5 jun. 2011

El arroyo Cildáñez: origen de su nombre


(De Arnaldo J. Cunietti-Ferrando)

Aunque lejos de tener la importancia del Maldonado, el arroyo Cildáñez, curso de agua en el extremo sudoeste de nuestra ciudad fue una eterna fuente de problemas, sobre todo para los acarreadores de ganado de mediados del siglo XIX, y luego de largas tramitaciones burocráticas terminó también entubado hace unas décadas.
El nombre más antiguo que registramos, lo menciona como “arroyo de Campana”, que tomó por atravesar la chacra del acaudalado vecino don Francisco Álvarez Campana, que junto con la de Norberto Quirno, daría origen al barrio de Floresta.
Esta propiedad era tan importante que dio nombre, no sólo a este pequeño curso de agua, sino también al camino que pasaba cercano a la casa principal. Este Camino de Campana, transformado luego en Avenida del Trabajo, lleva hoy el nombre de Eva Perón.
El Cildáñez atravesaba zonas bajas y en algunos lugares se confundía con el bañado. Por tal razón, en diciembre de 1854, numerosos vecinos de la zona recolectaron 3800 pesos “para construir en el bañado del terreno conocido por de Campana dos puentes de cinco varas de largo y cuatro de ancho con paredes y arcos de cal y ladrillo” sobre el curso de este arroyo, que todavía figura con esta denominación en varios documentos, entre ellos un informe del alcalde del Cuartel 5°, de marzo de 1859.
Y tardíamente en un plano de 1890 realizado por el ingeniero Félix Romero de los terrenos de Letamendi, lo encontramos aún con el antiguo nombre de arroyo de Campana.
Pero en septiembre de 1862, en un acta de la Municipalidad de Flores, aparece citado oficialmente por primera vez como “arroyo de Sidaña”. Esta novedosa denominación se repite en 1870 al contratarse con el vecino Eduardo Lacrouts la compostura del puente sobre el “arroyo de  Zidaña”.
Este nombre es una deformación de Cidáñez, apellido del propietario de una fracción de tierras atravesada por el mencionado arroyo. Se trata del quintero Ramón Fortunato Cidáñez, quien el 22 de julio de 1849 compró una chacra de 300 varas de frente al este por 538 de fondo, ante el escribano Vila, aunque ya habitaba esos lugares mucho antes, como simple arrendatario.
Esta quinta de Cidáñez formó parte de la primitiva chacarita de Los Talas, de la familia de Rivadavia, y fue adquirida a don Miguel Flores. Cidáñez debió ser un personaje muy especial y conocido en la zona para que el nombre del arroyo que atravesaba su propiedad se asociara con su apellido.
Algunos documentos coinciden en que era sumamente misterioso, ya que un día desapareció del lugar de su residencia sin conocerse durante muchos años su paradero, quedando las tierras cubiertas de espesos montes y totalmente abandonadas. Así, en 1866, al hacerse una mensura de la chacra de Letamendi, se hizo una citación de linderos, señalándose que “por la parte de Cidáñez no ha habido a quien citar, por no subsistir allí en el terreno e ignorarse su paradero”.
Las tierras de Cidáñez fueron ocupadas luego por don Juan Arroqui y años después, en 1890, apareció una hija del antiguo propietario quien promovió un incidente sobre posesión, llegando luego a una transacción con los herederos del ocupante. Con los años, el arroyo de Cidáñez, se transformó por corrupción, definitivamente en Cildáñez.

CRECIDAS Y DESAPARICIÓN
Este pequeño arroyo, cuyo ancho en algunos tramos no excedía de los 4 o 5 metros, se internaba luego en el bajo Flores para desembocar en el Riachuelo. En el arrendamiento de una fracción de la quinta de Olivera en 1867, el Cildáñez se menciona aún sin denominación alguna, describiéndolo como “un magnífico arroyo... casi permanente,  pues solamente se ha secado en las grandes secas”.  Y tan era así, que tenía períodos en que salía de madre y se convertía en un peligroso torrente por su gran caudal de agua.
En 1880, por ejemplo, al atravesarlo una tropa que venía desde Cañuelas, el joven hijo del tropero castigó al caballo en medio del arroyo y fue arrebatado por la corriente.
“El padre de la víctima –cuenta La Prensa del 16 de marzo de ese año– le arrojó un lazo para que se salvara, pero sea que estuviera conmovido por la inminente desgracia o que el hijo estuviera asustado, no se consiguió salvarlo. Tres veces se hundió en las turbulentas aguas y tres veces apareció sobre ella. La última vez estaba muerto”.
En razón de que el cercano Matadero de Liniers estaba “ubicado en la cuenca de los desagües pluviales de toda la región, en varias ocasiones hubo que suspender la matanza porque las aguas llegaron a inundarlo hasta dos metros sobre el nivel del suelo.” Para evitar este problema la Intendencia decidió, en 1903, “emprender la ejecución de un gran canal que rectificando el curso de las aguas las llevara al arroyo Cildáñez, del otro lado de los mataderos.”
Así fue como el popularmente conocido “zanjón”, se conectó con los Nuevos Mataderos de Liniers y era el recipiendario de todos los desechos de este establecimiento, de forma tal que los vecinos lo denominaban despectivamente “arroyo de la sangre”. 
Un periodista que visitó la zona en 1929, expresaba: “Hagan ustedes un paseíto por Nueva Chicago y lléguense como para tomar buen aire hasta el arroyo que corre a poca distancia de la puerta principal de los mataderos de Liniers. Allí encontrarán ómnibus y volantas, nutrida edificación familiar y establecimientos industriales” y podrán comprobar “la resistencia olfativa del audaz que efectuara la excursión a un sitio tan degradante…; a sus orillas se reúnen, en alegre anarquía, latas, desperdicios, envases vacíos y barro”. Debemos acotar que el mismo panorama ofrecía también el Maldonado.
En 1940, el arroyo fluía en medio de una compacta edificación y ese año Obras Sanitarias destinó la suma de 2.200.000 pesos para entubar 1.287 metros, desde la avenida General Paz hasta Remedios de Escalada y Basualdo. Desde este punto hasta la Avenida del Trabajo sólo se construyeron las paredes laterales del conducto. En 1961 se continuaron las obras lográndose avanzar cuatro kilómetros y medio.
El 21 de diciembre de 1962, todavía el Cildáñez a medio entubar cobraba nuevas víctimas: un ómnibus cargado de pasajeros se precipitó a sus aguas, a inmediaciones del Riachuelo, con un saldo de seis ahogados.
Como dato curioso, señalaremos que en la zona sur de Floresta se ha constituido en estos últimos años un numeroso asentamiento de ciudadanos bolivianos. Esta laboriosa y sufrida colectividad, ha comenzado a denominar espontáneamente a la zona como “barrio Cildáñez”, en todos sus avisos y publicaciones. El arroyo desapareció y desde entonces ya no se habla más de sus inundaciones, pero resurgió su nombre en un barrio no reconocido en la moderna toponimia oficial porteña.
Para finalizar, acotaremos que el Maldonado está unido al Cildáñez a través de un desagüe subterráneo realizado con el fin de aligerar las aguas de este primer arroyo, a la altura del barrio de Versalles. Al hacerse las excavaciones, en las cercanías de la calle Basualdo fueron encontrados restos de gliptodontes, que fueron derivados al Museo de Ciencias Naturales.

¿Y QUÉ FUE DE FORTUNATO CIDÁÑEZ?
No podríamos concluir esta reseña de arroyos y nombres, sin completar la dramática historia del chacarero que dio su apellido a este problemático curso de agua y la causa de su misteriosa desaparición de la zona. Siempre nos intrigó conocer detalles de la vida de este personaje, pero durante muchos años nuestras búsquedas fueron infructuosas.
Finalmente pudimos esclarecer qué pasó con Fortunato Cidáñez. Para ello debimos remontarnos al 17 de mayo de 1854. Con esa fecha, en el Archivo del Estado de Buenos Aires encontramos una comunicación oficial del juez de paz de Ranchos, hoy General Paz, que da cuenta de su trágico fin: “Anoche a las nueve ha sido incendiada la casa de Dn. Fortunato Sidañez, vecino de este partido... Hasta estos momentos el Juzgado no tiene mas conocimiento sobre este hecho, sino que fue perpetrado por dos individuos que llegaron a la casa, según lo depone Andrés Rivero que se hallaba en esos momentos durmiendo en la cocina de donde logró escapar y dirigirse a casa del Alcalde a darle parte.
Habiendo éste en el momento constituídose en la casa del incendio, asociado con dos vecinos y dos tenientes, encontró el mal en un estado de no poderlo evitar, pues hasta las paredes que eran de quincho se habían consumido: encontró muerto al dueño de casa el citado Dn. Fortunato Sidañez, cuya muerte, según resulta del reconocimiento practicado ha sido ocasionada por la sofocación del humo... La indagatoria se esta siguiendo y aún no presenta un indicio que pueda ilustrar quienes hayan sido los perpetradores”.
Los motivos de esta cruel venganza y sus autores nunca pudieron ser esclarecidos y con ello se alimenta aún más la leyenda de Cidáñez, el chacarero de vida y muerte “misteriosas” que perpetuó su nombre en un arroyo y que no murió ahogado por las aguas del mismo, sino por el humo de su casa.
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Imagen: Inundación provocada por la crecida del arroyo Cildáñez en Villa Insuperable, provincia de Buenos Aires, en 2009. (Foto de villainsuperable.blogspot.com).