1 abr. 2012

¿“Café de los Angelitos”?


(De Rubén Derlis)

En la esquina de Rivadavia y Rincón cimentó su fama a la par que su leyenda vuelta con el tiempo mitología en el imaginario ciudadano, el Café De los Angelitos. No se sabe con certeza la fecha de su nacimiento a la iconografía del sentimiento porteño; sí está anotado que un año antes del 20 fue su propietario y mandamás Ángel Salgueiro, que como su apellido lo delata, algo –o mucho–  tuvo que ver con las orillas del Cantábrico. Antes de ser cobijo de los “angelitos” que sostiene la anécdota, y cuando no era más que un amplio galpón donde se bebía y jugaba al billar, su anterior dueño había sido Batista Fazio, de itálico origen, que suponemos fue el iniciador de la esquina espirituosa, por el año 1890. Tampoco sabemos si ya se llamaba Rivadavia, como era su verdadero nombre, o éste fue posterior; lo cierto que el reducto había nacido para alimentar el alma de la ciudad en su siempre insaciable sed de café entre amigos, trasnoche y bohemia. La anécdota a la que nos referíamos es la que se ha repetido por tradición oral y que recoge Jorge Bossio en su libro Los cafés de Buenos Aires: “La denominación [...] parece que le viene de una costumbre que tenía cierto comisario de Balvanera de expresar [a sus subordinados]: ´Vamos, muchachos, a ver si nadie se salió de la vaina en el café de los angelitos...’”, en clara alusión al elemento que se daba cita en el local. Si non e vero e bien trovato. También anota nuestro historiador que allí, y en gran medida, se llevó a cabo el paso inevitable de la trova de los payadores al tango. Si lo que el cronista de la ciudad asevera es cierto o puede dar tema a debate, no es tópico para dilucidar nosotros, que sólo estamos apuntando datos para dar entrada a esta nota. Pero el hecho cierto es que por allí pasaron en distintos momentos hombres de diversos quehaceres y de disímiles ideologías: los payadores Gabino Ezeiza, José Betinoti e Higinio Cazón; los cantores Carlos Gardel y José Razzano; los actores Roberto Casaux y Florencio Parravicini; los políticos Juan B. Justo y Alfredo Palacios, sin olvidarnos del poeta lunfardesco Carlos de la Púa ni del médico y pensador  José Ingenieros.
Nosotros lo conocimos por la década del sesenta, recalando en él ocasionalmente y luego en los setenta cuando intentaron volverlo a su antiguo esplendor con más vocación que suerte, pero los hados le fueron adversos. Y un día cerró sus puertas, dejando en su frente esquinero –como escudo testimonial de su antigua prosapia–  su nombre estampado sobre una banda sostenida de ambos lados por dos angelitos, casi coronando el frontispicio. Hasta aquí, seguía siendo –aunque ya había desaparecido– un café de Buenos Aires. ¿Y ahora?
En una ciudad que va trasmutando su esencia por des-obra y des-gracia de los neocolonizados que en los 80 miraban babeándose la grandeza del Norte y que durante los 90 –década de la invasión de las ordas privatizadoras menemistas– llevaron a cabo el doble latrocinio económico y cultural, irrumpen en la actualidad en todos los campos con sus digestos new-age, su trasnochado posmodernismo y una idea de la globalización tergiversada que enmascara los “ideales” de la yanquización, beneficiosa sólo para ellos y sus patrones imperiales. Este nuevo orden permite cualquier arbitrariedad en nombre de un mal entendido progreso; así entonces se va perfilando la ciudad que habitamos, donde cada vez son menos los referentes culturales que nos quedan, y todo se asemeja peligrosamente a un mismo esquema preconcebido que atenta contra la propia identidad, esencia vital que hace ser lo que es a cada cosa. Además se miente a sabiendas, pretendiendo hacer de la mentira imposible verdad.
Y es en este punto donde proseguimos hablando del Café de los Angelitos, que ya no lo es, porque no ha sido redivivo puesto que nada conserva del original, ni tan siquiera el frontispicio que mencionamos anteriormente, ya que el actual es una copia ad libitum. (Y aquí la pregunta: ¿por qué si existen fotos del frontis primigenio, en vez de reproducirlo, como era de esperar, se lo recrea? Resulta, cuanto menos, inexplicable).
No por llenar sus muros interiores ocupando los paños de arriba a abajo con fotografías del viejo Buenos Aires y de sus protagonistas más conspicuos podrán lograr el clima de porteñidad que indudablemente no posee. Dos vitraux muy bien elaborados, uno a la entrada y el otro en lo alto de la barra, no son suficientes para angelizarlo. Tampoco basta con hacer portación de nombre, pues ni el más desavisado puede asociarlo ni por error con aquel verdadero café de Buenos Aires. Este es un recinto espléndidamente acondicionado, con buen gusto y sin mezquinos ahorros en sus instalaciones gastronómicas; con muy buena iluminación tanto diurna como nocturna. Y un personal numeroso, solícito y atento. Detalles que se repiten en los locales de este tipo que van apareciendo en la ciudad, con sus particularidades de ambientación, desde luego, tal como hemos observado en otros de parecidas características; por ejemplo el Esquina Homero Manzi, de San Juan y Boedo, al que al menos no se lo mintió con algunos de los nombres de los cafés históricos que se levantaron a lo largo del siglo pasado: Canadian, Nippon, o El Aeroplano, el de más antiguo linaje; no lo hicieron, y nos parece correcto. Fueron respetuosos. En cambio en este de Rivadavia y Rincón no dudaron en usar el de Café de los Angelitos, como si éste de hoy algo tuviera –aunque en  grado mínimo– del otro de tauras y cantores. No se engañe pues el ciudadano común (el porteño de verdad lo siente en la piel, ni falta que hace que se lo recordemos nosotros): éste ni un ápice tiene que ver con aquel, baluarte y refugio de la porteñería andante; carece de su espíritu, atributo irremplazable, esencia misma del café porteño. Este que hoy que levanta su estructura en una de las esquinas más caras a Balvanera, fue pensado para el turismo –aportador de gordas divisas para bolsillos empresarios–, al que se le venderá en el espacio que el local posee para espectáculos, eso que se ha dado en llamar “tango argentino”, y donde con más de ballet que de baile original, bailarines acróbatas deleitarán a los llegados de extranjia, desconocedores que el verdadero tango resiste en los clubes barriales. (Aunque también hay turistas – y valga la digresión– que informados por compatriotas viajeros,  han comenzado a emigrar hacia los barrios en busca de su apetecido producto.)
Para finalizar, digamos por cuanto observamos y sostenemos por sentimiento,  que el Café de los Angelitos no fue recuperado en absoluto como algunas notas armadas en su momento por los escribas de la prensa “seria” quisieron hacer creer. No existe tal recuperación. Recuperar es poner en valor algo deteriorado o dañado por el tiempo, devolverle su lozanía original; si esto no fuera posible, reconstruir según planos existentes lo ya demolido, haciendo la salvedad del caso. Pero aquí no ocurrió ni lo uno ni lo otro. Lo que hoy luce en esa esquina en un nuevo café. No más. Por eso sería justicia que entre las placas de sus muros, una recordara que: En este solar estuvo alguna vez el Café de los Angelitos. Con el agregado: Este de hoy, que nada guarda del primigenio, es un homenaje a aquél. Sería un gesto digno de amante de la ciudad, además de información para los porteñitos que están siendo y de los que vendrán, como una manera de acostumbrarlos a la verdad histórica, que está muy lejos de la falacia que pretende sacralizar el lucro empresarial. No es mucho pedir, si consideramos que estos angelitos muy siglo veintiuno están plagiando a sus abuelos. 
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Imagen: El "Café de los Angelitos", circa década del 70 cuando por un tiempo fue una "munich".