16 jun. 2011

Sobre la fragilidad de Buenos Aires


(De Edgardo Lois)

Hoy sí, después de convivir con un revuelto de imágenes y pensamientos en mi conciencia, sentí, pensé o me dije, que hoy sí iba a poder escribir sobre mi ciudad. Pero acabo de anotarlo y me parece que el impulso se resiente, se disgrega en posible amague, y no quiero que eso suceda. Necesito mi acto de exorcismo, necesito de estas horas de soledad en mi Luna trucha de barrio de San Cristóbal. Informo: las ventanas de mi cocina dan al pulmón de manzana, un pulmón de techos bajos y silenciosos, sí, muy silenciosos, porque así es mi Luna de mentirita: paisaje lunar con mucha membrana plateada, mucha chapa clara, y restos de satélites artificiales dispersos (ladrillos rotos, cables, cajones de fruta vacíos) entre los cráteres con apariencia de patios chicos. En mi Luna hay un árbol y tres o cuatro gatos, los famosos gatos de la Luna, como avisó el tenebroso H. P. Lovecraft. Es mi Luna una especie de imitación de esos decorados de película de ciencia ficción serie B de allá lejos y hace tiempo: casi cartón pintado, una pura apariencia que acompaña, ella siempre tan en silencio, mi escritura. Hace tres años que escribo oteando a Selene y siento que mal no me ha ido. Entonces aquí me encuentro, entre el impulso y el amague en esta tarde de lunes. Día pintado de gris, nubes de tango y blues, un día, si los hay, para tratar de hablar de mi Buenos Aires.
La primera imagen que necesito escribir tiene que ver con la más pura fragilidad. Copa o vaso chico, juguetito con historia o nuevo, la vida toda, y todavía más, el amor, muestra como principal virtud a la señorita fragilidad. Ayer puse proa a la República de La Boca para ir a hundirme entre las patas de una super araña parida en metal, una expo de arte en la Fundación donde todo destilaba concepto y psicoanálisis. Interesante, me dije, mientras comprobaba que mi pelo se movía por exclusiva acción de la brisa que provenía del Riachuelo. Luego caminé en dirección al puente viejo, mi mirada era de plano general, como lo había sido dentro de Caminito: parejas disfrazadas de tango para la foto, orificios para meter la cabeza dentro de un panel pintado y jugar a que se es otro (ay, es que todo es tan frágil), pintores recién amanecidos en el uso de colores salvajes provenientes de la más pura escuela de la vidriera de ferretería, y hasta un hombre invisible que pedía monedas que festejaran su visible invisibilidad, mientras quizá planteaba nuevas ideas que quitaran protagonismo a las estatuas vivientes. Mi mirada de plano general sobre la rambla costanera encerraba puestos de venta de artesanías y garrapiñadas, incluía la mirada hacia un cuarto piso, balcón con vista al Riachuelo, donde hasta hace poco viviera Salvador Linares, crítico de arte y amigo que se extraña; una observación que registraba la basura eterna sobre el agua oscura y los autos a velocidad sobre el puente que lleva hacia la isla Maciel; al tiempo que miraba el frente del Museo Quinquela Martín mi pensamiento llegaba al tornillo de la orden del maestro y, en una lejanía de la memoria, recuperé bien en presente el rastro de las reuniones en la peña que el pintor organizaba en el subsuelo del Tortoni, encuentros siempre vivos en La comparsa, la novela de Gómez Bas. Así caminaba hasta el toque de lo inesperado.
Vi a dos policías a unos veinte metros de mi posición. Parecía que estaban de charla. Hacía centro en ellos de manera intermitente: gente que se cruzaba en mi visual, gente que se detenía y me negaba el espacio. Pero la cercanía hizo lo suyo, el aire se liberó un poco y al fin pude ver que los policías hablaban parados frente a uno de esos bancos de cemento que están sobre la peatonal, frente al Riachuelo. El banco estaba ocupado por un hombre: vi sus zapatos negros, su pantalón gris, vi la bolsita plástica que tenía a un lado de la mano derecha, su campera azul oscuro, vi sus brazos acomodados a los lados del cuerpo, y entonces vi que su cabeza, la nuca, casi apoyaba en el borde del banco: sus ojos abiertos apuntaban al cielo. Estaba muerto. No llegaba a sesenta años. Mientras pasaba frente al hombre mi pensamiento pronunció una palabra: fragilidad, y de manera inmediata fijé mi vista en la bolsita: blanca, bolsita de mercado chino, tan simple, tan sin importancia mientras la peinaba el viento. La bolsa era la fragilidad, era la historia chiquita de tal vez salir a caminar y sentarme a descansar un poco, o era quizá la que marcaba el momento en que me sentí un tanto mareado y ya. Era la muerte en Buenos Aires, en La Boca, era la vida frágil en esta vida. Y esta imagen de ayer me llevó a otra fragilidad. Ocurrió hace dos semanas, cuando el hombre que trabajaba en la portería del edificio donde se guarda uno de mis paisajes: La Viruta, la milonga de Palermo, también, dejó de estar a poco de haberse sentido mal. Nos saludábamos, a la entrada y a la salida. Unos sesenta años, barba blanca y tupida, pocas palabras, mirada tranquila. Varias veces lo vi leer, y varias fueron las veces que me prometí preguntarle sobre qué era lo que leía, es sabido que los lectores son una especie en extinción, y ahora que lo anoto me digo, que aún sabiendo esto, no tuve el tiempo o el impulso, y dejé la pregunta para mañana. Ahora es imposible saber qué leía Juan Carlos. Cuando me enteré de su muerte me ganó la tristeza, y no fue lo mismo el lunes a la madrugada subir las escaleras para buscar la salida. El suplente estaba alejado del mostrador donde siempre estaba Juan Carlos, se ubicó lejos, sentado en un sillón en la sombra, como para no molestar, por respeto. El mostrador estaba iluminado relativamente, una luz propia de escena de velorio: sentí la ausencia, y no pude decir: Buenos días.
Sigo de escritura mientras la noche va marcando territorio en mi Luna. Sobre el único edificio que veo desde mi ventana leo un cartel de publicidad: Electro Universo, así la declaración que acompaña la escritura, y la tomo como prueba de que mi Luna es verdadera en su simulacro. Tan verdadera como la fragilidad, tan verdadera como la convicción de que no se puede andar por la vida dejando las cuestiones para mañana. Es cierto que a veces el ideal termina en la misma bolsa que el violín, y entonces andamos tratando de emparejar el partido, distraídos y preocupados en ver cómo zafamos del descenso, pero atenti, pebeta, no hay que arriar las banderas.
Para defender la parada de la vida en esta Buenos Aires es necesario contar con la presencia de la muerte, porque tarde o temprano habrá que finirla. La parca acarrea al cementerio, al desporteñadero, como lo llama Rubén Derlis, el poeta de Boedo. El desporteñadero existe debido a la fragilidad que flota en cada uno de los días. Y es al lado mismo de la fragilidad que uno debe fundar una de las tantas, y tan necesarias, memorias: la memoria que guarda a nuestros muertos. En estos días escribía una nota donde contaba parte de mis ceremonias con mis ausentes. Anotaba que mis muertos viajan conmigo, pero que es en mis barrios donde salgo a buscarlos, a estar con ellos. Camino las calles de Boedo y San Cristóbal: y los encuentro, voy en compañía desde mis lugares, desde mi mirada en el paisaje; camino hasta que llego hasta alguno de mis cafés, el Margot en Boedo o el Cao en San Cristóbal, entonces invito y soy capaz de irme de charla con mi buen fantasma: el murmullo le saca lustre a la ventana. Los muertos, su memoria, la práctica de esta memoria, funda uno de los pilares de la identidad. También guardo ceremonias en mi departamento, por ejemplo, cada vez que llega una de las fechas de mi amigo y maestro Gabriel Montergous, establezco el tiempo para que escuchemos los Impromptus de Schubert, y fuera de estos días, me encuentro con él cada vez que escucho a Schubert, y cada vez que me siento a escribir frente a esta Luna de utilería, o sea, en este preciso momento. El amigo Carlos Rigel, él también trabajador de la pluma, me escribió a propósito de la nota en cuestión: ¿Por qué me suena que tus muertos no están muertos?
En estos días escribía también una nota sobre el poeta Roberto Santoro, desaparecido desde el 1º de junio de 1977. Vivo a una cuadra de la escuela de donde los miserables se lo llevaron. Cada vez que paso frente al edificio pienso en él: Santoro, tan vivo el poeta en Jujuy e Independencia, donde trabajaba como preceptor. Cuando camino por la vereda siempre busco con la mirada la placa/baldosa que lleva su nombre, sé que ya no se lee porque la caminaron cantidad de alumnos, pero miro hasta que la encuentro: su rastro en gris.
Me gusta pensar que la sombra es el reflejo del alma mientras estamos vivos, y que cuando llega la muerte, la susodicha se hace noche, se refugia para hacerse fantasma, y mientras hacia el sueño deriva sueña con guardarse en nuestra memoria.
Me gusta sugerir el sano ejercicio de convivir con nuestros muertos, porque ellos lo necesitan y nosotros también, el mar sigue revuelto y los enemigos han modificado caretas, ayer en verde oliva, hoy en amarillo y en extrañas combinaciones dentro de un deslucido arco iris, por eso Santoro me habló en su esquina, él tan vivo, con tanta convicción: yo amo / tu escribes /él sueña / nosotros vivimos / vosotros cantáis / ellos matan. Me aclaró, se llama Verbo irregular y está en No negociable, una de mis carpetas.
Si ellos pueden, yo también, y con más razón, debería poder, así pensé y al final escribí sobre mi Buenos Aires, al menos, sobre una de ellas.
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Imagen: Calle Constitución, en San Crístóbal, circa 1960. (Foto rudberoliv).
Texto tomado del periódico Desde Boedo.