4 jun. 2011

Mar picado


(De Mailén Sosa)

Sí, definitivamente esa inquietante mujer estaba observándola. No había margen de error.  Camila lo venía  notando hacía varios minutos pero aún no estaba segura, por eso cada tanto echaba una pispeada para confirmar si realmente era a ella a quien estaba observando, ninguna de las veces pensó que miraba a otra persona, pero igualmente seguía dudando, no entendía cómo alguien podía observarla de manera tan cruda.
Es que, en el inmenso mar de gente que suele sumergirse en la complicada calle Florida, era difícil deducir a quien mira o deja de mirar la gente, allí no se ve gente sino una manada, líneas fugaces, rostros borrosos que se van desvaneciendo a lo largo de la caminata. Ellas parecían ser las únicas personas detenidas en ese mar picado.
Camila esperaba a su madre para hacer las compras de año nuevo, esas compras tan densas, donde hay que pensar hasta en el niño más lejano de la familia o aún peor: en qué perfume comprarle a la abuela. La madre llevaba ya diez minutos de retraso, pero Camila no era una chica con apuros. Se sentó en el escalón de una puerta y ahí espero, tranquila. En realidad intentando sentirse tranquila, pero esa mirada la seguía perturbando, luego de cinco minutos ya dejo de molestarle y hasta empezó a agradarle. Si aquella mujer quería jugar alguna clase de juego extraño ella no se quedaría afuera, siempre y cuando sea con sus reglas. Entonces, sonrió. La sonrisa de Camila no era igual que las demás, era de esas sonrisas que uno puede contemplarlas por siempre y nunca llegan a cansar, ni al más impaciente.
La muchacha de la bici no movió un pelo, siguió inmóvil, mirándola como 25 minutos atrás. No quedaba claro que hacia aquella ahí parada con su bici sin ningún tipo de función o voluntad de moverse. Solo molestaba a la manada que frunciendo el ceño, susurrando por lo bajo y echándole miradas de odio trataban de transmitirle su desesperante enojo por no moverse al igual que todos allí.
La chica y su bici amarilla obstruían el paso y molestaban a todos en ese lugar, menos a Camila. Ella estaba segura que si en ese momento alguien se le ocurriera sacar una foto lo más bello seria la chica de la bici, sin aquella pequeña mujer en la foto no sería lo mismo, no sería para nada interesante. Ésta era bajita, con un flequillo que cortaba abruptamente su frente, y con ojos indescriptibles, ni celestes ni verdes, marrones: los ojos más hermosos en toda la calle Florida, Obvio que la mayor parte de esa belleza lo aportaba su firme mirada.
Camila sin darse cuenta entró en su juego, ya estaba interesada en ella y en su bicicleta, no sólo eso, sino que al detenerse a pensar que hacia en ese escalón, pasada ya media hora, descubrió que su madre no vendría y que su mente rogaba que no lo hiciera.
Con un ridículo salto se levantó, ese pequeño saltito fue el enorme impulso que avalanzó a Camila hacia la chica de la bicicleta. No pensó ni por un segundo qué le diría, pero algo hacía que sus piernas no dejaran de moverse, enfrentó a ese mar de gente que cruzaba la calle Corrientes, esperando llegar lo más rápido posible a ese poste donde la muchacha ya estaba atando su bici, adivinando que se le aproximaba algo que le haría ganar el juego, o tal vez sólo empezarlo.
Una vez juntas todo lo demás tomó un tono sepia, un papel secundario. Allí estaban ellas dos destacándose del resto. Sus sonrisas estallaron, juntas parecían obtener el secreto de la vida.
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Imagen: Calle Florida.
El texto y la foto fueron tomados de www.buenosairessos.com.ar