19 jun. 2011

Cicerone del alma


(De Hilda Guerra)

Ninguno de los muchos premios otorgados al “Alemán” Jorge Enrique Göttling fue tan justo y apropiado como el Don Quijote.
Compartí un café semanal con él durante treinta años. Y digo uno porque muchas veces fueron dos. Hay que tener en cuenta sus viajes y mi viaje obligado por escasos meses en el 79.
Todos los que lo tratamos sabemos perfectamente que fue un caballero. Un hidalgo con la mirada puesta en lo cotidiano. Más precisamente en la gente que deambula por esta ciudad, a la que él hizo suya –aunque nació en Salta. Fue un caballero andante que buscó aventuras para sus notas.
Sólo una pluma noble como la de Jorge Göttling pudo rescatar del olvido a personajes que se desangran por dentro: mujeres y hombres nebulosos, con la bruma de algunos atardeceres.
Con su inseparable cigarrillo sólo oculto al final –en su casa– y largos cafés, fisgoneaba como al pasar lo que acontecía en Buenos Aires. Le dolía tanto el hombre divorciado haciendo malabarismos por contentar a su hijo una vez a la semana, como la muchacha de la noche, incitada a prostituirse. El pibe, que la patota –aparentemente inofensiva– le hacía bullas, o la mujer que como bien dice el tango –de eso sabía mucho–  nunca tuvo novio, se conservaba casta y en vías de pasarle el cuarto de hora. Ni qué hablar del muchacho que hacía la cola del diario para recibir menesterosamente la dádiva de la edición, solamente de avisos, con los que después haría la otra interminable cola de la humillación para no conseguir trabajo.
El “Alemán” no se atrevía a ser escritor, sólo publicó Tango, melancólico testigo, obra en la que recopiló sus peripecias surgidas de noches y reportajes sobre el género que amó. Dije no se atrevió, porque al presentarme a Horacio Barthés lo hizo de esta manera: “Ella es escritora, se atrevió. Nosotros no.” En ese momento no entendí sus palabras pero a juzgar por la manera que las recibió el colega, fue un piropo. Tampoco ahora las comprendo demasiado, porque Göttling era un cuentista nato que usaba sus personajes a los que semblanteaba para ponerle todos los finales, aunque el final fuese abierto y con maestría dejaba en suspenso. También era poeta, si consideramos como cierto el poema “Autopsicografía”  de Fernando Pessoa: “El poeta es un fingidor./ Finge tan profundamente./ Que hasta finge que es dolor./ El dolor que de veras siente./ Y quienes leen lo que escribe/ Sienten, en el dolor leído,/ No los dos que el poeta vive,/ Sino aquel que no han tenido./ Y así va por su camino,/ Distrayendo a la razón./ Ese tren sin real destino/ Que se llama corazón.”
El galardón especial Don Quijote de los Premios de Periodismo Rey de España, fue creado para distinguir el trabajo de mayor calidad literaria. Y vaya si sus laboriosas faenas tienen calidad literaria. Fue un conocedor profundo del lenguaje, un prestidigitador que esgrimió la síntesis como recurso y en cada frase abrió nuevos mundos al lector atento.
Cuando Jorge recuperó la respiración al enterarse del premio no buscado, dijo: ¨Este premio es la culminación de mi carrera. Aceptar, al fin, que he reparado partes oscuras de mi historia y que he devuelto mucho de lo que la calle me enseñó.”
Tal vez sus partes oscuras fueron el haber vivido el tango y hacer carne muchas letras que por su condición social –a veces marginal– hacía suyas. Con la llegada del hijo y un enorme esfuerzo personal fue superando las cargas más pesadas y que lo ponían al descubierto de su vulnerabilidad. No así el cigarrillo –compañero inseparable hasta último momento– al que su organismo no pudo soportar con esas embestidas.
La calle le enseñó y fueron precisamente las de Buenos Aires, sus protagonistas, sus oficios, mezquindades, algarabía y también sus fanfarronadas las que le sirvieron de crónica para todos sus mosaicos.
Su columna titulada “Miradas” y en especial una de ellas: “La espera del ciruja de Plaza Francia” fue la que el jurado de Rey de España distinguió.
Semana a semana sus lectores abrieron el diario Clarín para encontrarse con artículos antológicos. De esto da cuenta la cantidad de e-mail que recibía.
Fueron pequeños ensayos sobre la vida, casi siempre impregnados de nostalgia, sin olvidar la urgencia descarnada del aquí y ahora. Y siempre la virulencia de una ciudad pronta para lo malo y lo bueno y los estragos del tiempo, con el que ni dios puede. Sus
narraciones calaron hondo en la psicología de los personajes. Vivimos con ellos sus pesares, entrando en un mundo medular de sentimientos y con el ropaje de sus propios huesos. Duelen hasta sus posturas.
Göttling fue un conocedor profundo de la música del río de La Plata y también protagonista insoslayable de su historia y costumbrismo arrabalero que involucra no sólo a poetas, músicos, bailarines y chamuyetas del gotán, sino a toda la gente de esta parte del planeta. Y desde hace mucho, del mundo entero. Recordemos que en Turquía muchas parejas celebran sus casamientos con “La cumparsita”.
También su libro fue seleccionado por la Cancillería Argentina. Representó al país en la Feria del Libro de Madrid.
Para recibir el premio debió viajar a España, lo que significó para él un tremendo esfuerzo. Se lo entregó directamente el Rey.
Partió de este mundo el 26 de agosto del 2006. Sólo por pedido de otro amigo entrañable –Rubén Derlis– y cuando la deuda por intereses poéticos es muy abultada, puedo escribir estas palabras.
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Imagen: Jorge Göttling, dibujo de Hermenegildo Sábat.