11 nov. 2011

La vida entre torres


(De Sergio Kiernan)
 
Hace muchos años, ese gran periodista que es Carl Bernstein me explicó aquello que les dijo Garganta Profunda en un estacionamiento de Washington. Bernstein y Bob Woodward, entonces dos jóvenes periodistas, se habían topado con un escándalo que simplemente los superaba porque involucraba a la misma Casa Blanca. Una y otra vez, no entendían lo que veían y Garganta les decía siempre lo mismo: “Follow the money”. Sentado en Buenos Aires, Bernstein contaba que con el tiempo aprendió que la frase se aplicaba a mucho más que al caso Watergate.
Cuando se ven procesos enormes de cambio en los que el gobierno, cualquier gobierno, termina involucrado con consistencia, año tras año, titular tras titular y con una coherencia rara en este planeta, uno termina necesariamente pensando en quién se beneficia. Uno empieza a seguir al dinero.
La sistemática destrucción de Buenos Aires, el reemplazo de nuestro ecosistema urbano por algo fuera de escala, feo y manifiestamente inferior a lo que estaba antes sólo es entendible si se piensa en el dinero que hacen algunos. Y se trata de exactamente “algunos”, porque la industria de la construcción es concentrada y los jugadores en serio son un grupo relativamente pequeño. Si se compara a la construcción con las autopartes, el vino, o esa gigante que es la agroindustria, resulta que el Quién es Quién tiene muchas menos páginas. Ni hablar de si se compara con un sector realmente grande, como el de comercio o servicios.
Para que este grupo haga dinero se arrasa con nuestras ciudades, porque el proceso no es sólo porteño. Donde se vaya, en este país se verá el mismo panorama de ciudades grandes o pequeñas, de pueblos y hasta de pueblitos, arruinados por la simple construcción de grandes edificios. Basta que el lugar sea comercialmente atractivo, que haya gente mudándose allí, que haya turismo –y ahí entran los pueblitos– para que aparezca alguien haciendo una torre o lo que en el contexto local resulta una torre.
Nuestras anticuadas leyes tratan a la construcción como a una frágil damisela que necesita constantes socorros y favores para perdurar. Esto se entiende porque es un sector que, pese a su concentración, registra en el PBI y es un gran empleador. Lo que no se entiende, y es anticuado, es que se le permita la total falta de imaginación que exhibe. Todo empresario de la construcción quiere un lote donde ya vive el máximo posible de gente. Todo empresario quiere hacer el máximo posible de metros en ese lote. Ningún empresario parece imaginar que las ciudades pueden crecer, excepto si se trata de un Puerto Madero o de cargarse un barrio periférico residencial para entorrecerlo.
Sin crear recesión alguna, sin fomentar el desempleo y sin empobrecernos de manera alguna, se podría redirigir el negocio de este sector de modo que dejen en paz a sectores de la ciudad que no quieren crecer más. No podemos seguir con este vampiro que ronda buscando oportunidades, excepciones, favores legales y que cuando no los logra quiebra la ley aprovechando que el gobierno porteño se rehusa a sancionarlos. No podemos ver pasivamente cómo se arruina toda la ciudad como se arruinó Belgrano o Caballito.
Los hombres de la industria suelen escuchar estas razones poniendo cara de superioridad, de persona realista oyendo a un romántico. Su cinismo no les permite ver que se trata simplemente de pensar el negocio de otro modo, en otra escala. Con un poco de imaginación, podrían seguir igual de ricos sin destruir nuestro patrimonio e imponernos una pobreza de vida entre torres.
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Imagen: Torres en el barrio de Belgrano (foto wikipedia)
Material tomado del periódico Desde Boedo, 2011