1 dic. 2014

Durabilidad de lo precario



(De Astor Fernández Aráoz)  
       
Atrás de depósitos y terraplenes, entre charcos y terrenos cenagosos en potreritos donde algún pájaro crea, a veces, cierta sensación de rural lejanía, ahí, justamente ahí, aparecen las casillas. Un hombre astroso mira ausente y un perro duerme a sus pies. Unos chicos, más distantes, acaso acarrean cosas: por supuesto, remitlremos siempre imágenes de este tipo a un ámbito que conocemos, por ejemplo nuestra ciudad, pero podría ser cualquier otra, ¡tantas otras!, porque en todos lados la marginación, la incuria, el abandono, muestran sus lacras.
Un día las casillas son varias y transcurrido un tiempo resulta que son muchas, apiñadas como si quisieran mutuamente protegerse. Eso es, para nosotros, una villa miseria o –en el lenguaje intrascendente de los funcionarios– un “asentamiento”: Es lo mismo: nos entendemos.
Surgen convocadas quién sabe por qué. Tal vez, la necesidad “con cara de hereje”, las malditas fluctuaciones económicas, o el egoísmo de los que tienen. O acaso la ignorancia, la alienación, la haraganería, la desdichada falta de orgullo, esto sin contar la opinión de aquellos que  creen que se trata de un simple efecto de las etapas de prosperidad, que atraen a un número exagerado de migrantes. Es curioso: esa gente sostiene que coinciden los períodos de bienestar extendido con los de crecimiento de las villas miserias, en tanto que –afirman– las villas se reducirían durante los lapsos de recesión. Puede ser, pero dejemos ese tema arduo a los sociólogos, cuya baquía les permitirá adentrarse sin riesgos en él.
Se diría que toda población tiene sus marginales y que toda población grande tiende a agruparlos. Acá, mendigos, vagos y “apartados” hubo desde los años de Garay o, al menos, de Hernandarias. También existían barrios muy pobres, extremadamente pobres, por lo general en las cercanías de los mataderos y en donde paraban las carretas. Pero para encontrar la mención de uno específico de casillas, traperío y atorrantes, tenemos que llegar a 1885, cuando se inauguró el hoy desaparecido Arsenal, construcción almenada que ocupaba unas 20 hectáreas entre Garay, Pozos, 15 de Noviembre y Pichincha. Al ser descriptos los alrededores del cuartel se consignan datos según los cuales el espacio abarcado entre la avenida Garay y en las cuadras cortas que van desde Pozos a Entre Ríos, lo ocupaba lo que ahora llamaríamos una villa, una villa hecha y derecha, con todos los atributos correspondientes.
Bien pensado, estaríamos ante uno de los barrios más viejos de Buenos Aires, subsistente hasta hoy si le concedemos el don de ser itinerante. Porque a mediados de la década decimonónica del 90 esa aglomeración se ubicaba en la zona del actual Instituto Malbrán; después se corrió a lo que hoy son los playones del ferrocarril y, más tarde, se la halla donde ahora se asienta la imponente iglesia del Sagrado Corazón y en la inmediata plaza Pereyra. Se  fue yendo, pues, cada vez más hacia el Riachuelo y también más hacia adentro, de manera que en algún momento vino a topar con una humeante Quema, punto de arranque de sus días de apogeo, que hasta tuvo ribetes literarios. Fue entonces, imprecisamente, tanto “Barrio de la Quema”, “Barrio de las Ranas” y “Barrio de las Latas”,  y es hoy –mucho más encapsulado que antaño– las villas 21-24 y Zabaleta.
Semejante fenómeno de persistencia llama inevitablemente la atención; es claro en que esos asentamientos se produce una acelerada y constante renovación de vecinos, por los que nunca se encuentran en ellos “familias tradicionales”; sin embargo, las circunstancias favorables para la incorporación de nuevos pobladores deben ser muy fuertes, única forma de entender que eso “precario” haya durado nada menos que 130 años.
También más de un siglo tiene la villa 31, puesta a espaldas del Puerto Nuevo, lo que tampoco es moco de pavo. Como es sabido apareció con la construcción de las dársenas y, en buena medida, su población originaria hacía changas en esa obra. Para la época del Centenario era  todavía muy reciente, pero pronto, bajo el nombre de “villa Puerto Nuevo”, se hizo notoria y estableció fuertes códigos de sociabilidad, en parte reflejados en la película “Puerto Nuevo”, de 1936, dirigida por Luis César Amadori y Mario Soficci, y entre cuyos intérpretes estaban Pepe Arias, Charlo, José Gola y Sofía Bozán. En la ocasión, el pobrecito redimido por el amor de una niña copetuda –eterno tema, más antiguo que todos los barrios del mundo– fue Charlo, si bien, para ser estrictos, el papel que compuso más es de linyera que de villero.
Como sea, las villas duran, se estabilizan  y hasta prosperan, según vemos al presente, y esto a despecho del humor de la economía y de los  gobiernos, por distintos que éstos sean entre sí. Porque muchos con poder han querido quitar las villas de la ciudad, un poco como se quita la mancha de un traje, y han aplicado para lograrlo todas las políticas imaginables excepto la del desalojo inmediato y manu militari, seguramente porque nadie ha dispuesto de la fuerza para hacerlo. Y todos han fracasado, ya sea con planes de viviendas populares o de “radicación”, ofreciendo créditos o amenazando con abogados, por una razón obvia: en efecto, quienes están en la villa se van –como Charlo–, pero entretanto la sociedad le genera otros nuevos habitantes. Perón quiso ocultar con muros la villa que había en el Bajo Belgrano y, a su turno, Cacciatore  se dedicó a ejercer en todas un hostigamiento cruel, sistemático, innoble y, a la postre, inocuo; ambos también fracasaron.   
Pareciera que, en la relativa democracia argentina, la única arma admisible contra las villas es la urbanización de los predios en que se hallan, lo que, en rigor, tampoco acaba con ellas pero sí las aleja. Como ocurrió con el citado largo peregrinaje de la 21-24, y con el retroceso de la 31 –que un tiempo fue “Villa  Taxista” –, empujada hacia el norte por la construcción de la Terminal de Ómnibus.
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Imagen: Villa 31, en Retiro (Foto tomada de taringa.net).