4 jun. 2011

Chonino


(De Fernando Sánchez Zinny)

Hacia el extremo sur del Parque 3 de Febrero, hay entre la avenida Casares y la calle Salguero, un pasaje que las une y separa los fondos del cuartel de la Policía Montada y del Paseo Alcorta del terraplén del ferrocarril; ese pasaje se llama Chonino, nombre que no dice gran cosa y que ni siquiera es probable que alguien conozca porque, en verdad, la designación no corresponde a una verdadera calle, como Dios manda, carente de casas que den a ella. Circulan por ahí sólo vehículos, gente mal entrazada, algún fugitivo que llega al lugar llevado por el deseo de fumar, o algún curioso adepto a ejercitarse como infante.
¿Qué quiere decir “Chonino? ¡Nombres raros que tienen las calles, como Morlote o Zepita, o Ventana! En fín, Chonino puede recordarle a cualquier devoto de las antigüedades porteñas aquello del ilustre coronel Chavango, cuya memoria era recordada por Las Heras antes de recibir este nombre, no más que esa fue una cachada ingeniosa y nunca hubo ningún coronel Chavango, con lo que, en resumidas cuentas, no se sabe por qué la actual avenida Las Heras fue conocida antes como “Camino de Chavango”.
Pero he aquí que Chonino no ha de quedar en semejante oscuridad, porque se conoce documentadamente quién fue y por qué se le atribuyó su nombre a ese pasaje, mediante la ordenanza 43.486, dictada en 1989… Ahora, que saberlo es más pasmoso que todas las ignorancias reunidas, con el añadido, además, de que es para bien, pues habla favorablemente de Buenos Aires y de sus munícipes. Caso extraño: nuestra ciudad ha dedicado el nombre de una de sus calles a recordar a un perro, lo que seguramente no ha hecho ninguna otra en el mundo: porque Chonino –¡cáiganse ustedes de espaldas!– fue un perro. Un perro heroico, sin duda, justicieramente acreedor a figurar en una nomenclatura urbana, pero, así y todo, un perro.
Sólo contadísimos perros han alcanzado a afianzar su personalidad ante los humanos y de muy pocos se saben; en esto como en tantas otras cosas, pareciera que pagamos con bastante indiferencia las devociones de nuestro mejor amigo. Veamos: la literatura retiene a Argos, el perro de Ulises y, modernamente, a Niebla, el de Rafael Alberti, y a Natacha, que era de un poeta amigo. Nuestra historia recuerda a Purvis, el perro de Urquiza, y Hollywood salvó la memoria de Lassie y de Rin Tin Tin. Berry fue el más célebre de los San Bernardo, salvadores de alpinistas; Laika, la pionera de los mártires caninos de la astronáutica; Blondie, la perra de Hitler… Y se me acaba la nómina. ¿Pero quién era Chonino?
Leo no sin asombro: “ovejero alemán nacido el 4 de abril de 1975. El 15 de diciembre de 1977 ingresó a la Policía Federal, luego de aprobar las pruebas de aptitud física y psíquica requeridas”
Sigue la reseña: “Fue adiestrado como perro de seguridad y clasificado como perro de presa. Esto significa que sólo podía entrar en acción cuando había peligro de vida tanto para sus conductores como para terceros inocentes.
“Su primer servicio lo cumplió en el estadio de River Plate, en el partido inaugural del Mundial de Fútbol de 1978…  El 2 de junio de 1983 Chonino fue asignado para un patrullaje de la Comisaría 45° a los agentes Luis Sibert y Jorge Iani”, Estos hallaron a dos sospechosos y al pedirles documentos, tuvieron respuesta a balazos.
Uno de los policías –Sibert, el amo de Chonino– fue herido; el animal se abalanzó entonces contra uno de los delincuentes. El otro, le disparó y lo hirió de muerte. Pero entre los dientes del perro quedó un trozo del bolsillo de aquel al que había conseguido morder y allí estaban los documentos del prófugo, lo que llevó a la detención de ambos maleantes cinco días más tarde. 
Lo raro de esta historia es que los restos de Chonino descansan en un predio del Círculo de la Policía. Junto a la calle que lleva su nombre está el cuartel de la Montada y allí lo recuerda, asimismo, una estatua de bronce: contra tanto olvido, he aquí a un perro al que sí se recuerda. Era hora.
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Imagen: Pasaje Chonino (Foto tomada de taringa.net).