26 feb. 2015

Balada de la oficina



(De Roberto Mariani)

Entra. No repares en el sol que dejas en la calle. Él está caído en la calle como una blanca mancha de cal. Está lamiendo ahora nuestra vereda; esta tarde se irá enfrente. No repares en el sol. Tienes el domingo para bebértelo todo y golosamente, como un vaso de rubia cerveza en una tarde de calor. Hoy, deja el perezoso y contemplativo sol en la calle. Tú, entra. El sol no es serio. Entra.
En la calle también está el viento. El viento que corre jugando con fantasmas. Fantasma él también, pues no se ve con los ojos de la cara, y se lo siente. El viento está jugando; ya corriendo una loca carrera por en medio de la calle; ya golpeándose las sienes contra las paredes de las casas; ya deshilándose en las copas de los árboles... f... f... f... f... El viento es juguetón como un recental; esto no es serio. Tú entra.
Deja en la calle sol, viento, movimiento loco; tú, entra.
¿Qué podrías hacer en la calle? ¿No tienes vergüenza, estúpido sentimental, regodearte con el sol como un anciano blanco, y esqueletoso, y centenario? ¿No te humilla, en tu actual situación de muchacho fornido, dejarte forrar por el viento como una hoja dentro de un remolino?
¡Y la lluvia! No te avergonzaré recordándote que los otros días estuviste tres horas ¡tres horas!, contemplando tras la vidriera del café, caer y caer y caer, monótonamente, estúpidamente, una larga, monótona y estúpida lluvia. Entra, entra.
Entra; penetra en mi vientre, que no es oscuro, porque, ¡mira cuántos Osram flechan sus luminosos ojos de azufre encendido como pupilas de gata! Penetra en mi carne, y estarás resguardado contra el sol que quema, el viento que golpea, la lluvia que moja y el frío que enferma.
Entra; así tendrás la certeza –que dará paz a tu espíritu– de obtener todos los días pan para tu boca y para la boca de tus pequeñuelos. ¡Tus pequeñuelos, tus hijos, los hijos de tu carne y de tu alma y de la carne y del alma de la compañera que hace contigo el camino! Yo daré para ellos pan y leche; no temas; mientras tú estés en mi seno, y no desgarres las prescripciones que tú sabes, jamás faltará a tus pequeñuelos, ¡los pobres!, ni pan, ni leche, para sus ávidas bocas. Entra; acuérdate de ellos; entra.
Además, cumplirás con tu deber. Tu deber. ¿Entiendes? El trabajo no deshonra, sino que ennoblece. La Vida es un Deber. El hombre ha nacido para trabajar.
Entra; urge trabajar. La vida moderna es complicada como una madeja con la que estuvo jugando un gato joven. Entra; siempre hay trabajo aquí.
No te aburrirás; al contrario, encontrarás con qué matizar tu vida. (Además de que es tu Deber). Entra. Siéntate. Trabaja. Son cuatro horas apenas. Cuatro horas. Pero, eso sí: nada de engañifas ni simulaciones ni sofisticaciones. ¡A trabajar! Si tu labor es limpia, exacta y voluntariosa –voluntariosa sobre todo–, los jefes te felicitarán. Tú estás sano; puedes resistir estas cuatro horas. ¿Has visto cómo las has resistido? Ahora vete a almorzar. Y vuelve a hora cabal, exacta, precisa, matemática. ¡Cuidado! Porque si todos se atrasaran, se derrumbaría la disciplina, y sin disciplina no puede existir nada serio. Otras cuatro horas al día. Nadie se muere trabajando ocho horas diarias. Tú mismo, dime: ¿no has estado remando el domingo once o doce horas, cansando los músculos en una labor con el agua que me abstengo de calificar por el ningún remordimiento que se obtiene? ¿Ves tú? ¡Y con inminente peligro de ahogarte! Yo sólo te exijo ocho horas. Y te pago, te visto, te doy de comer. ¡No me lo agradezcas! Yo soy así.
Ahora vete contento. Has cumplido con tu Deber. Ve a tu casa. No te detengas en el camino. Hay que ser serio, honesto, sin vicios. Y vuelve mañana, y todos los días durante 25 años; durante los 9.125 días que llegues a mí, yo te abriré mi seno de madre; después, si no te has muerto tísico, te daré la jubilación.
Entonces, gozarás del sol, y al día siguiente te morirás. ¡Pero habrás cumplido con tu Deber!
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Imagen: Una de las ediciones del libro de Roberto Mariani: "Cuentos de la oficina".

Acerca de la palabra "croto"


(De Luis Alposta)

Los apellidos han pasado, más de una vez, a formar parte del vocabulario lunfardo. Tal vez el ejemplo más notorio sea el de la palabra croto, con la que se designa al vago o linyera y también al individuo sin recursos y al falto de aptitudes, especialmente para los deportes. Dicha palabra proviene del apellido del gobernador de la Provincia de Buenos Aires, José Camilo Crotto, quien en 1920, a raíz de la mala situación económica que atravesaba el país, dispuso, ordenanza mediante, que durante la época de cosecha los braceros pudiesen viajar libremente en los trenes de carga.
Las autoridades nacionales, a instancias de las autoridades ferroviarias, perseguían a los pasajeros clandestinos entre los que se mimetizaban vagos, delincuentes e inadaptados. Fue así como el gobernador de la Provincia de Buenos Aires dispuso que aquellos que iban de un lado a otro del país buscando trabajo en las cosechas, pudiesen viajar gratuitamente en los trenes cargueros.
Viajando en esas condiciones, fueron los habitantes de los pueblos quienes comenzaron a designarlos con la expresión: “ahí van los de Crotto”, frase que pronto se acortó: “ahí van los crotos”. Y así fue como este apellido pasó a formar parte de nuestra habla popular. 
Qué me Contursi!
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Imagen: José Camilo Crotto, mostrando un manojo de lino.
La nota y la ilustración fueron tomadas de la página "Mosaicos porteños".

25 feb. 2015

Del "Salón de Recreo" al "Jardín Florida"



(De Diego Ruiz)

El 22 de marzo de 1856 se inauguró en Buenos Aires el primer local de una especie hasta entonces desconocida en la "gran aldea", el "Salón de Recreo", en la entonces calle De Representantes casi Victoria (hoy Perú e Hipólito Yrigoyen), “puerta contigua al "Club del Progreso", como decía su propaganda. Según los testimonios, era un amplio espacio cuadrado decorado al gusto de la época en el que ofrecían conciertos músicos locales de renombre, como Federico Espinosa, Dalmiro Costa, Miguel Hines, etcétera, y algunos extranjeros de gira en el país. El repertorio... la música que hoy llamamos clásica y muchos pasajes de ópera, que los concurrentes disfrutaban cómodamente sentados y bien provistos de café o refrescos que se adquirían en un sector del local. Pese al éxito de público, el diario El Nacional anunciaba, el 16 de marzo de 1858, que el Salón "va a ser cerrado en seguida (sic) por causas ignoradas, lo sentimos pues su empresario era un activo fomentador de los artistas noveles". Y efectivamente, el 18 del mismo mes entornó sus puertas, pero reapareció el 14 de julio en una nueva ubicación, "Recoba (sic) Nueva 102", o sea en la actual cuadra de Hipólito Yrigoyen que va de Defensa a Bolívar.
Este modelo comercial pronto tuvo sus imitadores: en marzo de 1860 se inauguraba el "Salón de las Delicias" en Rivadavia 333 "frente a la 'Botica del Indio'", farmacia que ocupaba las puertas 306 al 310 y hoy corresponderían al 1054, 56 y 58 si existiera esta manzana, demolida para la apertura de la Avenida 9 de Julio. A las vistas diorámicas y los números musicales diarios, este salón agregó conciertos semanales "a pedido de unas niñas y de varios aficionados" a cargo de solistas y de una orquesta de diez músicos, con una entrada general de diez pesos y de cinco pesos "para los niños". Vicente Gesualdo, cuya Historia de la música en la Argentina estamos siguiendo, cita un artículo de El Nacional del 11 de agosto de 1862, en el cual el cronista refiere que "No podrá quejarse el pueblo por falta de diversiones en los días festivos. Teatros, salones públicos, bailes, conciertos. "La Victoria", " El Colón", están concurridísimos. Los Salones de Recreo y Delicias con una concurrencia numerosa y escogida. En ellos se encuentra abrigo para librarse de la fría temperatura, consuelo en las melodías que Loreau en uno, y Espinosa en otro, arrancan para los afligidos y recreo en las excelentes vistas ópticas que están expuestas".
Buenos Aires quería diversión y estos establecimientos se multiplicaron: en 1865 se inauguró el "Salón Nacional" en Parque 271 (actual Lavalle al 800) y el 8 de septiembre del siguiente año el "Jardín de Recreo del Pabellón Argentino" en la calle Defensa, frente a la quinta de Lezama, que dirigido por un matrimonio francés de apellido Cheminard ofrecía comidas y refrescos, mientras conjuntos musicales amenizaban las tardes. Según parece, la guerra que se estaba librando contra Paraguay no afligía a los porteños, pues ese mismo año abren sus puertas el "Café Filarmónico" en Artes 179 (Carlos Pellegrini 273), que ofrecía funciones musicales entre las 19 y las 24 hs., y el "Café y Jardín de la Bella Italia" frente a la Convalecencia, lugar entonces alejado que pronto se transformó, precisamente a causa de esa guerra, en Hospital de Inválidos y años más tarde en el Hospital "Guillermo Rawson". En un sitio también "fronterizo", Palermo, se establecieron el 17 de marzo de 1867 los jardines llamados Campos Elíseos, que contaban con puentes, estanques, isletas adornadas, una glorieta circular con capacidad para 200 músicos y un salón cubierto para bailes y conciertos.
En 1868 se produce la primera variante en la evolución de estos establecimientos, al aparecer la denominación específica de "café cantante". Uno de ellos, cuyo nombre no ha quedado consignado, se anunciaba así en el diario La Tribuna del 18 de marzo de 1868: "En la calle de Cuyo 59 (Sarmiento entre las actuales San Martín y Florida) se ha abierto recién un magnífico café cantante, o mejor dicho un chiche de teatro, allí se encuentran las más calificadas bebidas que existen en el país. Por la noche se escuchan las mejores canciones por los artistas franceses que se separaron de la compañía del señor D'Hote por faltas al compromiso contraído en Francia [...]". En Cangallo entre Florida y San Martín, por su parte, el café "La Alhambra" contaba con una pequeña orquesta que ejecutaba los bailes de moda y los mozos cantaban en un improvisado proscenio, y en Corrientes 87 el café "Metropolitan Exchange" ofrecía a sus clientes "grandes conciertos todas las noches".
Pero el más importante de estos recreos fue el "Jardín La Florida", inaugurado en 1874 en Florida y Paraguay sobre una superficie de más de cuatro mil metros cuadrados, o sea más o menos media manzana, siendo uno sus propietarios Adolfo Bullrich, que en 1882 quedó como único dueño. La prensa de la época destaca sus jardines divididos en canteros, su gran pabellón, en cuyo centro se alzaba una fuente, con asientos que daban frente al palco y el sector lateral para servicio de restaurante. Hasta 1910, cuando fue demolido, ofreció conciertos y variedades aunque no para todos, pues una nota de El Pueblo Argentino del 23 de diciembre de 1879 consigna que "ha sido prohibido el ingreso de los negros en el 'Jardín Florida'". Recordemos, ya que estamos, que allí se realizó el histórico mitin del 1º de septiembre de 1889 en que los descontentos con el gobierno de Miguel Juárez Celman, acaudillados por Francisco Barroetaveña, Emilio Gouchón, Juan B. Justo, Marcelo T. de Alvear y muchos otros fundaron la Unión Cívica de la Juventud, bajo la orientación de Leandro Alem, Bartolomé Mitre, Aristóbulo del Valle, Vicente Fidel López, Bernardo de Irigoyen y otros viejos tiburones.
Hemos salteado adrede, en este recuento, al "Alcázar Lyrique", inaugurado el 14 de agosto de 1868 en Victoria 197 (actual H. Yrigoyen 811) bajo la dirección de monsieur Cheri Labrocaire, por varias razones. Aparte de ser el primero en ofrecer espectáculos de opereta francesa y donde se bailó el can-can, podríamos decir que fue el primer reducto del que se adueñó la jeunesse dorée de la época, o sea hablando en buen criollo las patotas de niños bien que, amparados por su posición social o los cargos políticos de sus padres, no sabían divertirse sin cometer cuanta tropelía les viniera en gana, sabiendo que el comisario de la sección tendría vara larga con ellos... Y generacionalmente, estos niños bien serán los padres de aquellos otros que hacia el Centenario alborotarán las noches de "Hansen", el "Kiosquito" o el "Armenonville" aunque con suerte diversa, pues la concurrencia se había democratizado y más de uno cayó ante algún advenedizo social –como Juan Carlos Argerich ante Cielito Traverso– con más fuerza en los puños o mejor manejo del cuchillo. Pero ésa es otra historia.
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Imagen: Un antiguo lugar de reunión y esparcimiento en la vieja Buenos Aires. 
Nota y foto tomadas del periódico "Desde Boedo" (Febrero 2015).

13 feb. 2015

El primer eléctrico



(De Mario Bellocchio)

El primer tren eléctrico de Sudamérica circuló hace 99 años  entre Retiro y Tigre.
Allá por los comienzos de la primera tragedia mundial el vicepresidente de la Nación, Victorino de la Plaza, tendría que hacerse cargo de la presidencia (1) por la muerte de su titular Roque Saénz Peña. A más de las réplicas que el terremoto europeo nos transmitía, acá sucedían otros hechos de magnitud que el gobierno determinaba o en los que participaba en forma directa. Se creaba la Caja Nacional de Ahorro Postal, se sancionaban las leyes de Accidentes de Trabajo y de Casas Baratas para trabajadores (2), se implementaba la Ley Sáenz Peña de sufragio universal secreto y obligatorio y se producían dos inauguraciones rimbombantes: la de la actual estación Retiro Mitre y, un año después, la partida, desde esos andenes, del primer tren eléctrico de Sudamérica que unía esa estación con la de Tigre. A ambos cortes de cinta –parece ser una especialidad de don Victorino– asistía el presidente subrayando la importancia que se le otorgaba a las inauguraciones. La primera de ellas,  la de la estación, el 2 de agosto de 1915.
El Ferrocarril Central Argentino se había visto en la necesidad de contar con una nueva estación terminal tras el incendio, en 1897, de la antigua Estación Central, la que quedaba a pasos de la Casa de Gobierno. En 1908, un grupo de profesionales británicos radicados en el país, encabezado por el ingeniero Reginald Reynolds, había presentado el proyecto que finalmente comenzó a construirse en 1909 en el solar de la avenida Maipú 1358 –hoy avenida Ramos Mejía y que se concluyó en 1914 inaugurándose oficialmente un año después. Fue una de las estaciones más grandes del mundo en el momento de su inauguración. Se trató de “un claro símbolo de la idea de progreso que sustentaba la generación del 80 y “la culminación del proyecto de tendido de los ferrocarriles, iniciado a mediados del siglo XIX, y cuya red, abierta entre las provincias y el puerto de Buenos Aires, permitió la distribución tanto de los inmigrantes cuanto de los productos agrícolo-ganaderos”.(3)
Casi exactamente un año después, el 24 de agosto de 1916, don Victorino se disponía a cortar la última cinta importante de su heredado mandato: la inauguración del eléctrico. Ya llevaba sobre su lomo las críticas que le deparó  su abierto desprecio a las celebraciones del centenario de la independencia –9 de julio de 1916– que los tucumanos atribuían a su “salteñidad”;  y la victoria de Hipólito Yrigoyen en las votaciones de abril en las que había duplicado los votos del Partido Autonomista Nacional. Léase: le quedaban escasos dos meses de vigencia presidencial para hacer historia. Así que aquel 24 de agosto de hace 99 años fue a la novísima estación Retiro a darle la señal de partida a los marrones vagones británicos de madera y a las instalaciones técnico-operativas que desde hace entonces –cinco años se venían preparando para semejante salto cualitativo del viaje suburbano, donde también se ponía en funcionamiento la provisión eléctrica, entonces ausente, entre las estaciones Canal San Fernando y Tigre “R”.
A todas estas circunstancias se agregaba el debut oficial del personal de conducción cuya preparación requirió un curso especializado en los talleres de la estación Victoria. El material rodante de origen británico (4) constaba de coches cuyas variantes abarcaban las distintas necesidades de circulación y acceso a los variados andenes del trayecto. Los había de tres puertas: una doble central y dos simples en los extremos. Y los de dos accesos dobles equidistantes de los extremos, cuya vida útil se extendió hasta su gradual renovación iniciada en la década de 1960 con su reemplazo por los vagones de origen japonés. Sin embargo para la madera original llegó el comienzo del recambio por chapa a partir de 1931 y las estructuras de tracción sufrieron distintas modificaciones con el correr de los años (5). No así los interiores que permanecieron invariables hasta el final de su servicio: asientos tapizados –la mayoría en cuero; los había de esterilla– y rebatibles para la primera clase distribuidos dos y dos a derecha e izquierda; y fijos, de espalda contra espalda, confeccionados con listones de madera lustrada para la segunda clase, tres de un lado del vagón y dos del contrario.
“La incorporación de los diferentes modelos fue progresiva, interrumpiéndose hacia 1917 a raíz de la 1ª Guerra Mundial lo que obligó a intercalar en las formaciones eléctricas coches remolcados ordinarios de los utilizados en los sectores no electrificados. Al normalizarse la entrega de vehículos en 1927 esta situación se revirtió y hasta que las obras de electrificación de las restantes líneas estuvo completa fueron los coches eléctricos los que se intercalaron en formaciones traccionadas por vapor.” (6)
Como si se tratase de una represalia de guerra, la llegada de “los japoneses” en la década de 1960 precipitó la retirada de “los ingleses” supérstites de madera. Algunos pasaron a servir como vehículos remolcados para servicio local en el San Martín o uso departamental en varias líneas. Uno, metamorfosis mediante, equipado con comandos de locomotora GAIA, inauguró el sistema push-pull en el F.C.Gral. Roca el 22 de septiembre de 1971. Otro, identificado como S.I.E.8, fue afectado al servicio interno de maniobras en los talleres Victoria. Los metálicos, por su parte, con calafateos estructurales y de color realizado en talleres locales, siguieron corriendo hasta entrada la década de 1990. Ahí irrumpió en la escena el nefasto “Yamal que para, yamal que cieya”, brazo ejecutor de una política antiferroviaria  que había sido iniciada allá lejos por Arturo Frondizi y su plan Larkin –supuestamente para sanearlos–. La agónica supervivencia de los vagones fundacionales tuvo un honroso destino social. Del 2001 al 2007, si bien funcionaron en un calamitoso estado –por el que nada se hacía para mejorarlo– como “tren blanco” o “tren cartonero”, permitía a quienes se desempeñaban en esos durísimos años, como recolectores de residuos de cartón y papel, movilizarse desde y hacia sus lugares habitacionales. En 2007, TBA decidió suspender esos servicios que se habían tornado por su precariedad –que nunca se intentó corregir– peligrosos. De aquellos revolucionarios –para la época– Vickers que inauguraron el servicio hace casi un siglo sólo queda, en buen estado de conservación, la maqueta de 80 cm. de largo que la Asociación amigos del Tranvía (7) conserva en su biblioteca. De las viejas políticas ferroviarias que vieron crecer este país social y económicamente, nos resta la esperanza de que este renacer vial contemporáneo se afiance y nos devuelva los trenes.
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Notas:
1. 10 de agosto de 1914.
2. la Ley Cafferata, inspirada por el diputado Juan Félix Cafferata, quien trasladó su apellido al barrio homónimo.
3. Estación Terminal Retiro del Ferrocarril Mitre, Comisión Nacional de Museos y Monumentos y Lugares Históricos.
4. La construcción del material rodante para este nuevo servicio estuvo a cargo de las firmas británicas Metropolitan Carriage & wagon Co, Gloucester Carriage & Wagon Co. Y Birmingham Railway Carriage & Wagon Co. (bastidores y carrocerías) y British Thompson Houston (BTH) y Metropolitan Vickers (MV) el equipamiento eléctrico.
5. Cada coche motriz contaba con un boguie motriz y otro portante, a excepción de 28 coches que fueron equipados con doble boguie motriz. Había también coches portantes –sin tracción– que con el tiempo se convirtieron en “tractores” al instalársele un boguie motorizado retirado de los de doble tracción.
6. Andrés J. Bilstein. “Trenes eléctricos del F.C. Central Argentino”.  http://portaldetrenes.com.ar/
7. Asociación Amigos del Tranvía y Biblioteca Popular "Federico Lacroze", Thompson 502, esq. Valle, CABA.
Consulta de datos: Los datos de este artículo fueron extraídos del portal  http://portaldetrenes.com.ar/, de los artículos publicados por Andrés J. Bilstein titulados “Trenes eléctricos del F.C. Central Argentino”.

Imagen: Un primitivo vagón eléctrico Vickers. 
La nota y la ilustración fueron tomadas del periódico "Desde Boedo", Nº 151, febrero de 2015. 

12 feb. 2015

Buenos Aires que desaparece



 (De Fernanda Ilgenfritz Silveira)

Hace cinco años vivo en Buenos Aires y ya me agarró la nostalgia porteña. Extraño una ciudad que todavía existe porque veo cómo la matan todos los días.
Creo que estaba en la avenida Corrientes cuando decidí venir a vivir acá. Era la primera vez que pisaba suelo porteño y me impresionó todo. Los teatros, las librerías, los cafés, la avenida más larga del mundo, la cantidad de gente en la calle, la arquitectura que resistía al tiempo. Fue la Buenos Aires de la furia la que me convenció de quedarme, pero no fue la que me hizo quedarme.
Buenos Aires tiene algo precioso y raro para una metrópoli, la vida de barrio, que en Brasil jamás había conocido. Aquí, por ahora, casi todos tenemos cerca un kiosco, una verdulería o un supermercado chino. Esto nos puede parecer insignificante, pero que nos hacen más fácil resolver las tareas cotidianas y nos deja tiempo libre para vivir. Por ahora, hay cafés en las esquinas y mesitas en las calles para cuando estamos cansados y queremos ver el tiempo y la gente pasar. Por ahora, Buenos Aires tiene escala humana y nos da el sencillo derecho de mirar al horizonte.
Yo vengo de Porto Alegre, una ciudad del sur de Brasil, donde eso no es posible. Los barrios son puramente residenciales, llenos de edificios sin personalidad como los que surgen todos los días en Palermo, Colegiales y Chacarita. No se ve el cielo y hay que subir muchos pisos para llegar a sentir el sol. En invierno las veredas son pura sombra y, aunque hubiera un café en la esquina, no te darían ganas de salir. En cualquier época del año, después de las ocho de la noche sólo ves gente en auto, porque para ir al chino, al kiosco, o a la verdulería tenés que viajar.
Se camina menos, no se conoce a los vecinos ni de verlos pasear al perro, hay más gente y menos interacción. No hablás con la dueña de la farmacia, porque no quedó una farmacia atendida por la dueña, vas en auto a Farmacity. Los edificios no dan espacio al pequeño comercio, suman en basura, ruido e inseguridad, complican la vida de la gente y matan la vida de barrio.
Pero en Porto Alegre, si nos queda un solo PH como los que acá tiran abajo todos los días, lo protegemos. Y lo hacemos porque conocemos la frialdad y la inutilidad de una ciudad llena de rascacielos.
Progresar no es demoler. Es en primer lugar valorar lo que se tiene, cuidarlo y cambiar lo que no sirve. Por ahí no todas esas casitas que desaparecen todos los días en Buenos Aires tienen valor arquitectónico, aunque sean mucho más lindas que las cajas de ahorro con ventanas que se construyen deliberadamente. Pero tienen un gran valor urbanístico, que tal vez sólo sea reconocido cuando ya no esté.
Lo que se demuele en Buenos Aires todos los días es precisamente su qué sé yo.
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Imagen: Torres en Puerto Madero.
Nota levantada del periódico “Página 12”.

11 feb. 2015

"Marca" de garantía


(De  Héctor Negro)

En el tango y la canción popular ciudadana han existido célebres binomios autorales (compositor y letrista) que han aportado un vasto e insuperable repertorio. Y se reconocen tan fácilmente por la perdurabilidad de sus obras, que sólo basta mencionar sus apellidos, omitiendo sus nombres completos. Tal es el caso de uno de los más fecundos y exitosos que nos han dejado un caudal de obras que siempre recordamos y regresan en las voces de los cantores y cantantes. Me refiero a Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez, cuyos apellidos ya son una prestigiosa “marca” de garantía de buenas canciones.
Basta mencionar algunas de sus inolvidables creaciones: Palomita blanca, Alma en pena, Bajo Belgrano, Carnaval, Siga el corso, Suerte loca, Mariposita, Tus besos fueron míos… Pero quiero detenerme puntualmente en otros dos tangos que me suscitan algún comentario. El primero es Prisionero, que presenta un tema singular en el enfoque de un ex milonguero y “farrista”, que definitivamente ganado por su vida familiar les dice francamente a sus viejos amigos cuál es su elección: “Sigan de largo por mi puerta, / que ya no estoy alerta / ni espero a la barra…”. Decisión que confirma en versos posteriores (I Bis), con esta feliz afirmación: “Sigan, mis viejos camaradas, / sembrando carcajadas / camino adelante…/ Rían, conozco esa alegría / que pone al otro día, / más triste que antes…”. Un soplo de aire fresco ante tanto tema dedicado a la noche milonguera, al cabaret y sus personajes y otros de reminiscencias malevas.
Y el segundo que no puedo omitir es otra obra de este binomio, ésta sí poco feliz por su contenido (¡Viva la patria!), que no sé si por la confusión del momento en que fue creada (cercano al acontecimiento), exaltaba en sus versos, so pretexto de vivar a la patria, al golpe militar del 6 de setiembre de 1930, con la que hicieron “pisar el palito” al propio Carlos Gardel, que interpretó tantos temas de contenido social y libertario.
Pero, al fin de cuentas, esta excepción no desluce a la totalidad de una obra que supo llegar al corazón del pueblo, conmoverlo, perdurar y, sobre todo, aportar a nuestro cancionero belleza poética y musical, autenticidad y calidad indiscutible. Esa totalidad es la que nos legaron Aieta y García Jiménez.
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Imagen: Partitura del vals "Palomita blanca" de Francisco García Jiménez y Anselmo Aieta.

10 feb. 2015

El destino de Villa Roccatagliata



(De. Jorge Luchetti)

 Se reanudó la construcción del moderno complejo edilicio llamado Palacio Roccatagliata. El viejo inmueble quedará abrazado a las nuevas torres proyectadas, de 13 y 27 pisos. Después de varias idas y vueltas, y a pesar de la ferviente oposición de los vecinos, la Justicia le puso fin al amparo que protegía a la casona.
En los albores del siglo XX, en derredor a la Estación Coghlan, se podían apreciar numerosas huertas y quintas. El barrio como tal aún no había sido institucionalizado y sólo era conocido por su estación ferroviaria. De todas formas, fue por aquella época, más precisamente en el año 1900, cuando el empresario Juan Roccatagliata -dueño de la legendaria Confitería del Molino- decidió construir una quinta en la esquina de la actual avenida Ricardo Balbín y la calle Roosevelt.
En sus comienzos la idea fue usar la casona para los fines de semana, pero con el transcurso de los años terminó siendo de uso permanente. La obra fue tan singular que siempre llamó la atención de vecinos y visitantes, transformándose en un hito urbano para los coghlenses. La villa tiene un valor patrimonial muy significativo para la gente del barrio, tanto por su atractivo arquitectónico como por su larga y atrapante historia. Hoy, a más de 100 años de su construcción, se intenta rescatar al viejo edificio del abandono y la desidia que lo afectó durante décadas
El inmueble es un ejemplo tardío de la construcción italianizante que nació en la segunda mitad del siglo XIX en la Argentina y que se desarrolló en forma masiva en nuestras pampas. El modelo estilístico del edificio también es conocido como renacimiento italiano y fue tomado de las villas renacentistas y manieristas del Quattrocento y Cinquecento, basándose principalmente en las villas palladianas.
Actualmente, la Villa Roccatagliata, junto con la Villa Vicentina (que tiene el mismo estilo pero fue transformada en una escuela técnica), son las dos únicas construcciones de esta tipología que permanecen estoicas ante el paso del tiempo. La fachada principal del edificio ubicado en Coghlan está formada por la típica galería a la cual se accede a través de una amplia escalinata, envuelta a cada lado por barandas con balaustres. Este pórtico, con forma de recova, se apoya en columnas de distinto tipo. La construcción ocupa unos 360 metros cuadrados de superficie y está implantado en un terreno de 3.500 metros cuadrados. El sector sobre el que no se construyó funcionaba como el jardín de la villa y hoy en día es un importante espacio verde para el barrio.
La nueva propuesta edilicia tiene como idea restaurar la vieja casona y construir alrededor dos grandes torres que de alguna manera la envolverán. Esta forma de abordar la recuperación del espacio es el tema de la discordia entre los vecinos y los emprendedores.

DETALLES DEL PROYECTO
Hace ya un tiempo un grupo importante de inversores comenzó un mega proyecto inmobiliario que incluía la puesta en valor del edificio Roccatagliata. En el lugar se erigirán dos importantes torres de 13 y 27 pisos que rodearán la antigua residencia, lo que dará una superficie construida de un total de 45.000 metros cuadrados. La obra contará con 349 unidades, compuestas por estudios y locales de uno, dos, tres y cuatro habitaciones con y sin dependencia. En la propuesta se incluyen distintos servicios, espacios de recreación y tres grandes subsuelos destinados al estacionamiento. El proyecto está a cargo del Estudio Aisenson y KWZ, mientras que el desarrollo está en manos de la empresa Qualis Development. La comercialización la realiza Korn Propiedades. El emprendimiento contempla la realización de una torre de 26 pisos sobre Roosevelt, llamada “Sky View”. Estará destinada sólo a viviendas y quedará unida a la vieja casona: la idea es que la antigua construcción pase a ser una suerte de club house del complejo.
Por su parte, sobre la Av. Balbín un bloque de 12 pisos denominado “Sector Palace” estará reservado al uso heterogéneo de estudios y viviendas con unidades de 40 a 75 metros cuadrados de superficie. Además contará con más de 2.500 metros cuadrados de amenities, el exclusivo sky club, spa, fitness center, un gimnasio, piscina descubierta climatizada, laundry, lavadero para autos y exclusividades como cava de vinos, juegos para niños, guardería infantil, tres salones de usos múltiples, resto bar, seguridad, control de acceso y otras novedades que distinguen al lugar.
Los proyectistas afirman que el desarrollo de este emprendimiento aspira a transformar un lugar que hasta hoy estaba abandonado y con futuro poco feliz en una armonización entre el pasado y el presente. Para ello se está trabajando en la puesta en valor del edificio. La finalización e inauguración del complejo está prevista para el año 2016. Si bien aseguran que todo el proceso fue aprobado de acuerdo con las leyes vigentes, la discusión sobre el espíritu de las intervenciones que afecta a obras que se encuentran catalogadas dentro de un mismo patrimonio porteño mantiene abierto el debate.

PATRIMONIO HISTÓRICO
Más allá de la clara idea de conservar en su totalidad al viejo edificio y el compromiso de la empresa de mantener el estilo lo más original posible, no caben dudas de que la gran parte del terreno será avasallado por las nuevas construcciones. Las principales críticas que surgen al ver la propuesta es la pérdida de la escala, además de la afectación del paisaje urbano. La torre más alta se ubicará sobre Roosevelt, que es la calle más angosta, lo que sin dudas proyectará grandes planos de sombra sobre la vereda opuesta.
Cuando nos referimos a conservación del patrimonio arquitectónico debemos saber que no sólo es cuestión de resguardar el edificio existente y darle una función decorosa, sino también mantener una relación armónica con su entorno, principalmente respetando las escalas existentes del lugar. En alguna oportunidad hemos hecho referencia a ejemplos de edificios reciclados que, a nuestro modo de entender, terminaron siendo verdaderos pastiches urbanos. Esto sucede con el Palacio Alzaga Unzué, fusionado al Four Seasons Hotel Buenos Aires, o con el Palacio Duhau, también anclado a otra famosa hostería internacional. En los dos casos las viejas casonas quedaron reducidas a maquetas.
A lo largo de su historia la villa ha pasado por distintos avatares, pero fue en estas últimas décadas cuando su destino se hizo más cierto. Por largo tiempo el fantasma de la demolición rondaba en el lugar. Recordemos también que en los años 90 el espacio de los jardines fue ocupado por una estación de servicio, que utilizó al viejo edificio como drugstore y baño. A pesar de las reformas hechas y de algunos agregados desafortunados, sumados a la falta de mantenimiento, la construcción nunca perdió su valor patrimonial de origen y conservó su estructura intacta. En 2009 la Villa Roccatagliata quedó incorporada en el catálogo preventivo por resolución, con nivel de protección cautelar: por lo tanto, no puede ser demolida.

POSICIONES CONTRAPUESTAS
“Creemos que la Villa Roccatagliata es el corazón de esta obra y el leitmotiv del proyecto. De ahí la importancia que le otorgamos preservándola y transformándola en el icono que es para el barrio”, detalla la arquitecta María Hojman, socia del Estudio Aisenson. Ahora bien, la preservación del patrimonio arquitectónico es mucho más que intentar rescatar una obra en forma aislada. La puesta en valor debe vislumbrar su relación y armonía con su entorno. Una buena refuncionalización debe hacer lo posible por conservar la memoria visual, emotiva y cultural de un lugar.
El desarrollo de este complejo ha despertado la polémica entre los vecinos del barrio, quienes temen que la histórica construcción quede afectada por el nuevo proyecto. Vale agregar que la forma de encarar la conservación patrimonial de la villa generó diferencias sustanciales entre proyectistas y la gente del barrio. En el caso de Roccatagliata, lo que más temen, probablemente, sea el impacto ambiental que pueda generar una obra de más de 43.000 metros cuadrados.
La construcción del mega proyecto estuvo suspendida por la Justicia desde sus principios debido a que vecinos de la zona se opusieron. Ellos creen que perjudicará al barrio y presentaron un recurso de amparo. Ahora, un nuevo fallo terminó con todos los obstáculos que se les presentaron a los inversores.
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Fotografía: Frente de la Villa Roccatagliata.
Nota e ilustración tomadas del periódico barrial “El Barrio”.

1 feb. 2015

La "Hesperidina", ese invento argentino



(De Silvia Long-Ohni)

Grande fue mi sorpresa cuando, no hace muchos días, de compras en un súper, me topé con una botella de "Hesperidina", el típico e inolvidable barrilito, pues había supuesto, erróneamente, que ya se trataba de un producto perteneciente al campo de la arqueología.
Pero otro asunto, al menos, sorprende. No hace falta poner demasiada imaginación para darse cuenta de que entre la "Hesperidina" y la "Coca-Cola" existen similitudes en cuanto al inicial propósito salutífero, más allá de que la primera contenga alcohol y la otra, no. Lo que sí, acaso, asombra, debido, tal vez, a cierta idea no exenta de prejuicio, de que las novedades, los grandes inventos, tienen que venir de Norte América. Sin duda, esto es cierto en muchos casos, pero no en el de la "Hesperidina":
dos jóvenes emprendedores, en distintas latitudes, aunque ambos norteamericanos, buscaban una suerte de “tónico salvador” para todos los males. John Pemberton inventó la "Coca-Cola", y ya se han encargado los estadounidenses de contar su historia, pero Melville Sewell Bagley creó la "Hesperidina"Bagley 20 años antes, en nuestras tierras.
Bagley, nacido el 10 de julio de 1838, en Maine, Estados Unidos de Norteamérica, Boston, llegó a la Argentina a la edad de 24 años, en principio, como representante de una editorial, pero muy pronto comenzó a trabajar como ayudante en la farmacia “La Estrella”, de A. Demarchi y Hnos., que aún subsiste en la porteñísima esquina de Defensa y Alsina y allí, entre alambiques, fórmulas ingeniosas, destilaciones y tubos de ensayo logró hacer realidad su mágica bebida.
Quilmeño por adopción, pues se había instalado con su familia en una vieja quinta en Bernal, en Dorrego y Zapiola que, dicho sea de paso, aún se mantiene en pie,  en cuyos fondos contaba con una buena cantidad de árboles de naranjas amargas que crecían como arbustos. Si bien en los comienzos de su emprendimiento experimentó con diferentes fórmulas, terminó centrándose en el uso de la corteza de las naranjas amargas y así crea una bebida de la que, pronto, hablará todo Buenos Aires.
Es cierto que no se sabe si el joven inventor tenía conciencia de lo que estaba creando o si le salió por casualidad, pero es casi seguro que no sólo tenía ciertos conocimientos de química y preparados y que sabía, no sólo de la existencia de los flavonoides en la corteza de las naranjas amargas, sustancia que tiene múltiples propiedades medicinales, sino que conocía el hecho de que en España ya se utilizaban las cáscaras de diversos cítricos como antídotos, digestivos, antiinflamatorios y reactivantes de la circulación sanguínea.
Desde los 90 del siglo XIX, se sabe que los flavonoides producen efectos antioxidantes altamente beneficiosos para las funciones digestiva y circulatoria pero que, además, son terapéuticamente muy eficientes para las úlceras varicosas, la hipertensión, la reducción del colesterol, la artritis reumatoidea y otras afecciones. En la actualidad, investigadores de la UBA descubrieron que el flavonoide de la "Hesperidina" tiene propiedades sedativas y analgésicas.
En la actualidad se conoce todavía más acerca de las propiedades de los bioflavonoides, de los que se han identificado más de 6.000 en diferentes plantas, y se ha demostrado que colaboran en disminuir la incidencia del cáncer y de las alteraciones inmunológicas.
Desde luego, en su tiempo, Bagley no tenía ni la menor idea de todas estas novedades, pero lo cierto es que su invento revolucionó, por aquel entonces, al mercado de bebidas acaso sólo ocupado por las aguardientes como la grapa y la ginebra. Pero aun en su desconocimiento de todo lo que actualmente se sabe. Melville supo, desde el inicio, que su bebida iba a dar muy buenos resultados.
Al vislumbrar el potencial comercial de su bebida, Bagley se dedicó a planear una campaña publicitaria muy original para su tiempo. En 1864 Buenos Aires contaba con 140.000 habitantes. Una mañana de octubre, los porteños comenzaron a ver las calles pintadas con enormes letreros con la palabra “Hesperidina”. Desde luego, y durante los dos meses siguientes, el misterioso nombre continuó apareciendo por todas partes sin que nadie pudiera descifrar su significado, de modo que la curiosidad invadió a los habitantes y, por cierto, múltiples fueron las versiones que crecieron. Hasta que el 24 de diciembre de ese año 1864, víspera de Navidad, un aviso en el diario “La Tribuna” develó la incógnita anunciando, además, los locales en los que se podía adquirir la novedosa bebida. Ni qué decir que el público se abalanzó sobre los negocios y pudo comprobar que el mejor y más original de los aperitivos había nacido en la Argentina.
Es fácil comprender que tanto la campaña publicitaria como el lanzamiento resultaron ser todo un suceso en Buenos Aires y que rápidamente la bebida, que según el aviso del periódico era “Una bebida curativa […] que protege al estómago de las úlceras y es un antialérgico que se utiliza para el tratamiento de la fiebre del heno”, amén de notificar que ya estaba en venta en cafés, bares, boticas y droguerías, se puso de moda, no sólo entre los hombres tanto del campo como de la ciudad sino también entre las mujeres que, en aquel tiempo, no bebían en público ninguna bebida alcohólica, pero como el nuevo tónico de Bagley era de muy baja graduación y, además de medicinal, con un sabor suave y algo dulce, no se veía imprudente que las féminas lo consumieran.
Realmente, la "Hesperidina" llegó a todas partes y así lo atestigua Pedro Luis Barcia, que fue presidente de la Academia Argentina de Letras: “Quien no conoce los hábitos del gauchaje, piensa que tomaban vino tinto recio. Nada de eso: bebían ginebra, caña y "Hesperidina", como puede apreciarse en los inventarios de boliches”
En fin, que el invento tuvo tanto éxito que  Bagley, que ya había extendido la plantación de naranjos en su casa, tuvo que requerir los frutos de las localidades vecinas como Florencio Varela y Adrogué, cuyas calles estaban ornadas de naranjos amargos. Pero el éxito extralimitó incluso las fronteras de nuestro país, pues la "Hesperidina" también se hizo presente en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), más precisamente en las tiendas de campaña para revitalizar a los heridos y para subsanar los problemas estomacales ocasionados, principalmente, por la poca potabilidad del agua y, no mucho después, de las tiendas de campaña llegó al campo de batalla.
Lo concreto es que a dos años de su lanzamiento, la "Hesperidina" ya había generado a su alrededor toda una mística sobre sus virtudes curativas pero, como es lógico, también se había acarreado numerosos intentos de imitación. En un comienzo, Bagley, que ya había demostrado sus dotes de publicista, salió a defenderse mediante curiosos volantes que, repartidos por las calles, alertaban al consumidor con el siguiente texto: “A elegir sólo las botellas que tengan los rótulos con mi nombre y firma al pie, que sean vendidos por los respetables depositarios de mi "Hesperidina" anunciados por los diarios, que su precio no sea inferior a 300 pesos la docena o 30 pesos la botella, debiendo desconfiarse de todo artículo que se ofrezca a precio menor, y que no procedan de venta en público porque mi "Hesperidina" nunca se ha vendido ni se venderá en remates”
Si bien ya por aquel entonces las tan exclusivas y originales botellas con forma de barrilito fabricadas por Cristalerías Rigolleau eran muy características y era todo un reto para los obreros sopladores del vidrio su confección, porque eran ralladas y llevaba, además, el nombre en relieve, no faltaron los falsificadores que se atrevieron al desafío, lo cual llevó a Bagley, en un afán de ajustar el control “antipiratería”,  a encargar la impresión de etiquetas a la Bank Note Company de New York, la misma imprenta que hacía los dólares estadounidenses.
Más allá de esta medida, Melville ya había convencido al entonces presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, de la necesidad de crear un Registro de Marcas y Patentes, pedido que se consumó en 1876  y que llevó a "Hesperidina", como reconocimiento, a obtener, el 27 de octubre de ese año, el honor de figurar con la Marca Registrada Número Uno, siendo la primera patente nacional.
Este joven emprendedor no dejaría nada librado al azar, nada, tampoco el nombre de su invento. ¿"Hesperidina", por qué? Parece cierto que para el caso Melville se haya inspirado en el mito de El Jardín de las Hespérides. Según la mitología, cuando los griegos navegaban por el Mediterráneo, cerca de la costa de Valencia, unas islas, posiblemente las Canarias, en las que resplandecía un fulgor dorado procedente de las naranjas que, en medio del follaje verde, parecían frutos de oro y supusieron que en esas islas se encontraba el tal Jardín de las Hespérides, las ninfas que custodiaban ese tesoro y, acorde con el mito griego, tales frutos dorados serían las naranjas que sólo Hércules pudo llevar al continente europeo.
Sin duda, la "Hesperidina" es todo un icono cultural y también sinónimo de argentinidad. Por lo pronto, aparece en tres cuentos de Julio Cortázar: “Casa tomada”, “Tía en apuros” y “Circe”, así como en la obra de Juan Carlos Casas, “Fraile Muerto” y en el cuento “Perdido”, de Haroldo Conti.
Fue bebida favorita del viejo Mitre, en “La Helvética” y hasta, mucho después, del “Polaco”, en la barra del bar “La Sirena” en el barrio de Saavedra. Incluso existe un tango de nombre “Hesperidina. Tango de Moda” compuesto por Juan Nirvassed en el año 1915 y ganador del premio al mejor tango de la Sociedad Sportiva Argentina, entre otros reconocimientos. "Hesperidina" también apareció en varios almanaques del recordado y célebre Florencio Molina Campos.  Por otra parte el gran explorador Francisco Pascasio Moreno, más conocido como Perito Moreno, llevaba siempre "Hesperidina" en sus largas y crudas excursiones como fiel compañera para atenuar la rudeza del clima.
"Hesperidina", "Birome" y "Maizena" forman el trío de las marcas argentinas más antiguas y reconocidas. A pesar de sus diferentes etiquetas la "Hesperidina" y contra lo que pensaba mi ignorancia original, sigue hoy más vigente que nunca, incluso para el gusto de los más jóvenes que la consumen como trago largo, mezclada con agua tónica, con pomelo, con jugo de naranja, con vodka, con cointreau  o bien, "Hesperidina-Campari", siempre
acompañada de una rodaja de limón, como aconseja la etiqueta, pero si uno pide una "Hesperidina" en cualquier bar de Buenos Aires o de Rosario, se la traen con un sifón de soda, y listo.
Muchos otros emprendimientos salieron de la mano de Melville Bagley, desde luego, las tan famosas galletitas argentinas, ya que por aquel entonces estos dulces venían importados del Reino Unido, que nacieron en su primera planta de la calle Maipú y se consolidaron en el emblemático edificio de Geneal Hornos 256. Pero, además de casarse con Juana Hamilton, inglesa, y ser padre de ocho hijos, fue uno de  los primeros que se preocupó por el trasporte en la zona sur, inaugurando el tranvía a caballo, en 1873, en Quilmes.
Melville Sewell Bagley murió muy joven, a la edad de 42 años, el 14 de julio de 1880, a causa del tifus. Está enterrado en el Cementerio Británico de la Ciudad de Buenos Aires. Lo increíble de esta historia es que Bagley pudo consumar todos sus logros en sólo 18 años de trabajo, en tanto que sus productos lo sobrevivieron por más de 120 años y su nombre, como el de "Hesperidina", siguen siendo hoy emblemas de la Argentina.
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Ilustración: Etiqueta de “Hesperidina”. 

Buenos Aires



(De Juan Carlos Escalante)

buenos aires
sos el miedo metafísico
que me da ese pájaro lento
atravesando la tarde hacia la noche
mendigo silencioso hacia el luto reciente
buenos aires
consecuencia
literatura difícil
abismo
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Fotografía de Jorge Luis Campos.

Acerca de tontos y chitrulos


(De Luis Alposta)

Tolondro, que significa bulto o chichón como resultado de un golpe, quiere decir, también, aturdido, desatinado, que no tiene cuidado en lo que hace, que procede sin reflexión. De tolondro derivan atolondrado y la voz popular tololo, con el significado de tonto. Y tonto, designa al mentecato, al falto o escaso de entendimiento o razón. El que, si además es alocado, pasará a ser un tontiloco, o, en caso de ser vanidoso, un tontivano.
Tarúpido, por contracción de tarado y estúpido, como sinónimo de tonto, es un término que fue difundido por Niní Marshall en la década del cincuenta.
En cambio, la palabra opa (del quechua upa, bobo, sordo), y voces como chichipío, pastenaca, chabón, boncha, chaucha, chauchón, chauchonazo, gil, gilastro, gilimursi, fesa, otario y paparulo, hablan más del pánfilo, del lenteja y del cándido, que del tonto a secas.
Chitrulo, que también quiere decir tonto, bobo, iluso, es un término que, con igual significado, lo heredamos del italiano.
El aumentativo de tonto, tontón, se ve superado si a la palabra tonto se le antepone un adverbio de cantidad. Es cuando decimos que alguien es medio tonto o medio turulo, queriendo dar a entender así que es tonto del todo.
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Ilustración: Tapa de la partitura del tango Otario, que andás penando!… de Alberto Vacarezza y Enrique Delfino.