22 abr. 2012

Pequeño elogio a la vereda de mi infancia



(De Leonardo Busquet)

Aclaración necesaria: esta nota, cargada de garabatos, tenuemente alumbrados de porteñidad perpleja, se inspiró en un trabajo aparecido en Clarín el 20 de febrero pasado. El informe lo firma la periodista Mariana Iglesias y trata sobre la niñez sin calle. Abunda en reflexiones vinculadas a la vulnerabilidad y los miedos del piberío de hoy que tienen cada vez menos contacto con la ciudad. Se crían puertas adentro, mirando televisión o jugando con la PC. También recurre al testimonio de especialistas que indican que el encierro limita el desarrollo intelectual y emocional. Y así los hijos se llenan de inseguridades. Miré detenidamente las tres fotos que ilustran la información. Una es de 1900, otra de 1935 y la última de 1982. Los chicos están en la vereda, juegan sobre ella, corren, se esconden, aventuran un poliladron o derrochan habilidad con las figuritas o la pelota de trapo (más tarde la de cuero). La vereda era nuestra aliada y hoy parece una enemiga atroz. Entonces memoré mi infancia y salió esto. Aquí vamos.

La transformación deviene a transfiguración, algo que cambia y se distorsiona, se deforma. Algo que pierde su esencia, su origen. A la vereda le pasó eso: perdió su esencia, su génesis.
No son tan borrosos los recuerdos de la infancia. El viejo Anastasio sacaba la silla a la vereda. La giraba y se sentaba al revés. Tomaba mate y convidaba a los ocasionales transeúntes. Vecinos casi todos y algún que otro forastero de los que trajinaban el paso por Barracas. Ahí estaba el viejo. Se dejaba llevar por la vida que transcurría por la vereda del sur fabril, de una ciudad algo distinta, menos distorsionada. La vereda era el lecho del empedrado desigual que daba el tono cansino a esas calles perdidas. Isabel la Católica a la altura de California. Barracas en estado puro y a pocas cuadras, la Boca. Por ese tiempo se escuchaban los gritos de una década que se adivinaba tumultuosa. Los tanques del Ejército en las calles ponían el marco necesario para entender que ciertas cosas podridas de la política venían mal barajadas. Los años 60 tenían la carga agria de la inestabilidad, como aquellas tormentas de verano que dejaban lustroso el porfiado empedrado. El viejo ignoraba ciertos movimientos a sus espaldas, orientadas, según se sentaba, a la leve vorágine de Montes de Oca. La avenida trazaba un punto de encuentro en su cruce con California: “El Progreso”. Sus ventanales, esas mesas apaciguadas por la moderna cobertura de fórmica, los espejos biselados, sostenidos desde los techos. La barra con el riguroso estaño y la vajilla típica, creaban el trasfondo, la escena ideal para confirmar que en esa ochava  se levantaba el Café bar del barrio. Doña Purita paseaba por la vereda sus ostensibles glúteos, trabajados por sucesivos guisos, la pizza amasada de los sábados y las inexorables pastas domingueras. Paseaba la gorda y pispeaba las novedades de neto corte local. Con la información necesaria, procedía a desparramar las versiones (corregidas y aumentadas por su imaginación). Doña Purita era una chusma consagrada pero simpática. Sus usinas de rumores no lastimaban a nadie. A pocos metros pero de la vereda de enfrente, se levantaba el almacén de don Modesto. El módico comercio le rendía pleitesía al nombre de su dueño. Pero don Modesto tenía lo necesario, a veces..., y a veces no.
Una tarde mi vieja lo encaró airada porque osó envolverle los fideos frescos en papel de diario. –No sea sucio, hombre, y de paso límpiese las uñas que parecen carbón–, le soltó mi madre y le dejó los fideos, claro. No pasaron ni tres días que lo perdonó pero los fideos frescos los iba a comprar a la vuelta, dos cuadras antes de cruzar el delgado límite con la Boca. Por lo demás, mi casa, asistía siempre de mañana, al desfile de los dependientes. Los chicos con sus canastas de mimbre al brazo. Así llegaban las verduras, el pollo recién asesinado y otras menudencias que abastecían las necesidades gastronómicas de la familia. El lechero dejaba en la puerta las botellas panzonas, verdes y apretadas por la espesa capa de nata a la altura del cuello. Los fines de semana mi asombro se complicaba con la vereda para ver llegar al carro del mimbrero o silletero. Un diminuto señor que conducía el vetusto vehículo tirado por caballos, como el lechero, pero todo saciado de sillas, sillones, escobas, plumeros. Siempre me atrajo la duda sobre cómo carajo hacía el silletero para desmesurar su carro con tanta carga.
La misma pregunta, lo notaba, se la hacía el pobre caballo de tiro. La radio se prendía a determinadas horas. Todavía no había invadido la televisión.
El viejo tenía la costumbre de armar sus propios receptores de radio, era un capo. Y además funcionaban. Así pasaban el Glostora Tango Club o Los Pérez García.
Los domingos al mediodía eran para la Revista Dislocada. Después las pastas, mucho más ricas que las que devoraba Doña Purita. La radio estaba adentro. Pero en la casa se adivinaba la presencia vigilante de la vereda. Estaba ahí, siempre con nosotros. Sabíamos que podíamos contar con ella a la hora de despabilarnos. Aquellas imágenes, esos aromas, la mansedumbre del patio y los obligados juegos del piberío veredístico, (agrego el rumor de las hojas secas de otoño en la plaza Colombia), se guardan, con celo, en mi memoria algo desolada. ¿Por qué dejamos perder lo entrañable? ¿Cuándo sucedió que no nos dimos cuenta? ¿Acaso no se vivía mejor..., digamos, diferente? No era tanto el barullo de ansiedades perturbadas por las urgencias. Todavía me asiste la sana costumbre de “parar” en el Café. No sólo en uno, sino en cinco. Son parte sustancial de mi vida de grande. Me detengo a mirar la vida como lo hacía el viejo con la silla al revés, aunque ya no estoy por Barracas. Mi destino de mirador está por Boedo, San Telmo, San Cristóbal o el centro porteño. Pero no hay vuelta que darle, el sur me tira y me tira bien, me cae a medida. Miro por las ventanas y  registro las enormes diferencias con aquellas perplejidades infantiles. Hoy todo es vorágine, aceleración, urgencias para nada, incomunicación con celulares a mano, insolidaridad y tantas otras patologías sociales. A esta altura, si el paciente lector cree adivinar en mis conceptos un dejo de nostalgia y algo de melancolía, debo decir que no está en lo cierto. Ni dejo, ni algo. Mi remembranza es una débil lágrima que asoma con fastidio, es nostalgia y melancolía de pura cepa. Éramos felices con tan poco. Además le incorporo una buena dosis de bronca. No rechazo el paso del tiempo ni ciertas comodidades presentes. No tengo la mirada en la nuca pero me abruma un puñado cada vez mayor de injusticias, inequidades y ausencias. Sucede que, desde hace años (no sé cuántos), la vereda y yo nos aislamos, nos colmamos de miedos y enfermamos a la par.
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Imagen: Chicos jugando en la calle (Foto tomada del blog: elalmiranteruina.blogspot.com).