5 de abr. de 2012

Los oficinistas


(De Roberto Díaz)

No es cierto (como opinan muchos detractores) que a la oficina sólo se va a tomar café. Podemos asegurar que hemos visto a muchos empleados tomar, también, té.
Bartleby, aquel famoso personaje de Melville, que repetía como una cantilena irritante, cada vez que le ordenaban algo: "preferiría no hacerlo", ha dejado paso a una multitud de oficinistas que dicen; "sí, señor, enseguida lo hago". Pero son igual que Bartleby y tienen la misma fiaca que tenía aquel insólito ser; la diferencia es que han aprendido a camelear.
Los tiempos han cambiado mucho. Porque antes, por lo menos, el cadete trabajaba. Los pibes de hoy, en cambio, ya vienen con la pareza del padre. Y lo único que piensan es en la jubilación.
¡Ah! empleados eran los de antes. Uno los veía andar y se le estrujaba el pecho. Pies planos, incipiente joroba, una calvicie que les llegaba hasta el omóplato, saco de lustrina, mangas postizas, visera como si fueran a jugar al póker y unas maquinas de laboriosidad. Escribían con una letra menudita, sabían hacer gótica, y en dos días se  copiaban siete mil asientos al libro LibroMayor. Nunca una queja ni un pedido de aumento.
Cuando se les caía la última muela o el callo del dedo mayor parecía el monte Everest, o salivaban tinta china mezclada con unas gotas delicadas de Parker azul, les regabalan el reloj con cadena y ¡a gozar de la vida! 
Pero ahora no. Se acabaron los oficinistas de raza. Ahora, cualquiera cree que puede serlo por el simple expediente de poner los pies sobre el escritorio.Y después está el asunto del horario. Antes, un oficinista que se preciaba de serlo, llegaba a su trabajo con, por lo menos, tres cuartos de hora de tiempo. Lentamente acomodaba sus útiles, le pasaba una franela a su mesa de labor, colocaba su silla a la distancia justa y esperaba ansioso la hora de empezar a cumplir con sus desveladas funciones.
Ahora se los ve correr desesperados por la calle, poniéndose las medias en el colectivo, maquillándose en las paradas, tomando el desayuno en las veredas. Así y todo, llegan tarde.
Sin embargo esto no es lo grave. Lo pernicioso viene después. Cuando se juntan. Uno comenta que el pibe no lo dejó dormir, la otra confiesa su problemática de pareja, el de más allá sus pálpitos para el Prode, aquel explica el gol de Maradona. Y leen los diarios y lo analizan como si fueran Julio Lagos, y siempre tienen alguna película para contar, o una aventura amorosa o la carrera de Reutemann o la cuadratura del círculo.
Mientras tanto, el reloj se impacienta porque nadie le da bolilla. Y traspira y les hace señas que empiecen a trabajar. Pero ¡nada! Están esperando que llegue la bandeja con cafés y, después, esperarán los sandwiches del almuerzo y, más tarde, la merienda, y no esperan la cena porque está fuera de horario y la empresa no la banca.
Pero hay que verlos, por la noche, cuando regresan a sus hogares con esa máscara de tortura a lo Lawrence Oliver y la esposa, acomplejada por la culpa, les quita los zapatos. "Hoy fue un día agotador, querida", diran con su mejor voz de Actor`s Studio. Y se enfrascarán en una miniserie que les lave el cerebro, después de haber bordeado el surmenage.   
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Imagen: Oficina pública.
Tomado de "Crónica para el desayuno", Edit. La ciudad, Avellaneda, 1983.