5 jun. 2011

La conjuración de Álzaga


(Ricardo de Lafuente Machain)

No habían pasado muchos meses del llamado “motín de las trenzas”, cuando otro proceso de resonancia ocupó la atención pública y llevó al cadalso al grupo más numeroso y de mayor prestigio que se ha visto en Buenos Aires. Además, era el  primero en que sólo se ventilaban problemas de política de verdadera importancia para los destinos del país.
En 1812 el ambiente en la Capital era intranquilo. No obstante invocarse el nombre de Fernando VII en los actos oficiales, ya se perfilaba el programa separatista.
Como es natural, los peninsulares que habían medrado bajo el régimen colonial, por patriotismo y conveniencia personal no podían mirar con buenos ojos un cambio cuyo resultado era incierto. Callaban por prudencia o temor a represalias, pero se comunicaban sus temores y, conforme pasaba el tiempo, aumentaba el número de descontentos.
Se hablaba de una conspiración en proyecto, pero no se sabía nada concreto hasta que la delación de un negro esclavo puso al Gobierno sobre la pista de un complot tan bien urdido y tan vasto, que muchos dudaron que pudiera ser cierto. La investigación se hizo con rapidez y los complicados fueron cayendo. Eran muchos y de categoría, por los servicios prestados, rango social o importancia económica. Por fin, todo se aclaró.
El jefe era don Martín de Álzaga. No había nadie con mayor prestigio. Personaje consular, resuelto, ambicioso, dueño de gran fortuna, con brillante actuación en las jornadas contra los ingleses, era respetado y seguido por los españoles peninsulares.
Como segundo jefe aparecía fray José de las Ánimas, del convento de Bethlemitas, antiguo oficial de caballería con brillante foja de servicios, enérgico, decidido y patriota, verdadero hombre de empresa.
Estaban con ellos el teniente coronel de artillería don Felipe Sentenach, director de la Escuela de Matemáticas, actor distinguido en las invasiones inglesas; don Francisco de Tellechea, persona de muy buen nombre y fortuna, con actuación prominente en la vida comunal de Buenos Aires; don Matías de la Cámara, yerno y de toda la confianza de Álzaga, y muchos otros distribuidos en todas las esferas.
Álzaga es buscado activamente, pero había desaparecido de la ciudad y de su quinta en Barracas. Por fin otra denuncia permite dar con él, que se entrega sin ninguna resistencia en la madrugada del 6 de julio, aniversario de uno de los días heroicos de las invasiones en las que tuviera tan gloriosa actuación.
El proceso había marchado con celeridad. La sentencia estaba pronunciada y algunos acusados ya habían sido ejecutados.
Álzaga fue llevado a declarar esa misma noche, a las 3 am. Respondió con altura y serenidad, pero la sentencia no se modificó. Inmediatamente le ponen en capilla y dicta su testamento. Designa a su yerno de la Cámara para albacea, y como le hicieran saber su ejecución ya realizada, dijo: “Lo siento más que mi propia muerte”, y designó a don José Martínez de Hoz.
A las 10 le llevan desde la Cárcel de la Cuna, detrás del Convento de San Francisco, a la Capilla de la Cárcel, en los altos del Cabildo, de donde a poco le sacan para ejecutarle. 
Álzaga aparece al público que llenaba apeñuscado la Plaza de la Victoria. “Alto de cuerpo, flaco, seco, muy blanco, muy tieso y sólo algo inclinado para adelante la cabeza, cano pues tenía más de 60 años y de una cara y aspecto muy respetuoso”. Iba sin sombrero, vistiendo chaquetón color borra de vino, calzón corto de ante claro y botas de campana. En la mano llevaba un crucifijo de metal  con la cruz de madera negra. Le acompaña su confesor y pasa entre filas de soldado formando calle hasta la Plaza de Mayo. Al cruzar el arco de la Recova se arrodilla y luego continúa su camino. Un redoble sordo de tambores hace más solemne el momento. Llega al banquillo. El sacerdote le da la absolución y Álzaga se niega a ser vendado. Pide a los soldados que no le tiren a la cara, cruza los brazos y ordena el fuego. Suena la descarga y muere.
El verdugo, Bonifacio Calisto, inmediatamente lleva el cadáver sobre sus hombres y le cuelga de la horca, donde permanece durante tres horas. Al cabo de ellas don José Martínez de Hoz, en su carácter de Hermano Mayor de la Caridad, lo hace bajar y dar sepultura en el campo santo de la iglesia de San Miguel,  destinado a recibir los restos de los ejecutados.
El pueblo, acudido en masa para presenciar el fin de quien fuera una de sus ídolos poco antes, no dejó sitio sin ocupar. En puertas, ventanas y azoteas se veían racimos de gente luchando por no perder detalle. Los colegios, como de costumbre, presenciaban el acto formados en los mejores sitios. Don Rufino Sánchez, el maestro más acreditado, colocó a sus alumnos sobre la acera de Victoria y les dirigió una alocución concerniente al suceso del momento.
El sentimiento público estaba dividido. Para unos, Álzaga era un mártir. Para otros, un traidor. Aquellos bajan la vista ante los restos del ajusticiado, acongojados. Éstos gritan, ¡viva la Patria!, ¡viva la libertad! y cantan la Canción Patriótica mientras las bandas tocan marchas.
Se cuenta alguna escena que en honor de la humanidad es mejor silenciar.
Hay discrepancia sobre el lugar exacto de la ejecución. Algunos dicen que el banquillo estuvo a borde del foso del Fuerte, mientras hay quien afirma que estuvo en plena Plaza de Mayo.
El 11 fueron ejecutados, entre otros, don Francisco de Tellechea y Sentenach. Éste, como militar, previamente fue degradado. Para ello se levantó  un tablado donde ahora está la estatua de Belgrano, y bien a la vista del público, el verdugo le arrancó las insignias del uniforme y rompió su espada. Después se le ejecutó.
El 13 tocóle el turno a fray José de las Ánimas, primer religioso ejecutado en Buenos Aires.  Vestía “de levitón largo de bayeta verde, a guisa de clérigo”. Fue colgado frente a los altos de Escalada, Victoria casi esquina Defensa, y permaneció varias horas expuesto a la expectación pública, con la capucha echada sobre la cara, dejando ver su larga barba encanecida.
Los reos sumaban 41, y su castigo duró 40 días.
El 9 de agosto se iluminó y embanderó la ciudad, celebrando función solemne en la Catedral en acción de gracias por haberse descubierto la conspiración.
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Imagen: Escultura de Martín de Álzaga, obra de Antonio Pasaglia, en la iglesia de Santa Felicitas, en el barrio de Barracas, Buenos Aires.
Tomado del libro de R. de L.M. La plaza trágica. 2da. edición; Cuadernos de Buenos Aires, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, Bs. As., 1973.