4 dic. 2014

Recuerdos con aviones


(De Manuel H. Santos)

Doy fe: hace mucho, pero mucho (¡como que era niño!) se me llevaba al Club Gimnasia y Esgrima –vulgarmente GEBA, el de Figueroa Alcorta–, con el lógico y precoz  resultado de aburrirme de lo lindo, sin perjuicio de que, además, se aburrían quienes me llevaban. La consecuencia eran caminatas por un callejón de tierra que, convenientemente acondicionado, es hoy la Avenida de los Ombúes, en el tramo que separa a ese club de la planta de Obras Sanitarias, en la actualidad AYSA.
Esa avenida hace un giro para empalmar con la Lugones, pero en aquel tiempo se prolongaba en línea recta hasta otra calle de tierra, paralela a los fondos del club y de la dependencia pública. Tras ella había una alambrada bien de campo, luego las vías del ferrocarril y, al cabo, un pequeño murallón gris puesto para prevenir las crecientes del río. Empinándose, uno veía más atrás malezas y terrenos pantanosos que sustentaban, a la distancia, la plácida horizontalidad del Plata. Pasaban, como ahora, barcos cada tanto, y también trenes, de habitual formaciones diésel plateadas; asimismo, a veces –¡oh maravilla! –, convoyes de carga, arrastrados por dos locomotoras resoplantes y que nunca llevaban más de 45 vagones, el furgón de cola incluido, dato que, como se ve, me ha quedado fijo.
Por ahí, a las cansadas, pasaba un avión, por lo común una avioneta. Es decir, que ya existía el aeroparque, y esto sería hacia 1949 o 1950. Aunque existía apenas y casi nadie lo sabía, aparte de tener una pista mucho más corta que la que conocemos. Más tarde supe que para esa época no operaban desde ese lugar sino los aparatos de LADE –otra antigualla ignota– y aviones militares de enlace que llevaban y traían funcionarios con motivo de los vuelos con cabecera en Ezeiza.
Hacían mínimo ruido o, al menos, así me parecía. Pero algo de ruido harían y es probable que cada vez hicieran más, pues el Aeroparque se hizo repentinamente notorio –habrá sido esto para el 53 o el 54– cuando su actividad motivó una borrascosa protesta de las autoridades del teatro “Colón”, las que plantearon que ese ruido impedía continuar con las temporadas de verano, al aire libre, que se daban ante las tribunas de la Rural, con entradas baratísimas. La Municipalidad convino en que la queja era fundada y dispuso trasladar esas funciones estivales al Parque Centenario, donde se construyó  un auditorio al efecto, que, sin pena ni gloria, fue utilizado por tres o cuatro años, hasta que aquel estimable empeño cultural “al alcance del pueblo”, se extinguió por inanición.
Claro, se manejaban con la ópera y con la música “de veras”, segmentos artísticos que requieren alto grado de recogimiento para su gustación, totalmente negado por el estruendo aeronáutico. Pero el algo posterior auditorio del Lago del Rosedal, ámbito de recitales, de música menos exigente y hasta de poesía invocatoria, se lo bancaba bastante más y pudo prosperar por un tiempo. Hasta que aparecieron los aviones de  reacción y, literalmente, los artistas debieron “meter violín en bolsa” y esfumarse, espantados por el rugido de los motores.
Esto de que los aviones vuelen sobre plena ciudad y, para peor, en el momento en que más ruido del que hacen nos llega, que es cuando están a altura relativamente baja, sea porque acaban de despegar o porque van a aterrizar, siempre lo he creído un soberano disparate, opinión coincidente con la de cuanto experto he consultado, menester en el que se me explicó, de paso, el peligro que entraña hacer esas operaciones sobre zonas densamente pobladas. Pero estos son ya temas de entidad mayor, lo mismo que el múltiple e intenso deterioro que muchas razones viene padeciendo el parque Tres de Febrero, que no es del caso tratar aquí, siquiera para no ponernos demasiado serios.
Cabe, igualmente, contraargüir con la aseveración de que siempre las cosas de la aviación fueron en las ciudades y que es por ese factor multitudinario que captaron la imaginación general con la fuerza con que lo han hecho. Y sí: entre nosotros los primeros y fallidos intentos de elevar un globo aerostático se hicieron en la plaza Lorea, y el primero exitoso en el Paseo de Julio. La partida del infortunado globo “Pampero” fue desde una quinta de Belgrano y las del “Huracán” –célebre en mi barrio,  Parque Patricios– lo eran desde el predio de la Sociedad Sportiva, ubicado donde ahora se encuentra el campo de polo. Después los aviones intervinieron en desfiles y trazaron con humo “Yerba Salus” o “Geniol”; ya el “Plus Ultra”, con Ramón Franco y sus compañeros, había amarrado, modoso, junto al Espigón Municipal, y, en una de las suyas, Carola Lorenzini efectuado un aterrizaje de emergencia en la Costanera, cerca del puerto arenero.
La popularidad de la actividad era grande en esa época y eso es lo único que justifica dar crédito a la presunta veracidad de la poesía “anónima”, pasmosamente admitida por Borges y Bioy: Quiero tener una mina / pa’hacerle un hijo aviador, / que bata un día el “recor” / de la aviación argentina.
Otra cosa muy extraña –e ilustrativa–  menciona el comodoro Juan José Güiraldes –nuestro amigo, el “cadete Güiraldes”–, en una historia de la Fuerza Aérea: relata que entre los primeros aviones traídos al país se hallaba uno –un Voisin o un Bleriot, no sé– que una vez armado nunca pudo levantar vuelo, al parecer por haberse desequilibrado al ensamblárselo. Carreteaba y carreteaba pero no conseguía despegar. Se lo utilizó entonces como elemento de instrucción, “dando vueltas por la pista del hipódromo”. La gente se enteró y quiso ver ese portento limitado, por lo que una vez circuló antes de una jornada de carreras, “en medio del aplauso frenético del público”.
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Imagen: El hidroavión "Plus Ultra" en exhibición permanente en el Museo de Luján de la Provincia de Buenos Aires. (Fotografía tomada del sitio taringa.net).