorquino, para el correntino o para el veneciano.
Precisamente por esta relatividad de las visiones y experiencias urbanas (paralela a la relatividad de las visiones filosóficas, históricas e incluso científicas), es que los enfoques no pueden dejar de ser, inevitablemente, subjetivos.
Se podrá, a lo sumo, distinguir si la subjetividad es individual o colectiva. Pero no es aceptable que dejemos de lado nuestro propio existir, nuestras historias y afectos cuando debemos tratar el tema del ambiente en que vivimos. Desentenderse de lo relativo, de lo subjetivo, es la misma cosa que suponer que existiría un solo orden universal –y solo uno–  válidos para las ciudades.  
Piénsese, por ejemplo, en los tipos (o sea, los órdenes) urbanos magistralmente esbozados por Chueca en su Breve historias del urbanismo: lo anglosajón, lo mediterráneo clásico, lo islámico, son irreductibles entre sí. Y ante el último, ante la ciudad islámica, nos sentimos siempre tentados de calificar como “desorden” lo que es irregularidad, manera de constituir un grupo de viviendas o determinado uso y concepción de lo público.
Las relatividades no sólo se expresan en distancias kilométricas; entre muchos  planes destinados a ella y la Buenos Aires real también está la distancia de muchos miles de tangos jamás escuchados.
El seudoconcepto del “desorden” conduce casi siempre a ciertas prácticas muy conocidas. Se niega el orden verdadero, el orden porteño, y todo se refiere luego a un orden universal, que se intenta introducir por la ventana, a caballo del mayor o menor prestigio del proponente. Se trata, como lo expresaba Ramón Gutiérrez en S.C.A. de “superponer” planes sobre la ciudad concreta, recordando lo sucedido con los planes ingleses y franceses del siglo X IX, e incluso los más cercanos de Bonet y Kurchan.
Al estilo del Moisés que desciende del Sinaí con las Tablas del la Ley, se exige a “la gilada” que abandone, de una vez por todas, el becerro dorado del eclecticismo y el trazado indiano; con la pequeña “diferencia” de que ninguna voz divina resonó en los congresos del CIAM, muchos de cuyos productos urbanos son cabal demostración de tal silencio. El “orden”, aunque no lo explicite la arquitectura Dodero, está sin embargo denunciado por la torre proyectada por Williams en el ‘48, cuya prole se expone a la consideración del público en el área de Catalinas Norte.
Finalmente, son dignos de comentario otros conceptos de la arquitectura Dodero, que se pueden relacionar con todo lo anterior. En primer término, el concepto de “down-town”, sector que –infructuosamente– podemos tratar de rastrear consultando mapas, guías, tacheros y centros de información, sin que nadie pueda aclarar por dónde se lo encuentra en Buenos Aires, no dejando por ello, el “down-town” de ser un magnífico nombre para “discoteca” o restaurante finísimo en la zona bancaria; siendo mucho menos grave la importación de conceptos para estos frívolos fines que para la teoría de la ciudad. En segundo término, es notable la crítica de la arquitectura Dodero al Barrio Norte si se tiene en cuenta que Odilia Suárez ha sostenido últimamente (en la S.C.A. y en “Summa”) que ese barrio es una “excelente alternativa residencial”, lo que haría lamentable que fuera invadido por las oficinas del Área Central en expansión; proponiendo a cambio que ese crecimiento se oriente hacia el Barrio Sur, eliminando las regulaciones actuales. Y si, como es probable, la arquitectura Dodero piensa también en el Barrio Sur cuando nos habla acerca de “down-town” o de sectores “desjerarquizados y obsoletos” cercanos al Área Central, comprobaríamos que dicha parte de la ciudad se revela como una víctima predilecta del moderno orden universal, fuera por los argumentos que fueren (con Barrio Norte malo o Barrio Norte bueno): “Palos porque bogas, palos porque no bogas”. Víctima predilecta, el Barrio Sur,  que acelera día a día el apetito de los “ordenados” y sus topadoras, porque, precisamente, no calza bien en los moldes universales: no es históricamente homogéneo, produce una discontinuidad en aquella expansión central, y todo lo que se declara habitualmente mientas se guarda en la manga la última adaptación del  Plan Voisin.
No hay en Buenos Aires, como en ninguna otra parte, un “desorden”; no hay un orden específico, relativo a su gente y a su historia. Orden porteño que no deja de existir porque no lo comprendamos, ni tampoco porque tenga los innumerables defectos que todos reconocemos, pero que se podría intentar corregir sin abandona su esencia, su identidad. 
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Imagen: Destrucción de Sodoma y Gomorra. (De un grabado medieval).
Nota tomada del libro: La ciudad y sus sitios, de Rafael Iglesias y Mario Sabugo; Bs. As, 1987.                                                                                                                                                                                                                                                                                        

10 jul. 2014

Berretín



(De Enrique Cadícamo)

Nada tengo que hacer en la rueda del feca
ni en la alegre tenida de las barras nocturnas.
Mi berretín fue siempre agarrar una lleca
y andar monologando con mi alma taciturna.

Aunque fulero el viaje, siempre me abro soñando
y nunca espero nada sentada en una silla.
Tengo alma de jaliva y siempre voy buscando
sensación de distancia. Soy campeón de la milla.

Yo sé que en este tren de taco, suela y punta,
no he de encontrar la nami que haga conmigo yunta
pa curar mis fatigas de neura y andarín.

Pero igual sigo tras de ese imposible ansiado
y añorando mis tiempos de cuando era soldado
de un  hombro al otro echo mi loco berretín.
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Imagen: Enrique Cadícamo (Foto tomada del sitio malena-tango.com)

9 jul. 2014

Barquilleros


 (De Enrique Espina Rawson)

 Parece que en España todavía existen. En Buenos Aires hace rato que no se los ve más. Hasta la década del 40, quizás algo de los 50 su presencia era habitual en las plazas y luego, paulatinamente la especie se fue extinguiendo sin que ninguna asociación conservacionista denuncie su extinción.
Enfundados en un largo guardapolvo y gorra gris, anunciaban su llegada haciendo sonar un triángulo de metal, para atraer la atención de la clientela menuda. No hacía falta, por cierto. Su presencia era detectada sin necesidad de aviso de ninguna índole.
El barquillero -tal era su apelativo y su oficio- portaba ceremoniosamente un recipiente de metal, de aproximadamente un metro de alto, cilíndrico, muy parecido a los rojos buzones de la esquinas, que colocaba en el suelo mientras era rodeado por los chicos, que pugnaban por ser atendidos.
Pero digamos primero, para quienes no saben, que era el barquillo. Consistía en una masa de harina de maíz tostada, sin levadura, confeccionada con miel y huevo. Es la misma, a muy parecida, a la de los cucuruchos de los helados. En aquellos años, de placeres infantiles más modestos, esta golosina, superada hoy infinitamente por toda clase de combinaciones del consumismo, constituía una verdadera y codiciada atracción.
Según parece, el nombre de barquillero y barquillo, proviene del hecho que los primeros productos- imaginamos que en España- tenían una forma curvada similar a la de un bote, y de ahí devino el característico nombre, y, lógicamente, quien vendía barquillos no podía ser otra cosa que barquillero.
En Buenos Aires, aún cuando persistía la denominación original, el diseño había sufrido modificaciones importantes, ignoramos si por afán de modernidad, o por simples cuestiones utilitarias. En efecto, el mítico barquillo original se había convertido en una redonda plancha de masa replegada sobre si misma, casi como un cartón doblado, y su superficie estaba marcada por una cuadrícula en relieve, sin duda producto del molde sobre el cual se cocinaba. Lamentablemente, la historia, tantas veces ingrata con los precursores, no ha registrado el nombre del innovador que introdujo esta nueva técnica, como tampoco el de quien imaginó la novedosa estratagema que impulsó considerablemente las ventas.
En efecto, la astucia de este ignorado talento de las finanzas, seguramente inspirado en la vieja máxima que nos aconseja unir lo útil con lo agradable, lo hizo avanzar un paso más allá, y en un rapto de genio, entrevió la clave del éxito: vinculó la nutrición con el juego.
El negocio funcionaba así. El niño pagaba un único precio, digamos 10 centavos, y con este sencillo requisito ya estaba en condiciones de participar. Como hemos dicho, y esta es la clave, el recipiente era cilíndrico, de un diámetro que podríamos calcular en unos cuarenta centímetros, y en la tapa tenía instalada una especie de ruleta.
Creemos recordar que en el borde seccionado del artilugio, en vez de los números de las ruletas verdaderas, tenía espacios alternados numerados del 1 al 3. El reglamento de la casa era muy simple: el consumidor o jugador, como se prefiera, debía accionar el eje central que giraba adosado a una lengüeta larga, que finalmente se detenía en alguno de los casilleros mencionados.
Quien lograba el número 3 tenía, además de los tres barquillos, la satisfacción inenarrable del triunfador, seguramente similar a la de los legendarios jugadores que alguna vez lograron desbancar al Casino de Montecarlo; algo menos para quienes embocaban el 2 y el que sacaba el 1 quedaba conforme, porque al fin y al cabo, era el precio básico del barquillo. En suma, en última instancia nadie perdía, y todos se retiraban contentos a saborear el inefable barquillo y siempre se podía volver a tentar fortuna, si se contaba con el capital necesario. Algún moralista podría objetar que se estaba iniciando a la niñez en los escabrosos senderos del vicio al vincularlos a tan temprana edad con la compulsión del juego, pero no creemos que la desaparición de este personaje de las plazas porteñas se deba a una denuncia de esta índole. Simplemente se ha extinguido por el cambio de las costumbres, de los gustos, de la vida, en definitiva.
En algunas plazas existen ahora kioscos o carritos con venta de bebidas y panchos que, desde luego, no tienen nada que ver con nuestro injustamente olvidado barquillero y la precursora e inocente ruleta sin bolilla, que deleitó a varias generaciones de chicos porteños.
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Imagen: Barquillero.
Nota tomada de la página Fervor x Buenos Aires.

5 jul. 2014

Monumento a la Cordialidad Argentino Uruguaya



(De Miguel Ruffo)

En 1936, en ocasión de festejarse el cuarto centenario de la Primera Fundación de la ciudad de Buenos Aires, en la misma se erigieron o comenzaron a erigirse algunos monumentos. Uno de ellos es el de la “Cordialidad Internacional” o “Cordialidad Argentino Uruguaya” que le fuera obsequiado a la ciudad de Buenos Aires por su vecina de la otra orilla del Río de la Plata, la ciudad de Montevideo. La iniciativa para la erección de esta magnífica obra de arte surgió del Rotary Club de Montevideo en septiembre de 1935. Para llevarla adelante constituyó un “Comité Pro Monumento a la Cordialidad Internacional de la ciudad de Montevideo a la ciudad de Buenos Aires”, organizando una colecta popular para recaudar los fondos necesarios. Se recolectaron $ 10.272 que fueron entregados a la Municipalidad de Montevideo, que cubrió la diferencia necesaria hasta redondear los $ 40.000. Se convocó a concurso para premiar a la obra ganadora, que resultó ser el trabajo presentado por el escultor Antonio Pena y el arquitecto Julio Villamajó. En la actualidad el monumento se levanta en Parque Lezama frente a la avenida Martín García. Esta formado por una pequeña embarcación, de la que se destaca la proa, con una columna rostral al centro y una escultura, denominada “La Ofrenda” a modo de mascarón de proa. La columna que es el eje de la composición tiene cuatro metros de diámetro y quince metros de altura y esta asentada sobre la nao, que presenta dos alerones que tienen grabados “caballos marinos”. El conjunto de la obra nos remite a la antigüedad clásica. En la parte anterior de la columna están representadas un conjunto de constelaciones del cielo austral que brillaron el día de la fundación de Buenos Aires y también algunas constelaciones zodiacales: Aries, Acuario, Sagitario, Escorpio y Capricornio. Recordemos que las constelaciones recibieron sus nombres antes de que los hombres distinguiesen su condición de zodiacales en la antigua Grecia. Sus denominaciones hacen referencias a las historias o cuentos que escuchaban por las noches en torno a un fogón narradas posiblemente por un anciano de la comunidad. Es así como el cielo representado en la columna nos remite a antiguos lenguajes cosmogónicos. Pero aquí no se agotan los lenguajes de la columna. En la parte posterior, en el registro superior, están representados los conquistadores españoles enfrentando a un grupo de aborígenes. Entre los españoles, distinguimos a don Pedro de Mendoza a caballo con la cruz en la mano. Sobre las cabezas de los españoles están las carabelas con las que hicieron la travesía transoceánica. Es el momento de la conquista. En el registro medio, pasamos a otro momento de nuestra historia: el de la independencia y entre los personajes representados se encuentran Manuel Belgrano enarbolando la bandera y José de San Martín con su sable. También están representados en forma sedente: Domingo Sarmiento y Juan B. Alberdi. Finalmente, en el registro inferior, se representa al Río de la Plata, que une a las dos ciudades, coronado por dos doncellas que representan el Paraná y el Uruguay. Cierran la composición dos figuras femeninas, que portan los escudos de ambas ciudades. Asimismo, este lenguaje histórico es rematado por otro de características naturales, con la representación de un yacaré y diversos peces; así como también ostras, valvas, hipocampos, cangrejos, langostinos, etc.
Más arriba señalamos que otro componente del monumento era la escultura femenina denominada “La Ofrenda” que nos hace recordar a la “Victoria de Samotracia” en el Museo del Louvre en París. La columna rostral y la escultura descansan sobre una pequeña embarcación, a la que el autor le dio el carácter de esquife (pequeño barco que llevan los navíos para desembarcar en las costas). La nao representa la unión de ambas capitales por medio de la navegación del Río de la Plata.
Como ya señalamos, “El Monumento a la Cordialidad Internacional” conocido también como “Monumento a la Cordialidad Argentino Uruguaya” se levanta actualmente en el Parque Lezama, que es el “Parque Fundacional” de la ciudad de Buenos Aires.
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Imagen: Vista de un fragmento del  Monumento a la Cordialidad Argentino Uruguaya, emplazado en el parque Lezama, sobre la vereda que da a la avenida Martín García.

4 jul. 2014

Zoom histórico: Bar "La Giralda"


 (De Gabriel Luna)

En 1650 la avenida Corrientes no era avenida ni tenía nombre, ni siquiera era calle sino un sendero desdibujado entre pastizales que crecían mucho más rápido de lo que tardaba en formarse una huella. En 1729 Domingo de Acasusso fundó un templo donde hoy está el obelisco; y el sendero, ya más transitado por lavanderas que iban o venían del río, carretas tiradas por bueyes, feligreses junto a la iglesia, y esclavas negras vendiendo empanadas y churros crocantes, tomó el nombre del templo: calle de San Nicolás. En el tiempo de las Invasiones Inglesas, la heroica resistencia de los vecinos impidió que ondeara el pabellón inglés en el templo. Hubo tertulias apasionadas de muchachos románticos de pelo largo y patillas espesas que querían cambiar el mundo. El afán libertario hizo que en 1812 flameara por primera vez en la ciudad la bandera celeste y blanca desde la torre de la iglesia San Nicolás. En 1822 nuestra calle se llamó Corrientes, en honor al protagonismo que tuvo esta provincia en las guerras de la Independencia, y se le asignó un ancho de 30 varas y el rango de avenida. En 1882 llegaron el alumbrado eléctrico, los teléfonos, y los tranvías tirados por caballos. Se tendían a lo largo de la avenida lámparas blancas y celestes para los festejos de los aniversarios patrios, que se iniciaban con un desayuno de chocolate con churros. Corrientes era la calle de los comercios, los cafetines, las confiterías de tertulias y de orquestas típicas, las librerías, y los teatros célebres. Tal fue el caso del teatro “Politeama Argentino”, que funcionó entre las calles Paraná y Uruguay, donde José Podestá hizo una grandiosa puesta de Juan Moreira en 1884, y Sara Bernhardt hizo Fedra en 1886. San Nicolás crecía, 1908 fue un año de opulencia, se inauguraron el teatro “Colón”, la Plaza Lavalle, y el Palacio de los Tribunales. Siguiendo la línea estética del academicismo francés, algunos vecinos encargaron suntuosas residencias o casas de rentas. Fue así, que el arquitecto Carlos Nordmann construyó frente al Teatro “Politeama” un bello edificio de cinco pisos, con mansarda y remate en cúpula imperio. 1930 (año de crisis bursátil y dictadura militar). Un andaluz, Francisco Garrido, instaló una sencilla lechería en la planta baja del edificio Nordmann, la llamó “La Giralda”. Pensó sin duda en la torre de la Catedral de Sevilla y tal vez, exagerando, en la cúpula imperio del propio edificio. 1936: se ensanchó Corrientes, “un juego de calles se da en diagonal” -como dice el tango- y del cruce de las diagonales surgió el Obelisco, “ese pedazo de tiza en el pizarrón de la noche”. Al lado de “La Giralda” se instaló un restorán de lujo: “La Emiliana”. En 1951 Antonio Nodrid compró “La Giralda”, conservó el nombre, la marca de chocolate del andaluz: “Colonial”, y la tradición de los churros. En 1960 y 1970, Corrientes amplió su oferta al público, ya era “la calle que nunca duerme”, a los teatros se sumaron los cines y a los bares las pizzerías y las parrillas. Se convirtió en calle de bohemia y paseo obligado de familias los fines de semana. “La Giralda” fue un bar abierto las 24 horas, atendía durante el día a los oficinistas y abogados de Tribunales, y por la noche a muchachos de pelo largo, pantalones de campanas, poleras negras o camisas búlgaras, y a muchachas con ponchos o faldas indias, camisolas estampadas o túnicas, bolsos tejidos y sandalias de cuero. Leían Rayuela de Cortázar, Eros y Civilización de Marcuse, El Hombre Nuevo del Che, a Sartre y a Fromm, a Benedetti y a Girondo, a tantos otros… Querían cambiar el mundo. Hoy no está “La Emiliana” ni el teatro “Politeama” pero La Giralda sigue en pie atendida por los hijos y la nieta de Antonio Nodrid, y no ha caído en la moda posmoderna ni en otras decadencias, es fiel a sí misma, tiene el aspecto de hace cincuenta años. Al frente una ventana guillotina, una vidriera con chocolates, y entre ellas, la puerta de dos hojas. El piso es de granito, paredes cubiertas de azulejos blancos -como corresponde a las lecherías- y más arriba muros color beige. Cuatro aparatos de tubos fluorescentes y cuatro ventiladores de techo.A la izquierda el largo mostrador de madera, cinco campanas de vidrio, la máquina de café; y a la derecha el salón con mesas de madera y tapas de mármol blanco, las sillas clásicas de bar, un cuadro de la torre de la Catedral de Sevilla. No hay mucho más, no hace falta más, la magia se produce con apenas estos elementos. Porque a más de treinta años de distancia, de persecuciones y muertes inútiles, sucede que los muchachos de pelo largo y las muchachas con ponchos y bolsos tejidos siguen concurriendo a “La Giralda”. Están con sus libros, entre chocolates y churros, escriben poemas imprescindibles en servilletas o anotadores, entre cafés con leche y sándwiches tostados, discuten y ríen, imaginan y sueñan. Quieren cambiar el mundo. Sólo cuando esto ocurra,”La Giralda” cambiará con ellos.
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Imagen: Bar “La Giralda”. (Foto tomada de www.cafecontado.com)
Tomado del periódico Vas Buenos Aires, Prensa Alternativa Porteña.

3 jul. 2014

Poeta de vida oscura y obra luminosa



(De Haydée Breslav)

 Identificado con la década de oro del tango, en su corta vida Horacio Sanguinetti produjo muchas letras notables que alcanzaron en su momento gran difusión. En la plenitud de su éxito, una cruenta historia que durante mucho tiempo se mantuvo oculta lo obligó a refugiarse en el Uruguay, donde murió.
Parecería que esa opacidad se extiende a otros aspectos de su vida: hay muy poca información respecto de ella; apenas se sabe que su apellido era Basterra. Claro que eso no interesa demasiado, pues lo importante es la obra, que está entre las más representativas de tan mentada década.
De esa obra, la primera pieza que se conoce es Morocha triste, encantadora canción criolla con música de Enrique Maciel que Corsini grabó en 1939. Tres años después Sanguinetti comenzó a desarrollar una producción copiosa –en SADAIC registró más de 150 títulos– aunque de calidad no siempre pareja, que encontró buena aceptación entre los directores de orquesta. Fue así como se hizo conocido y pronto alcanzó el favor popular.
Enrolado, como José María Contursi, en el neorromanticismo, una de las dos principales tendencias poéticas de la época (la otra era la vanguardia, en la que incursionó Homero Expósito), su lenguaje es armonioso y fluido, desprovisto de lunfardismos. No hay en su obra tropos deslumbrantes ni efusiones declamatorias: Sanguinetti apuesta a la fuerza rítmica de los versos, intensificada muchas veces por la rima interna; a la creación de atmósferas sugestivas; a la expresión sencilla de sentimientos profundos (aun a riesgo de simplificarlos).
Otro rasgo distintivo de su poética es la lograda descripción de los personajes femeninos: le bastan pocas líneas para definir los retratos de mujeres inolvidables (“Su nombre era Margot / llevaba boina azul / y en el pecho colgaba una cruz”, Tristeza marina, con música de José Dames; “De satén y color negro, la pollera / de charol y tacos altos, los zapatos / dibujando garabatos / del ritmo que se adueña / tu estampa de porteña”, Bailarina de tango, con música de Oscar de la Fuente; “Qué linda estabas entonces / como una reina de bronce / allá en el Folies-Bergère”, Moneda de cobre, música de Carlos Viván).
De entre sus muchas letras podemos destacar la milonga El barrio del tambor y el tango Alhucema, con música de Antonio Bonavena y de Francisco Pracánico, respectivamente: ambas piezas abordan el tema afroporteño y fueron grabadas por Aníbal Troilo con la voz de Alberto Marino. También se ubica dentro de esa temática el nombrado Moneda de cobre.
Con Viván compuso además los tangos El barco María, donde ya el título anticipa un doliente lirismo, y Amiga, inexplicablemente muy poco difundido, así como la entrañable Milonga para Gardel, que recomendamos escuchar en la versión de Ángel Vargas. La admiración por el Zorzal le inspiró también el tango Discos de Gardel, que lleva música de Eduardo Del Piano.
Para tres de sus mejores tangos contó con la participación musical del gran compositor José Dames: se trata del mencionado Tristeza marina (en cuya música colaboró asimismo Roberto Flores), Los despojos y Nada. En ellos el autor le da forma tanguera a la idea romántica de la melancolía: el abandono, el desencuentro y la desolación son sendas muestras de la felicidad que no puede ser alcanzada. Otro de sus grandes tangos es Barro, cuyo dramatismo es acentuado por la vigorosa música de don Osvaldo Pugliese.
En cuanto a los títulos más exitosos, podemos citar el tango Gitana rusa, con música de Juan Sánchez Gorio, y los valses Manos adoradas y Paloma, con música, respectivamente, de Roberto Rufino y Juan José Guichandut, con quien compuso además el pasodoble Magnolia triste; menor difusión que aquellos, a pesar de evidenciar mayor valor poético, alcanzó el vals El hijo triste, con música de Enrique Mario Francini. Sí calaron en la sensibilidad popular los tangos Viejo cochero y Novia provinciana, que llevan música de Eduardo Bonessi y de Pomati y García Dávila, respectivamente.
Agreguemos como curiosidad que Sanguinetti es autor de una versión española del precioso samba brasileño Risque, de Ary Barroso, que grabó en tiempo de tango Héctor Varela con la voz de Rodolfo Lesica.

"YA SE JUGÓ EL ÚLTIMO DADO DE MI SUERTE"
Durante mucho tiempo circuló entre los tangueros una historia que atañe a Sanguinetti y que nunca había salido del todo a la luz; dudamos en incluirla, pero optamos por hacerlo pues supimos que no hace mucho fue publicada. La contaremos tal como nos fue referida y confiando en que la memoria nos sea fiel.
Una noche porteña, que pudo haber sido de fines de la década del 40 o de principios de la siguiente (no hay mayores precisiones de tiempo ni lugar), Horacio Sanguinetti, desesperado, fue a ver a su amigo y colega Homero Manzi: había matado a su cuñado.
Fue en el velorio de su hermana, cuya prematura muerte Sanguinetti achacaba a los malos tratos que continuamente le infligía el indigno y golpeador marido. Irritado por gestos y actitudes de éste, en tan triste trance, se cobró con su vida la de su hermana.
Manzi, que tenía acceso al presidente Perón, le gestionó una audiencia y lo acompañó. El general anunció a Sanguinetti que le concedería una tregua de veinticuatro horas para que abandonara el país, y en su presencia se comunicó telefónicamente con el jefe de policía, el también general Arturo Bertollo, para darle las instrucciones pertinentes.
Sanguinetti cruzó entonces al Uruguay por la vía más rápida y expedita: en lancha, desde Tigre a Carmelo; así lo hacían los perseguidos políticos huyendo del peronismo.
En la otra orilla se le pierde el rastro: se sabe (se dice) que murió en Montevideo el 19 de diciembre de 1957.
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Imagen: Partituras de tres composiciones de Horacio Sanguinetti.
Nota e ilustración tomadas del periódico barrial  "Trascartón"..

Título patrimonial El Hogar Obrero


(De Claudio Fernández)
  
El Hogar Obrero Cooperativa de Consumo, Edificación y Crédito Ltda. fue una cooperativa de Argentina que tuvo una gran importancia económica y social desde su fundación en 1905 y su situación de insolvencia en 1991. Fundada por iniciativa del socialista Juan B. Justo, posee la Matrícula Nº 1 del Registro Oficial de Cooperativas del país y se caracterizó por ser la entidad decana del movimiento cooperativo argentino.
Además, el 8 de septiembre de 1910, tuvo el orgullo de ser la primera cooperativa "no europea" admitida en la Alianza Cooperativa Internacional.
Entre 1989 y 1990 era la sexta empresa más importante del país en el sector servicios y la más grande entre las privadas, con un capital de 650 millones de dólares. Alcanzó a tener casi 2 millones de asociados, una red de supermercados (Supercoop) con 300 sucursales en todo el país y 13.500 empleados. Hasta ese entonces, a través de sus propios recursos y con sus propios equipos técnicos, había construido directamente alrededor de 5.000 viviendas familiares y otorgado más de 35.000 créditos hipotecarios a sus asociados destinados a la construcción, refacción o compra de unidades de vivienda.
Por su invaluable aporte a la comunidad fue reconocida con una Mención Especial de los Premios Konex en 1988.
En 1990, durante la presidencia de Carlos Menem, la cooperativa se vio seriamente afectada por el llamado Plan Bonex, una serie de disposiciones del gobierno que llevó a la cooperativa a perder más del 70% de su capital, lo que provocó una situación de insolvencia pocos meses después.
Debido a ello, en marzo de 1991 El Hogar Obrero llamó a concurso de acreedores, para salvarse de la quiebra. En dicho concurso se estableció un plan de pago de sus deudas mediante títulos llamados Tip-Hogar, respaldados con los bienes de la propia cooperativa.
Desde entonces El Hogar Obrero continuó sobreviviendo, aunque con gravísimos problemas financieros, bajo supervisión judicial, llegando incluso a estar intervenido. Recién en 2005 el control fue retomado por sus autoridades, iniciando el proceso de normalización.

LOS TIP- HOGAR
En noviembre de 1991 se renovó totalmente el Consejo de Administración de la Cooperativa y, con el acuerdo del Juez del Concurso, se pusieron en marcha las empresas vinculadas.
Con respecto a los locales de la cadena Supercoop, se abrieron algunos de ellos, se concesionaron o alquilaron otros y los restantes se cerraron definitivamente.
En junio de 1992, se realizó la Junta de Acreedores que, con las máximas mayorías previstas en la ley 19.551, aprobó la propuesta de pago presentada por El Hogar Obrero consistente en pagar la totalidad de la deuda mediante la entrega de "Títulos Patrimoniales El Hogar Obrero" (Tip-Hogar) garantizados con un fideicomiso integrado por un conjunto de activos por igual valor. Se estableció que la equivalencia de 1 Tip-Hogar era igual a 1 peso o 1 dólar de la deuda verificada.
El Hogar Obrero entregó los Tip-Hogar y los bienes de garantía al Banco de la Ciudad de Buenos Aires, que fue nominado como Banco Administrador Fiduciario (BAF), con el triple encargo de: a) entregar los Tip-Hogar a los acreedores verificados, b) vender los bienes afectados mediante remate por licitación pública y c) al concluir las ventas de dichos bienes, distribuir el producido ("dividendo concursal") entre los poseedores de Tip-Hogar. La acción del BAF quedaba así en la órbita del Juzgado Comercial competente y bajo la estricta vigilancia de la Sindicatura Concursal. Esta solución constituyó una experiencia inédita para un Concurso de Acreedores.
Los Tip-Hogar eran Títulos Comerciales Al Portador (No Bonos) que fueron utilizados hasta el 24/03/94 para pagar hasta el 80 % del precio de compra de vehículos y bienes inmuebles (departamentos, locales comerciales, depósitos, etc.) afectados al pago de las deudas quirografarias, privilegiadas y pos concursales y también para comprar mercaderías de consumo, en los pocos locales de la ex-cadena Supercoop que operaron entre los años 1992 y 1994. Cada poseedor de Tip-Hogar los utilizó en la forma que consideró más conveniente.
Algunos pagaron parte de las compras de mercaderías en los Supercoop (al 100 % de su valor nominal), otros los vendieron al 100% en dólares a cobrar en 8 cuotas anuales, otros los canjearon por acciones de la empresa SAMAP que cotizaba en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, otros los vendieron a un porcentaje menor al 100% de su valor nominal a compradores de los bienes afectados al cumplimiento del Concurso, muchos otros que tenían hasta 500 Tip-Hogar pudieron vender, entre noviembre de 1992 y agosto de 1993, hasta 200 Tip-Hogar al 100% de su valor y, en fin, muchos otros se quedaron con los títulos en su poder.
Después del 24 de marzo de 1994, y según lo establecido en el Acuerdo Concursal homologado, los Tip-Hogar sólo servían para cobrar el "dividendo concursal" en el BAF cuando éste terminara de vender los bienes afectados a los Tip-Hogar. Por lo tanto, se producía la caducidad de los derechos de los Tip-Hogar para ser utilizados en la compra de los bienes del fideicomiso. Según lo previsto, el Tribunal debía ordenar al BAF la "liquidación de inmediato y en efectivo" de todos los bienes remanentes del activo afectado y ordenar ulteriormente el pago a los poseedores de Tip-Hogar del "dividendo concursal" que era el cociente entre los ingresos netos por las ventas de esos bienes dividido por la cantidad de Tip-Hogar en circulación al 24/03/94, que a esa fecha, según estimación del BAF, representaba aproximadamente el 47 % de los Tip-Hogar entregados a los acreedores quirografarios verificados.
Se deduce entonces que hasta esa fecha, las distintas modalidades autorizadas por el acuerdo concursal permitieron que el BAF absorbiera casi el 53 % de los Tip-Hogar entregados.
Lamentablemente, después de seis meses de oferta pública (entre el 30-03-95 y el 29-09-95), el BAF no registró ninguna oferta de compra, debido entre otros factores, a la aguda recesión imperante en esos momentos y a la exigencia judicial de pago al contado.
Las múltiples trabas a las liquidaciones previstas en el acuerdo provocaron que los valores de los bienes puestos en contrapartida de los Tip-Hogar se fueran deteriorando con el tiempo, por lo que el "dividendo concursal" ya sería sustancialmente inferior al 100 % original. Por su parte, en el período 1993-2000, El Hogar Obrero le pagó al Banco de la Nación Argentina aproximadamente 11,1 MU$S. Sin embargo no se logró cancelar la deuda y ésta siguió creciendo.
El 28 de diciembre de 1995, para desgracia de los acreedores y asociados de El Hogar Obrero, el Juez del Concurso decretó la "quiebra de oficio" de la entidad a raíz de una demanda de pago de aproximadamente $ 20.000 propiciada por un ex-trabajador de la Cooperativa. La resolución judicial de quiebra anuló todo el proceso concursal, eliminó los derechos de los poseedores de Tip-Hogar a percibir el "dividendo concursal" de la venta de los bienes afectados específicamente a tal fin. Sin embargo, poco después el Juez dictó el levantamiento de la quiebra y pudieron reanudarse las ventas.
Más allá de esto, El Hogar Obrero pasó los siguientes años  jaqueado por las sentencias que lo colocaban permanentemente al borde de la resolución de quiebra ante la imposibilidad de disponer de las sumas líquidas exigidas.
 Por aquel entonces, la entidad cooperativa ocupaba el primer lugar en el ránking de las empresas del sector privado con mayor cantidad de juicios laborales. El Hogar Obrero tenía casi 1.800 juicios que involucraban a casi 2.300 actores.
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Imagen: Título patrimonial de EHO de valor nominal de 1 peso.
La nota y la ilustración fueron tomadas del blog billetes del mundo 

2 jul. 2014

Antiguos cafés de tango del Centro



(De Diego Ruiz)

Como venía amenazando,  por fin el cronista dirige sus pasos al Centro para continuar con su recorrido de cafés de tango, tras visitar algunos establecimientos de la Avenida de Mayo que hicieron historia. Y por afán didáctico o simplemente de maniático que es, prefiere hacerlo siguiendo el orden ascendente de la numeración, para permitirle al sufrido lector ubicarse con más facilidad. No va a hacer parada en los peringundines -de mayor o menor categoría- de 25 de Mayo, que prefiere reservar para una futura serie de callejeos por boites, cabarets y otros “antros del pecado” que supieron engalanar a nuestra ciudad. Tampoco se detendrá en el Bar Reconquista, también conocido como “lo de Ronchetti”, donde Saborido creó La morocha, así que su periplo debe iniciarse en la esquina porteña por antonomasia, Corrientes y Esmeralda, donde algún cacatúa que seguramente está solo y espera, sueña con la pinta de Carlos Gardel.
Refiere el historiador Ricardo Llanes en Recuerdos de Buenos Aires que, a principios del siglo XX, esa intersección marcaba el límite de la zona elegante que tenía por eje la calle Florida y en la que se había establecido la gente “de posibles” cuando la epidemia de fiebre amarilla de 1871 la forzó a emigrar de Catedral al Sur hacia el Norte. Las familias de riqueza o apellido se afincaron en el perímetro que abarcan Cangallo, Reconquista, Esmeralda y Córdoba y que fue nuestro primer “barrio norte”, no el que actualmente recibe este tratamiento y que en realidad pertenece a Retiro y Recoleta. Todavía pueden verse, en un edificio del primer piso de la esquina suroeste de Florida y Corrientes, los frescos que pertenecieron al palacio Elortondo Alvear, local que por muchos años ocupó la casa de marroquinería Paco Mayorga y actualmente una hamburguesería que, por suerte, no tuvo la peregrina idea de taparlos con pintura o demolerlos. Esta esquina, pues, marcaba el inicio de “las luces” de Corrientes que se extendían hacia Callao casi sin solución de continuidad, y las iniciaba a toda orquesta, pues en pocos metros por Esmeralda se alzaban los teatros Odeón, en el número 367, y el Esmeralda en el 445, sala ésta que antes supo llamarse Scala y, desde el 4 de mayo de 1928, Maipo; un poco más hacia el Sur, en el 257-65, estaba el viejo San Martín y, por Corrientes, en el 699 -esquina que el ensanche demolió- se alzaba el cine-teatro Empire, en el 835 el Royal Theatre -luego Royal Pigall- y en el 860 el Ópera. En todas estas salas, tanto en obras teatrales como en espectáculos musicales, se estrenaron infinidad de tangos hoy clásicos, por lo que el almacén y bar El Guarany, ubicado en la esquina noroeste, era punto de cita casi obligado de artistas, músicos y cantantes. El escritor Bernardo González Arrili, criado en la “casa de fotografía y exposición de cuadros” de su padre, en el 838 de Corrientes, evocó en su exquisito libro Calle Corrientes entre Esmeralda y Suipacha que allá por el Novecientos: “Hacia la esquina de Esmeralda, por la vereda de los nones […] quedaba al fin un almacén, 'El Guarany'; sobre Corrientes el despacho de comestibles, sobre Esmeralda el despacho de bebidas; la puerta de la esquina, ochavada y reducida, daba a los dos despachos, separados simbólicamente por una Caja tapiada por tres vidrios. En los escaparates de Corrientes […] se mostraban, como en la mayoría de las casas del ramo, artículos de manducar, por lo general españoles e italianos […] La otra vidriera de la vuelta era una 'botillería', que a los muchachos no nos interesaba gran cosa. Lo único que alguna ocasión detuvo nuestros pasos, era el grifo de brillante metal, con tres o cuatro extremos, por donde goteaba el agua sabiamente dosificada para la preparación lenta de los ajenjos, los suisés opalinos que siempre tuvimos ganas de probar”. En este café solían parar Gardel y Razzano que actuaban en el Esmeralda, donde “el mudo” estrenó en 1917, acompañado por José Ricardo, Mi noche triste. En El  Guarany debutó en 1927 el primer sexteto de Carlos Di Sarli, integrado por César Ginzo y Tito Landó en bandoneones, José Pécora y David Abramsky en violines, Alfredo Krauss en el contrabajo y el director al piano, formación que sufrió diversos reemplazos y con la que grabó 48 temas, algunos de ellos con las voces de Santiago Devin, Ernesto Famá y Antonio Rodríguez Lesende.
A menos de cien metros, sobre la vereda de los pares y al lado del café Paulista que todos conocían como Los Inmortales,  se encontraba el Germinal, cuyo nombre podríamos atribuir a algún dueño de origen galo, ya fuera por dicho mes del calendario civil que impuso la Revolución Francesa o por la famosa novela de Emilio Zola. Más allá de estas suposiciones, pasaron por su palco en distintas épocas Pacho Maglio (¡cuándo no!), el prolífico Anselmo Aieta y Ernesto De la Cruz -los cuales hacían “doblete” con el Café El Nacional-, Elvino Vardaro, Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo.
Por la vereda de enfrente, sobre las puertas impares y frente a El Nacional se encontraba, hasta el ensanche de Corrientes, el café Los 36 billares que Ángel Pocho Gatti recordó en su tango Corrientes angosta: “Corrientes de antes, Corrientes vieja/ de muchachito me conocés,/ yo he compadreado por tus veredas/ paré en el feca Los 36”. Si bien muchos conjuntos pasaron por su escenario, el hecho más remarcable fue el debut en 1934 del sexteto de Pedro Láurenz, recién desvinculado de Julio De Caro, cuya formación venía sufriendo problemas internos desde la ida de Pedro Maffia. Láurenz no se fue solo, sino que llevó consigo al “cieguito” Armando Blasco en el segundo bandoneón, a Vicente Sciarretta en contrabajo y a José Niesso en violín, sumando a Sammy Friedenthal para secundar a Niesso y al joven pianista Osvaldo Pugliese, que hacía doblete con Elvino Vardaro en El Nacional y que también se ocupó de los arreglos. Parece que Láurenz se enamoró de esa cuadra porque cuando Los Inmortales fue reemplazado por un edificio de departamentos, en el número 922 de Corrientes, compró uno y allí vivió hasta su muerte.
El cronista ha nombrado repetidas veces al Café El Nacional, que se encontraba pared por medio con el teatro epónimo y que fuera llamado “la catedral del tango”. Según relata Jorge Bossio, hasta 1905 se llamaba Café Lloveras, cambiando seguramente el nombre al inaugurarse en 1906 la tercera sala del teatro que había sufrido variadas vicisitudes. Allí actuó en la década de 1920 el sexteto de Anselmo Aieta, con Juan D'Arienzo y Juan Cuervo en los violines, Luis Visca al piano, Alfredo Corletto en contrabajo y José Navarro en el segundo bandoneón y, en 1929, se formó el sexteto Vardaro-Pugliese con Alfredo De Franco  y Eladio Blanco en bandoneones, Carlos Campanone como segundo violín y Alfredo Corletto, nuevamente, en el contrabajo. El Nacional cerró sus puertas en 1952, mientras el palco era ocupado por la orquesta de Juan Polito, pero su semblanza sería incompleta si no se mencionara que en su salón fue concebido, una noche de 1926, el tango El ciruja. Según Francisco García Jiménez, todo fue fruto de una apuesta que le hiciera el cantor y actor Francisco Alfredo Marino al bandoneonista Ernesto De la Cruz en el sentido de que era capaz de escribir una letra totalmente en lunfardo, lo cual por entonces no era muy aprobado. Aceptado el envite, Marino aportó los versos, y con la música del morocho De la Cruz fue estrenado en El Nacional el 12 de agosto por su propia orquesta, cantándolo Pablo Eduardo Gómez que, por su parte, había sugerido el título.
El cronista encamina ahora sus pasos hacia la siguiente cuadra, en la que si bien levanta sus torres la iglesia de San Nicolás, también abren sus puertas cafés y otros establecimientos de diversiones menos santas. 
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 Imagen: Tapa del libro de Vicente Martínez Cuitiño: El café de Los Inmortales, Bs. As., 1949.
Texto tomados del periódico Desde Boedo.