7 jun. 2011

Para contribuir a la memoria


(De Rubén Derlis)

¿Tiene algún sentido poner placas conmemorativas en el lugar donde vivió alguien que alguna vez fue un vecino más y que ahora, por sus actuaciones y sus méritos ha pasado a ser un personaje (aunque en lo personal no me gusta esta palabra) en la memoria colectiva del barrio? ¿Sirve de algo fijar hitos que marquen el sitio donde tuvo lugar tal o cual acontecimiento que hizo trascender el nombre de la barriada hacia otros ámbitos ciudadanos? Sin dudarlo digo que sí, ya que es una de las maneras de fijar la historia, de llamar la atención –aun en la brevedad que por lógica encierran dos fechas y una mínima referencia– acerca de aquello que hace a nuestra identidad: dice quiénes somos, dónde estamos parados, hacia dónde nos dirigimos. Nada menos. Esta forma de homenaje es también una manera de ejercer la memoria activa.
Buenos Aires es bastante mezquina en mármoles y bronces que señalen vidas, acontecimientos o lugares que cimentaron su acervo ciudadano; toda suerte de militares y otros aláteres están representados con dadivosa profusión pese a que a muchos de ellos les vendría mejor un piadoso manto de olvido; pero aquellos que fueron los verdaderos artífices de la porteñidad brillan  por su ausencia; hago salvedad de ciertas esquinas nombradas criteriosamente y de algunas que otras placas, que por supuesto las hay; pero no bastan. Esto en lo general, pero como lo que me ocupa ahora es lo particular, hablemos de Boedo.
La Junta de Estudios Históricos hace denodados esfuerzos por lograr poner en algún frente un simple rectángulo de bronce que, cuando lo logra, se celebra como un triunfo por la ardua lucha que antes debió librar en largas amansadoras de antesalas burocráticas o –también hay que decirlo– por la oposición de los mismos frentistas. Contra los primeros la contienda es desigual, ya que, como lo registra el folclore porteño, es muy difícil, cuando no directamente imposible, vencer de primer intento a los burócratas por más empuje y tesón que se tenga; en cuanto a los segundos, me parece que no debiera mediar batalla alguna, sino todo lo contrario: éstos tendrían que mostrar orgullo de estirpe boedense de que el frente de su casa o comercio luzca un bronce que no es más –y no es poco– que el reconocimiento de los vecinos hacia uno de sus iguales, o a la conmemoración de algún evento que sirvió para dar mayor fuste y trascendencia al barrio. Es de suponer que todos alentamos una igual esperanza: que se hable de Boedo tanto en el presente como en el más lejano futuro, como del lugar que fue cuna de hombres cuyo protagonismo, mediante hechos o ideas, quedó inscripto en la conciencia ciudadana, y no como el barrio que a partir de la década del 70 pasó a ser el mayor centro de ventas de electrodomésticos de la ciudad.
Quien haya caminado París  en breve plan turístico, es decir, no más allá del Barrio Latino, la Torre Eiffel y la breve visita a Montmartre, habrá notado sin embargo sin mucho esfuerzo la cantidad de chapas e indicios recordativos que le salen al paso desde mansiones, comercios, plazas y aun desde el malecón del Sena; los que dispusieron de más tiempo y se adentraron en sus barrios, pudieron ver que casi no existen calles que no tengan algún edificio condecorado con alguna placa en su frente y que a veces ésta –como casi todas, de mármol– está a nivel de un segundo piso, lo que dificulta su lectura; pero está. Y no creo que su actual habitante se sienta molesto porque allí diga: “Aquí vivió Madame Curie”, o “Aquí habitaron Vincent Van Gogh y su hermano Theo”, o “Sobre este puente fueron muertos por los nazis los ocho mártires del Liceo Bufón” o “En este solar estaba la casa de campo de Molière” entre otras muchas.
Lo que pretendo significar es que cada uno de estos fragmentos de mármol o bronce desperdigados por uno y otro lado, es un pedazo de la vida de París que oficia de disparador para activar la memoria del parisino. De eso se trata. Se podrá argüir que París tiene varios siglos y no poco para recordar. De acuerdo: pero alguna vez empezaron, y no fue hoy precisamente. Buenos Aires tiene muchísimos menos años y Boedo menos todavía; sin embargo esto no quiere decir que carezcan de historia. Para tener pasado hace falta tan solo nombrar el ayer; asumido éste se puede pensar en anteayer, y ya estaremos memorando. Pero para trasmitir esta memoria es preciso fijarla, patentizarla, que cobre vida en la calle ante cualquier transeúnte sin recurrir a los libros, que le hable desde los frentes de los edificios y lo haga sentir partícipe de una misma gesta. Cuando esto ocurre, miramos hacia adelante con otros ojos y otra conciencia, porque vamos aprendiendo a mirar hacia atrás. Y a asumirnos.
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Imagen: Chapa fileteada y bronces recordativos en la pared del ex Café "Canadian", actual "Esquina Homero Manzi", en Boedo y San Juan (Fotografía de Gustavo Frasso).
Nota tomada del libro de R. D. Boedo y otras adicciones, Bs. As., 2000.